martes, julio 14, 2009

DOS PELÍCULAS

Una muchacha cabalga sola por un bosque y es asaltada por unos bandidos, que la violan y la matan. Los bandidos siguen su camino y llegan precisamente a la casa de los padres de la muchacha, donde, haciéndose pasar por jornaleros, son acogidos y se les ofrece trabajo. Pero el jefe de los bandidos intenta venderle a su anfitriona la hermosa camisa bordada que le arrebataron a su víctima, lo que despierta la sospecha de los dueños de la casa... Qué buen argumento para uno de esos westerns claustrofóbicos de Anthony Mann, al estilo de El hombre del Oeste, por ejemplo. Pero no es un western, no al menos declaradamente, sino una de las películas de ambiente medieval y asunto teológico de Ingmar Bergman: El manantial de la doncella. Y eso, naturalmente, cambia las expectativas. En el primer caso, al inevitable estallido violento hubiera seguido una renovada conciencia del vivir, a la que el recuerdo de una experiencia ingrata no aporta sino una especie de cansada lucidez. En el otro, que es el que tenemos entre manos, el desenlace apunta inevitablemente a una sublimación que se dirime en terrenos que escapan a las expectativas meramente humanas: el vengador incurre en nuevas culpas, su conciencia abrumada le lleva a hacer severos votos de penitencia, la naturaleza misma se une a esta atmósfera de desmesura, añadiéndole un milagro... Sin embargo, el verdadero milagro estriba en seguir viviendo, como sobriamente hubiera propuesto Mann, al que tanto hemos echado de menos en esta extemporánea deriva de nuestros ocios veraniegos.

***

Aunque no menos intrigante es esta otra película de Neil Jordan, al que últimamente sigo con interés por su modo de considerar la atmósfera moral de unas décadas, las de los 7o y 80, a las que uno debe, si no la maduración de su sentido moral (casi no podría llamarse "moral" lo de uno si fuera un mero precipitado de ideas y actitudes procedentes de esa época), sí, digamos, un repertorio de acontecimientos vistos lo suficientemente de cerca como para que su consideración retrospectiva tenga alguna pertinencia personal... Quiero decir que, si uno, por ejemplo, tiene clara la ilegitimidad de cualquier clase de violencia política, es porque su adolescencia y primera juventud coincidió con un tiempo en el que sobre la víctima de un crimen político siempre pesaba la sospecha de que "algo habría hecho", y desde el momento en que uno alcanza la conciencia de que ese razonamiento no sólo es injusto, sino vil, ya no le vale ninguna atenuante, ni ninguna clase de connivencia con quienes se complacen en esgrimirlas, ya sea en nombre de la justicia social, de la emancipación de un territorio, o de la revolución.

Y a un poco de todo esto parece apuntar Desayuno en Plutón, la película de Neil Jordan a la que aludía al principio: una especie de farsa sobre el terrorismo irlandés de los años setenta y su inanidad, en una época de inanidades. Lo malo es que Jordan no acierta a enunciar con claridad lo que parece tener en mente; y su protagonista, un insulso travestido, no representa adecuadamente a quienes lograron sobrevivir a esa época más atentos a su emancipación personal que a la sangrientas cuestiones colectivas entonces planteadas. Porque lo que consigue Jordan, en esta farsa, es todo lo contrario: presentar la violencia política como una moda más, a la altura de la psicodelia, la música disco y los zapatos de plataforma. Y alguna diferencia habrá entre lo uno y lo otro, digo yo.

3 comentarios:

El capador de Turleque dijo...

Estas tampoco son películas para quien no tenga un cierto compromiso con el cine como vehículo de satisfacción espiritual. Son peliculas para sensibilidades aptas para arruinarte la mas divertida fiesta o para amargarte el mas exquisito banquete. Sensibilidades que te pueden espantar el mas trabajado ligue de la noche.
Que buena película hubiera hecho Jess Franco con la historia de Bergman. Wes Craven lo intentó pero le salió regular aunque muchísimo mas divertida que la sueca, claro. Con la versión de estreno reciente no me voy a atrever.

Anónimo dijo...

Sr. Capador de Turleque, sepa que me contuve con su comentario sobre Dreyer porque me gusta ser respetuosa con los gustos ajenos. Lo sigo siendo con los que usted expresa sobre Bergman, aunque no los comparta para nada.
No obstante, me sorprende su afirmación sobre eso de espantar ligues. Sr. Capador, qué clase de mujer se pude rendir con una película de Jess Franco?

ISE

El Capador de Turleque dijo...

Las que uste sabe, Sr. Anonimo, las que usted sabe.