viernes, julio 31, 2009

ERROR HUMANO

En las películas de antes, que son un referente cultural tan bueno como cualquier otro, cuando un médico creía que no había hecho lo adecuado para salvar a un enfermo, o un abogado a un inocente, veíamos a ese médico o a ese abogado (o policía, o boxeador, o capitán de barco, porque ese drama tenía tantas variantes como oficios hay) entrar en una complicada crisis personal, que lo llevaba a recluirse en sí mismo, a romper con los suyos, a emprender un largo viaje de expiación y reencuentro… Pienso en esos viejos argumentos de melodrama ante ciertos preocupantes sucesos recientes. Y siento una enorme compasión, por ejemplo, por la enfermera que cometió el trágico error de ponerle a un recién nacido una inyección equivocada y fatal. Nadie está libre de cometer errores que puedan tener gravísimas consecuencias. Los hay de todas clases: domésticos, laborales, de tráfico. Y a casi todos puede buscárseles algún atenuante, porque no hay descuido o error tras el que no quepa apreciar cansancio, desánimo, una mala organización, una carencia, un entorno desfavorable.

En el caso de esta enfermera, parece claro que el entorno laboral en que cometió su error distaba mucho de ser perfecto. Por eso hacen bien sus compañeros en protestar porque no se hayan tenido en cuenta estas circunstancias. Pero ninguna protesta, ninguna manifestación colectiva que vaya más allá de las necesarias muestras de compasión hacia la desgracia ajena, puede ni debe aminorar la responsabilidad individual e intransferible de quien cometió el error. Con esto no quiero decir que no haya otras responsabilidades subsidiarias. Y quizá tengan razón los enfermeros en pedir la dimisión del director del hospital, que fue el primero en hablar de “error humano”: ¿acaso ese error no sucedió en el ámbito de su competencia? Asumir una responsabilidad no significa declararse culpable: estrictamente hablando, tal vez ni siquiera la enfermera en cuestión lo sea. Significa, simplemente, que cada uno ha de vivir con el peso de sus actos y las consecuencias de éstos.

No es fácil, claro. Vivimos en una sociedad que se aferra a todo tipo de excusas sociológicas y psicológicas para evitar ciertos atolladeros morales. Nadie es culpable de nada: ni el estudiante de sus suspensos, ni el mal padre del desastre de su familia, ni el gobernante de la corrupción en su departamento o el ingeniero del puente que se le cae… En el fondo, nos gusta renunciar a nuestro discernimiento y a nuestra ilusión de libertad (lo que antes llamábamos “uso de razón” y “libre albedrío”) para ampararnos en los imponderables del azar y lo mal hecho que está el mundo. Que es verdad que lo está, quién lo niega. Pero difícilmente lo arreglaremos si, en vez de asumir claramente nuestras responsabilidades, nos declaramos de antemano víctimas de las circunstancias.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Es verdad. Hoy en día nadie es responsable de nada. El borracho y el jugador ya no son viciosos: son enfermos. Y así en todo lo demás. Es una manera de echar balones fuera, de renunciar al peso de la libertad. Muy bien expresado.
Un abrazo:
JLP

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Tú lo has dicho: el peso de la libertad. Un abrazo.

arati dijo...

Excelente artículo, va a mis favoritos.

Más abrazos

Olga B. dijo...

Confusos límites los de la libertad y la autoindulgencia.
Ya decía no sé quién que la libertad no hace más felices a los hombres; los hace, simplemente, hombres.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Buena frase. Evidentemente, se trata de una cuestión educativa. además de social y política. Y no estoy muy seguro de que la escuela actual lo esté abordando correctamente.