miércoles, julio 01, 2009

EX

Este C. no ha cambiado nada. Bromeo con él, como bromeábamos hace un cuarto de siglo, cuando los dos éramos escritores principiantes. Aludo a su posible éxito entre las estudiantes norteamericanas a las que da clase. Se encoge de hombros. "A mí ya no me interesa eso", dice. "La única mujer que me interesa es la Virgen María".

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Lo que una traducción añade a un poema ya no pertenece ni al poeta que lo ha escrito ni a las presuntas habilidades del traductor: es la voz impersonal del idioma al que ha sido traducido, en la que resuena su propia tradición literaria. Como sucede, constaté ayer, en este poema de mi amiga Ch., que ella ha tenido la ocurrencia de traducir al gallego e hizo leer en voz alta por una nativa de esa tierra: Levei a voz do mar, / enmudeceu nas caracolas... Ya no es ella la que habla en ese poema, sino otra voz mucho más antigua: la que dictó las Cantigas.

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Ha trasnochado tanto -o eso dice- que ya le ocurre como a los ex-alcohólicos: le basta estar en la calle hasta la medianoche para embriagarse con el recuerdo de lo que dan de sí las noches cuando se las apura hasta el final.

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