jueves, julio 02, 2009

LA PARTE DE GUERMANTES

Cuanto más se adentra uno en En busca del tiempo perdido, más impresiona la arquitectura, tanto del conjunto como de cada una de las partes, y también la poderosa mente que la gobierna. Acabo de terminar la primera mitad de La parte de Guermantes, el tomo doble que constituye la tercera entrega de la serie. Constituye esta mitad, como Un amor de Swann dentro de la primera entrega, una novela autónoma por derecho propio. Asombra, ya digo, el perfecto control que el autor parece tener sobre un material tan fluido y heterogéneo, y cómo ese control le permite unos atrevimientos y libertades que ya quisieran para sí muchos autores de intenciones más declaradamente rupturistas.

Esta primera parte empieza con lo que, de entrada, podría desanimar al lector que ya le haya tomado el pulso a Proust en los dos tomos anteriores: una larga disquisición, en clave paródica, sobre lo que significa para el autor/narrador el aristocrático nombre de Guermantes... El narrador acaba de mudarse a un piso perteneciente al palacete parisino en el que reside la duquesa de ese nombre, y toda la novelería que es capaz de desplegar en torno a ese hecho desemboca en una especie de enamoramiento juvenil que resulta más bien enojoso a la destinataria del mismo, la propia duquesa. Consciente de ello, el narrador pone tierra por medio y pasa unos días en la ciudad de provincias en la que está destinado su amigo Saint-Loup, militar y Guermantes también él.

Este episodio sirve de transición a lo que constituye el núcleo de la novela: la narración, que ocupa unas doscientas páginas, de una sola jornada en la vida del narrador, ya de vuelta a París. Por la mañana acompaña a Saint-Loup a las afueras de la capital, en donde éste va a reunirse con su amante, y luego almuerzan los tres en un restaurante, donde el narrador presencia una lamentable disputa de la pareja. El amigo lo emplaza a reunirse con él más tarde, en casa de la marquesa de Villeparisis, otra Guermantes un tanto venida a menos... Y lo que sigue, que ocupa un centenar largo de páginas, es la fascinante narración de cuanto sucede en ese salón, sostenida con el pulso con el que Coppola arma las largas secuencias de fiestas de las dos primeras partes de El padrino, y en la que, como en éstas, el autor se las arregla para retratar certeramente a cada personaje, trazar la malla de relaciones que los unen y definir el clima social y político de la época, marcado por las repercusiones del famoso affaire Dreyfus.

Pero, por si este ejercicio de virtuosismo no fuera suficiente, el autor todavía nos reserva, a modo de contrapunto, un sorprendente encuentro entre el narrador, entonces un adolescente con aspiraciones literarias, y el recurrente barón de Charlus, que, como el Brunetto Latini de La Divina Comedia, lo alecciona y se le ofrece como guía en las procelosas aguas del ascenso social y literario, en medio de un fantasmal París nocturno en el que pasan de largo los coches de punto, conducidos por cocheros borrachos... La novela termina con un breve episodio familiar, en el que se da cuenta de la enfermedad de la abuela del protagonista.

Anoto estas observaciones a modo de recordatorio, como hacía antaño en mis cuadernos juveniles de lectura. No quiero perder puntada. Hay algo abrumador en la constatación del modo por el que una inteligencia como la de Proust gobierna un universo tan abigarrado, tan rico en detalles y, a la vez, tan claramente subordinado a unas líneas maestras, no por difuminadas menos evidentes. Y pasearse por ese mundo, cien años después de que el autor lo pusiera en pie, no deja de ser un privilegio.

5 comentarios:

Tomás Rodríguez Reyes dijo...

Y esa arquitectura es fruto de una prosa que responde a una concepción del mundo. Salud, siempre.

Javier Sánchez Menéndez dijo...

Es muy fácil leer entre líneas en Proust, y aún así es tan grande su obra que millones de concepciones se nos escapan.

Me ha gustado mucho.

Un abrazo.

Anónimo dijo...

¿Lo estás leyendo en francés? ¿Recomiendas alguna de las traducciones al español?
Gracias
Pedro

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Gracias Tomás, Javier. Lo estoy leyendo en español, Pedro, aunque consulto con frecuencia el texto francés (es fácil encontrarlo en Internet) cuando me llama la atención algún detalle, y no descarto releerlo alguna vez en francés. En cuanto a las traducciones, ya discutimos algo de eso en esta entraday en esta otra.

Anónimo dijo...

Gracias. Buscaré la de Manzano entonces.
Un saludo,
Pedro