viernes, julio 10, 2009

SALOMÓN

No entiendo muy bien el prestigio del que gozan las decisiones salomónicas. Que se basan, como todo el mundo sabe, en un malentendido: cuando el famoso rey judío dictaminó que había que cortar en dos el bebé que se disputaban dos presuntas madres, lo que dejó sentado por los siglos de los siglos es que soluciones como la que él astutamente había propuesto eran manifiestamente absurdas, y sólo se entendían si encerraban una segunda intención: en este caso, descubrir cuál era la madre verdadera, la que preferiría renunciar a su demanda sobre el niño antes de ver cómo éste era inútilmente sacrificado.

En política, como se sabe, no hay decisión que no encierre segundas intenciones. Por eso abundan tanto, en ese ámbito, las decisiones salomónicas; destinadas, en principio, a contentar a todo el mundo, a sabiendas de que no contentan a nadie; y con la reserva hecha de que así se gana tiempo para que el asunto en cuestión se enfríe, o quede postergado por otros más urgentes… Supongo que consideraciones así son las que han llevado al Gobierno a aplazar en cuatro años el cierre de la central nuclear de Garoña, cuando unos pedían su cierre inmediato, al haber cumplido ésta su periodo teórico de vida útil, y otros, amparándose en un informe favorable del Consejo de Seguridad Nuclear, proponían que continuara en funcionamiento diez años más. Unos y otros, entiendo, tenían razón: los primeros, porque eso era lo que tenían derecho a esperar, en virtud de las normas establecidas; los otros, por atenerse a razones técnicas bien fundadas. No soy yo quién para terciar en asunto tan delicado: para eso, para hacer valer sus respectivos puntos de vista, están los expertos y los representantes de la sociedad; y un humilde articulista, en contra de lo que algunos creen, ni suele ser experto en nada ni representa a nadie… Es al Gobierno a quien corresponde decidir; es decir, mirar cara a cara a las dos presuntas madres que se disputan al niño y, a riesgo de equivocarse, asignarlo a una o a otra. Volviendo a Salomón, no estoy yo muy seguro de que la madre verdadera fuera la que manifestó piedad por el niño: cuando se trata de postularse para un derecho, hay quienes saben adelantar la patita de cordero antes que nadie.

Aquí son varias las patitas blancas que se han puesto sobre la mesa: el derecho al empleo de quienes ahora trabajan en la central, la legítima aspiración a tener fuentes de energía que no supongan una amenaza para la seguridad de la población y el medio ambiente. Y el gobierno sacó la espada, la esgrimió sobre el cuerpo del niño y, como ninguno de los litigantes dijo nada que inclinase la balanza a su favor, asestó el golpe… Ahora tenemos un niño en dos pedazos: es decir, una prórroga inútil y seguramente no rentable, y el paro asegurado para después de las próximas elecciones.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

2 comentarios:

E. G-Máiquez dijo...

Un artículo redondo. Enhorabuena.

Javier Sánchez Menéndez dijo...

Pues tienes toda la razón, para desgracia nuestra.