lunes, julio 20, 2009

UN DÍA ANÓMALO


Hacía calor, así que lo primero que hicimos, al llegar al apartamento de este amigo, en una urbanización de Zahara de los Atunes, fue pedirle los pases para acceder a la piscina. Aquí lo tienen todo muy bien organizado, y esa piscina, con su césped siempre bien mantenido, sus estrictos controles de acceso, su vigilancia y esa especie de general comedimiento que parece reinar en determinados enclaves restringidos (aquí no se ven pandillas ruidosas, ni adolescentes tirándose en plancha, ni conspiraciones para posesionarse del espacio teóricamente libre), debería servir de ejemplo a muchas piscinas públicas, teóricamente mejor dotadas y con recursos prácticamente ilimitados... Y estábamos dándonos ya ese primer baño, en nuestra condición espuria de usufructuarios por invitación o delegación del legítimo titular, cuando notamos un cierto olor a pasto quemado.

Miramos el cielo limpio y, efectivamente, de tierra adentro se ven ascender unas briznas de humo, que se confunden con la calima que, en días como éste, tan abrasadores, tiende a enturbiar el aire. Pronto nos confirman que se está produciendo un incendio forestal en un paraje próximo, llamado El Realillo, y la noticia viene seguida de un trasiego de sirenas en la carretera y de aviones y helicópteros que sobrevuelan la urbanización en sus idas y venidas para cargar agua. El suceso, por lo que cuentan algunos, no es extraño: casi todos los años hay incendios por la zona.

Una vez refrescados y puestos al día de las novedades, subimos al apartamento, en el que se ha aviado una copiosísima comida, casi todo ella compuesta de pescado de Barbate: una espectacular cola de atún, de la que salen infinidad de filetes, una conserva casera de toninos, boquerones enteros o abiertos, según el tamaño, etc., todo ello regado por un jerez ligero, muy fresco, comprado al por mayor en una bodega de confianza... También habría que decir algo sobre el sentido de estas reuniones en torno a una mesa bien abastecida, alrededor de la cual cuajan las amistades, se desorbitan las confianzas y se extiende una atmósfera de general benevolencia, por la que quedan en suspensión las cautelas y convencionalismos por las que suele regirse la vida en cuanto se dan por terminadas estas expansiones. Pero uno, ay, viene tocado de ala, después de la noche mal dormida, el acaloramiento del viaje y el desfibramiento causado por el chapuzón previo al almuerzo. Las dos o tres primeras cervezas también han tenido un efecto devastador: uno se cae de sueño, literalmente. Y, como la piscina, a esta hora, se ha quedado desierta, me parece una buena idea echar una siestecita bajo una sombrilla. C., que se aburre en medio del jolgorio de los adultos, me acompaña.

Volvemos a dejar nuestros pases en el puesto de control, y el empleado nos dice, en tono de broma, que el fuego se está acercando, y que lo mismo hay que salir corriendo. Y lo cierto es que el cielo ha adquirido un ominoso color cazuela, y que el sol, tras la capa de humo, es una especie de garbanzo colorado. También la temperatura ha bajado lo suyo; y uno, que es aficionado a los documentales de la televisión, se acuerda de uno en el que pronosticaban que un invierno devastador se extendería sobre la tierra si dos o tres volcanes se pusieran de acuerdo para arrojar sus humos a la atmósfera. Y ése sería el fin del mundo.

Consigo dar una cabezada, no sin darle vueltas a la idea de que hay no poca frivolidad en el hecho mismo de echarse a dormir al filo de una piscina cuando el fuego empieza a cercar tu pequeño y provisional reino afortunado. Cuando despierto, C. me convence para que nos demos un baño antes de volver al apartamento. Y justo cuando andamos secándonos, oímos por la megafonía el aviso de "prepararse para la orden de evacuación". Luego entiendo que ese aviso no es, en absoluto, la orden de evacuación propiamente dicha. Pero, ante la extrañeza que me produce esta circunstancia absolutamente inusitada, no distingo matices. Me acerco al puesto de control, y el empleado me dice que la piscina va a cerrarse y que se nos recomienda que nos dirijamos al pueblo.

Con esa noticia subo al apartamento. Allí, en la atmósfera general de relajación que ha seguido al almuerzo, es recibida como una broma. Pero, ante mi insistencia, las mujeres son las primeras en tomársela en serio. Dos de ellas bajan a confirmarla. La opinión se divide. La mayoría es partidaria de largarse, sin más. Pero el dueño de la casa, me imagino que por instinto territorial, decide quedarse. Mi familia y yo, como teníamos que irnos de todas maneras, y vemos que hay un riesgo cierto de quedar atrapados en el atasco monumental que se produciría si hubiera una orden efectiva de evacuación, nos ponemos en camino. Una vez en el coche, la radio nos confirma que han sido evacuados un hotel cercano y una urbanización colindante. El temido atasco está ya en su apogeo, y tardamos casi una hora en recorrer el breve tramo que separa la urbanización del pueblo. Entre tanto, intercambiamos noticias con los que se han quedado, que ahora han bajado a la playa.

Cuando conseguimos salir del atasco, y dejar atrás el pueblo ensombrecido bajo el nublado ocasionado por el humo, vemos que sigue haciendo un día espléndido. Hacemos una parada en El Palmar y tomamos un baño que resulta, por más de un motivo, reparador. Nos parece que las extrañas circunstancias que hemos dejado atrás, y hasta la luz misma de esa jornada anómala, pertenecen a otro día distinto. Y llegamos a casa con esa convicción de que, efectivamente, a veces caben demasiados días en uno solo.


(Otros dos presentes en esa reunión han escrito -y uno de ellos ilustrado- el relato de los hechos.)

Fotos: C.

5 comentarios:

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

Red sky over paradise, que era el título de un disco pop o rock que me gustaba hace mucho tiempo. Las fotos ilustran lo suficiente. Caben, es cierto, muchos días en uno. Hay muchos días improbables, pero en ocasiones nos toca en suerte uno para nosotros. Vivir para contarlo y todo eso. Trivialidades que pudieron no serlo. Episodios a pie de julio. En fin. Buen veranito, amigo. Y que no se repita, por muchas razones, un post incendiario como éste.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Que no se repita, Emilio. Y que la novedad y el asombro, tan necesarios, vengan por otros caminos. Feliz verano.

Javier Sánchez Menéndez dijo...

Menudo susto.

Era una auténtica ratonera el acceso o salida improvisada.

Un fuerte abrazo, y lo que dices, que no se repita.

Anónimo dijo...

Plinio y su grupo vieron llamas viniendo desde varias partes de la montaña (probablemente oleadas de flujos piroclásticos, las cuales más tarde destruirían Pompeya y Herculano). Tras quedarse durante la noche, el grupo decidió evacuar a pesar de la lluvia de tefra porque de seguir allí la amenazadora y violenta tierra derrumbaría el edificio. Plinio, Pomponiano y sus compañeros volvieron hacia la playa con almohadas atadas en sus cabezas para protegerlas de la avalancha de rocas. Al mismo tiempo, había tanta ceniza en el aire que el grupo apenas veía a través de la oscuridad y necesitaba antorchas y fanales para encontrar el camino. Llegaron hasta la playa, pero se encontraron con que el agua, para colmo, les interrumpía con violencia por los continuos terremotos, y descartaba la huida sin riesgo por mar.
Plinio el Viejo se desplomó y murió. En la primera carta a Tácito, su sobrino insinúa que fue debido a la inhalación de venenos, sulfurosos o gases.
Mi tío decidió bajar hasta la playa y ver sobre el lugar si era posible una salida por mar, pero este permanecía todavía violento y peligroso. Allí, recostándose sobre un lienzo extendido sobre el terreno, mi tío pidió repetidamente agua fría para beber. Luego, las llamas y el olor del azufre, anuncio de que el fuego se aproximaba, ponen en fuga a sus compañeros, a él en cambio le animan a seguir. Apoyándose en dos jóvenes esclavos pudo ponerse en pie, pero al punto se desplomó, porque, como yo supongo, la densa humareda le impidió respirar y le cerró la laringe, que tenía de nacimiento delicada y estrecha y que con frecuencia se inflamaba. Cuando volvió el día (que era el tercero a contar desde el último que él había visto), su cuerpo fue encontrado intacto, en perfecto estado y cubierto con la vestimenta que llevaba: el aspecto de su cuerpo más parecía el de una persona descansando que el de un difunto.32

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Oportuno el testimonio clásico, amigo anónimo. Creo que en mi entrada no he mencionado que, en algún momento de la jornada, caían cenizas (frías, eso sí) sobre la urbanización.