miércoles, agosto 05, 2009

CATEDRALES

También habría que decir algo de As Neves, y de Pontedeume, y de Santiago, y de toda esta bendita confusión que, más allá de mi desconocimiento o de las impresiones superficiales de este breve viaje, llamaré mi experiencia de Galicia. Una experiencia que, como no podía ser menos, empieza ajustándose al tópico, para luego desmentirlo; por eso, quizá, el cielo, hasta entonces despejado, se nubla nada más pasar el túnel de Piedrafita, entre Lugo y León, y el paisaje cambia, y los verdes se enseñorean de un panorama que hasta entonces -pesaba sobre mi ánimo la reciente lectura de Antonio B., el Ruso, la espeluznante novela de Ramiro Pinilla sobre un hijo de la montaña leonesa- despertaba en mí toda clase de aprensiones.

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Sé que lo que voy a anotar aquí no es precisamente una de esas observaciones que lo adornan a uno; pero, si uno no es sincero en su diario, ¿en qué otro sitio podría serlo? A lo que iba: las catedrales, vista una, vistas todas. Con matices, claro, porque la de Salamanca, por ejemplo, parece hecha de piedra luminosa, y contagia esa calidez a su interior, mientras que la de Santiago parece una excrecencia del suelo granítico y, como tal, recibe al visitante con el frío de las cuevas halladas en el monte.

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Que del coro románico del maestro Mateo apenas queden unas piedras, y que con éstas, como con las piezas de un rompecabezas incompleto, hayan intentado recontruirlo en el Museo de Arte Sacra ubicado frente a la catedral, dice algo respecto al afán moderno de no tocar nada, de no destruir ni una piedra con pasado: los antiguos lo hicieron sin el menor reparo, y ello les permitió construir las obras que hoy admiramos de ellos. A lo que se le podrían poner dos objeciones: 1) Que hoy no estamos tan seguros de que lo que podamos construir en el lugar que ocupa una obra antigua vaya a ser tan valioso como lo destruido, mucho menos a durar tanto; y 2) Que el antiguo no tenía tanto la intención de destruir, como la de reformar, ampliar, embellecer o mejorar lo recibido, y de ahí esa impresión de palimpsesto que producen tantas obras en las que son visibles las huellas de las distintas etapas de construcción y sus sucesivas transformaciones, mientras que los modernos simplemente destruimos lo que juzgamos superado o inútil.

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Con todo, cuando uno contempla los sitiales reconstruidos del coro del Maestro Mateo, siente el vértigo de trasladarse a una catedral de Santiago anterior a la hoy existente, y a un mundo en el que la escala de las cosas cambia. Cuánto pesa lo gótico, en fin, y no digamos lo barroco, frente a la infinita sencillez del románico.

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