jueves, agosto 27, 2009

PASEO VESPERTINO

Durante nuestro paseo vespertino, a la fresca, después del entumecimiento de un largo día sin salir de casa, nos topamos con una pelea entre dos adolescentes. Obedeciendo a un reflejo profesional, me interpongo entre ellos, a riesgo de recibir alguna de las patadas y puñetazos que se están arreando. En ese momento no advierto quién es el agresor y quién el agredido, aunque el gesto de uno de ellos de asestarle al otro, estando ya separados y este último en el suelo, una última patada en las costillas aclara bastante las cosas. Se acercan unas señoras a atender al caído, que sangra por la nariz, y un viejo que se había limitado a mirar desde su asiento en el cantil del Paseo Marítimo recrimina ahora -eso sí, en voz creo que no lo suficientemente audible- al agresor, que se retira.

Es un niño corpulento, de ésos en los que la gordura se resuelve menos en morbidez que en fuerza bruta. Un cacho de carne con ojos, como decimos por aquí. En su retirada, advierto que se le unen dos comparsas, que hasta ahora se habían mantenido ajenos al incidente: un canijo y un tipo desgarbado y con gafas. Como nuestro recorrido coincide con el del trío, no podemos por menos que observar sus actitudes: primero, el gordo se muestra comedido y mira hacia atrás, supongo que temeroso de que el lamentable espectáculo que ha provocado pueda tener todavía alguna consecuencia. Sus compañeros callan. Pero, poco a poco, el primero se va animando y, en cuestión de minutos, lo vemos vanagloriarse de su hazaña y recrearla con toda clase de aspavientos. Opto por cambiar de camino, por tal de no seguir viendo tan odiosas demostraciones. No sin antes observar, en fin, que en este envalentonamiento retrospectivo juega un papel fundamental el asentimiento tácito de los dos comparsas, el canijo y el de las gafas, que no han participado en el incidente, pero tampoco han mostrado ni compasión por el agredido ni rechazo contra el agresor. Y no puedo evitar que se me agrie el paseo, y hago el camino a casa en silencio, mientras en la cabeza me bullen toda clase de ideas negras.

5 comentarios:

Kris Kelvin dijo...

Buenos días, recalo en tu blog de salto en salto, aunque reconozco que venía buscando el poema de Luis Alberto de Cuenca "Paseo vespertino" con el que ganó el premio Manuel Alcántara...

He leído varias de tus entradas. Con respecto a la que dedicas a la Película "El Desencanto", me gustaría comentar que como película documental me parece muy buena, a pesar de que alguno actúe más de la cuenta, pero que cada vez que la veo me deja peor sabor de boca ya que me parece un escarnio público del padre (al que no puedo juzgar ya que no conocí) difícilmente justificable.

Felicidad Blanc me parece mas blanda que Blanc y Juan Luis parece adoptar un papel de histrión exagerado.

Creo que si llega a ver esa película, el padre Panero rompe su hermoso epitafio y esribe otro...

Ha muerto
acribillado por los besos de sus hijos,
absuelto por los ojos más dulcemente azules
y con el corazón más tranquilo que otros días,
el poeta Leopoldo Panero,
que nació en la ciudad de Astorga
y maduró su vida bajo el silencio de una encina.
Que amó mucho,
bebió mucho y ahora,
vendados sus ojos,
espera la resurrección de la carne
aquí, bajo esta piedra.



Un saludo y vendré a leerte de vez en cuando.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Bienvenido, Kris. Me parecen muy atinados tus comentarios. Efectivamente, la imagen que se da del padre no es halagadora, pero no creo que el espectador inteligente no sepa guardar las distancias respecto a lo que dice cada uno, y hacerse su propia composición de lugar. Yo no creo que quede mal parado: simplemente, la película no trata de él, sino de la desorientación y "desencanto" de quienes le sobrevivieron. La blandura de Felicidad (o cursilería, podríamos decir) a mí me parece un recurso defensivo muy bien usado. Y en cuando a los tics de los hijos (especialmente los de Juan Luis), no les resultarán extraños a quienes conocieron los ambientes literarios de finales de los setenta y buena parte de los ochenta. Si acaso, son un poco "avant la lettre".

Un saludo. Y te devuelvo la visita.

José Miguel Ridao dijo...

Estos incidentes, que a veces acaban en tragedia, han ocurrido siempre. La pena es que hoy en día casi nadie interviene, sobre todo por miedo. Creo que al menos hay que llamar a la policía o a la Guardia Civil, y denunciar. Así ese cacho de carne con ojos no se va de rositas, o al menos se lo piensa la próxima vez.

Saludos.

JMGL dijo...

Dado lo ocurrido otras veces, en que alguien ha decidido intervenir en una refriega y el único malparado ha sido él, hay que tener mucha sangre fría para interponerse entre dos contrincantes y hacer prevalecer la cordura sobre la indiferencia. Alabo tu actuación, pero comprendo a quien decide pasar de largo, a sabiendas de que no hace bien tal vez, pero tiene miedo.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

La verdad es que yo tampoco lo hago siempre. Pero supongo que esta vez la edad de los contrincantes despertó en mí cierto instinto profesional (que, ya digo, bien podría haberme valido una torta). De lo que desconfío, amigo Ridao, es de llamar a la policía. Su inhibición en estos casos resulta todavía más alarmante que las peleas en sí.