martes, agosto 25, 2009

EL DESENCANTO

Vuelvo a ver El desencanto (1977), de Jaime Chávarri y constato, no sin cierta sorpresa, que la película no sólo no ha envejecido, sino que, despojada de ciertas asociaciones coyunturales, ha ganado en frescura y relevancia. Ya no es, en efecto, una metáfora de la Transición a la democracia, ni un juicio abierto a las generaciones que conocieron y toleraron la dictadura, sino una serena reflexión sobre las relaciones de familia, sobre la posible permeabilidad de valores y vivencias entre distintas generaciones y sobre el papel que en todo ello juegan las ambiciones personales, en este caso literarias, de algunos de los partícipes en el drama.

La película se sitúa en el año 74, cuando, a los doce años de la muerte del poeta Leopoldo Panero, el ayuntamiento de su pueblo natal, Astorga, inaugura un monumento a su memoria, en un acto al que asisten la viuda, Felicidad, y dos de los hijos de ambos, Michi y Juan Luis. En otras secuencias conoceremos al tercer hijo de la familia, Leopoldo María, distanciado, resentido y marcado por su paso por instituciones psiquiátricas y la cárcel. Los cuatro hablan, aparentemente sin ambages, de las relaciones de familia y de los recuerdos que tienen del padre muerto, casi unánimemente descrito como indiferente y autoritario, además de dotado de una especie de aura pública de prócer, o de poeta semioficial, que pesa como una losa sobre sus relaciones con el resto de la familia.

Pero más interesante aún que la relación con el padre muerto, es la que se establece entre los supervivientes; entre la madre, por un lado, y los hijos por otro, o entre éstos entre sí. Hay que decir que Felicidad Panero se gana de inmediato al espectador por su elegancia, incluso por su belleza madura, amén de por su discurso a medias irónico y nostálgico, contra el que resulta empequeñecido y casi inoperante el continuo recurso de sus hijos al reproche o al sarcasmo. Pero también acabamos adivinando en ella un fondo casi perverso de indiferencia, seguramente adoptado como recurso defensivo contra el marido demasiado absorbente y contra una realidad empequeñecida y sórdida, muy distinta de la que esta afiliada al Jockey Club conoció en su juventud, en tiempos de la República. Y adivinamos que este distanciamiento defensivo, aunque siempre cordial, de la madre pudo ser tan letal para los hijos como el atrabiliario autoritarismo del padre alcohólico y megalómano. En contraste con estos padres singulares e inalcanzables crecen los tres hijos: el frívolo Michi, el atildado Juan Luis, el descentrado Leopoldo María. El que estos dos últimos sean poetas, como el padre, no hace sino añadir un motivo más de rivalidad y recelo entre ellos. La película se resiente, quizá, de concederle, en este respecto, una mayor atención a Leopoldo María, entonces literariamente mejor considerado que su hermano; aunque curiosamente, es este último el único al que se le permite leer un extenso y lúcido poema, "Frente a la estatua del poeta Loepoldo Panero". Esta consideración de uno y otro hermano en el mercado literario ha variado, y ahora es Juan Luis quien goza de un merecido prestigio, mientras que la obra del hermano está prácticamente olvidada.

Son éstos, quizá, los únicos aspectos que asignan esta película al género documental, lastrando su posible consideración como drama puro, interpretado por "actores" que son también sus protagonistas en la vida real. La melancólica fotografía en blanco y negro, de grano grueso, forzado, como si hubiéramos tenido que forzar los ojos para ver mejor en un interior en penumbra, añade una discreta nota esteticista y un matiz de atemporalidad a esta película que salió a la calle cargada de referencias al momento histórico. Ahora éstas son lo menos importante en ella, y eso dice algo también de nosotros, sus espectadores.

7 comentarios:

Mr Quaker dijo...

Otro ángulo interesante sería también investigar lo que esta película pueda tener de alusión a otra historia familiar, la del propio Jaime Chávarri, hijo de la falangista Marichu de la Mora ("novia" de José Antonio y amada de Ridruejo) y sobrino de la comunista Constancia -Doble esplendor- de la Mora

conde-duque dijo...

Supongo que las siguientes generaciones hemos visto siempre así la película, más como un retrato de la familia Monster, sin todo ese simbolismo político de la Transición, etcétera.
De poesía no sé mucho, pero no estoy seguro de que Juan Luis esté mejor considerado que Leopoldo.
A mí los dos me parecen bien, tienen sus cosas interesantes, a pesar de todo el rollo maldito del segundo, que aburre bastante.
El mejor personaje de los tres sigue siendo Michi. Hace poco volví a ver la segunda parte y, aunque es peor que ésta, tiene algunos momentos estelares de Michi. Por ejemplo: http://www.youtube.com/watch?v=1U9l1rd_TCA
Un saludo.

Alejandro Lérida dijo...

El meollo de la película es sin duda la infancia –tema fundamental de la película–, que se revela finalmente como el lugar en el que permanece anclado el ser humano. No en vano Leopoldo estuvo influido por Ana Mª Moix en su peterpanismo: «En la niñez vivimos, y después sobrevivimos».

Un abrazo.

E. G-Máiquez dijo...

Comparto punto por punto tu lectura (o visión) de la película, que también he visto hace poco. Como eres un experto, me siento ratificado. Muchas gracias.

Aquilino Duque dijo...

Los que no conocísteis a Leopoldo Panero no tenéis ni batasuna idea de lo que estáis hablando.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Creo que la película se mantiene precisamente porque admite todas esas interpretaciones y matices: habla de la infancia, se erige en arquetipo de otras historias familiares de entonces (suena a sarcasmo anticipado, por ejemplo, que Leopoldo María ponga como ejemplo de drogadicto "comprendido" por sus padres a Eduardo Haro Ibars), etc.

De Leopoldo Panero sabemos que fue un gran poeta y, por lo que la propia película dice, un gran amigo de sus amigos. Los otros calificativos que le dedico no son, evidentemente, opiniones personales mías, puesto que no lo conocí, sino que se deducen de lo que cuentan sus hijos (sin certificar, por supuesto, que eso sea más certero de lo que suelen ser las opiniones, en general, de los hijos respecto a los padres).

Un saludo a todos.

Anónimo dijo...

Yo también la vi hace poco y me sorprendió su vigencia y sus valores cinematográficos: mezcla de ironía, sarcasmo, melancolía... En fin, abrazos, J.G-M