miércoles, agosto 26, 2009

EXPIACIÓN

Hace apenas una semana que J.C., un conocido que me ha estado proporcionando películas este verano, me confesaba su admiración por las de Peter Greeneway; lo que, como en otras ocasiones similares, me ha dejado en un estado de estupor. Primero, porque a mí no me gusta el cine de Greeneway (y ayer, como para confirmarlo, me tragué la soporífera Ronda de noche (Night Watching), uno de sus últimos engendros: como todas sus películas, una mera sucesión de cuadros, entre pictóricos y teatrales, en los que prima la escenografía -la carpintería y el maquillaje, diríamos- sobre cualquier atisbo de guión, argumento o ritmo cinematográfico). Pero, también, porque no veo la menor relación entre lo que este cine propone y el humor, el carácter o los intereses que presumo en quienes dicen admirarlo. Lo que me lleva a la conclusión, no sé si fiable, de que esta admiración es impostada, y que sobre ella pesa más el prestigio de ciertas propuestas estéticas que el disfrute real que se pueda experimentar presenciándolas.

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A este J.C., de todas maneras, le debo haber vuelto a ver, después de muchos años,
Zéro de conduite (1933), la extraña, contrahecha y fascinante película de Jean Vigo. Si la gran aportación del cine americano es el western, la del cine francés es sin duda las películas con niños; con niños, entiéndase, plenamente expuestos a los infiernos cotidianos urdidos por los adultos. De eso va Los cuatrocientos golpes, Au revoir les enfants, La guerra de los botones, o, ya que estamos en ello, Los niños del coro. La de Jean Vigo se adelanta a todas ellas en la consideración de que ese infierno impuesto es esencialmente ridículo y absurdo, y el análisis que mejor le conviene -más, incluso, que el discurso político o existencialista que sustenta las otras películas citadas- es la mera constatación de ese absurdo. De ahí, quizá, que la película resulte un tanto irritante. Pero porque toca, más que ninguna otra, la fibra sensible del siglo pasado: el desmedido peso de las ideologías, y la absoluta irrelevancia de todas ellas.



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(Anoto aquí el propósito de regalarle a J.C. un ejemplar de mi
Me enamoré de Kim Novak. En agradecimiento a sus atenciones; y en expiación de la posible indiscreción aquí cometida al poner en cuestión algunos de sus gustos.)

6 comentarios:

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

Yo hace tiempo que renuncié a prestar películas. Todas las que tengo están a disposición de mis amigos y nos solemos intercambiar títulos, pero es complicado que un título (Perversidad, hace poco) ilumine a quien se lo prestamos en la medida en que nos iluminó a nosotros. Pasa lo mismo con los libros (quizá más) y con los discos. Desconfio, en ocasiones, de lecturas sólo por estar recomendadas por determinadas personas. Tengo cerca, y aprecio, a un par de amigos que no suelen ver aquellas pelis de las que yo hablo maravillas en mi página de cine, cada menos de cine, la verdad. Y esa desconfianza luego es devuelta cuando alguien me pide que haga de tripas corazón y vea la última de Jean Claude Van Damme, que es (a lo visto) una "mirada crítica" a no sé qué forma de entender el declive de un héroe de los mamporros. La solución es sencilla: me autoabastezco. Me dejo llevar por la inercia, por los años compartidos con la intuición, que casi siempre atina, la muy ladina. Los amigos, incluso los buenos, no tienen necesidad de compartir con nosotros vicios cinéfilos o librescos o musicales. Me alarmó hace bien poco que un conocido no conociera a John Coltrane. Es que no me gusta nada el jazz, me advirtió. La alarma quedó dentro: yo, hasta hace bien poco, no había leído, ya ves, a Murakami, y entre mi gente, mis amigos, arrasa. Sin motivo, en mi opinión, después de haberme leído Tokyo blues y Kafka bla bla bla...Tu amigo te perdonará, sin duda. Para eso están, como dice la canción. Tú insiste en tus vicios privados, que son los mejores. Y si un día salta la chispa de la empatía y alguien está loco por los cuentos de Lovecraft, como yo, por ejemplo, pues lo celebráis con una cerveza bien fría y remetáis la festividad cultural con una cogorza culta. Esas, de vez en cuando, están de puta madre, con perdón. Ah, Greenaway, un coñazo. Y eso que le di su oportunidad y he visto las "perlitas" suficientes. También fue una recomendación. ¿Te gusta Michael Nyman?, me preguntaron. Sí, claro. Pues mira las pelis a las que les pone música. Y caí en el error. Carpìntería, como dices: atrezzo y empalago minimalista.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Qué buen comentario, Emilio. Coincido contigo también en lo de Murakami. Y en todo lo demás.

El capador de Turleque dijo...

Todavia no he visto la última película de Greenaway. No soy presidente ni siquiera miembro de su club de fans pero no se puede decir de sus peliculas que carezcan de ritmo cinematográfico por que en muchas ocasiones son fascinantes ejercicios de ritmo. También ejercicios de carpinteria y de maquillaje. Concedo que cueste justificar estas películas mas allá de esta naturaleza de "ejercicio" pero en un panorama cinematográfico repleto de "escritores" y escaso de cineastas, contemplar y aprender de ejercicios de este tipo, mas pictóricos que literarios, podria hacer mucho bien. Desde luego es cierto que el cine de este pedantorro es solo apto para amantes de la impostura y para verdaderos entendidos del mas alto nivel, es decir: para un amigo que tengo cerca de Mascaraque y para mi, claro.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Depende de lo que consideremos "ritmo", Turleque. Desde luego, si se trata de dar movimiento y continuidad a lo que no lo tiene ni por asomo, en eso Greeneway es un experto. Pero si se trata de dar la medida justa a lo que lo requiere, de eso no hay ni pizca en este caso. No hay acción propiamente dicha, ni personajes, ni guión, sino, repito, una mera sucesión de cuadros, como ocurría en el cine anterior a Griffith. ¿No será -digo yo- que ese club de fans tiene también miembros honorarios?

El capador de Turleque dijo...

El ritmo cinematográfico también (y sobre todo) consiste en dosificar con cierta intención formas, colores, masas, movimientos, ejes,lineas de encuadre, sonidos...
Para hacerlo se pueden usar razones geométricas, ariméticas o las que al cineasta en cuestión le salga de los huevos.Estas son algunas servidumbres que tiene el contar historias con imágenes en movimiento incluso después del entierrro de D.David W.Griffith y que cualquiera que tenga narices para hacer una película deberia conocer, cosa que para desgracia del cine reciente, casi nunca ocurre.
Puede que esas "simples sucesiones de cuadros" estén ligadas por ritmos poco sensibles a veces arcanos para "quienes no conocen la geometría" pero que pueden definir, personajes y acciones no tan explícitos pero que pueden alimetar un buen número de absurdas, pedantísimas y entretenidísimas charletas en muchas tardes entre Hendrick´s y cigarrillos turcos, mirando por encima del hombro a quienes no saben apreciar al bueno de Peter de cuyo club de fans no soy ni siquiera simpatizante. Bastante tengo con el de John Ford, máximo exponente, por cierto, del ritmo cinematográfico según mi modesto entender arriba "simplísticamente" esbozado.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

De ese club sí que soy simpatizante yo también, e incluso no me importaría ser miemnbro de cuota.