viernes, agosto 21, 2009

HIPPIES

Como en esto de los aniversarios los hay para todos los gustos, hay quienes se han acordado de que en este verano se cumplen cuarenta del que se llamó "verano del amor", el de 1969, que se consideró el apogeo del movimiento hippy. Ese mes de agosto se celebró el festival de Woodstock, y la iconografía derivada del mismo (melenudos, chicas con los pechos al aire, hombres y mujeres bañándose desnudos en una charca) llegó a todos los periódicos y boletines informativos. También, más despacio y no sin algún resquemor, fueron llegando a la opinión pública noticias de que no todo había sido tan idílico; que, junto a las profesiones de paz y felicidad, había habido peleas, actos vandálicos y muertes por sobredosis, a la vez que una legión de inadaptados y colgados extendía por el mundo la imagen de que para ese viaje (y aquí la palabra "viaje" tiene obviamente más de un sentido) no se necesitaban tales alforjas.

Yo era un niño entonces; y, como todos los niños, me aferraba estrictamente al punto de vista receloso de los mayores. Luego, cuando mi opinión cambió, ya la moda había pasado: los jóvenes de entonces (hablo de finales de los setenta) daban la espalda al bucolismo y al pacifismo
hippies y practicaban la estética urbana y bravucona de los punkies. Pero bastaba con moverse un poco para descubrir, en cualquier playa o sierra recóndita, a algún superviviente de la moda fenecida: casi siempre, regentando una tienda de artesanía, o un restaurante vegetariano, o un chiringuito. Tenían modales pausados, y sólo en el fondo de la mirada mantenían una chispa exaltada que, con la edad, había adquirido tonalidades entre proféticas y patriarcales. Con muchos reparos, les compraba uno una jarapa o una jarra vidriada, mientras empezábamos a intuir en ellos a los empresarios (de la hostelería, de la decoración, etc.) que, en pocos años, llegarían a ser, como algunos sus coetáneos de mayo del 68 empezaban a destacarse como reputados intelectuales o incluso como firmes candidatos a ministros.

Con todo, no tiene uno en mal concepto a esos hippies de entonces: con sus modales irreverentes, su hedonismo, su falta de respeto a las convenciones (y sus melenas, en fin, y sus cachimbas), pusieron los fundamentos de este individualismo moderno que, mal que bien, va resistiendo los embates de otras doctrinas y modos de vida de signo contrario. Que un oficinista se quite la corbata el viernes y sea feliz durante un fin de semana vistiendo una camiseta y unos vaqueros raídos y durmiendo en una choza en el campo tiene algo que ver con esa utopía de vestimentas florales y ritos comunales alrededor de una hoguera. Ya sé que a algunos esto les parecerá muy poca cosa. Pero, qué quieren que les diga: no todas las utopías del siglo veinte han resultado, a la postre, tan inofensivas. Lo que es muy de agradecer.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

2 comentarios:

poesía-levíes dijo...

Creo que el paso del tiempo ayudará a aumentar la utopía que "prometieron y vendieron". Se lo merecen.
El recuerdo que dejaron está libre de doctrinas. Eso debería ser suficiente para consideralos parte de nuestra mejor historia. Se lo merecen

Javier Sánchez Menéndez dijo...

El recuerdo siempre es la verdad.

Me ha gustado.