viernes, agosto 14, 2009

MILENIO

La prueba de que un best-seller no es exactamente un libro es que con frecuencia los encuentra uno en lugares donde no suelen estar los libros. Va uno al quiosco de prensa, por ejemplo, y allí donde debía figurar el último número de la revista juvenil que le ha encargado a uno su hija, y en cuya portada debía aparecer el rostro bobo y guapetón de los Jonas Brothers, encuentra uno, como un grumo espeso en la materia ligera de la que está hecha la prensa periódica, un tomazo negro de la serie Millennium. “¿Tiene esto salida?”, le pregunto al quiosquero, porque a uno le gustan los diagnósticos sobre el estado del mundo que suelen hacer quienes lo contemplan del otro lado de un mostrador. “¿Que si tiene salida? Llevo vendidos lo menos cien”. Salgo del quiosco ponderando el dato. Y entonces me doy cuenta de que se me han acabado los chicles clorofilados: ésos que, amén de refrescarte el paladar, te permiten aparentar un pasado bronco de hombre que se ha echado al gaznate todo tipo de sustancias irritantes. Y en el estanco, entre los cartones de rubio, aparece ¿adivinan qué? Un ejemplar de Los hombres que no amaban a las mujeres. “¿Fuma esto mucha gente?”, pregunto al estanquero. Y éste, que es hombre parco, porque para vender diariamente varios centenares de cajetillas en las que se vaticina la muerte segura de sus compradores hay que tener el ánimo templado, me dice estoicamente que, en todo caso, quienes gastan esa labor puede que terminen padeciendo miopía o vista cansada, pero nunca cáncer de pulmón.

Entro, por último, en un socorrido establecimiento de mi barrio llamado “El desavío”, donde, como su nombre indica, se expende todo aquello que a uno previamente pueda habérsele olvidado, y sin lo cual, en un momento dado, puede uno llegar a sentirse muy desgraciado: pan, bebidas, periódicos, tabaco, chucherías… Y, al ver un ejemplar allí de La reina en el palacio de las corrientes de aire, entiendo que el dueño de este comercio, que posee una sólida opinión sobre las costumbres de sus vecinos, sabe que hay gente en el barrio que, a la mitad de una mañana de domingo, por ejemplo, a esa hora incierta en la que uno lo mismo se enchufa a la tele que se decide a ingerir un tubo de pentotal, hay quien sale a la calle en busca de un comercio abierto en el que le vendan el susodicho.

Naturalmente, nada de lo dicho prejuzga la calidad de los libros de Stieg Larsson. En todo caso, lo que queda en cuestión es la condición material de los mismos. Están donde no tienen que estar. En cambio, sé de quien lleva semanas intentando sacarlos de la biblioteca pública y allí le dicen siempre que sí, que los tienen, pero que ya están prestados o solicitados. Con lo que resulta que, en el lugar que les es propio, sólo se encuentra su espectro informatizado... Con lo que nada es lo que debiera.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

7 comentarios:

Javier de Navascués dijo...

Y es curioso que los best-sellers sean todos gordísimos... mi explicación, totalmente indemostrable, es que los editores juegan con la vanidad de la gente que habitualmente no lee mucho pero que se compra los best-sellers para demostrar al mundo lo que es capaz de leer.

Javier Sánchez Menéndez dijo...

Mi opinión es que es literatura basura.

E. G-Máiquez dijo...

Pero en el haber del Larsson constará que inspiró este artículo. Magistral.

RM dijo...

¿Está en todas partes porque es un best-seller... o es un best-seller porque está en todas partes?

Juan Carlos Sierra dijo...

Magnífico artículo, José Manuel. Te recomiendo, si tienes un ratito, el artículo que escribe Luis Manuel Ruiz este lunes en el blog Estado Crítico sobre estos best-sellers.
Un abrazo.

Anónimo dijo...

Me gusta el artículo no sólo por su originalidad y su perfecta escritura, sino porque no entra en prejuicios sobre best-sellers, cosa harto fácil.

Lo que me lleva a responder al señor Sánchez: no todo lo que vende mucho es basura, es más, hay mucho, bastante más de lo que se piensa, que es bueno.

Atreverse a llamar basura a algo por el mero hecho de vender más que el resto es muy atrevido, y predispone al lector (a éste al menos) a ignorar cualquier cosa escrita por el que lo dice.

Un saludo,
Enric

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Gracias a todos, y mis disculpas por tardar tanto en acusar recibo de vuestros comentarios: cosas de las vacaciones, y de no disponer de ordenador salvo en ocasiones contadas. La verdad es que con las ideas que habéis aportado se podría armar todo un ensayo sobre los best-sellers: el motivo de su "gordura", su ubicuidad, etc. No me atrevo a prejuzgarlos porque no los leo en el momento de su aparición; no por prejuicio, sino porque uno tiene acumulada una larga cuenta de lecturas pendientes, y no es cuestión de acrecentarla con lo que se va imponiendo en el mercado. A lo mejor dentro de unos meses, o de unos años, algún amigo de confianza me convence de que me he perdido algo grande, y entonces me entrará ganas de leerlo.