lunes, agosto 03, 2009

TENTENECIO

Mientras duró el viaje renunció uno a escribirlo. Ahora, de vuelta, escribe uno de lo ya pasado, y hace de ello la materia viva e inmediata de su actualidad escrita, de su vida en este diario. Paradojas de este hábito: no hay presente escrito; sólo lo pasado puede escribirse; y, mientras se está en ese proceso, el verdadero presente -el que vivo aquí y ahora, junto al balcón abierto, mientras la gata maúlla desconsolada porque M.A. y C. han vuelto a salir, después de haber estado ausentes una semana entera- queda aplazado otra vez.

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Que la primera calle que te sale al paso al entrar en esta ciudad se llame "Tentenecio" revela, no sé si una cierta hostilidad hacia el recién llegado, o una mirada infinitamente compasiva hacia el que viene con intenciones de saberlo todo, de abarcarlo todo en una primera mirada.

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Más sospechoso es que, a la vuelta de la esquina, la calle que alberga cierto archivo nacional cuyo contenido algunos reclaman con encendida retórica, se llame "Expolio". En este caso, la ironía, que ya es sarcasmo, no creo que corresponda sólo a los salmantinos -pues de Salamanca se trata- sino de las autoridades nacionales que gestionan ese discutido patrimonio.

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Y uno con su papelito con las direcciones de cuatro librerías de viejo y, paradójicamente, ninguna gana de comprar libros, porque son ya demasiados los que uno tiene pendientes de lectura y ya ni el tiempo cunde tanto ni la vista de uno es lo que era. Cumplo mi programa escrupulosamente, de todas formas -eso sí, sin comprar nada-, con el resultado de que éste me lleva a rebasar ampliamente el perímetro de las zonas frecuentadas por los turistas, y a descubrir lo que, espero que sin demasiada presunción por mi parte, podría llamar la verdadera ciudad: la de los apresurados viandantes del Paseo de las Carmelitas, con sus terrazas llenas de señoras que toman cortados o refrescos, o la que vuelve de una deliciosa incongruencia la presencia, al final de una calle comercial, entre tiendas de moda y edificios modernos, de una curiosa iglesia románica de planta circular, la de San Marcos, cuyas aspilleras parecen defenderla, no tanto de los moros, que ya no los hay, o no vienen con intenciones de conquista, sino de la modernidad ruidosa y apabullante.

5 comentarios:

Rafa dijo...

Ese gusto por las palabras y sus entresijos semánticos. Cosas de poeta, sí señor.

Un abrazo.

José Miguel Ridao dijo...

Ése es precisamente el reto de los japoneses en sus haikus, escribir el presente. Nuestra tradición es, como bien dices, escribir el pasado. Quizás en ello radique parte del abismo entre nustra literatura y la suya.

Javier Sánchez Menéndez dijo...

Pero sin miedo, lo has descrito bellamente.

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

Hace un par de semanas escasas que también pensé en algo parecido cuando subí la cuesta de la calle Tentenecio camino de la Catedral. Me pareció un nombre formidable: da pie a entablar una conversación, ahora que se habla tan poco o casi nada sobre las palabras.
No busqué librerías: tal vez por falta de tiempo. Aprecié que la ciudad es en sí una gran librería, una del tipo que cuenta una historia en sus plazas y en sus calles. Algunas partes de Córdoba, no todas, también son librescas. Hay que buscar siempre el nudo semántico, el entresijo, como dice Rafa en el comentario primero.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Eso es lo que se ha entablado aquí,Emilio: una conversación a partir de un comentario casual, en estos tiempos en los que, en efecto, es tan difícil conversar.

Un abrazo a todos.