martes, septiembre 01, 2009

LITERATURA Y VEJEZ

Termino de leer The Afterlife and Other Stories (1994), la última colección original de relatos publicada en vida por el recientemente fallecido John Updike. No todos sus veintidós relatos son igualmente buenos, y algunos ("The black room", "Cruise") se resienten de utilizar ese repertorio de arbitrariedades narrativas, cierres en falso y trucos de guardarropía al que una cierta tradición parece haber dado carta blanca entre los cultivadores del género. Por lo mismo, también en alguno de estos cuentos (("Falling Asleep Up North", por ejemplo, que es poco más que un apunte autobiográfico) parece haberse llevado demasiado lejos el principio de permeabilidad, por el que casi cualquier cosa que no admita mejor definición y no ocupe más de unos pocos folios puede considerarse un relato.

Pero, salvadas estas relativas caídas, el conjunto ofrece un nivel más que alto y, en algunos señalados ejemplos, de franca excelencia, como es el caso de "The man who became a soprano", un magnífico relato sobre un grupo de vecinos que dan en reunirse para tocar la flauta, y entre los que va cuajando todo ese complejo entramado de relaciones, desencuentros, rivalidades, amoríos, etc. del que está hecha la pura sociabilidad humana.

Aunque quizá lo que llama la atención de este libro, más que los logros alcanzados en cada relato individual, sea el tono predominante: esa especie de modulación final del estilo de Updike por el que éste, aparte de conservar su precisión descriptiva, su aire conversacional, su permanente recurso al sobreentendido y a la ironía y, sobre todo -marca de la casa- su frecuente alusión a la fisiología y a la mecánica sexual como ingredientes básicos de la humanidad esencial de todos y cada uno de sus personajes, da un paso más en su indagación en las costumbres de la clase media americana y aborda los grandes problemas de la existencia humana tal como éstos se plantean, con inusual inmediatez, en la vejez, que es el tema fundamental de estos relatos. En ese sentido, cabría compararlos con los de
Cathedral, la colección de relatos otoñales que publicó Carver diez años antes.

Ante estos consumados ejemplos de arte maduro, ejecutados en plena vejez de sus artífices y centrados sin ambages en el punto de vista que la edad avanzada proporciona sobre las grandes cuestiones de la vida, cabe preguntarse si el signo juvenil que, en determinadas épocas y lugares, se empeñan en revestir ciertas literaturas no es, en la mayoría de los casos, un fuego fatuo, que desorienta e induce a confusión. Cuando, hace algunos años, antologué la poesía de Fernando Quiñones (
Crónica personal, 2005) creí captar ese ingrediente de asumida madurez en su último libro de poemas, en su novela La visita y en algunos relatos tardíos. En la literatura española no hay demasiados ejemplos de esta vejez asumida, susceptible de transmutarse en buena literatura que interese a todos. Quizá también eso esté cambiando, en fin, como consecuencia del envejecimiento de la población. Aunque más bien parece lo contrario: si hay algo que celebren los viejos, es la juventud.

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