martes, agosto 11, 2009

UNA DEL TURBIO

No es la primera vez que, al volver de vacaciones, me encuentro con una avería doméstica: en este caso, del ordenador. Algunos aparatos, como ciertos animales domésticos, parecen resentirse del abandono. Y se vengan, claro, como esos gatos orgullosos que, cuando se les ha dejado solos unos días, te vuelven la cara y te muestran ostentosamente la grupa y el rabo enhiesto.

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Encrucijada de odios (Crossfire), de Edward Dmytryk, no es, ni mucho menos, una gran película, pero goza de cierto prestigio por contener uno de los primeros alegatos explícitos del cine contra el antisemitismo latente en la sociedad norteamericana. Sin embargo, vista la película con los maliciosos ojos de hoy, da la impresión de que este mensaje antisemita no es sino una rectificación de lo que, en su día, hubiera sido mucho más atrevido aún: un alegato contra la homofobia. Porque, en efecto, la situación que plantea la película, en la que unos soldados conocen en un bar a un hombre acomodado, que los invita a unas copas en su piso, se ajusta más a la tipología de ciertos encuentros homosexuales que a un contexto significativo en el que plantear prejuicios antisemitas. Los soldados se aprovechan de la hospitalidad del desconocido y luego, ya cargados de copas, se insolentan con él y, en el forcejeo, lo matan. Bastaría con cambiar el doblaje, como hacían los antiguos censores, para que esta lectura se impusiera por su evidencia.

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Abro una botella
del turbio, es decir, de este ribeiro peleón que ponen en las tabernas de Pontedeume. Y, al hacerlo, me da por pensar que esta combinación de vino y epíteto (¡una del turbio!) constituye una especie de homenaje inconsciente a ciertos giros y modismos del gran Fernando Quiñones, que en cierto poema de Las crónicas de Castilla hacía que un parroquiano pidiera una del áspero, y casi nos hacía sentir esa aspereza en la boca.

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