viernes, septiembre 04, 2009

RESQUICIOS

Los otros siguen arriba, y aprovechan el intervalo entre dos sesiones de trabajo para hablar de... trabajo; es decir, de trabajo que les concierne, y que tiene que ver con lo que la planificación más o menos improvisaba de estas fechas va deparando. Pero nada de eso tiene que ver conmigo, como no lo tienen que ver las pequeñas intrigas que siguen aún coleando, y de las que me llegan leves ecos. Bajo las escaleras, cruzo el vestíbulo desierto, recién fregado por las limpiadoras de la tarde. Estoy tentado de echarles un último vistazo a lo que fueron mis dependencias: la biblioteca, que, mal que bien, me retrata, como es propio de las bibliotecas respecto a quienes las han urdido. Dentro de unas semanas, el retrato será ya irreconocible. Por eso me resisto a la tentación y paso de largo. Busco a un conserje para hacerle entrega de mi llavero, que ya no necesitaré. Pero, en la calma de las tardes, no hay conserje, o éste anda distraído en otros asuntos. Así que me las echo al bolsillo de nuevo. No, no es posible que esto esté sucediendo; es decir, que la ansiedad, las ganas de salir corriendo que sentía hace sólo unos minutos se hayan trocado en este demorado ritual íntimo, privado, sin testigos, aunque no exento de otra clase de ansiedad.

Ya en la calle, empiezo a respirar mejor, y hasta experimento una extraña, por inesperada, sensación de ligereza. En contra de mis costumbres, no corro hacia el autobús: no hay prisa. Y, si acaso, al cruzar la plaza llena de turistas, me avergüenza un poco mi pulcritud laboral, que es indudablemente un signo de servidumbre, como lo es la corbata obligada de un vendedor de enciclopedias en una tarde de agosto. Pero también hay vendedores de enciclopedias que, en determinadas circunstancias, se sienten tan ligeros de ánimo como estos turistas desocupados. Sé que es una sensación pasajera; y que mañana o, a lo sumo, el lunes, andaré sumido en otras urgencias, en otras rutinas. Pero acaso la felicidad sea, como ciertos líquenes delicados, algo que sólo florece en los resquicios.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Estimado Sr. Benítez, por desgracia, o por suerte, he pasado por el mismo trago que usted muchas veces en mi vida. Cada sorbo ha sido distinto: ni dulce ni amargo, más bien ácido. Mi sabor preferido, por otra parte.
Gracias por convertirlo en buena literatura.


ISE

José Miguel Ridao dijo...

Me ha gustado mucho la definición de felicidad que pones al final; la veo muy acertada, además de poética.

José Miguel Domínguez dijo...

Amigo José Manuel:

Lo que cuentas me trae a la memoria algo así como "la despedida de los guerreros" de la que se hablaba en "Las enseñanzas de don Juan", y que les permitía alejarse livianos y sin ataduras pero llenos de conciencia lúcida. Parece que tú has conseguido algo parecido. Espero que sea así también para mí cuando me toque.

Hasta pronto.