lunes, septiembre 21, 2009

TRUCHAS

En la presentación, el jueves pasado, del libro de Luis García Gil sobre Truffaut se habló algo del desapego de la crítica de los años setenta hacia este cineasta, precisamente en el momento en el que andaba haciendo lo que algunos consideran sus obras más maduras y logradas (yo no: yo creo que lo mejor suyo es la saga Doinel y algún título suelto, como La noche americana), y se atribuyó ese desapego, creo que con razón, a las veleidades izquierdistas de una buena parte de los críticos de entonces, que se rendían bobaliconamente ante las extravagancias ideológicas y estéticas de Godard, por ejemplo, y no le perdonaban al otro su deriva hacia un cine clasicista e intimista. Uno de los presentes en la mesa, Gonzalo García Pelayo, incluso entonó la palinodia: lo vergonzoso, vino a decir, es que gente como él prefiriesen, en esa época, cosas como La chinoise, que no es más que un canto, señaló, a uno de los mayores tiranos que ha conocido la Historia, a la altura de Hitler o Stalin: Mao Tse Tung... Eso dijo Gonzalo García Pelayo, y muchos asentimos. No sin caer en la cuenta, en fin, que, en circunstancias como éstas -en un acto paralelo a una muestra de cine frecuentada mayoritariamente por "progres"- esas mismas palabras podrían haberle costado, hace veinte años, un sonoro abucheo. En eso hemos cambiado. Para mejor.

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Y hablando de chinos: vuelvo a ver, con mi hija, El expreso de Shanghai, de Sternberg. Y vuelvo a quedar impresionado por el espesor visual de esta película: por sus travellings
abigarradísimos, sus bellísimos primeros planos de Marlene Dietrich, sus interiores recargados de humo o entrevistos a través de visillos, su uso extenuante de largos fundidos para pasar de un plano a otro... Poco antes, en la misma sesión doble, habíamos visto Te querré siempre, de Rossellini; un ejemplo, si se quiere, de todo lo contrario: de una ligereza que anticipa la de la nouvelle vague. Las dos opciones no son excluyentes, en absoluto, y ambas suscitan en mí -y en C., creo- un mismo entusiasmo en esta tarde receptiva.

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J.A.M. está algo ofendido por el final de mi artículo "Tocando fondo", en el que aludo a un amigo que criaba truchas en un pilón, y al que un buen día le aparecieron todas flotando panza arriba. Para desmentirme, me enseña la única que ha sobrevivido de las cuatro que tenía: una criatura de más de treinta centímetros de longitud, con una hermosa piel moteada, y que hace gala de un excelente apetito y una notable fiereza cuando le arrojamos unos trozos de tocino, e incluso cuando metemos los dedos en el agua y se lanza a morderlos... Sí, esta bien viva. Y aunque ya se sabe cuántas mentiras necesita la literatura para crear su verdad, no dejo de sentirme algo avergonzado por haber sido puesto en evidencia de esta forma.

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