sábado, octubre 10, 2009

219 MINUTOS

No me cuento entre quienes se escandalizan por el modo que cada cual tiene de pasar su tiempo libre. Y no lo hago, en fin, porque no comparto la moralina que subyace a esta clase de juicios de valor, y que lleva a dar por sentado que quienes leen libros, por ejemplo, son mejores personas que quienes se pasan el día viendo la televisión, o viceversa. No es verdad. Y si alguna vez se me nota alguna parcialidad a favor de los libros, será exclusivamente porque considero que encierran posibilidades de diversión a las que resulta un poco incomprensible negarse, y menos en una sociedad donde casi todo el mundo aprende a leer a edades muy tempranas y existen toda clase de facilidades para acceder a los libros.

Pero a lo que iba: cada cual es muy dueño de dedicar su tiempo a lo que le venga en gana, y no voy a ser yo quien se dé golpes de pecho porque un organismo del ramo haya registrado el dato de que el pasado mes de septiembre los españoles pasamos doscientos diecinueve minutos diarios ante el televisor (catorce más los andaluces). Si se considera que estas cifras son un promedio, y que hay que excluir de ellas a la gente que pasea, lee, conversa o (caso también raro, según otras encuestas) hace el amor por largo todos los días, resulta que los demás prácticamente no hacen otra cosa que estar pendientes de lo que emite el fatídico aparato. Insisto: no creo que eso los haga peores. Ni siquiera más incultos: entre leer ciertos best-sellers y exponerse a la telebasura, no hay mucha diferencia. Pero sí me resulta más bien deprimente que el estudio en cuestión relacione este índice de exposición, el más alto registrado en los últimos años, con la crisis económica. No tendría por qué darse esa relación: pasear, decíamos, leer, hablar con nuestros semejantes o (según) practicar el sexo son aficiones que, por lo general, no cuestan dinero, por lo que cabría esperar que su práctica hubiera aumentado en este periodo de vacas flacas; mientras que ver la televisión, amén de conllevar un cierto gasto de energía eléctrica, supone exponerse a toda clase de incitaciones al consumo, nefastas en estos tiempos apurados.

Más bien parece –y esto es lo que deprime del dato– que la gente ve la televisión por falta de ánimo para hacer otras cosas. No es que la televisión aturda más que las charlas de café o los malos libros (o el sexo sin alicientes, ya puestos); pero la clase de aturdimiento que procura resulta más asequible. No hay que salir de casa, no hay que procurarse compañía, no hay que hacer esfuerzos. Ante nosotros se extiende la perspectiva de un largo invierno en el que, a falta de ilusión por otra cosa, veremos más televisión que nunca. Uno anticipa ya el golpeteo de la lluvia contra los cristales, el ulular del viento en las rendijas… Mejor subir el volumen de la tele, para no escucharlos.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

5 comentarios:

Eduardo Flores dijo...

Quisiera añadir también si me lo permites, José Manuel:

La lectura requiere cierta calma. Si bien, para los que de una manera o de otra, llevan años siendo lectores de libros, esa calma y concentración la consiguen al instante de ponerse al acto; por el contario, alguien que quisiera iniciarse en estos tiempos, no sé, una persona cualquiera de las que llegan a casa después de diez o doce horas de trabajo, llevar, recoger a los niños del colegio, la compra diaria,... resulta que lo más sencillo y relajante después de una jornada normal, sea tirarse en el sofá y quedarse embobado con el televisor. La simple lectura de una página supondría quedarse dormido al momento y al día siguiente, vuelta a empezar.

No es que me haya triturado los sesos para imaginar algo así. Sino que, cuando aconsejo a algún conocido ajeno a los libros acercarse a éstos, la respuesta puede variar pero siempre, con el argumento antes citado como columna vertebral.

Saludos José Manuel,
Eduardo Flores.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Tienes razón, Eduardo. Para superar ese "minuto fatal", en el que el cansancio y la pereza te aconsejan tirarte en el sofá y dejarte llevar por la tele, hace falta entrenamiento y costumbre, y cuando se llega a la edad adulta sin ellos, es difícil adquirirlos. En esto, evidentemente, influyen el ambiente familiar y la educación recibida. Pero también es cierto que, por razones que se me escapan, hoy hay capas sociales enteras que,a pesar de tener a su alcance la posibilidad de recibir una educación, se cierran en banda a ella.
Saludos.

Antonio Serrano Cueto dijo...

Lo dices en una línea: "no hay que hacer esfuerzos". Ese es el secreto de la televisión, porque los seres humanos tienden por naturaleza a la pasividad, a ser meros receptores. Comparto contigo la idea central del artículo, que dedicar muchas horas a la TV no hace "peores" a quienes prefieren esto a otras ocupaciones igualmente baratas. Pero es imprescindible abrirle ese abanico de posibilidades a los niños que educamos. Cuando hay más donde escoger es más fácil no abusar de nada. Cuando yo era un niño en mi casa la TV estaba encendida todo el día (como todavía hoy en tantos hogares, ¡y bares!). Hace de esto más de treinta años y entonces tenía cierta explicación en un país que había salido de una dictadura y asomaba al mundo a través de la TV. Por fortuna pudimos descubrir esas otras formas de disfrute de las que hablas. Un abrazo desde Leuven.

Aznalmara dijo...

Pues yo he descubierto algo que aún es peor: hace meses que no vemos la tele. Estamos, todos los miembros de la familia, enganchados a mil cosas diferentes. Mi marido hace un curso on-line; nuestro hijo mayor y yo, cada uno con sus blogs y sus lecturas; la mediana, con la PSP o sus revistas y la pequeña pone la tele, la deja con algún canal de niños y se pone a leer.
Después resulta que, aunque ninguno de nosotros la mira, está encendida varias horas, la pobre...

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Buen viaje, Antonio. Y "Aznalmara": la caja tonta se merece que le hagamos esos desprecios. Aunque lo suyo es apagarla, sin más. Saludos.