viernes, octubre 09, 2009

ACUSE DE LECTURA

Desde el primer día, ya lejano, en que alguien (a quien, por cierto, hoy cuento entre mis mejores amigos) se me presentó y me dio conversación por el mero hecho de que sabía que yo escribía, siempre me han causado una cierta extrañeza las relaciones personales que uno establece a través de la literatura. En la mayoría de los casos son relaciones que conocen un breve periodo de intensidad, lo que pueda durar el deslumbramiento mutuo, y luego decaen, para entrar, con el tiempo, en un limbo difícil de definir, en el que uno tiene la sensación de andar en tratos inciertos con un desconocido al que, en cierto modo, conoce demasiado bien... Suelen ser relaciones inestables, un tanto demasiado expuestas a la decepción. Por lo mismo, cuando una de estas relaciones no sólo no degenera hasta ese estado de incomodidad, sino que se asienta en un trato mutuamente gratificante, basado en el respeto mutuo y la confianza, uno debe darse por afortunado.

Ése es mi caso respecto a este JLP, cuyo último libro acabo de recibir. Hace unos veinte años que me trato con él, y esta relación fue durante los tres primeros lustros casi exclusivamente epistolar, hasta la generalización de los recursos informáticos (correo y blogs). Hablamos por teléfono en una ocasión, con motivo de una entrevista que me hizo para un periódico de su tierra, Asturias, y en la que tuvo la humorada de traducir mis declaraciones al idioma o dialecto autóctono de esa tierra... No creo que nos hayamos vistos en persona más de una o dos veces: la ocasión que recuerdo, en concreto, la sitúo en Jerez, en los jardines de la hermosa bodega de González Byass, en la Alameda Vieja, donde se presentaba una efímera colección de cuadernos literarios. Era verano, y él vestía una especie de camisola blanca y suelta, entre caribeña y oriental, que me pareció muy apropiada a la imagen de sí mismo que proyectaba en sus versos. Lo acompañaba su mujer, Eva Vaz. Esa ocasión se me confunde, en el recuerdo, con otros actos que se han celebrado en el mismo local y a los que yo he asistido; pero creo no equivocarme si anoto que en ese día en concreto estaban también José Mateos y Felipe Benítez Reyes, y que a este último lo vi conducir el trenecillo eléctrico con el que la empresa anfitriona transportaba a los invitados desde las puertas de la bodega hasta el patio en el que se celebraba el acto.

Anoto todo esto, primero, para hacer memoria; y, segundo, para dejar constancia ante mí mismo de que, muy posiblemente, el sentimiento de amistad que me une a este escritor tiene muy poco fundamento en el trato real, y se basa casi exclusivamente en los cauces formales de la sociabilidad literaria. En éstos, sin embargo, también es posible a veces percibir la vibración de la afinidad, artística y personal. Desde sus primeras cartas, tengo la sensación de que entre este JLP y yo existe una honda complicidad; como la tengo, y firme, de que, en algunas fases de nuestras respectivas trayectorias, nos han interesado cosas muy parecidas; y que, incluso en el momento inevitable en el que comenzamos a diverger, el poso de esas afinidades previas ha creado un firme fundamento para la confianza.

Éstas son algunas de las ideas que me acuden a la mente mientras leo este nuevo libro suyo, El fin de semana perdido*, que acabo de recibir. Hay mucho en él del viejo JLP de hace veinte años: provocador, fingidamente malvado, cándidamente escandaloso (véase, por ejemplo, el "Mensaje a los adolescentes" que abre el libro); pero mucho más, como no podía dejar de suceder, del que ha madurado lo suficiente como para comprender y comprenderse, tal como testimonia la hermosa novela sentimental que se intuye detrás de los poemas que componen el apartado titulado "Wakefield", o la galería de vivísimos retratos (que son también poemas "de amor y desamor") que compone la sección "Alumnas de una escuela de peluquería". Podría escribirse un documentado ensayo de sociología de nuestra generación a partir de estos poemas. Pero el mérito de ellos no estriba en la verosimilitud con que se da cuenta de todo un estilo de vida generacional, sino en cómo estas particularidades se elevan a verdades universales, y no sólo a las más obvias y socorridas (el amor, el paso del tiempo, la muerte), sino también a otras de más sutil formulación, tales como la imposibilidad de estar a la altura de las propias expectativas, los grandes y pequeños desengaños de toda una generación, la inevitabilidad del daño a terceros en el complicado tejerse y destejerse de las relaciones humanas, la culpa, etc.

JLP es un poeta ameno, y a veces tiene uno la impresión de que esa amenidad es una trampa mortal, por la que el lector es conducido a constataciones a las que no siempre se rinde uno de buena gana. Poemas como "Abrigo azul" o "Madre joven" dejan un malestar tan perdurable como la clase de conocimiento que iluminan. Verdades de esta clase sólo se le perdonan a un amigo. De ahí todo lo que antecede, en fin, para justificar este acuse de lectura.

* José Luis Piquero: El fin de semana perdido. DVD Ediciones, Barcelona, 2009

1 comentario:

Anónimo dijo...

Muchísimas gracias. Me ha emocionado. Un abrazo fuerte.
JLP