lunes, octubre 05, 2009

COSA MENTALE

No soy del todo ajeno a los sábados marcados por la penosa recuperación de algún exceso cometido el viernes. Pero lo que es nuevo para mí, y he experimentado por vez primera este fin de semana, es que ese exceso fuera de naturaleza... deportiva. Primera sesión de piscina, con resultados desastrosos: dolor de espalda, estómago revuelto, insomnio como consecuencia del malestar... Uno de mis compañeros de martirio me dice que él lleva siete años en esto y que el primer día también se siente fatal. Es un consuelo. La monitora -una muchacha animosa, dotada de una bella y proporcionada musculatura- me dice que en cuestión de semanas me sentiré mejor. Ya veremos. Lo mejor de todo es que este mundo me resulta absolutamente nuevo, y que su novedad armoniza extrañamente con otras que ando experimentando estas semanas (nuevo destino laboral, nueva novela en taller, nuevas rutinas). Parece que me estoy aplicando las lecciones de algún enojoso libro de autoayuda, de ésos que invitan a renovarse. Y yo, que pensaba que, a mis años, me había vuelto refractario a toda novedad...

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Con cierta falta de disimulo, le hago a este amigo pintor, ajustándome a tarifas claramente inaplicables al caso, una módica oferta para quedarme con uno de los deliciosos cuadritos que ha pintado en las últimas semanas. Se echa a reír, pero acaba cediendo. Me admira este curioso desprendimiento que los pintores necesariamente han de sentir hacia lo que hacen, y que es condición indispensable para la difusión de su obra. Intuyo que la premisa de este desprendimiento es la certeza de que en cualquier momento pueden repetir lo ya pintado; es decir, que llevan lo pintado en la cabeza, como cosa mentale, tal como postulaban los pintores de los siglos XVI y XVII que querían ser considerados algo más que meros artesanos. Pero lo curioso es que, si en algo se basa esta certeza, es en la posesión de sólidas habilidades artesanales; y, sobre todo, la principal de ellas: la capacidad de reproducir infinitas veces un mismo objeto. Envidio esta certeza. Aunque la escritura también tiene mucho de artesanía, y uno, modestamente, se sabe en posesión de no pocos trucos del oficio, al escritor le es absolutamente imposible conjurar del todo el temor a la esterilidad y la impotencia, la dichosa parálisis ante el folio o la pantalla en blanco. No sé si los pintores experimentan alguna vez esta sensación ante la tela sin pintar. Pero intuyo que, en el caso de que la sintieran, no echarían cuenta de ella, porque el miedo de que cada logro sea el último les impediría separarse de sus cuadros. Digo yo.

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De nuevo, por cierto, me habla este amigo de su intención de embarcarse en cierto proyecto de pintura de Historia, al modo del siglo XIX, y de nuevo se lo desaconsejo... Sus logros, pienso, son tanto más valiosos en cuanto que vienen a contrapelo de sus inclinaciones. Cosa mentale, sí, pero no del todo sujeta a la voluntad. Nos pasa a todos.

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