miércoles, octubre 07, 2009

PELOS

De los diarios de Carlos Morla Lynch: "En la habitación [en el hotel Regina, en Barcelona, 25 de enero de 1938], Bebé consulta las camas, las toca, las huele y encuentra hasta un pelo rizado. (...) el camarero (...) nos cambia las sábanas". Me resulta conmovedor ese escrúpulo por parte de la mujer de Morla, en medio del caos de una guerra civil. Y me acuerdo de que yo también me encontré un pelo de esa clase en un compartimento de un coche-cama de Renfe, la primera vez que usé ese servicio, hará unos veinte o veinticinco años. Claro que a mí, entonces, me faltaba aplomo para llamar al camarero y hacer que retirara las sábanas. Tampoco me importó demasiado, la verdad. No soy escrupuloso, sólo fantasioso. Y esa noche no pude dormir.

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Voy a esta armería, que es también tienda de artículos deportivos en general, a comprar unas antiparras para nadar. Y me veo en medio de un corro de hombres que sopesan escopetas (Remington, Winchester) y compran cajas de cartuchos. Con la tropa allí reunida y el arsenal disponible, podría organizarse la defensa del pueblo, en caso de que a los piratas somalíes, como a sus antecesores berberiscos, les diera por acercarse a estas costas. Pero a los aquí reunidos sólo les interesa la media veda, que ya se ha levantado, creo, o está a punto de levantarse. Lástima de conejos, de perdices, de tórtolas. Cuando me llega el turno y pido mis gafas de nadador, me miran como a un intruso o un espía. Y menos mal que ya no se estila fusilar a los tales, porque, desde luego, medios para hacerlo no faltan aquí.

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Mi segunda sesión de piscina, mejor que la primera. En los vestuarios, un hombre que dice tener mi edad le dice a un chico mucho más joven: "Ya ves, con treinta años más que tú, hago lo mismo. Pero me canso más".

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