jueves, octubre 01, 2009

UN REINO AFORTUNADO

El lugar no puede ser más desolado: una plazuela sucia y mal pavimentada, delimitada por la tapia del antiguo cementerio, todavía no del todo desmantelado, algunas casas viejas de una planta, la mayoría en ruinas, con los techos hundidos y el zaguán y los patios invadidos por los hierbajos, y la parte trasera de los tampoco demasiado airosos edificios modernos de la avenida que hace de eje de esta zona de la ciudad. La presencia de este único espacio abierto en muchas manzanas a la redonda, no obstante, me permite utilizar su diagonal para acortar camino, a una hora en que unos minutos de retraso podrían suponer la pérdida del autobús. Y así lo hago, sorteando los coches aparcados y, entre ellos, los únicos seres que podrían ser felices en un sitio como éste: los gatos. Los hay a decenas, y éste es uno de los puntos de la ciudad en los que puede decirse que existe una república felina bien asentada, segura de sí misma y relativamente libre de molestias y amenazas. De hecho, yo debo de ser una de las pocas interferencias que sufre el eterno dormitar de sus habitantes entre los coches, aprovechando las franjas de sol o sombra y el refugio ocasional que los bajos de los vehículos les ofrecen. No puedo evitarlo: sorteo un coche y me veo abocado a un estrecho pasillo en el que dormitan dos o tres gatos, todos increíblemente sucios y despeluchados; o debo alargar la zancada para sortear a una madre que lame a su cría. Algunos se apartan, indignados, y se pierden debajo de los coches. Otros permanecen impasibles, en una actitud a medias sumisa y retadora, como ofreciéndose a ser acariciados y, al mismo tiempo, dando a entender que ese atrevimiento podría costarle a uno un buen mordisco o un arañazo. Viendo al resto del torrente humano que, a esta hora, avanza por las aceras, me divierte la idea de ser el único que ha penetrado este reino insalubre y afortunado. Como credencial, me digo, podría aducir mis relaciones con K.

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En realidad, lo que demuestra el grotesco episodio de las fotos de familia de Zapatero es que la clase dirigente española no olvida la broma pesada que les gastó Goya cuando pintó La familia de Carlos IV.

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(Leyendo a Morla Lynch) El gran malentendido en que consistió la guerra civil española: la derecha asimilaba democracia a izquierdismo y revolución social; y entre izquierdistas y revolucionarios apenas podía encontrarse un solo demócrata.

(Foto: detalle de un cuadro de José Luis Mancilla)

2 comentarios:

Javier de Navascués dijo...

No había demócratas en ningún bando. Los demócratas, creo yo, se quedaron espantados mirando cómo los demás se mataban como fieras.

José Miguel Domínguez dijo...

Estoy de acuerdo. Ni unos ni otros eran demócratas, y es vital que esa "tercera España", la de los demócratas, siga sobreviviendo a los fantasmas del pasado.