lunes, noviembre 16, 2009

CLÁSICOS

J.A.M. nos ha entregado ya el cuadro que teníamos apalabrado: una especie de plano corto de un arroyo, tomado casi a ras de agua, en un tramo poco profundo del curso del mismo en el que éste se descompone entre piedras grandes, verdinosas y redondeadas por efecto de la erosión. Al fondo, alimentado por una pequeña cascada, puede verse el límpido remanso del que rebosan las aguas amansadas que vemos correr en primer término. No hay nada firme, nada concreto en este mundo de aguas en movimiento, donde incluso los elementos sólidos -los grandes cantos rodados, por ejemplo- se difuminan en una miríada de reflejos. De madrugada, cuando todos se han dormido ya, miro el cuadro. Las piedras en primer plano parecen sobresalir, y el lienzo gana en hondura. Casi me parece oír el rumor del agua. Y me quedo dormido yo también, bajo su efecto.

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Subida al Parral, el monte que domina el pueblo, rematado por una antena y una cruz: más aparatosa y visible, todo hay que decirlo, la primera que la segunda. Mientras ascendemos, la necesidad de llevar la vista clavada en el suelo, buscando dónde asentar el paso, hace que apenas miremos más allá, hacia el mundo que hemos dejado abajo. Un revuelo inesperado de mugidos nos hace reparar en una alquería que tenemos justo a nuestros pies, en la que están separando a los terneros de sus madres. Son éstas las que protestan de un modo tan aparatoso como comprensible. Más allá, en la carretera, vemos la ambulancia cuya sirena oí desde casa minutos antes. Está parada junto al arcén, en el que puede verse una moto caída. Todo queda lejano, como empequeñecido. Y uno se quedaría muy de buena gana con esta perspectiva de las cosas, si no fuera porque un vientecillo insidioso amenaza con arrebatarme las gafas, y me hace consciente de la precariedad de mi posición y de la posibilidad de vértigo, indicios innegables de que mi lugar no es éste.

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Hay artistas que, por querer ser clásicos, no pasan de ser... antiguos. Y, viceversa, artífices modestamente anticuados que, por no tener apenas pretensiones de nada más, alcanzan a veces esa mirada serena que define a los clásicos. Digo yo (lo he dicho, de hecho, en una larga sobremesa, no recuerdo a santo de qué).

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