lunes, noviembre 09, 2009

DE LA PERCEPCIÓN

Sueños encadenados, quizá causados por una digestión pesada. Sueño que almuerzo con Ortega y Gasset. Y, lo que es peor: que soy compañero suyo de facultad (del Departamento de Filosofía, por más señas) y que, entre mis alumnos, tengo a dos sobrinas suyas, una de las cuales, muy guapa, comparte mesa con nosotros. A mis alumnos les estoy haciendo leer cierto Tratado de la percepción (¿?), del maestro, algunos de cuyos párrafos, incoherentemente, irrumpen también en el sueño.

Antes, o quizá después, sueño que voy a dar una conferencia en un cine. Me lleva allí, por una solitaria calle flanqueada de tapias, una muchacha muy joven, de facciones orientales, que en un momento dado me acorrala contra una de las tapias y me besa.

Definitivamente debo cenar menos.

***

Sobrellevo ya sin agobios ni angustias mis cuarenta y cinco minutos de natación, tres veces por semana. La primera vez creí enfermar. Ya no. Lo que, paradójicamente, ha hecho que la monitora sea más dura ahora conmigo. "¿Para qué tienes piernas? Te las voy a cortar", me grita desde el borde de la piscina, y su vozarrón retumba en la bóveda del pabellón cubierto. "¿Y tú? ¿Por qué no te metes en el agua y nadas un poquito, para que te veamos?", le dice con sorna otro alumno (yo no me hubiera atrevido). "Si me metiera en el agua -responde ella, despectiva-, sería para nadar a mi aire, sin preocuparme de nada" (de vosotros, quiere decir). La entiendo. Quizá el mayor atractivo de este deporte sea su individualismo extremo. Una vez metida la cabeza dentro del agua, lo único que importa es avanzar y respirar. Cualquier otra preocupación o consideración desaparece.

***

Releo algunos de los libros de poesía que he recibido en los últimos meses, y a los que ahora me he decidido a buscarles un hueco en mis estanterías. Este Color carne de Erika Martínez, por ejemplo, sensual y cotidiano como las medias de ese color que encuentra uno en la cesta de la ropa cuando convive con una mujer. O Juguetes de Dios, de mi paisana Rosario Troncoso, que ella me dice que es un libro casi improvisado con textos de aquí y de allá, pero que, por eso mismo, a mí me parece el más sereno y maduro de sus libros, y el que apunta más alto... Caigo en la cuenta ahora de que casi todos los libros de poesía que he leído en las últimas semanas están escritos por mujeres: Olga Bernad, Belén Núñez. Sin que, hasta este momento en que les hago sitio en mis estantes, se me haya ocurrido ninguna generalización al respecto, como bien podía haberme ocurrido hace veinte o veinticinco años cuando leía a las poetas reunidas en antologías como la que se llamó Las diosas blancas... Es decir, que esta proliferación de nombres femeninos no me resulta un fenómeno extraordinario, ni encuentro ninguna necesidad de buscarles rasgos comunes a todos estos libros. Es un signo de normalización, qué duda cabe. Y quizá más valdría que me hubiera callado, no vaya a ser que a algún articulista sin asunto le dé ahora por escribir un texto reivindicando esta nueva floración, que no es tal, sino mera afluencia de individualidades maduras. Como debe ser. Digo yo.

2 comentarios:

José María Pérez Collados dijo...

Después de leer el primer parágrafo del post no sacaría la conclusión que saca su autor, sino la contraria. Cenaría abundantemente.

Yo también leí hace años aquellas antologías, Las Diosas Blancas. Y, de entre ellas, sigo admirando enormemente a Blanca Andreu. Qué tiempos aquellos.

Rosario Troncoso dijo...

Genial siempre, amigo.
Gracias por la mención. Me llena de ilusión.
Te sigo leyendo a diario.
Muchos besos.
Charo.