miércoles, noviembre 18, 2009

ESTIÉRCOL

Reconozco que las primeras cien páginas de La prisionera, la quinta entrega de En busca del tiempo perdido, han puesto a prueba mi paciencia: un prolijo tratado sobre los celos, sin apenas materia narrativa propiamente dicha, y en el que no faltan ninguno de los trucos que pueden sacarse a colación para alargar un texto cuando no hay de qué. Sin embargo, quizá la maestría de Proust consista en ponernos a prueba de esa manera, para, acto seguido, seducirnos con otras cien páginas llenas de vida, en las que no parece haber palabra que no responda a una observación acertadísima. De este tenor son las que dan cuenta de la enésima velada en casa de los Verdurin, en la que éstos presentan en sociedad a cierto violinista del que anda encaprichado el barón de Charlus, y con el que los anfitriones pretenden enemistar a este último, merced a una intriga de salón que, a estas alturas de mi lectura, aún no se ha resuelto... Y este delicioso tranche de vie me ha conducido nada menos que lo que parecía ya el colmo de la falta de recursos: la prolija crónica de una audición musical, en la que el narrador daba cuenta del estreno de una pieza de Vinteuil, el músico prototípico de À la recherche... Para que esa pieza fuera rescatada del olvido, nos dice, ha hecho falta la confluencia de diversos comportamientos condenados por la sociedad: la pasión del barón por el violinista, que le ha llevado a patrocinar esta velada en casa ajena, y la de la señorita Vinteuil, hija del músico, por una innominada amiga, que, merced a su proximidad non sancta a esta familia, ha rescatado y transcrito el borrador... Datos que sitúan al autor en el disparadero para iniciar uno de los fragmentos más brillantes y malévolos de su magna obra. En fin. No salgo de mi asombro. Y es que esto de examinar mis reacciones de lector no es, en absoluto, el menor de los placeres derivados de esta lectura.

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Guardo una caja de galletas en mi taquilla, para reponer fuerzas en los desfallecimientos momentáneos acaecidos a lo largo de la mañana laboral. Las ofrezco a todos los que me ven tomarlas, e incluso hago un amago de colocarlas donde todos puedan servirse de ellas. "Ni se te ocurra -me dicen-. Aquí todos guardan cosas de comer en sus taquillas".

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La música es maravillosa, sí. Pero la materia de que está hecha es esta monótona sucesión de notas inarmónicas que llegan ahora a mis oídos, emitidas por un torpe aprendiz que ensaya sus primeras lecciones. Lo otro, la música verdadera, es a estos sonidos lo que la flor al estiércol del que ha habido que hacer abundante provisión para alimentarla.

2 comentarios:

José Miguel Domínguez Leal dijo...

Me haces pensar que te echo de menos en los desayunos del IES, José Manuel. Un abrazo.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Igualmente, JM.