martes, noviembre 17, 2009

EXCESOS

A lo largo de los años, uno ha aprendido a asociar el malestar de los lunes -y su temible prólogo, la angustiosa tarde del domingo- a un sinfín de causas, digamos, ajenas al mero azar del calendario: a los posibles excesos y descuadres horarios cometidos a lo largo del fin de semana, a la larga digestión del más o menos copioso almuerzo dominical, a la mera aversión al trabajo, a la ansiedad acumulada ante la cuota de insatisfacción derivada de las expectativas no cumplidas... Sin embargo, me encuentro ahora en disposición -y no lo quiero decir muy alto- de declarar superados muchos de esos factores. Apenas hay excesos de los que arrepentirme, ni expectativas que no pueda dar por cumplidas tras un fin de semana bien administrado. Ni siquiera la inminencia del trabajo me angustia. Y, sin embargo, el malestar persiste, e incluso va en aumento. Lo que sólo puedo atribuir a dos razones: a) todo lo anterior, cuando tenía efecto, ha dejado en uno un poso indeleble, imposible de contrarrestar, y b) el malestar no tiene nada que ver con todo eso, y es más bien una mera recurrencia cíclica del desánimo, necesaria para que uno pueda calibrar adecuadamente el estado de ánimo opuesto.

Lo malo es que, en una de éstas, decide uno no levantarse más de la cama, y a ver quién viene a convencerlo de lo contrario.

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K. tomando el sol en el hueco que queda entre la reja del balcón y la puerta cristalera de aluminio con que éste se cierra. Cómo envidia uno esa capacidad de adaptación de los gatos, su habilidad para convertir cualquier recoveco en el refugio perfecto.

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Algunas películas vistas últimamente: La ruta del tabaco (Tobacco Road), de John Ford, y La pequeña tierra de Dios (God's Little Acre), de Anthony Mann, en un pequeño ciclo que nos hemos hecho, dedicado a adaptaciones cinematográficas de novelas de Erskine Caldwell. Dos historias de desnortados, pertenecientes a esa irredimible basura blanca que tantos argumentos ha proporcionado a la literatura y el cine norteamericanos. La de Mann, supongo que por la intervención del guionista Philip Yordan, da un sorprendente giro hacia la metáfora social, a través de la figura de un desempleado que, en plena borrachera, se empeña en reabrir la fábrica clausurada y muere a manos del vigilante de la misma. La de Ford hecha casi con los mismos mimbres, termina en una conmovedora apología de la caridad, unida a una declaración explícita sobre la inutilidad de sus efectos, pues la limosna con la que el terrateniente de turno impide en el último momento que los ancianos protagonistas sean desahuciados de sus tierras sabemos que no redundará en que éstos por fin tomen las riendas de sus vidas y se decidan a plantar la siempre demorada cosecha (como tampoco lo hace, en fin, el padre del personaje antes aludido en la película de Mann). Las dos películas también tienen en común un fuerte ingrediente erótico, no del todo inesperado en una de Mann (el papel de imán de hombres asignado a la bellísima actriz Tina Louise tiene cierto parentesco con los de algunas de las dueñas de saloon que aparecen en sus westerns), pero sí bastante sorprendente en Ford, en cuyas películas difícilmente espera uno encontrar a esa especie de musa agreste que interpreta Gene Tierney en Tobacco Road. Merece la pena contrastar el talante de ambos directores; y, sobre todo, una vez constatado que la de Mann es una excelente película, ver como la de Ford se eleva casi a las cimas de lo inefable, con una delicadeza y una especie de poesía involuntaria que parecen más de Ozu que de un cineasta de Hollywood.

Hablábamos antes de excesos. Quizá éste haya sido el del pasado fin de semana. Y todavía no se ha recuperado uno de la resaca.

6 comentarios:

Paco Gómez dijo...

Bueno, José Manuel, lo de los lunes es normal. A mí realmente lo que me apetecería, los lunes, es vaguear, sentarme por ahí con un buen libro y un café o ponerme a escribir, pero hay que currar, que por otra parte, a mí me aporta una cuota de sensatez. Pero, ya digo, que también encuentro esa sensatez en verano, cuando no estoy sometido a un horario y hago lo que me da la gana.
Y claro, Mann y Ford, geniales, ahí es na. Un abrazo.

Olga B. dijo...

Yo prefiero un lunes como Dios manda que un domingo por la tarde, es la tarde de la angustia incomprensible, aunque no haya excesos de los que arrepentirse. Envidio a los gatos su impermeable conciencia a esa sugestión tan rara del tiempo ordenado en días repetidos con nombre propio.
Saludos.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Cierto que los lunes aportan sensatez: muy certero, Paco. Y tal vez las angustias y ansiedades no son sino el precio necesario de esa sensatez.

Anónimo dijo...

Dos novelas maravillosas. Me muero por ver las películas. Nunca tuve ocasión. Un abrazo:
JLP

José María Pérez Collados dijo...

Uno sueña con una vida en la que no existieran las tardes del domingo. En el fondo, uno sueña con una vida al lado de la actriz que ilustra tu post. Sí, porque a su lado no habría tardes de domingo. Hay una conexión subconsciente entre las diversas partes del post y esa foto. En el fondo, lo que pretendes decir es eso: que un tipo de vida (excesiva, con ella), haría imposibles los domingos por la tarde. Eso sería vida. Sí. Vaya que sí.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

JLP: me acorde de ti mientras las veía, ya que comentamos algo al respecto cuando leíste las novelas. Y José María: tienes razón, todo está relacionado con la foto, incluso la referencia a la gata y sus costumbres voluptuosas.