viernes, noviembre 13, 2009

ÍTACA

Como preveía, el viaje se ajustó a la misma rutina que años anteriores. Las rutinas son la verdadera patria de uno, y uno las lleva consigo a todas partes, para no sentirse perdido. Primero, la cena ritual con los amigos que allí nos congregamos; para colmo, servida por la misma camarera jacarandosa y un sí es no es maternal del año pasado, con lo que las bromas y comentarios que intercambiamos con ella parecieron una prolongación de las cruzadas entonces. Incluso juraría que pedimos los mismos platos: las almejas a la sartén, los exquisitos callos, los solomillos, el tartar (que aquí llaman hamburguesa, sin serlo) de bonito... Luego tomamos una copa en el bar de siempre, y tuvimos un recuerdo piadoso para un loco que se nos acercó el año pasado y se mezcló en nuestra conversación... Al día siguiente, el mismo malestar, que ya no era resaca (uno ha aprendido a moderarse), pero sí una especie de cansancio entre afable y escéptico, que se debía más a las horas pasadas el día anterior en aviones y aeropuertos y a la noche en cama extraña que a la modesta juerga propiamente dicha. Con esa sensación, muy apropiada para ver las cosas con el distanciamiento debido, hicimos lo que habíamos venido a hacer allí (fallar unos premios literarios, comparecer en la correspondiente rueda de prensa, almorzar con los anfitriones (que excusaron su asistencia, con lo que nos dejaron solos a los escritores y a las amables funcionarias que organizan este cotarro).

Finalmente, cuando todos, aprovechando la posibilidad de acogerse a combinaciones más favorables que la mía, se hubieron marchado, me quedé solo en el hotel. Descanso un rato y me voy a la filmoteca local, donde veo El secreto de sus ojos, de Juan José Campanella, una película que se deja ver más por el encanto de los actores argentinos y la gracia del registro irónico que predomina en los diálogos que por lo logrado de la historia, con una trama policíaca plagada de inverosimilitudes. Pero uno no había ido al cine a ejercer de crítico, sino a pasar el rato... Antes (casi se me olvidaba, de puro darlo por supuesto) había hecho la visita de rigor a la única librería de viejo que conozco en esta ciudad, donde estrecho la mano del librero y rebusco entre sus cosas, hasta encontrar un libro japonés para M.A., otro de César Simón para mí, y un par de películas: La hierba errante, de Ozu, y La ruta del tabaco, de John Ford. De buena gana me hubiera llevado la docena aproximada de películas que había sobre la mesa, y entre las que vi otras tres o cuatro de Ozu y algunas joyas selectas de la edad de oro hollywoodense, como Medianoche, de Mitchell Leitsen. Le pregunto al librero, un tanto imprudentemente, sobre el cinéfilo arruinado que le ha llevado todas esas joyas, y me confiesa que son suyas, y que las está vendiendo poco a poco... Ceno un par de pinchos en una barra y me vuelvo al hotel, donde caigo rendido en cuanto me meto en la cama.

Naturalmente, uno quisiera poder contar otras cosas: que se vio envuelto en un inesperado lance erótico, que mantuvo conversaciones trascendentales con otros escritores (las nuestras, gracias a Dios, no sobrepasaron el nivel de la amabilidad risueña), o recibió revelaciones decisivas en algún tugurio. Pero no. Ya lo decía Cavafis: las únicas Ítacas a las que uno es capaz de llegar son las que uno lleva consigo. Bueno.

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