viernes, noviembre 06, 2009

JÁLOGÜIN

Pasó el puente de Todos los Santos sin más sobresaltos, en fin, pese a los muchos fiestorros adolescentes convocados aquí y allá, que las aburridas polémicas sobre la infiltración de costumbres foráneas –léase Hallowe’en– en el imaginario patrio. Se ha llegado a decir que la importada fiesta norteamericana tiene un fondo demoníaco; como si en nuestra cultura todo lo aparejado a la celebración del Día de los Difuntos se redujera a poner flores en las tumbas de los seres queridos y a pasear plácidamente nuestras melancolías otoñales por los cementerios.

No es ése el caso. Todavía recuerdo el miedo que me daba, de niño, la escena en que el fantasma del comendador de Ulloa acude a la cena a la que lo ha invitado don Juan Tenorio, cuando el célebre drama se emitía en televisión por estas fechas. Y el escalofrío que me produjo la lectura de “El monte de las ánimas”, el terrorífico cuento que Gustavo Adolfo Bécquer situó en la noche de Difuntos. Por no hablar, en fin, del estremecimiento que aún me produce el bárbaro ritual gaditano de disfrazar de personajes de actualidad los cuerpos de los pobres animales cuya carne se vende en la Plaza de Abastos; la perplejidad, en fin, que causa ver a un cerdo disfrazado de guardia, o a un pollo vestido de futbolista... Nada de esto es demoníaco, como tampoco lo son los disfraces de trasgos, brujas y monstruos que visten nuestros adolescentes en la fatídica noche en que remedan los comportamientos de sus coetáneos de allende el océano. Pero sí que resulta, más lo nuestro que lo de ellos, ligeramente afín a ciertos instintos atávicos: el regodeo en la muerte como celebración inversa de la vida; y el disfrute, a las puertas del invierno, de los generosos frutos que nos ha proporcionado el otoño, que no sólo es la estación de los poetas, sino también la de las vendimias y matanzas.

Todo eso hemos celebrado, a sabiendas o no, en esta oportuna festividad. Unos, al modo tradicional –quien esto escribe asistió a una representación del Tenorio, ha comido castañas y huesos de santo y ha tenido un recuerdo para sus muertos–; otros, al estrafalario modo importado del país de Disneylandia. No importa. Dentro de algunos años, lo que quede de esta moda será tan indistinguible de las tradiciones propias como lo es ya el árbol de navidad del portal de Belén. No hay que revestirse de celo patriótico. A las patrias de hoy les queda tan poco que reivindicar como propio y exclusivo, que acaban por declararse defensoras de cosas que, en muchos casos, son anteriores a ellas, y sobre las que nunca han tenido jurisdicción. Por ejemplo, el temor a la muerte y al más allá. O el urgente deseo de celebrar, entre tanto recuerdo ominoso, que nosotros estamos vivitos y coleando. Y vengan castañas y tenorios, e incluso calabazas huecas si hace falta, para proclamarlo.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

No hay comentarios: