martes, noviembre 24, 2009

LEOPOLDO PANERO

Comienzo la lectura de Memoria del corazón, la antología de Leopoldo Panero que acaba de publicar Renacimiento, a cargo de José Cereijo. Mientras la voy hojeando, revivo el deslumbramiento que me produjo este poeta cuando lo leí hace años en otra antología, la que publicó Andrés Trapiello en La Veleta. Aquella fue una lectura rápida, hecha en casa de un amigo que tenía el libro. Pero, por eso mismo, dejó una huella intensa e imborrable, la que dejan las cosas cuya impresión primera no se tiene ocasión de borrar. No soy de los que persiguen encarnizadamente los libros, sino de los que toman nota de ellos y esperan pacientemente que les salgan al encuentro. La poesía de Panero ha tardado en llegar, y, ahora que lo hace bajo el envoltorio de esta colección casi juvenil y colorista de Renacimiento, casi me congratulo de que se haya tomado su tiempo.

Cuando leí por vez primera a este poeta, me gustó de él la contención expresiva, la justeza, la precisión de una poesía de la que estaban felizmente ausentes todos los tics y tópicos de las distintas escuelas poéticas que se habían venido sucediendo en la posguerra española. Todo eso lo doy ya por descontado, y lo que aprecio ahora en esta poesía, y quizá no era capaz de apreciar entonces, es la frescura y propiedad de sus imágenes, la emoción que destilan, la inevitabilidad con que se imponen al lector, como se impondrían a un observador las luces y rumores de un atardecer. Y, sobre todo, algo que quizá quienes me conocen no entiendan bien, y que voy a tratar de consignar aquí, siquiera brevemente.

No soy una persona religiosa, mi interés por cualquier cuerpo doctrinal de esa clase desapareció a finales de mi adolescencia y no ha vuelto a renacer en mí. Pero no me considero en absoluto ajeno a la emoción religiosa, a la conmoción humana que puede apreciarse en quienes son capaces de consignar sus experiencias de esta índole y asimilarlas, gracias al valor preciso de las palabras que usan, a otras experiencias humanas de validez universal. Leopoldo Panero logra expresar esta experiencia primigenia, y lo hace con palabras sencillas, referidas casi siempre a la naturaleza inmediata, al paisaje, al orden elemental de las estaciones y los aconteceres naturales. No hay retórica ni impostación doctrinal en esta poesía, como tampoco hay, gracias a Dios, vaguedades panteístas. El Dios de Panero es el Dios antropomorfo de la Biblia, providente y severo. Pero no es el Dios de los beatos, ni el de la teología sofística, ni el de los mezquinos ajustes de cuentas de confesionario. Y por eso, por esa grandeza, su religiosidad es genuinamente poética y humanamente acogedora.

No sé si me he ido por las ramas. He leído y releído, por ejemplo, "El peso del mundo", un romance de mediana extensión (ocho páginas en esta edición), y sentido el deseo de sabérmelo casi de memoria y llevarlo conmigo, porque formulaciones como ésta: "Los años del mundo tienen / pesadumbre de encinar", poseen la fuerza de la cosas vistas y entendidas, interiorizadas y expresadas con ese acierto que trasciende el mero peso de las palabras y eleva lo comunicado a otro orden superior.

Digo yo, que tampoco entiendo mucho de estas cosas.

5 comentarios:

Paco Gómez Escribano dijo...

Panero es bueno, aunque desde mi punto de vista en algunos versos se le va la pinza. No sé, yo los remataría de otra manera. No sé si escribe así porque está chalao, que lo está, o si su alma resultó irreversiblemente herida por componer esos versos. Lo que sí puedo decir es que es una poesía que se lee del tirón de principio a fin y sorprende su libertad al componer y su genialidad. Un abrazo.

José María Pérez Collados dijo...

Me alegra la iniciativa de Renacimiento. Desde comienzos de la transición, Leopoldo Panero quedó ciertamente marcado por la conocida película "El Desencanto". A partir de entonces daba la sensación de que su obra ya no importaba, que su vida (o la versión que se daba de ella en la película), de alguna manera lo condenaba.

Me alegra muchísimo que al final (porque el tiempo pone a las cosas y a las personas en su sitio), "quede la palabra", y de Leopoldo Panero quede su poesía.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Yo creo, Paco, que has confundido al padre, Leopoldo, con el hijo, Leopoldo María, que es el que encaja en tu descripción, tanto de la persona como de su poesía. Y José María: estoy de acuerdo contigo en que la figura de Leopoldo Panero quedó tocada por la película (también se ha hablado de ella y discutido en estas páginas). La película, curiosamente, no es del todo hostil hacia la poesía del padre; en ella se lee incluso el poema/homenaje/ajuste de cuentas que le escribió su hijo Juan Luis, que yo creo que no va mal encaminado. Pero, claro, hay pocos espectadores que, después de ver una película tan perturbadora como ésa, salgan corriendo a buscar los libros del aludido para formarse su propia opinión.

Antonio Carrero Acuña dijo...

Qué manera más elegante de aclarar una confusión.
No estaba en mi lista de libros a releer la poesía de Leopoldo Panero, pero su opinión me sorprende y ojalá una nueva lectura cambie la que hace tiempo
tengo de ella.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Yo creo que merece la pena, amigo Antonio. Un saludo.