lunes, noviembre 23, 2009

LO PRINCIPAL



La sensación, a veces, de que, al consignar aquí lecturas, opiniones sobre películas, etc., estoy eludiendo el asunto principal.

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Lectura en A., un pueblecito de mil quinientos habitantes, en el que puedo considerarme afortunado por haber reunido a veinte para la ocasión. Mujeres casi todas, pertenecientes a una de esas benemeritas asociaciones culturales que algo hacen por sacarlas de casa, llevarlas de excursión, animarlas a leer o a asistir a esta clase de reuniones en las que se sienten, a un mismo tiempo, anfitrionas e invitadas de honor. Uno tiene siempre las mismas dudas al respecto: los honorarios, que abona la Junta, son discretos y más bien poco puntuales, por lo que el motivo económico no puede contarse como el principal para aceptar participar en esta clase de actos; tampoco creo que con ellos se ganen lectores, porque no se dan las condiciones que, en el mejor de los casos, moverían a un espectador curioso a acudir a una librería y buscar los libros de uno: a lo sumo, se gana uno la benevolencia del público, que se espera redunde en alguna clase de beneficio general, a muy largo plazo, para la literatura en su conjunto; también duda uno de que su literatura, buena o mala, resulte la más apropiada para actos de proselitismo cultural, en los que quizá darían mejor rendimiento otra clase de agentes: no sé, conferenciantes con gancho, o rapsodas de la vieja escuela, capaces de emocionar al público... Pero, en fin, uno acude porque se siente vagamente querido por el mero hecho de que lo llamen, y piensa que peor sería lo contrario: que no se acordaran para nada de ti.

El caso es que uno se presenta allí, lee sus cosas, anima a las señoras a que le hagan preguntas y confidencias. M.A., que me acompaña casi siempre, y que ya se sabe de memoria el repertorio, me mira con expresión entre irónica y benevolente, porque creo que ella se pone en el lugar de estas mujeres y aprecia el esfuerzo que uno hace por no defraudarlas. Y luego la vuelta, con la vista cansada, las pupilas deslumbradas por los reflejos de la carretera y el corazón vagamente encogido por hallarse a esas horas de la noche en plena sierra, donde Cristo pegó las tres voces. Ya no está uno para estos trotes. O quizá sí, quizá sea esto lo que uno ha cosechado después de haber escrito y publicado una veintena de libros: encontrar alguno en una biblioteca remota, constatar que te han elegido para la ocasión porque tu nombre les "sonaba" en un amplio repertorio, encontrar quizá a algún lector. O eso es lo que me diré la próxima vez que me llamen, para animarme.

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Aurora Bautista. La veo en Pequeñeces, de Juan de Orduña, y en La tía Tula, de Miguel Picazo. Espléndida en las dos, haciendo de mujer cínica y ligera en la primera y de vestal refractaria a los hombres en la otra. Transmitiendo en ambas una especie de sensualidad castiza y antigua, con un cierto matiz entre antihigiénico y desmoralizador, pero, en todo caso, muy efectiva. No sé si esta clase de efectos pueden contarse entre los méritos de una película. Pero la verdad es que a uno siente más a flor de piel las calenturas de Ramiro, el cuñado de Tula, respecto a la susodicha, que la pasión deportiva de Michael Douglas, pongo por caso, por Sharon Stone en Instinto básico. O quizá es que uno se ha criado en la estela de lo primero y todavía no lo ha superado.

1 comentario:

Guinda de Plata dijo...

Me considero una gran cinéfila: adoro el cine, y entre mis películas de cabecera está La tía de Tula. Gracias por un comentario tan certero sobre ella.

B.