sábado, noviembre 14, 2009

NECROLÓGICAS

A ver cómo hilo este artículo sin parecer irrespetuoso… La semana pasada, recién concluido el puente de Todos los Santos, hubo una especie de aglomeración de difuntos ilustres en las páginas de decesos de los periódicos. Parecían haber aprovechado la fecha para pasar lo más discretamente posible de un mundo a otro, y el caso es que casi lo consiguen, porque el espacio que los periódicos dedican a estas cosas es escaso, y la agenda de los encargados de representar a la ciudadanía en los homenajes respectivos suele estar muy cargada. Murió el escritor Francisco Ayala, que, a su condición de último representante vivo de la Generación del 27, título ya de por sí lo suficientemente glorioso como para merecer la atención pública, unía desde hace tres años la notoriedad casual de haber llegado a centenario, logro que habitualmente se asocia a curtidas viejecitas del Cáucaso o a pescadores del lago Titicaca, y no a intelectuales a quienes, por mor del oficio, no se les suele atribuir unos hábitos de vida demasiado sanos. Al día siguiente se le unía en las puertas del Purgatorio –no quiere uno ser tan poco piadoso que no les atribuya a los dos difuntos algunos humanísimos pecados que purgar– el actor José Luis López Vázquez, que era bajito y feo y, al menos en sus caracterizaciones, vestía siempre de negro. Quienes entienden de estas cosas dicen que ese actor encarnó como nadie el tipo del español medio: histérico, acosado por contrariedades menores, mojigato y, al mismo tiempio, aquejado de sempiterna satiriasis… Yo no sé si los españoles hemos sido alguna vez así: posiblemente nuestra propensión a identificarnos con ese arquetipo se deba más a un exceso de autoconmiseración que a una consideración objetiva de nuestras virtudes y defectos… Y murió también, para que la página necrológica alcanzara un punto de sofisticación, el filósofo y antropólogo francés Claude Lévi-Strauss. Alguno se preguntará a santo de qué traigo a colación a este extranjero junto a dos muertos tan genuinamente nacionales. Pero, si la muerte de este hombre no hubiera quedado ensombrecida por la de esos otros, no me cabe la menor duda de que hubiéramos asistido en los periódicos patrios a una pequeña aglomeración de hombres influyentes que se hubieran declarado discípulos del difunto, aunque no fuera más que porque suele citársele entre quienes influyeron en el Mayo francés, aquella verbena político-festiva de la que tantas cosas buenas y malas del mundo moderno parecen derivar.

Dicen que el príncipe heredero acudió en una misma mañana a las capillas ardientes de los dos compatriotas fallecidos. Algún columnista habló de “semana negra” de la cultura española... No hubo tal: murieron dos (tres) hombres mayores, que habían dejado su obra hecha. Es más de lo que muchos podrán decir cuando les llegue el día.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

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