martes, noviembre 10, 2009

REENCUENTROS

Repaso los estantes de poesía con la intención de revisar algunos libros en los que hace tiempo que no reparo, o de los que apenas recuerdo nada, y no necesariamente porque no contengan nada memorable, sino, simplemente, porque mi memoria no es infinita, o porque algunas impresiones de lectura cuentan con asideros mentales más endebles que otras, y duran menos, o porque cada libro requiere su ocasión, y es posible que alguno de éstos no la tuviera, etc. Hojeo muchos de esos libros, y de algunos (re)leo varios poemas... Y lo curioso es que en todos encuentro algo valioso, lo que me infunde cierta tranquilidad respecto al instinto que me llevó a guardarlos, digamos, en mis estanterías de primera línea, y no relegarlos a los altillos o, simplemente, deshacerme de ellos (cosa, en fin, que casi nunca hago).

Anoto aquí algunos: Ventanas sobre el bosque, de Antonio Jiménez Millán; Lo que vale una vida, de Rafael Juárez; Raro, de Lorenzo Martín del Burgo; La guerra de los treinta años, de Ángeles Mora; El libro del santo lapicero, de Carlos Morales; La edad difícil, de Juan Peña; Demolición del arcoiris, de Ángel Petisme; Esplendor, de Vicente Tortajada... Algunos de esos libros lucen la dedicatoria manuscrita que en su día me hizo el autor, en ocasiones que el tiempo ha desdibujado, como ha hecho con algunos rostros y voces. Con algunas excepciones: la que me garrapateó, con letra muy temblorosa, el ya desaparecido Vicente Tortajada, en una tarde sevillana de 1994; o la de Antonio Jiménez Millán, redactada en Cádiz, posiblemente en mi casa, hace veinte años. Hojear estos libros ha sido como encontrar a viejos conocidos que despiertan en uno un recuerdo grato, una brasa de amistad que, si se soplara un poco sobre ella, podría avivarse. Naturalmente, mi intención al redactar este apunte no es reintegrar esos libros a mi canon literario particular, en el caso de que lo tuviese, ni calibrar su valía de cara a una posible posteridad, que yo tampoco conoceré. Pero sí son, de momento, como todo lo olvidado y vuelto a recordar, una parte preciada de la memoria de uno. Bienvenidos a casa.

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Santander. Como todos los años, un súbito empeoramiento del tiempo precede este viaje. Veo en televisión las imágenes de siempre, que parecen repetirse un año y otro: lluvia, calles encharcadas, olas sobrepasando la balaustrada del paseo marítimo. Las mismas dudas de siempre respecto a qué ropa llevar (hasta anteayer, como quien dice, hemos ido vestidos de verano), el mismo cansancio anticipado ante las muy deficientes comunicaciones entre mi ciudad y el resto de la península, que me obligarán a emplear todo un día en un viaje que a otros apenas llevará unas horas... Pero aquí estoy, con el ánimo bien predispuesto, y una especie de recuerdo anticipado de todo aquello que mi afición a la rutina me tiene reservado, también aquí.

2 comentarios:

José María Pérez Collados dijo...

Supongo que es eso el viaje en el tiempo. Volver a leer, como ver fotos de antaño, encontrar un billete de tren entre las páginas. Y nos trasladamos a esos momentos, volvemos a ser esos, nos comprendemos, incluso somos capaces de acudir a aquella calle entonces transitada a buscar..., qué sé yo. Buscar entre los viejos libros. Algunos de los que mencionas y no conozco haré por encontrarlos y sumarlos a mi librería.

Leer Gratis dijo...

Coincido con el anterior comentario, habrá que esforzarse por encontrar algunos de los libros que mencionas y efectivamente, el releer obras "abandonadas" nos suele dar una satisfacción como pocas cosas lo logran.