lunes, noviembre 30, 2009

SIMETRÍAS

Primero me llama el librero J.M., para decirme que tiene allí delante, en su local, al personaje que hemos dado en llamar el libridinoso, por una anécdota que conté en su día en este cuaderno, y que se publicó en mi libro Señales de humo. Debe de ser un hombre bienhumorado, y por eso el librero no ha dudado en decirle que la referida anécdota anda en papeles, e incluso se ha decidido a regalarle el libro... Me llama para decírmelo, e incluso me pasa el teléfono para que yo pueda saludar al aludido. Con lo que me siento casi como Unamuno cuando decidió presentarse él mismo en las páginas de Niebla, su famosa nivola, e interpelar directamente a sus personajes.

Y aún me dura esa sensación de divertida extrañeza cuando, por la tarde, me decido a hojear la nueva entrega de los diarios de A.T., que recogí esa misma mañana en correos; y, para mi sorpresa, me saltan a la vista unas páginas en las que se habla de una visita que ese escritor hizo a Cádiz en el 2002, y se menciona al
buen amigo que lo presentó, que no es otro que el que escribe esta nota... Con lo que se produce una de esas extrañas simetrías que la realidad crea a veces con los materiales más insospechados. Un personaje de un libro mío cobra vida y voz al otro lado de un teléfono. Y yo mismo, encubierto por una X., aparezco como personaje fugaz de otro libro. Y todo ello, en un mismo día que, de no haber sido por esta curiosa doble anécdota, hubiera figurado, por razones que no vienen al caso, entre los más depresivos y angustiosos de este otoño-invierno que no termina de arrancar.

***

Bueno, también estuve a punto de caerme por las escaleras. Iba despistado y creí que había llegado ya al final de las mismas, cuando faltaban aún dos escalones para el descansillo. Podía haberme dado un mal golpe, en fin, pero tuve suerte y aterricé sobre mis codos y rodillas, sin más consecuencias que unas ligeras magulladuras y el susto terrible que le di a K., que salió corriendo espantada, con la cola erizada, y luego volvió a cerciorarse de que ese extraño cuerpo que se le acababa de abalanzar no albergaba ulteriores intenciones agresivas.

***

Y es que a la gata tampoco le ha sentado del todo bien este fin de semana. Ya el viernes vinieron a sacarla de su tranquilidad los operarios que estuvieron reparando el lavavajillas. Cuando intentaba olisquear a uno de ellos, para ver si era de confianza, le sonó a éste el móvil, con uno de esos espantosos tonos que, en vez de simular un timbre, exclaman: ¡hola! ¡hola! con una horrible voz de payaso psicópata. A partir de ahí, K. se limitó a acecharlos desde la puerta, con la cola erizada, mientras emitía una especie de rugido amenazador. Y con ese humor recibió a las visitas que vinieron luego; que, por estar acostumbrados a los gatos, no se lo tuvieron en cuenta y más bien se tomaron con ella unas confianzas rayanas en la falta de respeto...

3 comentarios:

José Miguel Domínguez Leal dijo...

A levantar ese ánimo, José Manuel. Un abrazo.

Guinda de Plata dijo...

José Manuel, buenas noches.

Me encanta leerle y también le sigo en sus columnas del Diario. Esta noche he descubierto su blog y, si no hay inconveniente, por aquí husmearé de vez en cuando.

Un beso de lunes,

Belén.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Bienvenida, Belén. Me encantará recibir sus visitas (y devolverlas).