martes, noviembre 03, 2009

TENORIO

Como C. no había visto el Tenorio, asistimos con ella el jueves pasado a una representación de esa obra, a cargo de un grupo sevillano. Ni que decir tiene que me emocionó; en gran medida, creo, porque la eficacia dramática de la obra sobrepasa holgadamente el amplio catálogo de inconvenientes que el tiempo, los azares críticos y la malicia moderna han acumulado contra ella.

Efectivamente, no podemos compartir, por burdo, el mensaje trentino respecto a la validez del arrepentimiento in extremis, que ni puede reparar el daño causado ni aliviar el dolor de las víctimas; seguramente ni el cínico Zorrilla creía en eso. Un oído literario medianamente formado también podría impacientarse con la machacona ramplonería del texto. Y, finalmente, es muy posible que queden ya pocos espectadores capaces de disfrutar de una obra como ésta en situación de "inocencia"; es decir, sin tener noticia de las múltiples teorías que circulan respecto al carácter de Don Juan, su presunta homosexualidad reprimida y sublimada, su conflicto con el padre, etc. Pasa con el Tenorio lo mismo que con la Canción del pirata de Espronceda: intuimos que nuestra percepción y disfrute de la pieza sería mejor si pudiéramos limpiar mente y oídos del peso de conocerla demasiado bien, de haberla visto u oído demasiadas veces, de habernos incapacitado para ponderar la valía de sus componentes específicos por una excesiva familiaridad con el conjunto. Y, sin embargo...

Sin embargo, sobre el escenario el Tenorio resulta enormemente eficaz. La escena primera, en la sevillana Hostería del Laurel, es uno de los mejores retratos de la fanfarronería juvenil, irresponsable y vitalista, que se han escrito nunca: comparable, quizá, a algunas de las escenas intersticiales de Romeo y Julieta, que desprenden la misma urgencia vital, un mismo coqueteo con la perdición y el peligro como alicientes máximos de toda experiencia que merezca vivirse. Los adolescentes -Don Juan lo es, pese a que no se le suela caracterizar como tal- son y sienten así. También son conmovedores los monólogos de doña Inés: el eterno autoengaño por el que las urgencias del cuerpo se interpretan como aspiraciones del alma, o se llega a la conclusión de que unas y otras son la misma cosa.

Pero más me emocionaron, en clave estrictamente contemporánea, las pocas, pero certeras, pinceladas de ambiente que denotan que el dramaturgo, pese a la aparatosidad y aparente ligereza de su empeño, trabajaba su materia con sensibilidad de verdadero poeta. Por ejemplo, la súbita mención de los olivares circundantes en la escena de seducción, que transcurre en la quinta que don Juan posee en las afueras de Sevilla, junto al río: son los olivos del Aljarafe sevillano, como las cañas y olores evocados son los del propio río.

En fin. Salí complacido y emocionado. Y me gustó que, entre el público que llenaba el teatro, hubiera muchos jóvenes que, dos días después, seguramente participarían ruidosamente en los rituales importados de Hallowe'en, que tanto escandalizan a los puristas. No hay una clara solución de continuidad entre esa fiesta de disfraces centrada en brujas y trasgos y la dimensión tétrica y fantasmal de esta obra que, al fin y al cabo, habla de aparecidos y de muertos que hablan. No hay tradición que, para subsistir, no haya de corromperse. Y a la vista de las ruidosas corrupciones que ésta del Día de Difuntos anda experimentando, uno diría que parece más viva que nunca.

5 comentarios:

Olga B. dijo...

Mira, tratar a don Juan de homosexual reprimido es una cosa inútil, además de una horterada. A mí me resulta más pasada de moda la manía de aplicar la psicología barata a diestro y siniestro que el tono de don Juan, que siempre tendrá su encanto.
Me lo imagino indignado con el bullicio de jalowin, con tanto infantilismo y tan poca monja, espada en mano. "Cuán gritan esos malditos...", etc.
¿O no?

José María Pérez Collados dijo...

A mí sí me gustaría creer en la verdad del perdón "in extremis". Y por eso prefiero el Don Juan de Zorrilla al de Tirso. Supongo que mi preferencia es interesada.
El Don Juan es fácil de representar de modo muy actualizado, y el día que pierda presencia no será tanto por la propia obra, como por errores de dramaturgia y escenificación (achacables a los puristas, claro).
Yo también fui a ver una representación de la obra, pero muy encorsetada en la literalidad del texto histórico. No me gustó por eso. No doy ni la referencia.

Juan Antonio Glez. Romano dijo...

El don Juan de Zorrilla representa el ideal de muchos: no privarse de nada en vida y ganar el cielo. ¿Quién no lo firmaba ahora mismo? Entiendo y comparto todas las reticencias hacia el texto de Zorrilla, pero también sucumbo a su encanto. Y si tantas generaciones durante más de siglo y medio hemos sucumbido, algo habrá, digo yo.
Un abrazo.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Bueno, me alegra constatar que no soy el único que sucumbe todavía al encanto de esta venerable obra. La versión que vi -yo sí doy la referencia, por si a alguien le interesa- corría a cargo del grupo sevillano "Teatro Clásico de Sevilla". Usaban una dramaturgia muy sencilla, pero eficaz. Decían bien el verso, en general (muy buena, especialmente, Rebeca Torres, que hacía de Doña Inés)... Heme aquí metido a crítico de teatro. Lo que me faltaba.

maile dijo...

Mis sueños son romanticismos que se caen ante la realidad. Pero intento conservarlosintactos en la medida de lo posible.
Y entono el "mea culpa"... creo que me gustaría sentir, al menos una vez, esa zozobra que sintiera Doña Inés al oir aquello de "¿no es verdad angel de amor...?.
Por trabajo no he visto nada de televisión este año en el Día de Difuntos, pero si que he echado de menos aquellas emisiones en las que el "Don Juan" era una tradición en este día.
Esa parte romántica de mi alma, que huye de prejuicios, perjuicios y demás impedimentos, aún ama a ese D. Juan... aunque me niegue a asumir el papel de Dña Inés.
Pero... por unos momentos... no estaría mal eso de "dejarse llevar".