jueves, noviembre 26, 2009

UNA PAUSA

En una pausa del trabajo veo a esta compañera consultar una de esas páginas de Internet en las que se hacen predicciones meteorológicas. Nada anormal, por supuesto, y más en estos días de tiempo cambiante, en los que conviene ir avisados. Pero lo que me llama la atención, y hace que me acerque a ella, es que el verdadero propósito de la consulta es acceder al archivo de fotografías relacionadas con los elementos que incluye esa misma página, y que han sido puestas en ella por los usuarios de la misma. Son fotos bellísimas, casi todas de amaneceres o puestas de sol, con cielos de un colorido casi sobrenatural, nubes impresionantes y arrebatadores efectos de luz. No hay más remedio que asentir a esa belleza; como también hay que hacerlo, en fin, al impulso que lleva a esta mujer, bastante comedida y sobria en todos sus actos, a entregarse por unos minutos a este acto casi secreto de gratificación estética y, entiendo, espiritual. Y lo que lamento, una vez consumada mi intromisión, es no tener palabras para corresponder a su entusiasmo, que entiendo sincero. Esa clase de belleza es verdaderamente inefable. Y lo es, no sólo por su intensidad, sino porque realmente no se puede hablar de ella sin trasladarla a categorías estéticas que la empobrecen o bastardean. ¿Compraría yo un cuadro que se entregara sin más a la reproducción de esos efectos? No. ¿Pondría yo en mi salón, permanentemente a la vista, una reproducción enmarcada de alguna de esas fotografías? Tampoco. Incluso las frases con las que he intentado dar idea de lo que muestran me resultan, al releerlas, afectadas y cursis. En cambio, no tengo reparo en tener a la vista, como es el caso, un cuadro que muestra un paredón desconchado... No lo digo en detrimento de este último: es un cuadro (alguna vez he hablado de él) muy hermoso, también tocado por la luz, y que presupone todo un mundo a su alrededor. Pero...

Tal vez la solución de esta sencilla paradoja sea que el arte casi siempre fracasa (o, lo que es peor, cansa y empalaga) cuando intenta reproducir ciertas bellezas evidentes por sí mismas, y en cambio se eleva a alturas insospechadas cuando parte de referentes modestos y simples. No sé. También puede ser que en toda esta situación que he contado lo que se pone de manifiesto sea alguna carencia mía, no sé si intelectual o sensitiva. También ésa es una de las funciones de la belleza: dejarnos pensativos.

4 comentarios:

José Miguel Domínguez Leal dijo...

Me parece que la emoción estética nos impele ciegamente y de modo imperfecto a rastrear detrás de las meras apareciencias. Y ese anhelo es lo que persiste.

Javier dijo...

Los mejores cuadros son los que han intentado copiar la naturaleza, cuadros de flores, amaneceres, bosques, lagos.... Yo tengo una colección muy extensa de fotos de bosques cada vez que viajo sobre todo al norte me pierdo por sus bosques y me harto de hacer fotos....

arati dijo...

Querido José Manuel: es que el cielo nos ofrece a menudo unos juegos de color magníficos... y gratuitos que dejamos pasar sin detenernos, reparar en ellos, gozarlos.

(un amigo diseñador gráfico solía bromear diciendo que Dios debe ser un poco gay, sólo así se explica el diseño del crepúsculo con esa paleta de color tan cursi, con esos naranjas y esos rosas y esos violetas...:-)

Ojalá pudiésemos pasear por un museo con la mirada limpia y abierta que le dedicamos a un bosque o a un campo de trigo con amapolas... y al revés: ojalá nos detuviésemos a contemplar la naturaleza con los ojos anhelantes del color y el espectáculo que se ofrece, cada día, distinto, magnífico, apto para todos los públicos y con entrada libre.

(si no lo había hecho ya, te recomiendo una visita a este enlace: http://rrose.espacioblog.com/post/2009/11/07/manifiesto-las-nubes )

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Tiene razón el manifiesto ese, Arati. Pero eso lo sabían ya todos los pintores que en el mundo han sido (menos los abstractos, claro): un cielo sin nubes no tiene interés.