jueves, diciembre 17, 2009

APAGÓN

Empezamos el día con un apagón, coincidente con una fuerte tromba de agua. Deben de ser poco más de las siete. M.A. está en la ducha y yo preparando el desayuno. Al irse las luces, me extraña no oír ningún sonido procedente del cuarto de baño. En vez de preguntar a voces qué ha pasado, M.A. termina lo suyo a tientas con admirable calma, mientras yo, a la luz del débil resplandor nocturno que entra por la ventana, retiro del fuego la cafetera y el cazo de la leche y me siento a desayunar. M.A. ha encontrado unas velas, por lo que la escena adquiere de pronto una curiosa cualidad temblorosa, como de cosa soñada. Sabemos que el apagón va a suponer una merma del escaso tiempo que tenemos para llegar puntuales al trabajo, pero eso es lo que menos importa ahora. Coloco una de las velas en un vaso y me dirijo al cuarto de baño. Nunca me había duchado bajo esa luz, y la verdad es que resulta mucho más agradable que el resplandor inclemente del foco bajo el que lo hacemos habitualmente. Es como ducharse en un fotograma de Barry Lyndon. Suena el despertador de C. Tampoco ella grita o hace aspavientos: más bien se incorpora con curiosidad a la extraña ceremonia que está teniendo lugar. Mientras las mujeres terminan de arreglarse, bajo al garaje, a ver qué se puede hacer. Un vecino espabilado ha accionado el mando manual de la puerta cochera, que encuentro abierta. Aprovecho para sacar el coche, antes de que otro la cierre. Fuera, en la calle oscura, espero a M.A. Al poco, las farolas se encienden. El apagón ha durado una media hora. Baja M.A. y emprendemos el camino al trabajo.

Unas horas más tarde, una nueva tromba de agua golpeará con fuerza el ventanal de la biblioteca, en la que sólo estamos dos chicas aburridas, que ya dan por terminado el trimestre y se han refugiado allí para estar más tranquilas, y yo. Es uno de esos días en los que todo parece frágil. Y, sin embargo, siente uno una especie de profunda aceptación de uno mismo y sus limitaciones. Y ahora caigo en que este estado de ánimo, que tenía casi olvidado, es el que corresponde al invierno, que por fin ha llegado.

3 comentarios:

Paco Gómez Escribano dijo...

Por lo que veo, José Manuel, has asumido con naturalidad la llegada del invierno. Yo este año lo estoy asumiendo con menos naturalidad, porque aquí en Madrid hace un frío del carajo. Eso sí, en el insti se está estupendamente con la calefacción. Algo he ganado, porque no he pasado más frío en mi vida que en el insti de Algeciras, donde la Junta no se digna en poner calefacción porque dice que no hace frío. Un abrazo.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Exactamente, Paco: conozco incluso a nórdicos que dicen que no han pasado más frío en su vida que en Cádiz, por esa curiosa idea de que, como los días fríos son menos, no hay que precaverse. Son cosas del subdesarrollo. Un abrazo.

José Miguel Domínguez Leal dijo...

En mi ies tengo también una profesora que viene de Madrid, y se muere de frío la pobre. Eres un superviviente, José Manuel. Un abrazo.