lunes, diciembre 14, 2009

CACERÍAS

Maullidos angustiosos de K. Hay una salamanquesa en el techo del salón. La gata se ha encaramado en el respaldo del sofá e infructuosamente se estira hacia el techo. Su instinto no le ha fallado: en una casa de campo, hubiera sido una eficacísima cazadora de ratones. Me siento orgulloso de ella. Pero, como no puedo rebajarme a participar en sus cacerías, pido que la sujeten mientras con un cojín intento derribar a la salamanquesa. Ésta desparece en cuanto cae al suelo. K. -en esto si se nota su condición de gata casera- no es capaz de encontrar su rastro. Al cabo de las horas, vemos a la salamanquesa en el marco de la ventana, seguramente buscando salir por donde mismo ha entrado. Me levanto para abrirle la ventana, pero mi proximidad la asusta y vuelve a esconderse bajo el mueble del televisor. Le dejo la ventana abierta. No sabemos si ha logrado escapar, o si algún día encontraremos su cuerpecillo tieso debajo de algún mueble. Miro de reojo a K., por si ella sabe algo que nosotros no sepamos.

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No sé cuántas veces habré visto L'Age d'Or, de Buñuel: casi siempre, al socaire de acontecimientos más o menos externos (cursillos, aniversarios, etc.) y nunca de ese modo desinteresado en el que uno acudiría a ver, pongo por caso, El orgullo de los yankees o Raíces profundas, por citar sólo dos maravillosas películas para cuyo disfrute no necesita uno acogerse a pretextos culturales de ningún tipo. Este sábado, en fin, me organicé un modesto triple programa buñueliano, para ilustrar la lectura que he venido haciendo estos días del espléndido y muy bien documentado libro de Román Gubern y Paul Hammond Los años rojos de Buñuel: M.A. y yo vimos, por enésima vez, pero con ánimo de redescubrimiento, Un perro andaluz, la citada La edad de oro y Las Hurdes/Tierra sin pan, las tres primeras películas del director aragonés. Y quizá por contraste con las dos que la flanqueaban, la del medio nos pareció, amén de técnicamente muy competente, bastante divertida... si uno prescinde de dos o tres salidas de tono bastante improcedentes y que, con el tiempo, han perdido ya toda la gracia que pudieran haber tenido en su momento.

Es -se ha dicho hasta la saciedad- una historia de amour fou. Pero una historia, dentro de lo que cabe, bastante coherente y comprensible, pese a estar contada en clave paródica. Las vicisitudes de Gaston Modot para reencontrarse con su amada se parecen, salvando todas las distancias, a las de los protagonistas de Amanecer, la arrebatadora película americana de Murnau. También en esta última, por cierto, el impulso amatorio aparece íntimamente ligado a la locura y a la pulsión criminal... Y el caso es que, si uno lo piensa bien, la farramalla psicoanalítica aparejada a estos argumentos es más llevadera en la de Buñuel -al fin y al cabo, una parodia, o una boutade- que en la del alemán Murnau, llamativamente carente de humor, aunque no de encanto.

En fin, que hemos partido una lanza a favor de este Buñuel redicho, de manual, que nunca había conseguido emocionarnos. Ahora nos ha divertido. Ya es algo.

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Mientras escribo estas líneas pasa frente a mi casa un desfile de motos. Las hay a centenares, de todo tipo y tamaño. Ignoro el motivo que las ha reunido. Pero me impresiona el aspecto militar del conjunto, sus aires de columna motorizada en marcha. Cualquier pretexto es bueno para formar un ejército.

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