lunes, diciembre 28, 2009

ESTO NO ES UNA RESEÑA

A ver cómo lo digo sin que parezca que estoy haciendo una reseña. Las reseñas se hacen de cara a la galería. Y esto, me gusta recordármelo de vez en cuando, es un diario íntimo, aunque no del todo privado. Y causa cierto horror imaginar que uno se dirigiera a sí mismo, en su intimidad, en los mismos términos que emplearía para dirigirse a la galería.

Se trata de la última novela que ha publicado esta conocida escritora octogenaria. A mí me gustan sus cuentos, pero hasta ahora no me había asomado nunca a sus novelas, quizá porque los cuentos dan la impresión de abarcar todo lo que la autora tiene que decir respecto a su mundo, y sus novelas tienen, ya desde el título, un cierto aire impostado. Los editores le siguen la corriente, y les ponen portadas que, como los propios títulos, remiten a las novelas de fantasía que leen los adolescentes, del estilo de Memorias de Idhún, por ejemplo. No sé si es coincidencia, o si la autora ha querido jugar esa baza oportunista. Da igual. Los motivos por los que uno recela de determinadas zonas de la obra de un autor al que admira son siempre de naturaleza tan subjetiva como variable. Tienen que ver con la pereza, a veces: uno se conforma con lo ya leído y se ahorra el esfuerzo de ir más allá. Pero también con la sospecha de que, en la mayoría de los escritores, no merece la pena extenderse más allá de lo que uno intuye que efectivamente dominan.

Esta vez, sin embargo, lo he hecho. Me he leído esta novela, publicada hace apenas un año. Y me ha aburrido como hacía tiempo no me aburría ningún libro. Y ello, pese a que contaba con las mejores bazas. Es un libro sobre la infancia, como el último que yo mismo he publicado. Y, como éste, lo hace en primera persona, poniendo la voz de un adulto al servicio de las vivencias del niño que fue. Es un punto de vista complicado, frente al que cabe adoptar dos posturas: o bien ese adulto enjuicia abiertamente su infancia, con los argumentos propios de su edad y experiencia, o bien prescinde de éstas y prefiere ponerse en la piel del niño que fue y asumir momentáneamente su desconocimiento de las cosas, su progresiva sorpresa al descubrirlas. Frente a lo que se pueda pensar, esta segunda postura es la más natural, la que se corresponde con el estado de ánimo con el que un adulto suele enfrentarse a sus recuerdos infantiles. Y quizá el gran fallo de esta novela sea no delimitar claramente la posición de la autora al respecto: "Nací cuando mis padres ya no me querían", comienza, dando a entender, ya desde la primera línea, que el punto de vista adoptado rebasa ampliamente, no sólo lo que la niña protagonista debía saber, sino lo que el propio lector debería descubrir por sí mismo, so pena de que toda la novela se convierta en una mera ilustración de la tesis enunciada en esa primera frase. A partir de ahí, son frecuentes las generalizaciones abusivas, del tipo: "Desde entonces, siempre he sido así", o "Fue la primera vez que...", en las que la autora se postula como el adulto doliente y desengañado que, en principio, parece el lógico sucesor de esa niña desgraciada, pero que, en segunda lectura, más bien parece que está trasvasando, quizá no sin mucho fundamento, su desengaño y su dolor adultos a sus recuerdos infantiles. Porque éste es el segundo gran error de esta novela: su victimismo. De ningún otro tono narrativo se ha abusado tanto en los últimos cien años. Y ningún otro tono, por consiguiente, me parece tan agotado y desprestigiado.

No ahondo más -no, no quería hacer una reseña-. En todo caso, anoto aquí, para mi coleto, que la redacción es muy descuidada y abunda en anacolutos, construcciones truncadas y errores de concordancia. Benevolentemente, uno podría achacar esos descuidos a la edad de la autora. Pero prefiero hacer responsable directa de los mismos a la editorial, cuyos correctores de pruebas o de estilo tendrían que haber advertido estos descuidos, y haber dado ocasión a la autora de subsanarlos. Es lo menos que se le debe a quien tiene a sus espaldas una notable trayectoria literararia y va a deparar beneficios seguros a su editor.

Y un último apunte sobre la inutilidad de las reseñas: ninguna de las que he visto de este libro insinúa siquiera alguna de las objeciones que he anotado. No es que pretenda que me den la razón al cien por cien, pero en esto, como en otras cosas, asombra siempre la unanimidad.

Por eso mismo, para que no pueda achacárseme la intención de querer dar la nota contraria, y para no causar ningún disgusto ni a la autora -que no creo que pierda el tiempo en leer estas niñerías- ni a sus incondicionales, me abstengo de dar su nombre o el título de su novela. Estas notas ya han cumplido su función, que es ayudarme a pensar en voz alta. Con eso voy servido.

10 comentarios:

Anónimo dijo...

Encuentro su análisis excelente. Si bien para contrastarlo me haría falta leer la novela en cuestión, estoy convencido de lo cabal del mensaje contenido en la "no-reseña" que usted nos brinda. Hablar del pasado en primera persona sin caer en el victimismo o en esa tramposa proyección del presente hacia el ayer es un escollo difícil de salvar. Como autor, habría agradecido su valioso criterio (de usted).

Paco Gómez Escribano dijo...

Me ha gustado tu análisis, ya me gustaría ser a mí tan experto como a ti. El no dar el nombre de la novela ni el de la autora es un detalle, aunque me habría gustado saber quién es para no comprar la novela, aunque a la autora seguro que no le habría gustado esto último. Un abrazo.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Insisto en que éstos no son sino pensamientos en voz alta. La autora no necesita mis consejos. Aunque a mí sí me reconfortan comentariso cómplices como los aquí recibidos. Gracias.

Leer Gratis dijo...

Un excelente análisis! El problema que hay con las reseñas que encontramos en todos lados, es que muy pocas se realizan con un conocimiento real de la obra, sino que uno lee el libro y escribe algo, y allí van todos a crear "reseñas derivadas de la anterior".

Sobre el tema de la corrección en las editoriales es mejor ni hablar, que uno ve cada error en muchas obras que jamás deberían ser pasadas por alto...

Sin duda, un excelente análisis y más aún, una gran reflexión la que has hecho aquí.

Un saludo,

Marcelo Ferrando

rosa dijo...

Sin embargo,tiene otras muchas cualidades, como la de recordarnos ese sentimiento infantil de ser distinta, de ser "mala",asunción de la que le salva su mundo propio, cercano: el de las Tatas, el de su amigo y, sobre todo, el de los libros. Quizá le sobren páginas. Seguramente yo no sea muy exigente, y por eso a mí sí me ha gustado esta obra. Ya veremos qué dicen los "otros" lectores.Bss.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Sí, Marcelo, el mundo de la edición en España tiene esas paradojas: a veces se gastan fortunas en poner una portada bonita y se olvidan de pagar a un corrector. En ese aspecto, yo creo que he tenido suerte: he contado en la mayoría de las ocasiones con correctores muy exigentes, que han llegado incluso a irritarme, pero que me han hecho ver no pocas erratas y errores míos, de esos que, por un excesivo conocimiento del texto, el autor ya no ve.

Y Rosa: no era mi intención echar por tierra el libro, sino apuntar para mi coleto algunos aspectos que me han llamado la atención. Precisamente ése que indicas -ya veo que has reconocido la novela- es el que me lleva a pensar que no todo es tan negro en la vida de esta niña como lo pinta la adulta en la que se convertirá, y que muchas veces quien está proyectando su resentimiento sobre lo que se narra no es la niña, sino la adulta.

Saludos.

rosa dijo...

Ya sé que eres muy respetuoso con todo y con todos. Lo sé porque compartimos la misma ventana al mar. Bss

rosa dijo...

Mejor dicho, disfrutamos la misma ventana (he pecado de redundante, perdón).

José Manuel Benítez Ariza dijo...

A ver qué se va a pensar la gente, Rosa, con eso de la ventana compartida... Por cierto, habrá que ver el panorama en estos días de temporal.

rosa dijo...

Y ¿qué tiene de malo compartir la ventana...de la biblioteca? ¡Qué malpensados!