sábado, diciembre 26, 2009

FELICES

Como la felicidad no admite otro patrón de medida que el que cada uno quiera darse, no hay nada menos digno de confianza que las declaraciones que se puedan hacer al respecto. Le pregunta uno a alguien si es feliz y éste invariablemente dirá que sí, porque lo contrario equivaldría a reconocerse inferior al vecino, o carente de los atributos y habilidades necesarios para el goce de ese bien esquivo que es la felicidad. O, por el contrario, dice uno congratularse de los bienes del prójimo y éste, deseoso de ocultar todo aquello en lo que pueda cebarse la envidia ajena, alega toda clase de contrariedades para conjurarla… Ni la felicidad ni la desgracia resultan del todo fiables en primera persona.

Por eso llama la atención que la demoscopia, que dice ser una ciencia seria, acepte ocuparse de estas cuestiones. Que una población afirme ser feliz no demuestra que lo sea. Como tampoco, creo, cabría otorgar demasiada fiabilidad a un sondeo en el que a los encuestados se les diera la oportunidad de ventilar toda clase de agravios. Hay una coquetería consistente en presumir de felicidad en la desgracia, o de contrariedades en medio de la prosperidad. Y sólo en esa clave, en fin, pueden entenderse los resultados de cierta encuesta recientemente publicada, según la cual los andaluces otorgan a su calidad de vida una calificación de ocho sobre diez… No quiero escribir la columna que ya han escrito otros: estos días he leído muchas en las que se recuerda que Andalucía, para vergüenza de todos, sigue siendo una de las regiones más atrasadas de España y de Europa, que sus índices de pobreza, desempleo, fracaso escolar y otros males sociales son espeluznantes. Que sus carencias en servicios e infraestructuras resultan tan intolerables como irritantes en el día a día. Pero cuando a un andaluz le ponen un micrófono en la boca y le lanzan a bocajarro la pregunta de si está satisfecho con su calidad de vida –que es como los cursis de la demoscopia llaman a la felicidad–, lo más probable es que sobre el interpelado pesen los tópicos acumulados al respecto; que se acuerde de las bondades del clima, de las excelencias gastronómicas e incluso de la despreocupada idiosincrasia atribuida a los naturales del país; y que concluya concediéndose a sí mismo –porque los juicios sobre la propia felicidad implican siempre un dictamen sobre uno mismo– la calificación más alta. O lo que es igual: que se proclame feliz, como dicen los antropólogos que lo son los hotentotes o los yanomamis en sus desiertos y sus selvas, cuando no se acuerdan de que el mundo exterior los está cercando y poniendo en evidencia su debilidad.

Y es verdad que lo somos: nada satisface tanto como hacer felices a quienes requieren algo de nosotros. En este caso, a quienes pagan la encuesta. Claro que ellos ya se esperaban el resultado.

Publicado el martes pasado en Diario de Cádiz

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