jueves, diciembre 31, 2009

UN ESPEJISMO

Le ha ido uno tomando cariño a U., el pueblo grande más cercano a éste en el que pasamos nuestros días de vacación. Al principio bajábamos a U. por razones exclusivamente utilitarias: para comprar todo aquello que no encontrábamos aquí. Eran visitas un poco accidentadas, que nos obligaban a circular con el coche por calles normalmente muy congestionadas, y a perder mucho tiempo en buscar aparcamiento. Luego, los ires y venires de la plaza de abastos al supermercado, de éste a la ferretería, de la ferretería al quiosco de prensa. Volvíamos de esas salidas agotados, estresados, y con el propósito firme de no repetirlas en semanas, si nos era posible. Pero poco a poco, ya digo, he empezado a tomarle cariño a este poblacho grande y un sí es no es destartalado, pero muy laborioso y serio para sus cosas. También, en los años que llevamos frecuentándolo, hemos descubierto su casco antiguo, que es uno de los caseríos más bellos de la Sierra, y que, frente a la zona comercial, respira una calma y un recogimiento que ya quisieran para sí muchos lugares que presumen de bucolismo y encanto rural.

Pero no se trata de prestigiar unas cosas a costa de otras, como tampoco se trata de andar haciendo particiones para elegir el bocado mejor. A eso iba: en estos días lluviosos, incluso la parte comercial, ruidosa y caótica, se ha revestido de una especie de serenidad propia de otras latitudes. Siempre sorprende un poco ese viraje a la gama del gris que experimentan estos pueblos predominantemente blancos en cuanto el día se oscurece, las paredes se mojan y las calles se llenan de paraguas. La mezcla de la limpieza de líneas sureña y de esa súbita atmósfera nórdica impostada da como resultado algo parecido al ambiente y la gama de formas y colores que pueden apreciarse, por ejemplo, en un puerto del Cantábrico. Sorprende este espejismo marítimo en medio de la Sierra. Y no le extrañaría a uno, en medio de estas pulcras tiendas de ropa, de estos talleres de marroquinería, de estos bien abastecidos bazares gestionados por chinos, encontrar, por ejemplo, una tienda de efectos navales. Y comprar en ella una de esas panoplias de nudos marineros que algunos ponen en el salón de sus casas, para satisfacer no se qué nostalgia de grandes veleros, de vendavales, de espacios abiertos.

Imagen: La greera, óleo sobre lienzo de José Antonio Martel Guerrero.

5 comentarios:

José Miguel Domínguez Leal dijo...

Feliz Año Nuevo en la sierra, José Manuel. Aquí en la capital uno se acuerda de la novela "vinieron las lluvias". Un abrazo.

Casiano dijo...

Acertada descripción de Ubrique, que es capaz de pasar de la luz más bella al gris invernal sin desmejorar la pose.
Felicidades por el Año Nuevo y por el blog.

Javier Sánchez Menéndez dijo...

Muchas felicidades.

EMILIO CALVO DE MORA dijo...

Viví un año en U. Empezó a tientas, como a oscuras en casi todo, pero terminó abierto en luz. Era yo un poeta recién casado, como diría J.R.J., y recién embarcado en lo laboral. Era U. un pueblito cómodo. Viví en la Avenida de España, peatonal y casi aristocrática. Teníamos a mano el videoclub (imprescindible) y los cuatro o cinco bares en donde perdíamos noblemente las horas que no estábamos en casa. Hicimos amigos con lentitud, pero fueron muy buenos. Lo son, en cierto modo, casi quince años después. Hacíamos al contrario que tú: íbamos de U. a B. y lo que encontrábamos desconcertante era el silencio rocoso de B. Teníamos (verbo mal usado) unos buenos amigos y nuestras visitas a B. eran siempre bien guiadas. Nunca lo recorrimos solos. Hemos vuelto años después y me he vuelto a enamorar del paisaje. Se cae encima como el cielo en la cabeza de Obelix. Echo en falta ese paisaje, el mercado de abastos de U. los sábados por la mañana. Es curioso: todos los fines de semana llovía. Comprábamos la prensa y nos recogíamos en el salón de casa a verlas venir, como quien dice. Tardes infinitas en los cafés, tertulias en casa de amigos, noches de pelis en vhs. Salimos al año, al término del curso escolar. Y hemos vuelto puntualmente. Tengo precisamente en el pasillo de mi casa, en Lucena, un cuadro de Casiano (Una calle de U., óleo sobre tela, 1.98) que me regaló (creo, son muchos años) mi buen amigo Fernando Oliva. Precisamente está Casiano aquí, más arriba, posteando. El mundo es un óleo. Un abrazo, José Manuel, y buen año.

José Manuel Benítez Ariza dijo...

Felicidades a todos. Casiano, Emilio, me alegra encontrar en esta página a gente de por allí, naturales o residentes. Y que compartan mis impresiones del lugar.