viernes, enero 30, 2009

MADE IN SPAIN

Algún que otro ministro, y hasta el propio presidente, han sugerido que debemos comprar productos españoles. Lo que me deja pensativo. ¿No habíamos quedado en que la llamada “globalización” era la panacea para todos los males del mundo? ¿No se decía que, gracias al desarrollo del comercio global sin trabas, todos los países se beneficiarían, especialmente los más pobres, los que nos envían remesas de emigrantes y generan la mayoría de los conflictos que nos preocupan? Pero llega la crisis y, en ese reflejo del tacaño que espeta: “los míos primero”, se nos dice que, antes de comprar un producto, comprobemos que la etiqueta dice “made in Spain”. Lo que es complicado, claro, porque ya hay empresas indudablemente españolas que manufacturan sus productos en China, por ejemplo. ¿Son menos españolas las prendas de cierta famosísima multinacional textil de origen gallego, hasta hace poco considerada modelo de eficiencia empresarial, si se han cosido en un taller asiático? También se decía, me parece recordar, que lo propio de un país desarrollado es generar valor añadido. Y valor añadido, creo, es lo que corresponde al diseño, a la eficiencia tecnológica, al prestigio de la marca, etc., y no a la materialidad del paño cosido en una desabrida chabola de Shanghai. Habrá incluso quienes, desde posiciones presuntamente progresistas, aduzcan esas duras condiciones de trabajo como excusa para boicotear las manufacturas de esos países. Como si no fuera obvio que la única posibilidad que éstos tienen de evolucionar hacia un mayor bienestar es que se mantenga su actual nivel de desarrollo productivo.

Pero, más que las contradicciones en las que periódicamente incurre nuestra impulsiva clase dirigente, lo que me preocupa es la apelación demagógica a un patriotismo de baja estofa, cuando el otro, el verdadero, el que supone anteponer determinados intereses particulares al bien común, goza más bien de mala prensa. Y me preocupa también lo que el gesto tiene de intromisión en la capacidad de decisión del ciudadano. ¿Habremos de comprar a partir de ahora ordenadores de marca nacional? Antes de adquirir una pescadilla, ¿le pediremos al pescadero un certificado de que no ha sido capturada por un barco matriculado en un puerto marroquí?

Miro a mi alrededor: un buen porcentaje de las cosas que me rodean, y que he pagado con mi dinero, han sido producidas fuera. Al comprarlas, no pretendía traicionar a mi patria: modestamente, sólo intentaba administrar lo mejor posible mis recursos. Sé que no hay riesgo inminente de que se constituya un tribunal especial para juzgar estas conductas antipatrióticas. Pero, por si acaso, voy haciendo acopio de atenuantes; entre ellas, el hecho incontestable de que los tenderos que me han vendido esas cosas también eran españoles (exceptuando, en fin, unos cuantos chinos).

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

jueves, enero 29, 2009

CACERÍAS

Igual que la economía de lector de la que hablaba ayer, habría que tener una economía sentimental bien organizada. O, al menos, un libro de contabilidad bien atendido, en el que uno anotase correctamente en cada columna los cargos correspondientes a: a) lo realmente importante (digamos, lo que afecta a las personas queridas y a los intereses y dedicaciones que dan sentido a la propia existencia), b) lo necesario pero ajeno (pongamos, lo relativo a nuestro modo de ganarnos el sustento), y c) lo accesorio (y aquí podríamos incluso hacer una subdivisión entre aquello de lo que nos costaría prescindir, por estar muy unido a nuestro modo de vida, y aquello a lo que podríamos renunciar de inmediato).

Sería importante no confundir los apuntes, para evitar que lo perteneciente a una cuenta terminara descuadrando las otras. Y ese esmero, en fin, fue el que me faltó ayer para ubicar en su lugar exacto cierto sinsabor que, bien mirado hoy, no era para tanto.

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Decía ese profesor mío que una guitarra bien pulsada suena como un piano... Es una de esas observaciones curiosas que, dichas sin que vengan a cuento, se graban en la memoria de uno y no se olvidan jamás: antes he olvidado muchas de las cosas presuntamente importantes que me enseñó ese mismo profesor. Al que recuerdo ahora, en fin, al leer en los diarios de Carlos Morla Lynch este comentario sobre un concierto de Regino Sáinz de la Maza: "La guitarra, bajo el sortilegio de sus dedos de maestro, adquiere tonalidades de clavicordio".

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Hoy K. ha robado media chuleta del plato de C. Claro que, después de ver a la gata arrastrar gozosamente su presa hasta un lugar seguro bajo la mesa, sería mejor decir que la ha cazado.

miércoles, enero 28, 2009

UPDIKE

A John Updike, como a otros, lo leímos un tiempo y luego dejamos de leerlo: hay un principio de economía lectora que nos lleva a no volver a ciertos autores una vez que consideramos que sabemos lo que nos van a ofrecer. No es que hayan perdido nuestra estima; simplemente, ahora son otros los que ocupan el primer plano de nuestra atención. De este cruel principio sólo quedan excluidos, en fin, esos pocos maestros que uno siente la necesidad de releer periódicamente.

La muerte suele ser el aldabonazo que nos lleva a reflexionar sobre la inevitable injusticia de este modo de administrarse: repaso hoy algunos poemas del recién fallecido Updike (hay una buena antología en Pre-Textos, traducida por José María Moreno Carrascal) y revivo el placer que en su día me produjeron, primero, los encuentros esporádicos que fui teniendo con su poesía; y luego la lectura de una porción de la misma lo suficientemente representativa como para hacerme una idea de su valía, que creo que es mucha. Updike, como Amis (padre) y Philip Larkin, fue un poeta que fundió magistralmente los ritmos clásicos con la dicción coloquial: su manejo del pentámetro (la versión inglesa del endecasílabo) es magistral, como lo es su modo de usar la marcada acentuación de ese metro para recalcar la intencionalidad de las palabras que lo forman, siempre cuidadosamente escogidas en un amplio registro que no excluye los vulgarismos y los términos de argot, y en el que ironía y melancolía van de la mano.

Menos suerte he tenido cuando he intentado volver sobre sus novelas: siempre algo coyunturales, y como incapaces de levantar el vuelo sobre la anodina realidad que describen. Lo que no quiere decir que no sean distraídas y de lectura remuneradora. Aunque, eso sí: de las que no requieren relecturas posteriores, porque dan todo lo que encierran de una vez.

Lo que, en función de lo dicho al principio, tampoco debe serle computado al siempre eficiente Updike como defecto.


martes, enero 27, 2009

ANTESALA

Ya que hablamos del principio de economía por el que han de regirse estos cuadernos, anotemos éste: cuando uno se da cuenta de que lo que está escribiendo no tiene el tono adecuado, ni la necesaria inmediatez, quizá lo mejor sea remitir lo escrito a otro negociado: al de los artículos en ciernes, quizá. O al de apuntes de poemas. O al que hace las veces de antesala de la papelera.

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(No confundir, en cualquier caso, la papelera con este cuaderno.)

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Ah, el síndrome Obama. Ese constante repetir: "Le agradezco su pregunta"; ese reiterado condolerse de la desgracia sociológicamente fundada (que es la menos empática, en fin, de las desgracias); esa cercanía impostada...

lunes, enero 26, 2009

ENSALADA WALDORF

No hay traductor o editor de Emily Dickinson que no mencione su peculiarísima puntuación y, sobre todo, la proliferación de guiones (que en español equivaldrían a puntos suspensivos). Lo que casi ninguno dice, en fin, es que, cuando se leen en voz alta sus poemas, esas pausas normalmente resultan muy pertinentes, y le dan al texto una cualidad especial de..., no sé, de susurro muy meditado, dicho casi al oído.

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A la ensalada Waldorf (básicamente apio, manzana y mayonesa, a los que se puede añadir una infinidad de ingredientes opcionales) le pasa lo que al haiku: es sencillísima de hacer, pero no todo el mundo sabe darle el punto.

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No, amigo Romeo, no todos los escritores hablan de dinero: algunos dan por sobreentendida la minuta que creen merecer.

domingo, enero 25, 2009

USUARIOS AVENTAJADOS

No hace mucho, un conocido novelista se despachaba, desde su columna de El País, contra la proliferación de los blogs o "bitácoras" de escritores. No es el único profesional de la escritura al que he oído criticar este fenómeno; ni el único, en fin, que señala los que, según él, son los dos "peligros" que comporta. El primero es evidente: cualquiera (incluyendo, en fin, los desaprensivos que insultan o esparcen infundios) puede escribir y hacer públicos sus pareceres. Menos clara me parece la segunda objeción; que, sin embargo, es la que subyace a muchas de estas críticas; la idea de que un escritor que se precie no debe dispersarse en estos juegos, ni desperdiciar su talento en lo que, al fin y al cabo, no genera beneficios editoriales ni, por lo extendido del fenómeno, redunda en un mayor prestigio de quien lo cultiva.

No deseo entrar en esta polémica; sobre todo, porque estoy convencido de que el fenómeno es irreductible a denominadores comunes; y, por tanto, lo que cada cual pueda aducir respecto al mismo no deja de tener un alcance exclusivamente particular. En mi caso, la aparición de este formato vino a colmar un anhelo expresivo que se sustentaba en una paradoja hasta entonces irresoluble: la de conjugar la intimidad de un diario personal con un mínimo de publicidad inmediata que garantizase su pertinencia comunicativa. No sé si este motivo mío valdrá para otros. Ni, la verdad sea dicha, me importa.

Lo que sí veo claro es que este fenómeno viene a colmar una necesidad que, de un modo u otro, se viene sintiendo desde el momento mismo en que se extendió la convicción de que todo el mundo debería saber leer y escribir. Lo propio de una lengua de cultura es contar con un número amplio de hablantes educados que manejen con soltura sus formas expresivas, incluyendo las de índole literario, aunque sólo sea en ámbitos privados. Es decir, que haya ciudadanos que, sin ser escritores profesionales, sepan escribir un soneto o redactar un buen artículo, si se da el caso. Esta situación ideal no es fácilmente constatable en el ámbito del español. Incluso entre personas con inclinaciones literarias, hay muchas incapaces de expresarse con naturalidad en una prosa clara y elegante; no digamos ya en formas poéticas conformes con los fundamentos rítmicos y prosódicos de la poesía castellana, que incluso muchos pretendidos poetas desprecian o ignoran.

El marasmo educativo de las últimas décadas no ha contribuido precisamente a mejorar esta situación. Pero otros factores (algunos, meramente cuantitativos, como el crecimiento de la población con estudios, y otros de índole tecnológica, como la generalización del uso de los ordenadores y del acceso a Internet) han hecho que pueda constatarse un cierto afloramiento de esa difusa capa sociocultural que podríamos definir como de "usuarios aventajados del idioma". Lo que se ha manifestado en al menos dos fenómenos literarios claramente constatables.

El primero es, o fue, el afianzamiento, en poesía, de esa especie de clasicismo atenuado y conversacional que generalizaron los llamados "poetas de la experiencia" en la década de los ochenta, y que, independientemente de las direcciones que hayan querido luego seguir esos mismos poetas u otros posteriores, se ha convertido en el cauce expresivo de un número ya casi inabarcable de personas cultas y buenos lectores que, sin entrar de lleno en la maquinaria editorial o en los círculos literarios, son capaces de utilizar esos moldes con pulcritud y eficacia.

Y el segundo, en fin, es el florecimiento de los blogs, que han generalizado los modos expresivos de los diaristas y articulistas literarios de esa misma promoción literaria (pródiga, también, en estos géneros, hasta entonces despreciados o poco cultivados) y los han hecho extensivos a infinidad de personas literariamente dotadas, pero carentes, en principio, de ambiciones mayores en ese sentido.

Ha tenido uno la suerte de vivir de cerca, primero, esos movimientos estéticos con los que el español literario se ha querido amoldar a los intereses y querencias del hablante culto medio (lo que, al fin y al cabo, puede considerarse uno de los efectos "normalizadores" de la democracia, de signo claramente positivo, frente a otras muchas decantaciones menos gratas); y, luego, esta generalización de sus logros gracias a Internet. Y no creo que los signos de proliferación desmedida que señalan algunos sean, en ningún caso, síntomas de dispersión o desperdicio de energías.

(O eso me digo, en fin, para justificar esta dispersión mía, este desperdicio de energías que mejor podría dedicar ¿a qué?)

viernes, enero 23, 2009

OBRAS COMPLETAS

A estas alturas, ya deben de haberle llegado a la diputada deslenguada que se ha permitido burlarse del acento de cierta ministra los envíos de las obras completas de Juan Ramón Jiménez, Federico García Lorca y otros escritores que le han remitido diversas instituciones andaluzas; pues andaluces eran el acento y la ministra, y las solidaridades regionales funcionan de este modo: si se ofende a quien comparte el gentilicio de uno, uno debe darse también por ofendido y obrar en consecuencia.

El caso es que a la diputada de marras le han hecho llegar las obras del nobilísimo Juan Ramón, del luminoso Federico. Y es que los escritores lo mismo valen para un roto que para un descosido. Se ha pretendido hacerle saber a la ofensora que a los andaluces no hay quien pueda darnos lecciones de corrección lingüística, puesto que andaluces fueron los susodichos escritores. Lo que, después de todo, no deja de ser una generalización abusiva. Pero resulta, además, que tan peregrino argumento bien pudiera volverse contra quienes lo esgrimen. Porque tanto el escritor de Moguer como el granadino se expresan en sus escritos, no en sus respectivos dialectos particulares, sino en el castellano normativo que compartimos o aspiramos a compartir todos los hispanohablantes. Lo que, por otra parte, es reflejo de un hecho que quizá tampoco sea muy del gusto de los partidarios a ultranza de los particularismos: que los rasgos diferenciales tienden a atenuarse en la medida en que los hablantes se aproximan, por educación o por contacto, a ese ideal de lengua común.

Eso no significa, naturalmente, que nadie tenga que disimular su acento o ser objeto de burlas por tenerlo. En este sentido, habría que recordar con cuánto sentido común se expresaba el académico y lingüista don Fernando Lázaro Carreter cuando, en sus manuales escolares, aconsejaba a los hablantes de las variedades regionales del castellano que evitaran tanto los particularismos no sancionados por la norma culta como la afectación de imitar un acento ajeno. Lo que, en el caso andaluz, podría traducirse de este modo: ni usar, a fuer de castizo, el dialecto caricaturesco de las folclóricas ni esforzarse vanamente en remedar el castellano de Burgos.

Muchísimos andaluces manejan con soltura y elegancia esta modalidad culta del castellano, que no implica renunciar a la fonética propia. No es el caso, en fin, de esa ministra, ni de muchos otros políticos, andaluces o no. Pero no porque tengan un acento más o menos marcado, sino por causas que no me atrevo a aventurar, y que quizá tengan más que ver con la falta de ideas, o de sinceridad, o de cualquiera de esos dones que, en su máximo grado, llevan a la expresión purísima de Juan Ramón o a la precisión chispeante de Lorca.

Quizá también a la ministra habría que mandarle las obras completas de ambos.


Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

jueves, enero 22, 2009

PAMPAS Y DESIERTOS

Cosas que lo fuerzan a uno a la humildad: un catarro inoportuno; la corrección de pruebas de un libro propio; el reconocimiento de las propias limitaciones. Y hay días en que se junta todo.

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La primera impresión de España que recibe Morla Lynch, el chileno amigo de Lorca: "El campo austero nos infunde la sensación de ser más socorrido y menos solitario que los caseríos". Y eso que venía de una tierra de pampas y desiertos. Pero pasando antes por París.

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Esa precisión de la Dickinson, al filo de la agramaticalidad. No hay traductor que no meta la pata con ella. Hay que presuponerle la intención y restituir la sintaxis elíptica. A veces cuesta, supongo que incluso para los hablantes nativos de su idioma. Pero, una vez se hace la luz, qué claridad meridiana, qué sensación de que lo dicho no podría haber sido expresado de otro modo. En eso sólo tiene un parangón en lengua hispana: el JRJ más desabrido; el que no duda en retorcer una obviedad, que el lector rechaza hasta que, a fuerza de vérselas con ella, termina aceptando su indiscutible pertinencia.

miércoles, enero 21, 2009

MÁRMOLES MUÑOZ

Me inquieta haber encontrado en el buzón este anuncio de "Mármoles Muñoz". Y, sobre todo, esta ominosa advertencia: "Realizamos todo tipo de trabajos".

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Obama: lo más curioso, esa inaudita unanimidad de la clase política española en congratularse de su elección, como si la derecha le pasase por alto el componente socialdemócrata de su programa económico y la izquierda hiciese la vista gorda respecto al tradicionalismo y la constante apelación a los "viejos valores" que enaltecen la retórica del nuevo presidente. Sea. Pero lo más gracioso, quizá, fue el resumen que este viejo escritor portugués, de notorias simpatías estalinistas, hizo de su discurso; según él, podía condensarse en cuatro palabras: Otro mundo es posible.

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Había intentado leer a esta poeta en otras ocasiones y siempre se me había caído de las manos. Hasta hoy. Ya estoy maduro para Emily Dickinson.

lunes, enero 19, 2009

PAÑOS MENORES

En una de las marismas que sobreviven junto a la carretera distingo, desde el autobús, una garza común y un pato de plumaje verdigrís (seguramente un azulón), cada cual a lo suyo: el pato en plena laguna, cabeceando contra las olillas que forma el viento en la superficie, la garza entre los juncos de la orilla, abatiendo de tanto en tanto la cabeza, como movida por un resorte, para atrapar con el pico alguna de esas presas inconcebibles que sólo ellas ven, y que tienen más de hallazgo etéreo, como los que podrían colmar de felicidad a un publicitario o a un poeta, que de bocado palpable... Han pasado ya casi tres lustros desde que vivo en este entorno, y todavía me sorprenden, en medio de su desamparo suburbano, estas escenas de naturaleza plena, que parecen ignorar el trasiego cotidiano de personas y vehículos y el avance imparable de las construcciones. Una a una, estas imágenes sorprendidas, a veces más intuidas que realmente vistas, constituyen el testimonio más convincente que poseo de que la vida desborda ampliamente la estrecha rutina a la que la reducen las servidumbres humanas. Cuántas veces me arreglan el día.

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Hay una especie de designio torcido en estos edificios en los que hace más frío que a la intemperie. Y que, curiosamente, suelen pertenecer a la Administración.

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Con la proliferación de imágenes de diputadas en deshabillé y de ministros en chándal o en calzonas empieza a consolidarse la idea de que la política es algo que se practica preferentemente en paños menores, como esas orgías tristes en las que, a lo más, todo el mundo acaba en calzoncillos.

domingo, enero 18, 2009

CONNIVENCIAS

Tal vez la verdadera naturaleza de los recuerdos viejos sea la de los trastos viejos: conforme uno los va redescubriendo (como hoy, mientras limpiamos el trastero casi impracticable), va uno descartando su pertinencia, las buenas intenciones que los justificaban, su necesidad. Lo mejor sería hacer una gran hoguera con todos ellos, trastos y recuerdos. Pero como uno no deja de ser un buen ciudadano ni siquiera en estas circunstancias, los va arrojando (los trastos, no los recuerdos) ordenadamente a diversas bolsas, destinadas a sus respectivos contenedores de residuos. A la de desechos eléctricos, por ejemplo, va el teclado de mi primer ordenador, con el que escribí mis dos primeras novelas (¿debe ir uno pensando ya en su museo póstumo?), el amplificador de señal que hizo posible la recepción de las ondas televisivas en nuestra primera casa en el casco viejo, varias lámparas inservibles, una maraña de cables y clavijas. Cualquier registro mantenido durante un tiempo lo suficientemente largo vale para contar una vida.

Pero quizá lo verdaderamente conmovedor son los objetos que, olvidados y redescubiertos, son indultados y reciben una segunda oportunidad. Entre ellos, la vieja colección de peluches de C., que le fueron confiscados por causa de sus alergias infantiles y que ahora parecen lo suficientemente inocuos como para volver a la habitación que una vez adornaron. Estaban en una caja debidamente precintada. Y lo curioso es que entre ellos echamos de menos al que en su día fue el preferido de C. Su desaparición es inexplicable. Tal vez no haya tenido paciencia para esperar este momento, y haya aprovechado algún descuido nuestro para escapar y vivir su propia vida.

Luego viene la segunda parte: con el coche cargado de trastos, vamos al punto de recogida de residuos más próximo. Allí también tienen su lógica, que no siempre coincide con la nuestra. ¿En qué contenedor arrojamos el viejo triciclo de C.? ¿En el de muebles? ? ¿En el de chatarra? También esa difícil elección encierra, qué duda cabe, un matiz sentimental.

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El intercambio (Changeling), de Clint Eastwood: un repaso a algunas de las diversas encarnaciones del mal en las sociedades modernas (aunque esa modernidad se remonte, en fin, a 1928): un asesino en serie, cómo no; pero también la ceguera, la estulticia y la arrogancia de una administración incompetente y corrupta, que no duda en ensañarse con el ciudadano cuando éste amenaza con ponerla en evidencia. Una historia dura e inquietante, de la que el espectador no sale indemne. Sobre todo, por la evidencia de que, independientemente del grado de corrupción que alcance la sociedad que a uno le haya tocado vivir, el nivel de connivencias entre quienes la manejan es siempre muy alto, y uno sólo puede aspirar a vencerlas si es capaz, a su vez, de concitar connivencias distintas. En el caso de la película, la atribulada protagonista logra, por caminos diversos, atraerse el apoyo de un sacerdote protestatario y de un oficial de policía celoso de su deber, además de otras muchas solidaridades anónimas. Pero ¿qué hubiera pasado si incluso esos resortes, propios de una sociedad civil compleja, hubieran fallado? Pienso en nuestro país. Y las conclusiones a las que llego son más terroríficas, en fin, que la propia película.

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La ola de frío es sustituida por una de esas primaveras recónditas que se agazapan entre los días de invierno. Sobran abrigos y bufandas. Y sobran, sobre todo, esas prevenciones con las que uno se había pertrechado contra el frío. Y a éstas, a diferencia de las prendas de abrigo, no hay armario donde guardarlas.

viernes, enero 16, 2009

DIOS EN LOS AUTOBUSES

Si Santa Teresa decía que Dios también estaba entre los pucheros, no hay nada que oponer a que lo anuncien en los autobuses, ya sea para negar su existencia o para afirmarla. Se está haciendo ya en varias ciudades españolas, siguiendo el ejemplo de una polémica campaña que se inició en Londres. Allí fue un grupo agnóstico el que decidió patrocinar un anuncio en el que se hacía saber a los viandantes que Dios probablemente no existe, y se les exhortaba a vivir sin esa preocupación. Cuando la noticia llegó a España, parecía una muestra más de ese humor entre cínico y nihilista que se gastan los ingleses de hoy, tan de vuelta de todo. Pero no han tardado en surgir imitadores, e incluso una animosa campaña de signo contrario; con lo que la verdadera noticia, en España, no es ya que cada cual ejerza su libertad de expresión como le venga en gana, sino que haya un nuevo motivo de disputa pública, y que los contendientes estén dispuestos a ventilar sus diferencias en debates más bien poco educados, como alguno que ya se ha oído en la radio.

No hay que extrañarse: aquí hasta los espectadores del cine español, que cada vez son menos, andan divididos entre los partidarios de Almodóvar o Amenábar, presuntos campeones del librepensamiento fílmico, y quienes todavía se emocionan con los argumentos algo rancios y tradicionales de Garci. Controversias similares se han dado incluso en campos tan inesperados como la gastronomía, donde los partidarios de la muy avanzada emulsión de higos se han enfrentado a los tradicionalistas del jamón ibérico. Lo urgente, parece ser, es definirse como progresista o, algo más reticentemente, como conservador; lo que, después de todo, llama mucho la atención en un país que, históricamente, ni tiene definido un horizonte claro de progreso (como los tuvieron Francia o Inglaterra en su larga marcha hacia sus respectivos sistemas políticos) ni se ha esforzado jamás por conservar otro legado que no sean las fortunas personales de algunos.

Y ahora aparece el nombre de Dios en los autobuses, en abierta contravención del sabio mandamiento que prohíbe tomarlo en vano, y que deberíamos cumplir por igual creyentes y agnósticos: unos, por respeto; y otros, por coherencia con la filosofía que dicen defender. Ya siento ganas anticipadas de bostezar ante la sola idea de que, en cuestión de semanas, veré a vecinos, parientes y compañeros de trabajo luciendo pegatinas de uno u otro signo; y ante la posibilidad, en fin, de que alguno se atreva a preguntarme qué pienso al respecto. Para ésos tengo ya la respuesta preparada: con Dios, o con el no-Dios de cada cual, lo mejor es entenderse a solas. O no entenderse, si es lo que se prefiere. Y que en esa privacidad, si se desea, cabe todo el universo, en su inabarcable riqueza y variedad. Con una sola exclusión: los pelmazos.

Publicado el pasado martes en
Diario de Cádiz

jueves, enero 15, 2009

CONTESTATARIOS

James Stewart, Strother Martin, George Kennedy y Anne Baxter, todos muy viejos ya, en Cerco de fuego (The Fools' Parade), una película del esforzado Andrew V. McLaglen: todos, director incluido, venían de unos tiempos en los que los modos expresivos del cine eran muy distintos a los que comenzaron a imponerse con el cambio de década. Se nota el peso, por ejemplo, de Bonnie and Clyde, que se estrenó en 1967. Y se anticipan no pocos rasgos de La huida (The Get Away) de Peckinpah, que se estrenaría al año siguiente. La película, como las mencionadas, trata de unos delincuentes (ex-delincuentes, más bien, pues acaban de cumplir condena) acosados por representantes corruptos o degenerados de un sistema legal anquilosado y falto de reflejos... Ya se sabe cuánto tardaron esos aires libertarios del cine de la nueva década en convertirse en puro cliché. Pero en esta película todavía conservaban la suficiente fuerza como para determinar el trabajo de este simpático grupo de abueletes, todavía convencidos de que tenían algo que hacer en el cine de los nuevos tiempos, y que podían adaptarse a los nuevos aires.

Vi la película con extrema simpatía, pero sin tomármela demasiado en serio. Y con cierta pena, también, ante la constatación de que ese estado ideal y absoluto del cine, plasmado en el gran clasicismo norteamericano que va, en sentido lato, desde el estreno de Amanecer al de El hombre que mató a Liberty Valance, no podía durar eternamente. Como nada en este mundo.

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Me cuenta un pajarito que cierto inminente ciclo literario local dedicado a jóvenes (o quizá no tanto) escritores rebeldes y protestatarios va a costar... 40,000 euros. Por ese precio, trae uno a Vargas Llosa y a García Márquez y los reconcilia definitivamente con una semana de cenas en el Ritz. Y es que la rebeldía, últimamente, se cotiza alto.

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Pero me reconcilia definitivamente con la humanidad el encuentro que tuve esta mañana con una profesora mía de bachillerato a la que hacía años que no veía, y que me dice que su autor preferido en la actualidad es... Andrés Trapiello. Y me comenta los méritos de este escritor con el mismo entusiasmo con el que, hace treinta años, ponderaba los de Cortázar o Vargas Llosa. Lo que dice mucho, pero que mucho, a su favor.

miércoles, enero 14, 2009

PIEDRA DE TOQUE

Termino de leer los Cuentos de Roberto Bolaño (Círculo de Lectores, 2008) con sentimientos encontrados. Tal vez la causa sea haberlos leído en mis trayectos en autobús, a razón de un cuento o dos por día, lo que me ha dejado durante tardes enteras a merced de la impresión particular causada por el último; impresión que muy bien podía quedar anulada o desmentida por el leído al día siguiente. Por eso quiero curarme en salud: cuántos juicios pretendidamente críticos no serán el resultado de las condiciones particulares de lectura en las que fue abordado el libro en cuestión. Aunque también podría argüirse lo contrario: si un texto literario se impone a las condiciones accidentales en las que es leído, es que sin duda cuenta con poderosos atractivos intrínsecos.

Tal ha sido el caso, hay que reconocerlo, de un buen puñado de cuentos incluidos en esta recopilación. Algunos ya los he mencionado en este cuaderno: "El retorno", por ejemplo, perteneciente a Putas asesinas, en el que un caso de necrofilia, bastante poco prometedor como fundamento de un cuento que pudiera ser tomado en serio, alumbra una conmovedora fábula sobre el desamparo y la soledad. O "El gaucho insufrible", perteneciente al libro del mismo título, en el que le toma la temperatura al Borges terruñero de "El Sur" y sale airoso del intento... Pero quizá el conjunto más logrado de los tres que se incluyen en esta compilación sea el primero, Llamadas telefónicas, en el que se aprecia una unidad de tono y una seguridad de pulso que se echan de menos en las otras dos entregas. Ahí se incluye "Henri Simon Leprince", una falsa biografía literaria a caballo entre las mejores de Borges y las que concibió Marcel Schwob. O los cuatro intensísimos retratos femeninos que cierran ese primer libro.

Con un balance así, uno no tendría más remedio que confesarse deslumbrado. Pero hay también no pocos factores perturbadores, aliados quizá a esas circunstancias anómalas de lectura de las que hablaba antes. No es sólo el estilo agarbanzado, en el que abundan perlas como ésta: "Durante un rato estuvieron en el coche sin hacer nada, (...) Fred y Susan en la parte de adelante (sic) y Anne en la parte de atrás"; también es la presencia inoportuna e insistente de un narrador autobiogáfico que, en general, suele mostrarse demasiado ansioso de ajustar sus cuentas con un mundo que, a su parecer, lo ha tratado siempre mal... Lo importante aquí no es que el autor pueda o no tener razón en ese ajuste de cuentas; sino que, al anteponerlo a otras consideraciones, sus relatos pierden la necesaria ecuanimidad que requerirían para ser convincentes.

No digamos ya cuando esas cuentas pendientes se extienden a cuestiones de sociología literaria: aquí, como uno es débil, a veces me he dejado arrastrar a la fácil identificación con un destino literario más bien adverso; sentimiento del que, naturalmente, me he repuesto casi con idéntica facilidad, en detrimento de mi estima por los textos que me han llevado a esos vaivenes anímicos.

De ahí que se imponga, finalmente, la no muy tranquilizadora conclusión de que Bolaño, con todo su pretendido desparpajo y salvajismo, no es sino un escritor para escritores; es decir, uno de esos representantes del oficio que, periódicamente, se erigen en piedra de toque para que los demás pongamos a prueba nuestras inseguridades y certezas. No es el mejor destino posible para un escritor. En esto, como en otras cosas, no ha tenido suerte.

martes, enero 13, 2009

CARÁCTER

Tres situaciones que llevan a sentirse objetivamente desgraciado: no haber dormido lo suficiente, tener frío y llevar las perneras del pantalón mojadas por la lluvia. Ya sé que no es para tanto. Pero esta clase de hechos objetivos, por insignificantes que sean si se toman aisladamente, actúan, por así decirlo, por acumulación.

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Al intentar extenderme sobre el comentario de ayer me sale... un artículo, que inmediatamente traspaso de las sentinas de este cuaderno a la carpeta correspondiente, a la espera de enviarlo al periódico dentro de unos días. Lo que me lleva a pensar en las consideraciones de economía literaria que anoté también en este cuaderno no hace mucho: no se puede volcar aquí todo, algo hay que dejar para esos otros compromisos de escritura a los que uno se ha ido atando. Aunque lo que, finalmente, fuerza la decisión a favor del aplazamiento es la evidencia de que lo que me ha salido era, indudablemente, un artículo, como decía antes, y no un apunte diarístico. Y no hay que confundir las dos cosas.

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K., que odia mojarse y maúlla tristemente para que la deje salir al balcón azotado por la lluvia. Hasta los gatos sienten esa clase de deseos que van contra el propio carácter.

lunes, enero 12, 2009

ACENTOS

No he oído las declaraciones de esa diputada de la oposición que presuntamente se he burlado del acento andaluz de cierta ministra. Sí he oído los doloridos golpes de pecho y las manifestaciones de agravio con que ha reaccionado ante esas declaraciones la práctica totalidad de la clase política andaluza: unos, los del partido gubernamental, encantados de que se lo hayan puesto tan fácil; otros, los de la oposición, a regañadientes, pero temerosos de que, si no se suman a la jeremíada, pueda ponerse en duda su celo patriótico-regional... Lo que cada vez está más claro, en fin, es que el prurito de convertir cualquier cosa en signo identitario no es en absoluto un gesto inocente, y que su verdadera función no es otra que levantar cortinas de humo que oculten o posterguen los verdaderos problemas; en este caso, la manifiesta incompetencia de esa ministra, responsable, entre otros muchos desaguisados, de la situación de caos en la que se encuentra, desde hace semanas, el transporte aéreo.

Pero también esta tonta polémica sobrevenida arroja alguna luz sobre el verdadero motivo de la permanencia en el gobierno de una ministra sobre la que recaen tantos escándalos: tal vez su único mérito político, y la razón determinante de su posición inamovible en el ejecutivo, sea... expresarse en un andaluz tan marcado (y, de paso, simbolizar como nadie el peso del clan andaluz en su partido), como el de otros es tener un sonoro apellido catalán o vasco, que represente el peso de estos territorios en el aparato del poder.

Ese carácter tribal de la política española.

domingo, enero 11, 2009

INTEMPERIES

Sólo los días soleados de invierno alcanzan esta transparencia, que uno no puede dejar de asociar al frío, y que parece una forma extrema de la intemperie, física y anímica.

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No es que a K. le atraiga el frío: todo lo contrario. Pero en la insistencia con que golpea con sus patas alzadas la puerta del balcón hay toda una declaración de fe: esa certeza, tan gatuna, de que donde hay sol, por mucho frío que haga, siempre será posible encontrar unos rescoldos de calor reconfortante. Basta con saber arrimarse a la pared apropiada.

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En ese círculo del infierno donde están todos los pintores de vanguardia todavía hay quien se ríe de estos atardeceres tan... decorativos.

viernes, enero 09, 2009

BOLETINES VIRTUALES

No dejo de buscar entre las noticias recientes alguna que justifique el pomposo título de “Año Nuevo” que automáticamente atribuimos al recién comenzado. Y sólo encuentro, entre informaciones de guerras viejas y vetustos enredos políticos y económicos, esta modesta novedad: desde el uno de enero el B.O.E. ha dejado de existir físicamente; es decir, ha desaparecido su edición en papel, por lo que a partir de ahora el órgano en el que se hacen explícitas las decisiones del Estado, grandes y pequeñas, sólo será accesible a través de Internet.

Es una novedad a medias, claro, porque ya hace años que las consultas por Internet han sustituido la molesta necesidad de desplazarse hasta una biblioteca pública y manejar la engorrosa pila de boletines, con su correspondiente carga acumulada de polvo, ácaros y lepismas golosos de papel. Supongo que tarde o temprano algún aficionado a la sociología recreativa nos explicará la diferencia que este cambio supone en nuestras relaciones con el poder. Indudablemente, no es lo mismo consultar sus oráculos desde casa, en pijama y zapatillas, y usando un “buscador” para localizar rápidamente la información que necesitamos, saltándonos enojosos preámbulos y rodeos, que acudir a uno de los muchos templos de la burocracia y escudriñar el semblante del funcionario de turno, para ver si está dispuesto a ayudarnos o, por el contrario, nos abandonará a nuestra suerte, mientras nos mira desde su mostrador con el gesto de infinita compasión de quien ha visto ya otras muchas esperanzas defraudadas.

Y es que el Boletín Oficial del Estado, virtual o en papel, al igual que los correspondientes boletines de las demás administraciones, tiene algo de depositario de ilusiones de poco fundamento. Acudimos a ellos para confirmar que reunimos los requisitos que se exigen para tal o cual ayuda oficial, o para sondear si la legislación favorece alguna de nuestras pretensiones, ya sea la de obtener un empleo público o la de merecer una subvención. Y no es lo mismo confrontar esas esperanzas con una imponente pared forrada de cajas archivadoras, que tan adecuadamente representa el peso y la inescrutabilidad del Estado, que jugárselo todo a la carta de Google, o de algún mecanismo similar, y preguntarle a la maquinita de la suerte si somos aptos para la prerrogativa que anhelamos.

Y como uno es pesimista por naturaleza, no puedo evitar imaginar que el recién instaurado corazón electrónico de la burocracia estatal no tardará en desarrollar los mismos vicios y reflejos de sus equivalentes en carne y hueso. Ninguna máquina nos responderá “Vuelva usted mañana”, a la manera del prototípico funcionario de Larra; pero ya nos vamos acostumbrando a leer, en la pantallita correspondiente, que “el servidor no responde”, y que lo intentemos unos minutos más tarde. Eso vamos ganando.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

jueves, enero 08, 2009

ALGO QUE DECIR

La situación me trae a la memoria esa escena cómica de Avanti! en la que el funcionario encargado de certificar la muerte del padre de Jack Lemon se presenta en el depósito de cadáveres, se abre la chaqueta negra y enseña los sellos, tampones, estilográficas y demás aditamentos burocráticos que lleva colgados del forro, en panoplia, y de los que se sirve para cumplimentar y sellar in situ los distintos impresos.

En la que acabo de presenciar, el protagonista es el hombre que me antecede en la cola que se ha formado ante la mesa de "Atención personal" del banco, a la que el común de los mortales suele acercarse normalmente solamente para pedir aclaraciones sobre cobros presuntamente erróneos o indebidos. Ése es mi caso. Pero él no: él va allí, por lo que se ve, para despachar la contabilidad completa de su negocio. Cuando llega su turno, los demás comprendemos que es una temeridad seguir esperando, y nos pasamos a otra cola. Por el rabillo del ojo veo como este hombre, ya sentado ante la empleada de la mesa correspondiente, saca una resma de papeles de una de esas maletillas de plástico que dan a los asistentes a cursillos. Y cómo, para mi sorpresa, extrae de su bolsillo una bolsa de supermercado y saca de ellas dos sellos, que aplica inmediatamente a algunos de los papeles que tiene delante. También él, como el empleado de Avanti!, lleva la oficina encima.

Por mi parte, permanezco en la nueva cola más de una hora, y cuando salgo del banco con mis asuntos más o menos encarrilados, veo que el hombre sigue en la otra mesa, sacando papeles de su maletilla y sellando recibos y volantes, que la empleada toma diligentemente de su mano y agrupa en montoncitos que cose con una grapa... Deduzco que se trata de un promotor inmobiliario, y entre los papeles entreveo cheques y hojas orladas de diverso tipo, que puede que sean letras de cambio, pagarés o qué se yo. Veo también que algunos ilusos hacen cola ante esa mesa. No me atrevo a desengañarles: el tipo que les antecede no saldrá de allí, me temo, hasta que él solito haya resuelto los embrollos de la actual crisis inmobiliaria.

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Me deprime extraordinariamente el retrato del escritor fracasado que hace Bolaño en "Henri Simon Leprince", el segundo relato de Llamadas telefónicas. Releo en concreto el segundo párrafo, de doce líneas, que no copio aquí por no entrar en conflicto con las leyes de la propiedad intelectual. Para animarme, busco los rasgos objetivos de esa descripción que no coinciden conmigo. Son tres: a) la prensa con la que colaboro no es precisamente parisina, b) no estoy soltero, y c) no he leído a Léon Daudet (aunque sí a Alphonse)... No sé si ese estrecho margen diferencial me exime de algo.

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La verdadera pregunta respecto a la relación entre los blogs y la literatura es ésta: Después de vaciarme diariamente en este cuaderno, ¿me queda algo que decir?

miércoles, enero 07, 2009

INCÓGNITAS

Jubilados con niños. Las dos mitades ociosas de la población, excluyendo, claro está, a los desempleados y a quienes nos dedicamos a la enseñanza, que también hacemos vacación en días como hoy. Ahora que nos quejamos tanto del abandono de la economía productiva, sería oportuno hacer un censo de quienes verdaderamente trabajan en estos días ambiguos. Descartando, claro está, a todos aquellos que, pudiendo haberse dado de baja por enfermedad o canjear el día por otro, se reservan para mejor ocasión.

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La industria editorial, al fin y al cabo, no es más que el medio del que se vale la literatura para llegar a un público más o menos amplio, como las botellas y los tetrabriks son los medios de los que se vale la leche para llegar a quienes la consumen donde no hay vacas a mano. Pero a nadie se le ocurriría pensar que entre un litro de leche de vaca y ese extraño híbrido de cartón, plástico y metal del que están hechos los tetrabriks haya alguna afinidad esencial; ni que, a falta de leche, uno pudiera alimentarse de tetrabriks, pongo por caso. Por eso no deja de llamarme la atención que, de vez en cuando, haya quien confunda una cosa y otra. Que se piense, por ejemplo, que el premio Nadal que la industria editorial acaba de conceder a una conocida periodista pueda tener algo que ver con la literatura. En ese sentido, los que verdaderamente ponían el dedo en la yaga eran los periodistas que ayer se hacían eco de los pronósticos: el premio obedecía a una fórmula; tenía que ser mujer; tenía que ser personaje mediático, ma non troppo; tenía que haber escrito una novela de asunto actual, que lo mismo sirviese de alimento a los bobos apocalípticos que a los partidarios del sensacionalismo descarnado. Sólo había que despejar la incógnita. Que no era tal, por otra parte.

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Causa una lacerante tristeza este texto de Bolaño sobre "Literatura y enfermedad". Y más cuando se adivina que el autor no quería provocar esa tristeza, sino arrancar unas cuantas sonrisas cínicas a un público predispuesto. Él, enfermo ya por entonces de literatura, que es un mal congénito del alma, y de enfermedad corporal, y a pocos meses de la muerte.

martes, enero 06, 2009

COCINA PARA IMPOSTORES

Veamos: este cinturón de excursionista, que incluye una especie de kit de navaja y cubiertos plegables, una linterna, una brújula, unos prismáticos... Quien me lo ha regalado sabe que probablemente jamás me veré en ocasión de usarlo; pero que, por eso mismo, quizá lo necesite más que cualquier otra cosa.

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¿Y qué decir de este Manual de cocina para impostores que me ha regalado M.A., en clarísima alusión a mis recientes devaneos con los fogones? Claro que lo mismo podía ser una referencia malintencionada al conjunto de mi carrera literaria. O, ya puestos, a la literatura en general y a quienes la cultivan.

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Yo, por mi parte, le he regalado a ella un juego de cuchillos, un frasco de Chanel número 5 y el Arte de la guerra de Sun Tzu, entre otras cosas. Juro que sin haber tenido en cuenta las posibles relaciones que puedan llegar a establecerse o imaginarse entre tales objetos.

lunes, enero 05, 2009

HOMOFONÍAS

Noche de reyes. No sé, no sé: nunca he distinguido bien la "ilusión", que parecía ser el estado de ánimo característico de esta jornada, de la mera avidez, que es el sentimiento que mejor se corresponde con su exacto reverso, el que suele experimentarse al día siguiente: la decepción. En términos "educativos" -entendiendo por educación, en fin, el mero entrenamiento para lo que nos espera en la vida adulta-, se entiende mal este pretendido fomento de la "ilusión": como adultos nos hacemos pocas ilusiones, y éstas, en general, son poco útiles; pero, en cambio, abrigamos ambiciones y deseos que no siempre se corresponden con nuestras verdaderas posibilidades, pero que, de todos modos, son los acicates más eficaces de nuestra actuación en sociedad. Y el que hayamos acertado a reunir en una misma jornada el fomento de la avidez y el aprendizaje de la decepción dice mucho de nuestra complicada -y, a la vez, simplísima- constitución moral.

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No diré nada de esta otra clase de decepción, a la que me está abocando la lectura de los cuentos de R.B. Tal vez no sepa explicarla, en fin, porque no sé formular en términos precisos en qué consistía la avidez que me llevó a ellos.

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Cuasi-homofonías. Esta lasitud más o menos postvacacional, que tanto se parece a la laxitud prelaboral. Esta falta de ilusiones, que no implica en absoluto carencia de avidez. Y esta ansiedad, que tan claramente anticipa la decepción.

domingo, enero 04, 2009

EL LIMBO

La niebla, alternando con la lluvia, ha sido la nota dominante en estos diez días que he pasado fuera de casa. Sensación de haber estado en un lugar sin coordenadas geográficas ni referencias temporales. A algunos les he oído quejarse del mal tiempo. Pero, ¿es que hay mejor sitio que el limbo para pasar unas vacaciones?

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Películas vistas estos días: la negrísima Deseos humanos, de Fritz Lang, la luminosa Los niños del paraíso, de Marcel Carné, la encantadora El amor llamó dos veces, de George Stevens, la cínica Bésame, tonto, de Billy Wilder, que todavía no había visto C... También el cine en blanco y negro, que para quienes tienen la edad de C. es una auténtica rareza, empieza a presentar todos los atributos de lo perteneciente al limbo. Un arte clausurado, como lo es el cine mudo o la gran ópera clásica. Y, por eso mismo, una cantera inconmensurable, sí, pero limitada, donde uno se sumerge con la esperanza algo ilusa de llegar a agotarla.

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Y esta extraña e insospechada conciencia de productividad, que me lleva a estar satisfecho porque en estos días he pergeñado cuatro poemillas, cuatro. También en el limbo hay que ganarse el plato de lentejas. Y qué mejor manera que ésta.

sábado, enero 03, 2009

EFECTOS MORALES

Mientras escribo esta cuartilla, veo pasar al pie de mi ventana a decenas de viandantes cargados con las consabidas compras navideñas. Resulta una imagen tranquilizadora: pese a la crisis, pese a los pronósticos catastrofistas, los comercios venden sus mercancías y la gente las compra, lo que significa que la maquinaria económica, mejor o peor, sigue funcionando. No dudo de que se repondrá: desde los inicios del capitalismo, tanto sus partidarios como sus detractores han estado de acuerdo en que una de las características de este sistema económico es que alterna periodos de expansión con periodos de recesión, y que unos son consecuencia de los otros y viceversa.

Lo que es nueva, quizá, es la tesitura. La recién adquirida conciencia ecológica, por ejemplo, nos dice que el consumo de bienes no puede seguir creciendo de modo exponencial, so pena de agotar los recursos del planeta y alterar su equilibrio ecológico, lo que puede traducirse en devastadoras catástrofes naturales y humanas… Hasta ahora, esta doctrina, asumida incluso por los más reticentes, había servido de coartada moral: bastaba que nos recordásemos de vez en cuando estos principios para que, tras cerrar un grifo o aplazar durante unos días algún gasto superfluo, sintiéramos que habíamos hecho algo por enderezar el rumbo de las cosas, y que, si éstas no mejoraban, sería por culpa de otros. Con ese mismo espíritu acogíamos determinadas campañas oficiales. Celebrábamos, por ejemplo, el Día sin Coches, sabiendo de antemano que iba a tener una repercusión mínima en nuestros hábitos, pero felices de que se nos recordara la necesidad de no malgastar energía, de no contaminar el aire, de no colapsar las ciudades con un tráfico a menudo injustificado y absurdo. ¿Quién no se apuntaba a los buenos deseos proclamados en estas campañas? Lo mismo pasaba con el consumismo en general: ¿quién no se ha permitido, por estas mismas fechas, lanzar una requisitoria contra el consumo desmedido, y abogar por un mundo en el que pusiéramos coto a los excesos que solemos cometer estos días?

Pero ha llegado la crisis y lo primero que ha venido a demostrar es que, si el consumo cae, como habíamos deseado temerariamente en algunos momentos esporádicos de inquietud ecológica y solidaria, el sistema se tambalea. Ningún gobernante, que yo sepa, se ha congratulado públicamente de que se vendan menos coches, como era necesario, o de que los precios de determinados bienes básicos (la vivienda, por ejemplo) estén cayendo, como era justo. Nos está pasando lo que al rey Midas: estamos constatando que el cumplimiento de nuestros deseos suponía, en el fondo, una maldición.

Ya digo que no me cabe duda de que superaremos esta crisis económica. De lo que no estoy tan seguro es de si nos recuperaremos igual de pronto de sus devastadores efectos morales.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

viernes, enero 02, 2009

SERPIENTE

Con las últimas lluvias, el cauce de este arroyo, habitualmente seco, lleva un nutrido caudal. Salta con coquetería entre las piedras y se remansa plácidamente en los hondones, como queriendo aprovechar bien las posibilidades que le brinda su breve ocasión de lucirse. Es una visión única, que apenas dura unas pocas semanas al año.

Y mientras la disfruto desde un recodo, oigo que en el puentecillo próximo unos mocosos desconsiderados andan acarreando piedras grandes arrancadas del cauce y dejándolas caer en el remanso que se ha formado justo a los pies del puente, sólo por el placer de ver las salpicaduras. Me asomo, veo las heridas sanguinolentas que las piedras arrancadas han dejado en el cauce, el remanso revuelto y el lugar, por así decirlo, profanado y sucio. Me siento en el puentecillo, con la esperanza de que mi presencia desanime a los desaprensivos. Éstos se refrenan unos instantes, pero enseguida interpretan mi gesto como una especie de desafío, y veo que están dispuestos a hacerle frente. Aburrido, sigo mi camino. Y apenas me he alejado unos pasos cuando vuelvo a oír caer piedras, seguidas de las consiguientes risotadas. Me vuelvo, les digo a los niños que el cauce es como tiene que ser, como lo ha conformado la naturaleza, y que ellos no tienen por qué desfigurarlo ni alterarlo. Me miran como si estuvieran viendo a un extraterrestre o a un loco. Se crea de nuevo la misma atmósfera tensa de antes. Comprendo que puedo pasarme así toda la mañana, y renuncio finalmente a intervenir en lo que me parece inevitable.

Pero lo más chocante llega después. M.A., que viene rezagada, me da el alcance y me comenta que, al pasar por el puentecillo, se ha cruzado con un adulto que paseaba unos perros, y que, al parecer, ha presenciado mi regañina de antes; y que les está diciendo a los niños que ni se les ocurra hacer caso " a ése", que no es nadie, ni tiene autoridad alguna para decirles lo que tienen que hacer.

He procurado demorar la vuelta lo más posible, para no volver a vérmelas con esos niños terribles, ni con ese siniestro paseante al que, al parecer, le gusta hacer el papel de serpiente en el Paraíso.