La situación me trae a la memoria esa escena cómica de Avanti! en la que el funcionario encargado de certificar la muerte del padre de Jack Lemon se presenta en el depósito de cadáveres, se abre la chaqueta negra y enseña los sellos, tampones, estilográficas y demás aditamentos burocráticos que lleva colgados del forro, en panoplia, y de los que se sirve para cumplimentar y sellar in situ los distintos impresos.
En la que acabo de presenciar, el protagonista es el hombre que me antecede en la cola que se ha formado ante la mesa de "Atención personal" del banco, a la que el común de los mortales suele acercarse normalmente solamente para pedir aclaraciones sobre cobros presuntamente erróneos o indebidos. Ése es mi caso. Pero él no: él va allí, por lo que se ve, para despachar la contabilidad completa de su negocio. Cuando llega su turno, los demás comprendemos que es una temeridad seguir esperando, y nos pasamos a otra cola. Por el rabillo del ojo veo como este hombre, ya sentado ante la empleada de la mesa correspondiente, saca una resma de papeles de una de esas maletillas de plástico que dan a los asistentes a cursillos. Y cómo, para mi sorpresa, extrae de su bolsillo una bolsa de supermercado y saca de ellas dos sellos, que aplica inmediatamente a algunos de los papeles que tiene delante. También él, como el empleado de Avanti!, lleva la oficina encima.
Por mi parte, permanezco en la nueva cola más de una hora, y cuando salgo del banco con mis asuntos más o menos encarrilados, veo que el hombre sigue en la otra mesa, sacando papeles de su maletilla y sellando recibos y volantes, que la empleada toma diligentemente de su mano y agrupa en montoncitos que cose con una grapa... Deduzco que se trata de un promotor inmobiliario, y entre los papeles entreveo cheques y hojas orladas de diverso tipo, que puede que sean letras de cambio, pagarés o qué se yo. Veo también que algunos ilusos hacen cola ante esa mesa. No me atrevo a desengañarles: el tipo que les antecede no saldrá de allí, me temo, hasta que él solito haya resuelto los embrollos de la actual crisis inmobiliaria.
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Me deprime extraordinariamente el retrato del escritor fracasado que hace Bolaño en "Henri Simon Leprince", el segundo relato de Llamadas telefónicas. Releo en concreto el segundo párrafo, de doce líneas, que no copio aquí por no entrar en conflicto con las leyes de la propiedad intelectual. Para animarme, busco los rasgos objetivos de esa descripción que no coinciden conmigo. Son tres: a) la prensa con la que colaboro no es precisamente parisina, b) no estoy soltero, y c) no he leído a Léon Daudet (aunque sí a Alphonse)... No sé si ese estrecho margen diferencial me exime de algo.
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La verdadera pregunta respecto a la relación entre los blogs y la literatura es ésta: Después de vaciarme diariamente en este cuaderno, ¿me queda algo que decir?