sábado, febrero 28, 2009

HACHES

Han salido a la luz, a raíz del infame asesinato de la niña Marta del Castillo, las amenazas que el criminal le había dirigido meses atrás en uno de esos “foros sociales” de Internet en el que los dos participaban. Y ha llamado la atención, aparte de lo que el detalle añade al horror de lo sucedido, la torturada ortografía en que estaban expresadas esas amenazas. El dato, cómo no, ha animado fugazmente el siempre aplazado debate sobre el nivel de incultura en el que parece andar sumida buena parte de nuestra juventud, y el consiguiente fracaso de las instituciones encargadas de su educación y de los responsables de que éstas funcionen como es debido. Nadie niega, en fin, que existe una cierta correlación entre las carencias socio-educativas y los extremos de deshumanización y falta de valores que parecen apreciarse en algunos individuos, que vienen a ser la decantación última del desamparo en el que viven capas sociales enteras. Nada más desesperanzador que esas barriadas donde el solo aspecto de las calles induce a sentirse excluido de todo sentido de pertenencia social. Y la ignorancia expresa, desinhibida, que a veces manifiestan quienes viven en esas condiciones es una de las muchas formas que tienen de declarar su extrañamiento.

Pero sucede, también, que esos mismos individuos votan en las elecciones y consumen lo que anuncia la televisión, por lo que tanto los políticos como los anunciantes parecen tener una cierta predisposición a no sacarlos de su letargo, a no incomodarlos con el recordatorio de sus responsabilidades o con inoportunas exigencias. Las televisiones, incluida la pública, hablan su lenguaje, y algunas de las más falaces promesas electorales parecen ir dirigidas expresamente a ellos. Internet, esa inabarcable fuente de conocimiento, ha generado también guetos donde la incultura y la brutalidad campan a su antojo, y donde se expresa sin tapujos toda esa ancestral violencia que las proclamas oficiales ocultan hipócritamente. El que el racismo, los prejuicios machistas y las más irracionales rivalidades locales y deportivas se expresen tan a las claras en esos ámbitos dice muy poco a favor de la efectividad de las prédicas biempensantes; y la impresión resultante, como muy bien perciben los jóvenes, es que, hoy como ayer, lo que impera en la calle tiene muy poco que ver con los valores que decimos profesar.

Creo que fue el escritor García Márquez quien se pronunció hace años a favor de la supresión de las normas ortográficas. También él, como los políticos y comerciantes, buscaba, sobre todo, no incomodar. Y en una cosa tenía razón: cuando la educación no ha logrado convencer a tantos de la necesidad de regirse por ciertas normas fundamentales, ¿qué más da una hache de más o de menos, o confundir las bes y las uves? La respuesta, en los foros de Internet.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

viernes, febrero 27, 2009

EL ARCA DE LAS PALABRAS

Leo el prólogo-epílogo con el que Trapiello remata El arca de las palabras, y comprendo el legítimo orgullo con el que afirma que éste era un libro para el que había venido preparándose toda su vida. Preparándose, se entiende, en el sentido en el que uno se entrena para un combate decisivo: en este caso, nada menos que con el diccionario, que es la cantera y la caja de herramientas con la que trabaja todo escritor, pero en la que la mayoría mete la mano a ciegas para tomar la que le permita salir del paso, como el escayolista (uno fue aprendiz de ese oficio) que, pudiendo afinar una moldura con una espátula de cantear, lo hiciera con la punta de un destornillador, por no pararse a buscar la herramienta idónea.

Trapiello pone aquí de manifiesto la insuficiencia de esa manera de tratar las palabras; porque las palabras no son meras portadoras arbitrarias de significados, como querían los lingüistas de la escuela de Saussure, sino que también acarrean consigo la mirada de quien primero nombró con ellas una realidad recién descubierta, y entendida desde el poder asimilador de la metáfora, que hace a un mismo tiempo familiar y nuevo lo hasta entonces desconocido. Para recorrer el camino de vuelta a ese valor originario de la palabra no hace falta ser un erudito (aunque tampoco está de más un cierto conocimiento de lo que se tiene entre manos), sino, simplemente, disponer de un oído atento y una memoria bien entrenada; porque a veces, para reencontrarse con ese sentido novedoso, poético, de la palabra, no hace falta retroceder hasta los orígenes históricos del idioma, sino que basta con retrotrerse a la infancia, al momento en que esa palabra fue oída por vez primera. De ahí que en este libro ocupen tanto espacio los recuerdos de la infancia leonesa del escritor, en la que sucede una buena parte de esos primeros y decisivos encuentros.

Otros suceden en la literatura, en las páginas de un cierto número de escritores con los que el lector de Trapiello está ya familiarizado: Cervantes y Galdós, en primer lugar; y luego fray Luis de León, Juan Ramón, Gaya, Sánchez Ferlosio, Emily Dickinson, Solana, un Baroja visto ya con alguna reticencia, Unamuno, Azorín... También hay palabras que, por contraste, se sitúan en la tradición contraria, o en la antitradición, en el campo de la artificialidad y la retórica, donde también son notorios los señalamientos de Trapiello: Valle-Inclán, el barroquismo hispano, la llamada "vanguardia"... Es decir, también en el seno del diccionario tiene lugar ese eterno combate entre las que se alinean con el retórico corcel y las que hacen causa común con el noble y desembarazado caballo.

Pero tampoco tendrían mucho sentido esas palabras si no nombraran las cosas importantes de la vida de quien las usa. Y por eso comparecen aquí también muchos escenarios y circunstancias que el lector de los diarios de Trapiello conoce bien, y que son los de la vida del escritor: el Rastro, las Viñas, su familia, su oficio de tipógrafo, su gabinete de trabajo, sus talismanes... Sólo que, si en los diarios cada uno de estos elementos da lugar a una línea argumental propia, aquí, por la naturaleza misma del cauce elegido, su pertinencia ha de establecerse desde la brevedad. Por lo que este libro es también, entre otras cosas, un cumplido muestrario del uso y manejo de los formatos literarios breves: el aforismo, la glosa, la greguería, la cita, la anécdota, el apunte lírico en prosa. Los géneros sin género, podría decirse; los más parecidos a los modos de operar de la conversación cotidiana, que es donde las palabras se aquilatan y se afilan.

Se me ocurre que, ahora que están tan en boga los "talleres de escritura creativa", quizá en todos ellos habría que obligar a los alumnos a hojear un diccionario y a meditar sobre la pertinencia que puedan tener para ello determinadas palabras, y no otras; es decir, que cada cual debería de elegir -y escribir, si puede- su propio diccionario. No hay escritor que, implícita o explícitamente, no lo haya hecho. Y en esto reside la grandeza de este libro de Trapiello: en haber llamado la atención sobre una verdad que, por obvia, resultaba invisible a casi todos.


(La librería Renacimiento se ha hecho con los restos de edición de este libro, ya definitivamente descatalogado.)

miércoles, febrero 25, 2009

GALLO

No sé muy bien a qué ha obedecido este impulso de pasar varios días solo en la casa de la sierra. No cabe alegar el trabajo como excusa: no sólo porque aquí no disponga de ordenador, sino porque ahora mismo, recién ubicados los libros que tenía rezagados, no me hallo en disposición de empezar otro nuevo, aunque no me falten ideas al respecto (por ejemplo, las dos novelas, o la novela doble, ya veremos, que han de complementar la que sale ahora). Tampoco me vale el manido pretexto de "cargar pilas" -expresión chocante donde las haya, y acaso más cursi todavía que decir "inspirarse"-, ni el de poner al día mis lecturas: me he limitado a terminar los dos libros extensos en los que llevaba enfrascado varias semanas -el de Morla Lynch y El arca de las palabras-, y a seguir paladeando, a ratos, a Emily Dickinson-. Con lo que me he colocado, voluntariamente, en la rara situación de quien dispone por unos días de todo el tiempo del mundo y no tiene nada concreto en lo que emplearlo. Paseo, cumplo con escrupulosidad las mínimas tareas domésticas que requiere el buen orden de la casa vacía, salgo del paso en lo que respecta a las comidas (porque comer, en fin, es de la clase de cosas que, hechas en soledad, rechazan por absurdas o improcedentes todos los pequeños rituales y refinamientos que requieren cuando se llevan a cabo en compañía), charlo con los desocupados del pueblo, me inmiscuyo silenciosamente en las rutinas del lugar cuando éste deja de servir de decorado a las expansiones bucólico-festivas de los turistas. Y compruebo, sin gran sorpresa, cómo esta vida un tanta fantasmal comporta también un cierto grado de ansiedad y no pocos temores, que me complazco en ir echando a un lado conforme se van manifestando, pero que, por el mero hecho de manifestarse, dicen mucho de mí.

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Me siento a leer al sol en el mirador, donde los viejos, y termino pegando la hebra con ellos. Cuenta uno que tiene ya lista la tierra para sembrar las patatas, y el otro le advierte que no se precipite,
porque la papa, si barrunta (fríos, se entiende), no sale. Y siento una inesperada simpatía hacia este, pese a las apariencias, delicado vegetal que, como todos estos viejos congregados bajo el sol de febrero, teme no resistir la próxima helada.

Uno también barrunta fríos por venir, y aprovecha esta primavera sobrevenida para empaparse de sol y para cauterizarse la garganta lastimada. Aunque no quiero disimular del todo mi tos persistente, que es como mi salvoconducto para estar aquí, y con esta compañía.

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En la tarde del martes, lección práctica de agricultura. L., un vecino de J.A.M., ha venido a la huerta de éste a injertar unas ramas de peral en unos improductivos troncos de almendros amargos. Contenemos la respiración al verlo hacer sus incisiones, mantenerlas abiertas con pequeñas y afiladas varillas de madera de espino (que es la madera, recuerdo ahora, de la que están fabricados los instrumentos de los hechiceros) y fijar los brotes de peral, que luego ata con un trozo de cuerda y cubre con una especie de cera protectora. Para agasajar al vecino servicial, J.A.M. ha bajado a la huerta una botella de Cardenal Mendoza, que en pocos minutos crea entre los congregados un inesperado clima de camaradería. Sabiéndose entre pintores y un escritor, L. se declara a su vez entendido en flamenco, y da cuenta de sus andanzas en calidad de miembro de diversos jurados de concursos de cante. En uno de ellos, cuenta, coincidió con el escritor gaditano F.Q., de quien J.A.M. rápidamente comenta que fue amigo de quien esto escribe. "Entonces -dice L.- no te extrañará lo que te voy a contar". Y me dice que, participando ambos, el gaditano y él, en el jurado de cierto certamen flamenco en un pueblo de la sierra, el escritor se quejó del frío y exigió que le trajeran una manta. Y alguien, no se sabe si por servicialidad o por gastarle una broma chusca al quejica, se presentó en el local con una manta de caballo, maloliente y llena de agujeros. El escritor la dobló en dos y se envolvió en ella. Y al rato dijo a la expectante concurrencia: "Apesta a caballo, pero qué a gustito se está".

Certifico la verosimilitud del cuento, mientras comprobamos que la oscuridad hace ya irreconocibles las formas de la huerta. L. se despide, haciendo profesiones de amistad eterna y reiterando lo "encantado" que está de conocernos, a mí y al otro invitado de J.A.M. Y entonces caigo en la cuenta de que no me ha reconocido; de que no recuerda que fui yo quien, en verano, le dio las quejas por cierto gallo ronco y despistado que se pasaba la noche cacareando sin ton ni son. Su respuesta entonces fue un tanto desabrida: "Bueno, pues habrá que echarlo a la olla". Al gallo no se le volvió a escuchar, lo que hizo que durante semanas anduviera yo con la mala conciencia de haber provocado su ruina... Antes de que L. se vaya, le refresco la memoria. Me tranquiliza: se limitó a llevárselo a otro gallinero, donde no molestara.

martes, febrero 24, 2009

BUCÓLICA

Me llama mucho la atención esa costumbre de elogiar al político dimisionario: si, por el mero hecho de dimitir, ha demostrado su valía, su altura de miras, su sentido de la responsabilidad, etc., ¿no habrá sido un error empujarle a la dimisión o aceptársela? En esto pasa como en las necrológicas: que no hay difunto malo.

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En dos mil años la poesía bucólica no ha perdido su vigencia, pero tan larga andadura dificulta no poco el hallazgo de términos nuevos y convincentes para expresar la experiencia de comunión con la naturaleza. ¿Cómo contar las sensaciones que tuve ayer, mientras pasaba buena parte de la tarde sentado sobre las piedras grandes que sorteaba un arroyo? ¿Y que la textura misma de ese silencio entretejido de mil rumores era infinitamente más compleja y sugerente que el libro que tenía en las manos, de cuya lectura me apartaba con frecuencia para intentar penetrar en el sentido de lo que me rodeaba? Tampoco la nota de aprensión que produce la soledad absoluta era del todo ajena a tanta tradición acumulada. Ya lo decía Virgilio: latet anguis in herba.

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J.A.M. anda desbrozando su huerta, preparándola para la siembra de primavera. El terreno es pedregoso, por lo que a cada pase de la "mulita" o arado mecánico sale una nueva capa de cantos y pedruscos, que van engordando un montón adyacente. Nada indica que el afloramiento de piedras vaya a cesar, por lo que el único fin posible a esta tarea digna de Sísifo es alcanzar un estado en el que, aun aceptando la presencia de piedras, se considere que el terreno está lo bastante mullido como para acoger la simiente. Él, que es pintor, tiene alguna experiencia previa del asunto: tampoco se sabe a ciencia cierta cuando hay que dejar de retocar un cuadro; pero está claro que en algún momento hay que acogerse a esa solución de compromiso que supone dar por bueno lo logrado. O como decía J.R.J.: "no la toques ya más, etc."

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Uno de los impagables servicios que Hollywood ha prestado al cine universal es haber servido de piedra de toque para muchos prestigios foráneos, sobre todo europeos. En el obligado pase por Hollywood de muchas glorias del viejo continente se pone de manifiesto lo mejor y lo peor de cada cual. Algunos resisten bien el envite, otros no. Salieron, no ya airosos, sino reforzados, los alemanes Murnau (Amanecer) y Fritz Lang, por ejemplo (sin contar a muchos otros que, como el gran Douglas Sirk, deben la práctica totalidad de su prestigio a su obra americana). A otros, como a Max Ophuls, la experiencia americana no les añadió ni les quitó nada. Por último, hubo quienes no hicieron sino ponerse en evidencia cuando se les ofreció la posibildidad de filmar con los medios y recursos de la industra hollywoodense. Fue el caso de Renoir (al que debo confesar que nunca le he encontrado la gracia): viendo ayer Diario de una doncella (1946), la película que filmó con Paulette Goddard como protagonista, me pareció estar asistiendo a una parodia, no ya del cine del propio Renoir, sino de toda la qualité francesa: ¡esa horrible verbena del 14 de julio, con sus burgueses de opereta, sus criaditas enamoradas, su banda de música! Se le nota al director el prurito de querer demostrarles a los americanos lo que es ser francés. Y, claro, lo que le sale es justo lo que aquéllos creen la esencia misma de lo francés en cuanto ven un folleto turístico o escuchan una canción de Maurice Chevalier... Se entiende que la nouvelle vague arremetiera contra todo eso. Aunque, curiosamente, no del todo contra Renoir, a quien seguían considerando un maestro. Tal vez porque, después de todo, las películas le salían un tanto descabaladas, lo que absolvía de antemano el desaliño de no pocas realizaciones de la propia nouvelle vague.

lunes, febrero 23, 2009

PALOS

Como estoy pasando unos días en la sierra y no dispongo de ordenador, estoy corrigiendo las pruebas de mi novela en casa de mi amigo J.A.M., el pintor. Inevitablemente, me pregunta qué me traigo entre manos, y por qué se me ve tan apurado. Le enseño el original revisado por el corrector (con ejemplar minuciosidad, todo hay que decirlo): "¿Ves? Donde uno pone comillas altas, el corrector sugiere ponerlas bajas, y así...". J.A.M. asiente, comprensivo. "¿Cuál es el problema entonces?". Y le enseño un párrafo donde el corrector, al parecer disconforme con el fraseo breve de algún pasaje mío, ha metido un "pero" entre dos frases que, en su opinión, son claramente adversativas... (tan claramente, en fin, que por eso no he creído necesario poner el "pero"). J.A.M. se queda pensativo: "A ver si me aclaro... Es como si un galerista me dijera que debo enmarcar mis cuadros de tal manera... Hasta ahí, conformes. Pero que, al verme sumiso ante esas primeras sugerencias, añadiera luego que por qué no cambio ese verde por un azul, o por qué no aclaro esas sombras del fondo...". "Exactamente", le digo. Y los dos celebramos, no sin cierta perplejidad, esta rara confluencia de pareceres entre pintor y escritor.

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Termino mi espaciada lectura de En España con Federico García Lorca, el espléndido tomo de diarios del chileno Carlos Morla Lynch que editó Renacimiento hace unos meses. Como siempre, he dejado el "estudio introductorio" para el final: prefiero abordar esta clase de añadidos cuando estoy en condiciones de calibrar su pertinencia (es decir, una vez me he familiarizado con el texto en cuestión), y no antes. Y no me sorprende, en fin, confirmar que a este ecuánime chileno, que enjuició los acontecimientos de la Segunda República y el temple de algunos de los intelectuales de entonces con una objetividad ejemplar, le llovieran luego palos de todas partes, y lo mismo lo acusaran de "rojo" que de "fascista", según de dónde vinieran esos palos... Y es que a veces los insultos redoblados son la mejor y única piedra de toque posible respecto a la autenticidad de ciertos testimonios.

Y otra prueba, en fin, de la indudable sensación de solvencia que transmite este aplicado diarista es que, al terminar su libro, siento verdaderas ganas de releer (o de leer por vez primera, en algunos casos) algunas obras teatrales de Lorca: en especial, Así que pasen cinco años y Doña Rosita la soltera o el lenguaje de las flores. Anoto aquí ese propósito, para llevarlo a cabo en cuanto me sea posible.

viernes, febrero 20, 2009

TRIBUTO

De la intimidad vulnerada, en general, sólo se habla cuando alguna celebridad denuncia que ha sido fotografiada en circunstancias y actitudes que previamente no habían sido negociadas. La intimidad, en esos casos, es mero valor de cambio, y lo que discuten los tribunales, cuando las denuncias llegan a ellos, es quién es el titular de los beneficios que pueda generar.

Hay otra intimidad, en cambio, cuya vulneración es más sutil, porque viene enmascarada en grandes polémicas políticas o periodísticas, o nos llega como el inevitable efecto de acontecimientos cuya resonancia anula cualquier reparo previo. Para que una cámara de televisión, por ejemplo, entrara en el dormitorio de la adolescente Marta del Castillo, tuvieron que mediar las espantosas circunstancias de su desaparición, primero, y luego del posterior esclarecimiento de su asesinato. Lo verdaderamente conmovedor de la intimidad expuesta no es, como algunos puedan pensar, que se descubran secretos de nadie, sino que quede al descubierto lo que la víctima de esa vulneración comparte con todos nosotros. Lo que estremecía de esas imágenes de la habitación de Marta del Castillo era su semejanza con cualquier otra habitación de adolescente, la presencia en ella de objetos que delataban que quien allí dormía no había roto aún del todo sus vínculos sentimentales y materiales con la infancia. Así son los dormitorios de todas las adolescentes que viven en entornos parecidos al de esa chica. Y si las cámaras de televisión entraban precisamente en éste, es porque algo terrible autorizaba, o volvía insignificante, esa intromisión, en aras de la inevitable necesidad de informar de una tragedia.


También el caso de la italiana Eluana Englaro nos ha hecho pensar en lo indebido o inoportuno de esa mirada ajena cuando se posa en lo que debiera permanecer vedado a toda intrusión: en este caso, la muerte, igual que en el otro era una vida que no debiera haber saltado nunca a la notoriedad sobrevenida que presta la desgracia. “Tápenme la cara”, decía el protagonista moribundo de un cuento de Borges, para que no “le curiosearan los visajes de la agonía”. Y no otra cosa ha hecho la sociedad italiana en los últimos meses que curiosearle a esta muchacha los visajes de su larga agonía, inútilmente prolongada, mientras políticos, moralistas y clérigos discutían si era procedente o no facilitarle el tránsito.

Hay algo en las vidas comunes a lo que nunca debería tener acceso la mirada pública. Está claro que esa intromisión es inevitable cuando ciertos sucesos desgraciados atraen la atención hacia ellas. Ningún reproche, por tanto, a los intermediarios. Porque no es a ellos, sino al receptor de esas tristes noticias, a quien corresponde el último tributo de respeto debido a sus protagonistas: la conmiseración, que es siempre privada e intransferible.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

jueves, febrero 19, 2009

BOBO

Muerte al dela naris dobla, leo en una pared de una de esas barriadas horribles que parecen regirse por los determinismos de los que hablábamos ayer. Y se me ocurre que "el de la nariz doblada" tiene motivos serios para preocuparse, porque quien utiliza semejante ortografía para amenazar parece que ha empezado a ejercer la violencia contra las propias palabras, que no tienen culpa de nada.

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A mis años, y después de una veintena de libros a las espaldas, resulta un tanto ridículo andar nervioso y excitado ante los preparativos de la aparición de uno nuevo. Y sin embargo, es así. Y se siente uno como un viejo verde en vísperas de consumar sus amores con una muchachita.

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A K., como a mí, no le gustan las medias tintas. Este sol
bobo, que decía García Márquez, que ni calienta ni luce con la intensidad debida, envuelto en una sucia bruma deshilachada, no es suficiente acicate para salir al balcón, pero tampoco se inhibe lo bastante como para que las gatas frioleras descarten del todo esa posibilidad. Y ahí está la mía, encaramándose contra los cristales de la puerta, como si quisiera derribarla, para luego, una vez abierta, quedarse parada al filo mismo del umbral, sin decidirse a traspasarlo.

miércoles, febrero 18, 2009

HONDO

También en esta desengañada labor de bibliotecario que ejerzo a ratos, por infundir un poco de variedad a mis rutinas laborales, hay momentos de desánimo contra los que de nada valen las prevenciones asumidas de antemano: por ejemplo, cuando les pongo tejuelo y número de registro a uno de esos libros que sé que nadie va a leer jamás; y al que, sin embargo, no puedo negarle su lugar en el orden cerrado de la biblioteca; porque una biblioteca sin ciertos libros sería como ciertos bosques sin la presencia de determinadas criaturas al borde de la extinción.

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A Hondo, el melancólico western de John Farrow en el que echó una mano John Ford, apenas se le nota que fue rodado con esa técnica fotográfica que buscaba la ilusión del relieve, y cuyo logro más característico era que ciertos objetos lanzados contra la pantalla hacían el efecto de traspasar la misma e ir a estrellarse contra el espectador. Como si uno fuera al cine, en fin, para que le lanzaran puñales o puñetazos a la cara. La película, que es también una de las mejores de las que protagonizó John Wayne, sigue siendo hermosa incluso una vez pasado el momento de ese inútil alarde técnico. Lo que dice algo, pienso, a favor de lo verdaderamente permanente en cualquier arte, y sobre lo accesorio y pasajero de ciertas innovaciones formales. Lo que vale tanto para el cine, digo yo, como para la poesía o la pintura.

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Que algunos niños se parezcan tanto a sus mayores, o reflejen con tanta exactitud el medio del que proceden, es quizá el más concluyente alegato que la realidad pueda hacer a favor del determinismo, biológico y social. Suerte que también ocurre lo contrario, para desmentir esa desesperanzada teoría.

martes, febrero 17, 2009

ZÁNGANO

Si uno contrapone lo que esta sociedad dice querer transmitir a sus jóvenes y lo que realmente transmite, la distancia descomunal entre lo uno y lo otro revela bien a las claras la inoperancia de los mecanismos de transmisión, o el sinsentido de llamar "educación en valores", o como quiera llamársele, a lo que es simplemente un vacuo bombardeo de eslóganes propagandísticos, contra los que la población aprende a blindarse rápidamente. El nihilista contemporáneo tiene ya el perfil que corresponde a los estímulos que ha recibido: su emblema es el zángano, mantenido por el Estado o por un modelo familiar degenerado, que sólo asume como función propia la de proporcionar guarida y pesebre a sus cachorros y afines. Entre los que a veces, como demuestran ciertos acontecimientos recientes, se cría un asesino. O toda una camada.

lunes, febrero 16, 2009

RETAMAS

A las retamas, cuando no están demasiado concentradas, les pasa lo que al majoleto o espino albar: su olor se intuye, más que se siente. Y cuando aciertas a percibirlo con claridad, se tiene la sensación más bien perturbadora de haberle arrancado un secreto a quien no deseaba revelarlo.

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Lo más llamativo de las páginas que Morla Lynch dedica a los aciagos meses finales de 1934 es cómo en ellas se alternan las frivolidades mundanas (excursiones, comilonas, soirées literarias, etc.) con las noticias de la espeluznante violencia política. Lo que quizá se explica porque también la violencia, en determinados ámbitos (y, sobre todo, en los ambientes intelectuales que frecuentaba este diplomático chileno) gozaba de una cierta consideración de frivolidad mundana, de buen tono. Sólo así se explica los afanes de tanto señorito por declararse partidario de un extremo u otro. Más o menos, lo que hacen ahora muchos vástagos de la clase media con respecto a ciertos movimientos protestatarios. Más grave es la actitud, con todo, de algunos políticos profesionales. Morla Lynch presta, a estos respectos, más de un testimonio impagable: el que, a diez de septiembre, por ejemplo, Fernando de los Ríos (de quien el chileno hace un sutilísimo retrato) le anunciara "un reventón sangriento para mediados de octubre". Dicho reventón, como se sabe, tuvo lugar en la fecha prevista, y fue un cumplido ensayo de lo que había de ocurrir en el 36.

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Estos días de sol salteado y viento desapacible, en los que todo el mundo parece enfermo del pulmón.

domingo, febrero 15, 2009

BILLY BONES

No se me va de la cabeza esta escena que presencié el viernes, en el tren de Cádiz a Sevilla. En Lebrija sube una mujer con aspecto desastrado y expresiones y movimientos de persona -digámoslo así, a falta de la bendita precisión cervantina- privada de sus facultades. No debe de tener más de treinta o treinta y cinco años, aunque es difícil asegurarlo. El revisor, que se ve que la conoce, la acoge con ironía benevolente: "¿Otra vez aquí? ¿A que tampoco hoy has comprado el billete?". La aludida, cuyo destino es Dos Hermanas, dice que no tiene dinero y que está mala del pecho. "Anda, anda, siéntate por ahí y no te muevas mucho". La mujer recorre el vagón, dejando a su paso un inconfundible tufo a miseria. Se sienta al final. Al rato la oímos vomitar. Levanto la cabeza, por si veo al revisor. Pero reconozco que no me atrevo a hacer lo debido en estos casos, que hubiera sido levantarse e interesarse por la suerte de la enferma. Al rato, la mujer se levanta, con el mismo aire desorientado de antes, y se detiene junto a la puerta del vagón. Y cuando el tren para en Dos Hermanas, grita desgarradamente: "¡Que alguien me ayude!! ¡Que no sé bajar!". Nadie se mueve en el vagón, y la mujer repite su grito hasta que una muchacha se le acerca, la toma del brazo y la ayuda a descender los dos escalones.

El silencio que se había hecho se diluye poco a poco. Es como si nos costara sacudirnos la vergüenza. Oigo aquí y allá diversas excusas, la mayoría de ellas referentes al desaseo de la mujer y a la posible comedia que, seguramente, representa con frecuencia en ese mismo trayecto. Pero noto que estas cosas son dichas sin convicción, y que lo que predomina es el peso de haber protagonizado, entre todos, una mezquina denegación de auxilio a un necesitado. C., que viaja conmigo, también calla, quizá porque ya sabe que, a su edad, no basta con dejar que sean los adultos quienes tomen la iniciativa. Y por eso mismo sé que tampoco va a reprocharme nunca, por la cuenta que le trae, esta indecisión culpable.

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Esta faringitis mía empieza a parecerse al mal que se llevó a la tumba a Billy Bones en
La isla del tesoro: también a mí me dan fuertes ataques de tos cuando me echo al coleto un vaso de ron.

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Valkiria: el espejismo de que la Historia podría haber sido de otro modo -en este caso, la posibilidad de que alguno de los atentados contra Hitler hubiese tenido éxito-. Pero la película olvida un dato: para que la Segunda Guerra Mundial hubiese concluido en 1944, cuando ya se veía claro cuál iba a ser su desenlace, no habría bastado con la desaparición de Hitler: también habría que haber quitado de en medio a Stalin. Porque, si una cosa estaba clara en 1944, era que éste, una vez invertidas las tornas en el frente ruso, no se iba a conformar con menos que llegar a Berlín.

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Lo que nos distrae tanto de las ciudades grandes en las que estamos de paso es esa cantidad de caras de gente que no hemos visto nunca. No se cansa uno de mirarlas. Y de especular con la idea de qué sería la vida de uno si le fuera dado cambiarse por cualquiera de esas caras.

viernes, febrero 13, 2009

EL TORNADO

El tiempo se puso feo y saltó la alarma: había riesgo de que se produjera un tornado en nuestras costas, como el que había tenido lugar días atrás en Málaga, que había arrancado tejados de edificios y provocado importantes trastornos. Se tomaron, por tanto, las medidas pertinentes. Se evacuaron colegios y centros de trabajo. Se cruzaron mensajes entre angustiados y noveleros entre quienes emprendían el camino de vuelta y quienes les esperaban en sus casas. Y no había pasado ni media hora desde el inicio de este zafarrancho desacostumbrado, cuando el sol asomó entre las nubes y alumbró a los grupos de ciudadanos que, lejos de sentir miedo y encerrarse, se habían congregado en las playas para ver el prodigio. Y ahora sí, ahora la gente definitivamente volvía a sus casas, decepcionada, con la sensación de que este gobierno, o este ayuntamiento, o Dios sabe qué eslabón de la cadena administrativa, nunca da lo que promete.

Mejor así, claro. Y quizá no habría que hablar más del asunto, si no fuera porque los articulistas estamos para esto: para desgranar las emociones colectivas e intentar extraer de ellas alguna enseñanza sobre el estado de ánimo que nos gobierna y el poso que los acontecimientos dejan, no en el alma de la colectividad, que no la tiene, sino en esa parte del alma de cada uno que vibra gustosa al son de lo que nos pasa a todos. Y no hay más remedio que concluir, en fin, que nos pudo la novelería. Y que quizá las autoridades competentes actuaron en esto como los médicos desbordados que, antes que arriesgarse a cometer un error, decretan la hospitalización del que acude a ellos con un simple resfriado. Eso se hizo: la fuerte tormenta de viento y lluvia hizo pensar en el riesgo de un tornado. Pero los tornados, dicen los expertos, son impredecibles, por lo que tanto da anunciar que puede producirse uno como proclamar a los cuatro vientos que mañana llegará el Juicio Final.

Sin embargo, una cosa sí quedó clara: empezamos a tomarnos en serio el clima. Hemos superado ya esa fase de la urbanización desmedida en la que las poblaciones creen que el asfalto, el hormigón y la electricidad las han puesto definitivamente al margen de las vicisitudes del tiempo. Lloviera o tronase, pensábamos, o soplaran los vientos del Apocalipsis, uno no tenía más que cerrar las ventanas y encender la calefacción, mientras los elementos rugían. Pero eso era antes. Quiero decir, antes del pavoroso tsunami del sureste asiático, del huracán Katrina, de los documentales catastrofistas de Al Gore. Se empieza a experimentar algo así como una conversión general al culto milenarista del cambio climático. No es para menos. Y en Cádiz vivimos el otro día los primeros síntomas de una de esas grandes convulsiones colectivas: el asombro general, primero, seguido del inmediato descreimiento y, luego, del humor.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

jueves, febrero 12, 2009

LA ALCOBA DEL FETICHISTA

Primavera anticipada, con resabios de frío en las esquinas expuestas a vientos cruzados y en los rincones sombríos. Uno, con su faringitis crónica a cuestas, sigue saliendo de casa con el cuello bien abrigado. Pero todas estas muchachas que ya empiezan a descubrir sus brazos y piernas no son, evidentemente, de la misma opinión.

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No lo es, desde luego, esta chica minifaldera que, en el autobús semivacío de media mañana, sostiene una lata de refresco, que adivino muy fría, entre sus muslos, mientras mueve los labios sin emitir sonido, como siguiendo las melodías que le susurra al oído el aparatito de música que le cuelga del cuello.

De imágenes así debe de estar empapelada la alcoba del fetichista.

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Hoy las colas que se han adueñado de las calles desde que empezó la crisis tienen un aspecto menos tétrico. De todos los remedios universales que se han probado contra la pobreza, el sol sigue siendo el único efectivo.

miércoles, febrero 11, 2009

BURROS

Y pensar que "lencería" viene de lienzo, y evoca, en su primera acepción, el olor áspero y limpio de las sábanas y el buen orden doméstico.

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Sólo en una cosa estoy de acuerdo con los republicanos declarados que conozco: a mí tampoco me gusta la monarquía. Todo lo demás lo tendríamos que negociar.

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Me dejo llevar a una de esas absurdas conversaciones en las que uno acaba alardeando de haber visto el reparto de gaseosas en carros tirados por burros, y de no haber conocido un cuarto de baño propiamente dicho hasta casi tener uso de razón. No sé por qué presumimos de estas cosas. Tal vez por el prurito de haber atisbado un mundo que los más jóvenes ni siquiera imaginan. Y por pensar, más o menos inconfesadamente, que tales antecedentes nos justifican, aunque no sé de qué.

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Cuánta atención hay que dedicarle a alguien para escamotearle el saludo. Porque la máxima de "a nadie se le niegan los buenos días" obedece, ante todo, a un principio de comodidad.

martes, febrero 10, 2009

TOO GOOD

Han puesto en las mamparas de las paradas de autobuses unos anuncios de lencería. Y me he acordado de ese poema de Philip Larkin que describe un cartel de esta clase y, después de constatar las injurias que en él van causando los elementos, los gamberros, etc., concluye diciendo que era too good for this world. El que yo vi esta mañana, a eso de las siete y media, también era demasiado bueno para este mundo. O, al menos, para esta hora y este lugar concreto: todos los que estábamos en la parada veníamos embozados en nuestras prendas de abrigo, muchos con la boca tapada por una bufanda. Algunos tosíamos. Había unas cuantas mujeres, y hasta puede que alguna fuera guapa, pero a esta hora todas daban la impresión de andar como destempladas y de tener los párpados pegados. Al lado de ese triste panorama humano, la visión de esa mujer irreal, turgente y luminosa, ataviada con lo que parecía ser la más fragante y delicada de las lencerías, venía a ser una especie de sarcasmo. Si el anuncio iba dirigido a las mujeres, para incitarlas a parecerse a la modelo, el tiro andaba completamente errado. Y si a los hombres, igual: ninguno de los allí congregados nos atreveríamos nunca a poner nuestra grisura y nuestras ojeras al lado de ese esplendor, que seguramente exigiría compañía de su mismo calibre. De la que se encuentra, supongo, en los gimnasios caros y en otros templos del ocio, y no en una humilde parada de autobús.

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Resulta sintomático que la oposición se desfonde justo cuando más falta hace que aporte ideas y alternativas. Es como esos neuróticos que, en vísperas de un viaje que llevan esperando mucho tiempo, se ponen malos.

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Todavía -hoy mismo, en el autobús, en labios de una anciana- me conmueve oír esta frase, destinada a disculpar las barrabasadas de alguna mascota doméstica: "el animalito no tiene la culpa, el pobre". Pero ya sé que su franciscanismo es sólo aparente. Es un modo de decir que el guarro, o el desconsiderado, o lo que sea, es el dueño del animal.

lunes, febrero 09, 2009

CALDO

Antes de ponerse uno el termómetro, la enfermedad sólo es una sensación por confirmar. Y a veces, sobre todo ante ciertos malestares comunes que parecen llegados expresamente para dificultar la sagrada rutina, es mejor no darse por enterados de su presencia.

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Pero lo que no puede evitar uno es esa curiosa textura que adquiere el mundo a ojos del afiebrado. En general, es un mundo mejor, pintado con colores más suaves y hecho como para ser tratado más despacio, o para no darle importancia a lo que, por rápido, se te escapa. También hay lecturas que parecen especialmente indicadas; y otras que, como la poesía demasiado leve y punzante -la de Emily Dickinson, por ejemplo- hay que evitar, porque sus insinuaciones, a poco que uno se descuide, terminan multiplicándose y amplificándose en los duermevelas del enfermo, y convirtiéndose en pesadillas.

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Ah, el don de las sopas blancas. No es posible hacer un caldo de puchero sin ponerle un poco de amor.

domingo, febrero 08, 2009

CARCOMA

En medio del nublado, una grieta de sol, por la que la luz del atardecer irrumpe en el paisaje y se posa justo sobre el valle y castillo de Tavizna, que desde la carretera se ven teñidos de rojo, en contraste con los tonos grisáceos del entorno. Un poco frívolamente, pienso en Infierno de cobardes, la película de Clint Eastwood en la que el personaje interpretado por éste hace pintar todo un pueblo de rojo, para desconcertar a unos bandidos que piensan atacarlo. Un poco más adelante, el efecto ya ha desaparecido, y M.A. comenta que, a esa hora de la tarde, el mundo es blanco y negro. Cierto. Pero recuerdo entonces que, a primera mañana, justo antes del amanecer, es azul.

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Este cuadro ha hecho un doble viaje de ida y vuelta. La carcoma atacó uno de los listones de pino con los que lo había enmarcado su autor. Descubrí la injuria ya en casa, semanas después, cuando me disponía a colgarlo: se ve que el bichito había incubado en la bolsa de plástico en la que la pintura había estado envuelta todo ese tiempo. La he vuelto a recoger, ya convenientemente reparada. No sin el resquemor, en fin, de que a los cuadros pueda pasarles lo que a esos vinos que, de mucho trasegarlos y moverlos, se alteran irremediablemente.

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Menciona el chileno Carlos Morla Lynch a Agustín de Foxá en su diario dedicado a Lorca. Y me llama la atención el hecho porque, desde que empecé la lectura de este libro, no hago otra cosa que pensar en las muchas coincidencias que presenta con Madrid, de corte a checa, la novela de Foxá; y no sólo porque ambas obras cubren el mismo intervalo temporal -final de la monarquía, Segunda República, primeros meses de la Guerra Civil-, sino porque ambas coinciden en destacar los mismos hechos y en citar casi los mismos personajes. Y porque, pese a que la ecuanimidad de Morla Lynch es lo más opuesto que pueda haber a la ferocidad militante de Foxá, ambos coinciden en su modo de enjuiciar no pocos de esos hechos y personajes. Las páginas, por ejemplo, que el chileno dedica a la primera recepción del gobierno republicano al cuerpo diplomático, que tuvo lugar en el Palacio de Oriente, y en la que se usó la cubertería real, que aún lucía las iniciales de Alfonso XIII y Victoria Eugenia, coinciden casi punto por punto, pese a la mínima acritud que pone en ellas su autor, con la despiadada caricatura que de ese acontecimiento hizo Foxá...

No sé qué conclusión sacar de estas coincidencias. Qué ciertas debilidades del nuevo régimen fueran visibles tanto a quienes le daban su renuente voto de confianza, como fue el caso del diplomático chileno, como a quienes lo odiaron desde el primer momento, invita a suponer que había cierto campo de acción para el pensamiento crítico independiente; y, por tanto, para el intercambio civilizado de pareceres. Lo horrible del caso es que quienes participaban en aquellas
soirées mundanas en las que se hablaba de todo no tardaron en alinearse, llegado el momento, con alguno de los dos bandos enfrentados en el campo de batalla. No es muy probable que en 1932, cuando tiene lugar el mencionado encuentro entre el amigo de Lorca y el autor de Madrid, de corte a checa, alguno de los dos pudiera imaginar lo que estaba por venir. Y, sin embargo, flotaba en el ambiente.

viernes, febrero 06, 2009

FISONOMÍAS

Todavía se habla de la comparecencia televisiva del presidente del gobierno ante un grupo escogido de ciudadanos elegidos expresamente para la ocasión. Se discute la pertinencia de las preguntas de éstos o el contenido de las respuestas presidenciales. Pero a mí lo que me mantuvo atento al cansino desarrollo del ritual no fue ni lo uno ni lo otro, sino la fascinación que siempre ha ejercido sobre mí el mero despliegue de una serie más o menos amplia de fisonomías. Y más, cuando se afirmaba que las de los cien ciudadanos allí congregados representaban con toda exactitud la compleja variedad de la población española.

Estudié esas cien caras con la máxima atención. No dudaba de que todos mis rasgos sociológicamente significativos debían de hallarse representados en esa respetable muestra. Efectivamente, entre esos ciudadanos los había varones, como yo; había no pocos cuarentones, imagino que aquejados de las mismas perplejidades y melancolías de uno; y los había, también, con estudios y profesión semejantes a los míos. Y aunque no vi a ninguno que se me pareciera físicamente, debo decir que los rasgos más propensos a figurar en mi posible caricatura –mi nariz, mis gafas, la perilla que luzco– estaban allí cumplidamente representados: había narices más que respetables, gafas muy leídas y, en el capítulo de los aditamentos capilares, una cumplida barbita desde la que salió, creo recordar, una muy malintencionada pregunta sobre la venta de armas españolas a países en conflicto… No había nada extraño en ello, por otra parte: todo el mundo sabe que en cualquier grupo humano lo bastante numeroso hay la suficiente variedad de rasgos como para que cualquiera de nosotros pueda reconocer alguno suyo, o tener la impresión de hallarse ante personas conocidas.

Debo confesar que, mientras asistía a la citada comparecencia presidencial, me sentí a ratos víctima de ese error de percepción. Reconocía los esfuerzos del presidente por dirigirse, en la proporción debida, a los ciudadanos que tenían mi edad, mi profesión o mis intereses. Reconocía sus intentos de que ninguna de mis variables, digamos, sociológicas se viera desatendida. Pero, pese a todo, en ningún momento tuve la impresión de que se dirigiera a . No, en esa sala de despiece en la que había trozos de todos y cada uno de quienes integramos la nación española no estaba yo. Y puede que, estrictamente hablando, no estuvieran siquiera los allí convocados, ocultos y desfigurados por sus máscaras y disfraces de personas comunes.

Y me dio pánico pensar que, en los días de elecciones, no fuéramos los ciudadanos quienes acudimos a votar, sino esos pedazos nuestros, de pronto congregados por no se sabe qué sortilegio y empeñados en reemplazarnos, que es en lo que se empeñan siempre los zombis y los fantasmas. Incluidos, cómo no, los de la estadística.

Publicado el pasado martes en
Diario de Cádiz

jueves, febrero 05, 2009

PIPANDO

La primera vez que leemos un libro, no hacemos otra cosa que acopiar, como cuando los camellos beben agua para almacenarla en la joroba. Ya llegará el momento en que nos aproveche. Y habrá que esperar a la segunda lectura, por lo menos, para paladearlo, como un vino.

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Han venido a inspeccionarme. Lo que me parece muy bien, porque no hay trabajo que no sea susceptible de degenerar en mera pantomima de trabajo, especialmente cuando quien paga es el erario público. Pero lo curioso del caso es que, bien mirado, un inspector sólo se ve plenamente justificado cuando descubre una irregularidad: cuando, por ejemplo, sorprende al empleado leyendo el periódico, o le dicen que salió a desayunar hace horas y todavía no ha vuelto. Cuando no, la situación que se produce es más bien embarazosa, y se resuelve en cumplidos forzados o en frases de puro trámite, que traslucen bien a las claras el azoramiento del importuno, por una parte, y la sensación de agravio del importunado; y también puede pasar que éste, de puro considerado, lamente no haber estado en ese momento tocándose las narices, para no desairar a nadie.

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Me gusta cómo lo decimos aquí: "He llegado a casa pipando" (chorreando).

miércoles, febrero 04, 2009

CASI METAFÍSICA

A diferencia de otras manifestaciones de la meteorología, que tan bien se corresponden con determinados estados de ánimo, el frío va más allá: es una concepción del mundo. Y en estos días de tiempo caprichoso e inconsecuente, casi echa uno de menos esa seriedad casi metafísica del frío verdadero.

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Ese pesimismo -me dice M.A.- es que hace días que no te da el sol.

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En ciertas personas de pasado estalinista, llama mucho la atención que sigan siéndolo incluso en ámbitos que poco o nada tienen que ver con la acción política, o cuando la que ejercen nominalmente en la actualidad se ha despojado ya formalmente de los caracteres del estalinismo. Por eso abundan tanto, no sólo en los partidos de derechas (donde ejercen una especie de estalinismo a la inversa) y en los socialdemócratas (donde, todo hay que decirlo, se les recibe mejor), sino también en los consejos de administración de las empresas privadas, en las asociaciones de vecinos, en los claustros escolares. Y su modo de actuación es siempre el mismo: una cierta habilidad para hacer un uso perverso de las normas vigentes; una apelación constante al bien común en beneficio de su camarilla; y la atribución al adversario de intenciones perversas que, mira por dónde, suelen ser un exacto reflejo de las propias. Y todo ello, con la conciencia tranquila de quien ya contó, en sus tiempos más bravos, con la previa absolución de la Historia.

martes, febrero 03, 2009

IMPOLUTO

Para los que tenemos cierta afición a la glosa -y qué literatura no lo es-, un libro como El arca de las palabras no deja de ponernos en el poco airoso trance de tener que reprimirnos, porque hay brevedades que, glosadas, lo pierden todo. Como ésta, por ejemplo, que copio aquí (y será la última vez, por lo que dije ayer) en homenaje a K. y al gato del autor: "Hay cosas de las que nunca se habrá dicho la última palabra: la luna, la rosa, el gato".

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Quizá nevó tanto el domingo para tapar con un manto impoluto aquella ignominiosa meada que vimos echar a un vagabundo contra un contenedor de basura en plena calle Ventura Rodríguez, el sábado por la noche.

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Nadie tan exhibicionista como ese cormorán que se sumerge en el agua a nuestro paso por el puente, y que aguanta sumergido lo suficiente para que nosotros, llevados por el autobús, no podamos constatar su salida de nuevo a la superficie, y nos quedemos en la duda de si no se habrá excedido en el alarde.

lunes, febrero 02, 2009

IZQUIERDA

Visto desde el tren, este poblachón manchego, a medio camino entre Madrid y Cádiz, da pánico. No imagina uno peor suerte que ser abandonado aquí. Pero no descarto que esta impresión sea un espejismo, y que el pueblo pueda encerrar insospechados atractivos. De ser así, deberían demandar a la RENFE.

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Distinto sería que te obligaran a bajar en medio de este páramo melancólico, tal hora como ésta, y te dejaran como únicos recursos un yelmo abollado, una adarga, un rocín viejo y flaco. Y un simpático escudero.

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Oído ayer por la mañana en una panadería madrileña:

-De esta nevada nos cargamos a la ministra.
-No caerá esa breva.

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Pero aquella nevada, dicho sea con todos los respetos hacia quienes desean desbancar a algún miembro del gabinete, no traía consigo ningún programa político. Vista desde la calle Martín de los Heros, ponía un noble telón de distancia y fantasía entre el balcón del sañudo edificio en el que habíamos dormido y las desabridas rectas de la mole que alberga el complejo de Princesa. Unos pasos más allá, en el parque de la Bombilla, convertía el muy burgués paseo de Pintor Rosales en una perspectiva de San Petersburgo; de un San Petersburgo, en fin, que incluyese entre sus edificios la anomalía de un templo egipcio dedicado al dios Debod, que jamás vio la nieve ni se vio en otra igual.

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También un tanto incongruentemente, encontramos abierta en domingo la pequeñísima y, sin embargo, magníficamente surtida librería El Aleph, que también vende prensa. Yo compro el ABC, para espanto de un lector de El País que parece dispuesto a ir corriendo a dar cuentas a la cercana sede socialista de Ferraz. Casi me entran ganas de decirle que mi elección se debe a que el periódico monárquico regala películas los domingos, y que yo soy más bien republicano (aunque más partidario, en fin, de la
république que de otra cosa). M.A., ajena como siempre a mis desubicaciones políticas, compra un ejemplar de Kokoro, la novela de Soseki, homónima del simpático tratado sobre tradiciones y costumbres japonesas que escribió Lafcadio Hearn.

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Yo en este viaje no he comprado libros, lo que no es óbice para que uno muy voluminoso añada unos cuantos gramos a mi maleta: El arca de las palabras, que me ha regalado su autor, con una recomendación expresa de que lo lea de cabo a rabo, y no saltando de aquí y allá, como podría sugerir su estructura de diccionario. Le hago caso, y en el tren devoro las primeras ochenta páginas. Y encuentro entradas impagables; como, por ejemplo, la que le sugiere al autor la palabra izquierda, que no copio aquí porque no está bien llenar los cuadernos de uno con los frutos del sudor ajeno. Baste señalar que el apunte alude a un mismo tiempo a la cargazón dogmática y sectaria ya inextricablemente unida a esa palabra y al hecho de que, después de todo, en ciertas voces y efigies sigue evocando un noble sueño.

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Previamente, el gato de ese autor había salido a recibirnos al portón de su casa: nos miró, nos rodeó y, finalmente, desapareció, dejando en la casa llena de libros y cuadros algo así como el fantasma de una presencia sinuosa, que no volvió a materializarse hasta que vimos, bajo una silla, junto a un mueble con libros, unos cuencos de comida y agua, como los de K., a la que de pronto echamos mucho de menos.