martes, marzo 31, 2009

NOVELA SOLIPSISTA

Noche mal dormida. Y me acuerdo de J.A.M., en la misma tesitura el domingo pasado (aunque por distintas razones), con la mirada turbia y la voluntad puesta en el propósito de dar algunas paladas a su huerta, en medio de una mañana que, por lo turbia y desabrida, parecía una proyección de la borrasca emboscada en su entrecejo. Y cada palada que daba, cada piedra que enderezaba, era como una rectificación de ese mal ánimo.

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Llama uno a Fulano, le pide parecer a Mengano, teje y desteje la trama de las relaciones sociales y humanas a las que habrá de renunciar y las que habrá de reconstruir si, finalmente, las decisiones tomadas llegan a buen término... Y como todo esto sucede mientras leo
A la sombra de las muchachas en flor, siento respecto a este libro lo que sentí, en la adolescencia, cuando leía Un amor de Swann y me parecía que ese desencantado análisis del amor maduro describía punto por punto el desordenado batiburrillo de mi sentimentalidad de entonces. Nada más lejos de la realidad. Como nada más opuesto a la enrevesada trama social de los Swann, los Verdurin, Guermantes y compañía que la madeja que ahora devano. Sin embargo, una de las funciones de la literatura debe de ser, sin duda, proporcionarnos esa clase de espejismo. Darles una dimensión ficticia, digamos, a las crudas realidades en las que vivimos; y convertirnos en protagonistas de nuestra propia novela. Aunque sea una novela solipsista, que tan sólo percibe como tal quien la protagoniza.

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Al entrar en el edificio, a pocos metros de mí se desploma un trozo de cornisa y unos cuantos cascotes se estrellan contra la acera. De haberme acertado, no estaría escribiendo estas líneas. Otras veces es un coche que te pasa rozando, o un mal resbalón del que te libra una mano interpuesta a tiempo. Estamos vivos de milagro. Y cada vez que uno constata este balance favorable del azar, debería de dejar lo que tiene entre manos y lanzarse a la calle a celebrar la vida entre cánticos alborozados. Pero no.

lunes, marzo 30, 2009

MAJOLETOS

Han florecido los majoletos (o majuelos, como dice el traductor de En busca del tiempo perdido; o el espino albar, como dice el Romancero). Son lo más parecido que nuestro paisaje tiene al cerezo japonés; excluyendo, en fin, a los propios cerezos indígenas, que aquí no tienen ni la simbología ni la importancia iconográfica de sus hermanos del Extremo Oriente. Claro que tampoco los de allá tienen, en fin, esta sugestión narcotizante que emana del majoleto florecido, y que contribuye no poco a que los parajes en los que florece adquieran, para los sentidos de quienes los recorren, una cierta condición de lugares previamente visitados en sueños.

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Estado de ansiedad ante la necesidad de tomar ciertas decisiones importantes respecto a un posible cambio laboral. Se suceden todas las fases de este sentimiento: la impaciencia, primero; la sucesión de impulsos impremeditados; el sentimiento final de conformidad, casi de fatalismo, respecto a lo que resulte... Conoce uno bien el cuadro. Y lo peor es la certeza de que todo el gasto de energía que lleva aparejado no sirve absolutamente para nada. Si acaso, para proporcionar unos datos poco halagadores respecto a uno mismo; de esa clase, en fin, que ni siquiera es demasiado útil a efectos puramente literarios, porque las situaciones a las que se aplican estos sentimientos no son tampoco lo suficientemente interesantes para ser contadas...

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Ese gato, al que le encontramos un ligero parecido con K., nos ha seguido a lo largo de toda una manzana. Como si fuera, en fin, uno de esos perros locos que tanto abundan en este pueblo, y que suelen irse detrás de los excursionistas. Él lo hace más discretamente: como siguiendo el rastro de un inconcebible ratón que hubiera dejado su impronta en los bajos de los coches, en los zócalos de las casas, en el arroyuelo colmado de barro que se ha formado junto al bordillo de la acera... Nos sigue hasta casa. M.A. se opone a que le dé de comer: "Acabaremos como esas viejas locas que viven con docenas de gatos, y acaban denunciadas por los vecinos". Pero yo sospecho que su negativa es, más bien, uno de esos actos de exclusividad egoísta con los que uno distingue a los suyos. En este caso, a K.

jueves, marzo 26, 2009

MALETAS

Un millón doscientas mil maletas perdieron las aerolíneas en todo el mundo en el año 2007… Ve uno un titular como éste y se le acelera el pulso: por qué escribir sobre la crisis, sobre la corrupción política o sobre los flagrantes casos de maldad humana que acongojan el ánimo de quienes leen periódicos, cuando, sin salirse de lo que es noticia, puede uno lanzarse a imaginar nada menos que el millón largo de novelas no escritas que encierra esa cantidad ingente de maletas perdidas. Vivimos bajo el mito de la individualidad, y creemos firmemente que todo aquello que tocamos se convierte en un testimonio irrebatible de nuestro paso por la tierra. Y si nuestros propios desechos nos retratan (hasta el punto, en fin, de que ya hay municipios en los que la policía registra la basura para identificar a los autores de ciertas infracciones), cómo no íbamos a dar por sentado que aquello que elegimos llevar con nosotros en un viaje no había de ser sino un compendio de nuestros gustos e inclinaciones… La realidad es otra: lo que nos define cuando salimos de nuestro entorno es el afán de uniformidad, de que nada nos caracterice demasiado, ni valga lo bastante como para que lamentemos su pérdida. Para andar por el mundo el hombre moderno no necesita más que una muda limpia y un neceser con dos o tres artículos de aseo.

Con lo que tenemos que, salvando la imprescindible cuota de excepcionalidad que haya que conceder a posibles contrabandistas, asesinos, evasores de capitales y enamorados excéntricos, lo que anda perdido por el mundo es un millón largo de ternos casi idénticos; de camisas, calzoncillos, bragas, medias, blusas que han extraviado a sus dueños, por más que muchos de éstos, por mero sentido de la dignidad herida, se hayan desgañitado reclamando a los responsables la inmediata devolución de lo extraviado o el abono de una compensación. Aún recuerdo la indignación de un compañero de trabajo al que ayudé hace años a cumplimentar el impreso de reclamación de una exótica compañía aérea del Extremo Oriente. “¿Vale mucho lo que has perdido?”, le pregunté. “Nada: unas camisas sucias, media docena de postales, una cámara barata…”. Y estuve por decirle que se desentendiera del asunto. Pero enseguida entendí que lo que quería recuperar no era esa cámara o esas camisas, sino nada menos que su sombra, errante desde entonces por los limbos de Asia.

La Comisión Europea ha decidido tomar cartas en el asunto. Y también hemos leído que, de un modo similar, las autoridades monetarias andan indagando qué ha sido de todos esos millones que, sin haber existido físicamente jamás, antes contaban en el haber de los bancos y de los estados y hoy acrecientan el capítulo de pérdidas… Y nunca un misterio pareció tan fácil de resolver. ¿A dónde ha ido a parar todo ese dinero? A ese millón largo de maletas.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

EN EL FONDO

En la presentación de Partes de guerra, la espléndida antología de cuentos sobre la guerra civil que ha compilado Ignacio Martínez de Pisón, afirma éste que muchos autores competentes que vivieron y escribieron en España durante el franquismo fueron víctimas, con la llegada de la democracia, de una especie de pacto de silencio, que les llevó a desaparecer de la primera plana de la actualidad literaria, primero, y luego de las librerías, donde ya son prácticamente inencontrables. La nómina incluye a autores tan notables como Jesús Martín Santos o Francisco García Pavón, y engloba ya a otros que, como Delibes, siguieron escribiendo con éxito en los primeros lustros de la democracia, pero que, tras la inevitable ralentización de su producción en los últimos años, empiezan a sufrir el destino común de su generación. Le faltó a Ignacio señalar que de todos estos autores es fácil encontrar títulos en las librerías de viejo; y que son ellas las que, en estos tiempos de reivindicación de la "memoria histórica", mantienen viva esa otra memoria, para mí más certera y objetiva, que se plasma en lo efectivamente escrito por quienes vivieron esos tiempos difíciles. No sé si reeditar a todos esos autores les aseguraría mayor vigencia. Y es que, a determinados efectos, la verdadera inmortalidad literaria (o esa versión más modesta de la misma, que se encarga simplemente de que ciertas obras sobrevivan a la coyuntura en que fueron escritas) sólo se alcanza cuando los libros pasan a ese polvoriento circuito menor, de dónde sólo la curiosidad genuina, y yo diría incluso que el amor, viene a rescatarlos.

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"En el fondo, no había uno solo de sus conocidos que no fuera capaz de una infamia" (Swann, en sus desoladas meditaciones sobre el creciente desapego de Odette).

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Primeros pasos ciertos por el mundo de Vacaciones de invierno, mi nueva novela: leo su título en varios periódicos, que informan de la presentación madrileña de Paréntesis, el sello editorial que la publica. La ve uno dar esos pasos con la incertidumbre con que se ve cruzar la puerta al hijo adolescente que tiene por primera vez permiso para salir de noche. A saber si volverá hecha unos zorros.

miércoles, marzo 25, 2009

GAFAS


Foto de A.N. por Daniel Mordzinski

Lo pensé la última vez que coincidí con él, hace un par de semanas, y lo pienso ahora, al saber que le han dado un importante premio de novela: no hay escrito de Andrés Neuman (como los poemas que leyó en la ocasión a la que me refería antes) que no esté tocado del don de la gracia, o del encanto, o de la felicidad, o como queramos llamarlo. En eso (y tal vez por influencia de su filiación granadina) me recuerda a Lorca, tal como lo evocan quienes lo trataron: juvenil e insólitamente maduro; inteligente y dueño, a la vez, de una simpatía y un encanto personal que parece aligerarle a la inteligencia su carga de gravedad; en la moda y ligeramente fuera de ella... Por eso me alegro de que le vaya tan bien, de que sus dones sean apreciados, de que su talento luzca. Enhorabuena.

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Y como si algunos sucesos recientes despertaran en la mente una cierta capacidad de encontrarles eco en cualquier circunstancia, por desconectada que parezca de esos sucesos, levanto hoy la vista de mi lectura, en una de las paradas del autobús, y veo el revuelo que se ha formado alrededor de una mujer atropellada... Estoy todavía bajo el influjo de la desgraciada noticia de ayer, y este nuevo suceso no hace sino acentuar la impresión de que, en ciertas rachas, es como si el pesimismo, la impresión de la propia fragilidad y la constatación de que estamos sujetos a un acontecer caprichoso y arbitrario se acentuaran desmedidamente. Ya casi en vísperas de abril, el mes más cruel.

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Y ese iluso que ha puesto un cartel en una farola: "Gafas perdidas. Se recompensará con 20 euros"; como si hubiese visto demasiadas películas americanas, de ésas en las que los niños reparten periódicos antes de ir al colegio y luego le arreglan el jardín al vecino, a cambio de unos dólares. Ese otro espejismo conmovedor de creerse en una sociedad tan bien trabada.



martes, marzo 24, 2009

SE REBLANDECE

Los adultos somos los últimos en enterarnos; los chicos lo sabían todos ya, gracias al Tuenti y a otros artilugios de esa sociabilidad suya, tan denostada por los mayores, pero tan eficaz, para lo bueno y para lo malo: uno de ellos -ésa era la noticia- había tenido un accidente de moto la tarde anterior, y amanecía en la U.C.I. del hospital, bajo los efectos de un coma inducido... El chico, todo hay que decirlo, pertenece a esa rara especie que goza del aprecio simultáneo de sus compañeros y de los adultos. Inmediatamente se crea ese extraño clima en el que se mezcla el nerviosismo que no encuentra palabras con el afán opuesto: el de explicar lo poco que se sabe, y pormenorizadamente, una y otra vez. Quienes hacíamos semanas, puede que meses, que apenas cruzábamos palabra, en virtud de esas diferencias aparentemente insalvables que a veces crecen en lo más nimio, intercambiamos informes por la escalera. Y extraña un poco comprobar, una vez más, cómo la desgracia singulariza, y cómo, por el contrario, la constatación involuntaria de no ser la víctima elegida por el azar que rige estas cosas acaba deparándonos a los demás un vínculo sobrevenido: más fuerte acaso, por el momento, desde un punto de vista meramente afectivo, que todo lo que hemos hecho juntos a lo largo, en algunos casos, de lustros e incluso de decenios... Pero de eso estamos hechos. De una pasta áspera que, en según qué circunstancias, se reblandece.

lunes, marzo 23, 2009

CHAMPÚ

Le pregunto al quiosquero, por mero protocolo, si el diario trae película hoy. Y el quiosquero, muy digno, me dice: "No, lo que ha venido hoy son estas películas eróticas", como dando por sentado que a un parroquiano tan aparentemente serio y respetable como yo no le interesan esas cosas. Para su sorpresa, le digo que me enseñe la de hoy. Me muestra la carátula: El imperio de los sentidos. Y como uno le tiene cierta ley a esa desnortada película de pasiones desaforadas, le digo, para su sorpresa, que me la voy a llevar. "Dos euros diez", me dice, en tono ofendido. Debo de parecerle un degenerado. Y allá que voy, con el periódico bajo el brazo y cierta sensación de culpabilidad: no por haber comprado la película (que, al fin y al cabo, distribuye el respetabilísimo periódico El País), sino por haber incurrido en este acto de autocomplacencia, en honor a quien fui que cuando, en compañía de otros que tal bailaban, nos apretujábamos en el incómodo cineclub local para empaparnos de cultura presuntamente transgresora y contestataria. Y cuyos ejemplos más destacados, ay, ya casi regalan con los periódicos, como las muestras de champú.

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Leo en el colorín del mismo periódico
un reportaje sobre la guerra civil, firmado por Jorge M. Reverte, en el que se afirman cosas como que en la zona republicana "había desaparecido el estado democrático", o que "el País Vasco, Santander y Asturias se regían por gobiernos que no habían sido legitimados por las urnas" o que "los batallones del PNV se encargaron de que la industria pesada vizcaína cayera intacta en manos de Franco"; por no mencionar, en fin, las ambigüedades de este partido al inicio del conflicto o sus intentos de llegar a una paz separada con Franco por mediación del Vaticano... Son hechos sobradamente conocidos por los historiadores, pero con los que uno no solía encontrarse en las crónicas periodísticas, en las que hasta ahora, para realzar las iniquidades de los militares sublevados contra la autoridad legítima, parecía necesario idealizar la realidad del otro bando. Llegará un momento en que, para hablar de aquella guerra, y aun teniendo bien claro quiénes la iniciaron y qué inaceptables ideales políticos defendían, no hará falta hacer una inequívoca profesión de fe en los ideales contrarios. Lo que, tal vez, redundará a favor de los muchos españoles de entonces que, sabiendo ellos también de qué parte estaba la razón legal y política, se horrorizaron ante la sinrazón y la violencia de la que hicieron gala ambos bandos.

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(Cuando escribo parrafadas como la que antecede, me siento un impostor. Por pudor, más que nada. Y por temor de que los ingenuos desiderata que a veces traslucen puedan parecer algo así como una línea de pensamiento clara, terminante, que me complazco en pregonar. Todo lo contrario. Pero cómo expresar ese "todo lo contrario" de otro modo que no fuera el silencio, que tampoco lleva a ninguna parte.)

sábado, marzo 21, 2009

REBAJAS

Ahora que somos más pobres, todo está más barato. O, mejor dicho, los precios han bajado lo justo para mantener la necesaria distancia relativa entre la capacidad de compra del cliente y el afán de enriquecerse del vendedor. El precio debe ser el máximo que el comprador esté dispuesto a pagar sin rebasar ciertos límites. Por eso hay tantos artículos cuyo importe acaba en nueve, o en noventa y nueve: si lo redondearan, entraríamos en una dimensión psicológica distinta, la que implica pasar de cincuenta y tantos euros, pongo por caso (aunque el pico sea de nueve con noventa y nueve) a sesenta, lo que supone convertir una diferencia real de apenas un céntimo en otra, subjetiva, de diez euros, que es a lo que equivale cambiar un dígito por otro en el lugar de las decenas…

Con todo, el síntoma más evidente de la creciente apatía económica en que vivimos parece ser la mera resistencia del ciudadano a gastar, a consumir, a endeudarse de por vida para adquirir cosas que no valen ese esfuerzo. Y el mercado, que tan bien ha sabido entender al comprador en otras ocasiones, no tiene nada mejor que ofrecerle esta vez que una simple bajada general de precios. “Desayuno anticrisis” leemos en grandes carteles a la entrada de algunos bares, para animar a gastar un par de euros a los muchos viandantes que posiblemente ahora prefieren desayunar en casa, o hacer dieta... Pasa uno ante los escaparates de ropa, en los últimas días de la actual campaña de rebajas, y encuentra que podría adquirir un terno completo por apenas unas decenas de euros… Naturalmente, es posible que esa ropa no resulte todo lo favorecedora que uno quisiera, pero, por esos precios, qué más se puede pedir. Y entra uno en un concesionario de coches y sale casi convencido de que, por menos de lo que cuesta diariamente coger el autobús, podría pagar los plazos de un último modelo. Todo está barato. O, como decíamos: nada se regala, pero nada termina de parecer del todo inaccesible, porque nuestra economía, mientras no se invente otra, se basa en esa ilusión de que siempre es posible animar a alguien a que se gaste lo que tiene y una parte de lo que acaso no tiene aún, pero acabará llegando a sus manos oportunamente.

Como para contribuir a este estado de ánimo, el gobierno ha decidido rebajar en tres euros el precio de la bombona de butano. No recuerdo haber conocido ninguna otra bajada en el precio de este artículo básico, y menos de esta cuantía. Es como si, en tiempos de penuria, las autoridades no quisieran que renunciáramos a ducharnos con agua caliente, o a templarnos la leche del desayuno. Se les agradece el gesto. Pero no deja uno de sentirse arreado, incitado, apremiado con insistencia. Como si ya nos viéramos en la obligación de poner esos tres euros en circulación, para animar el cotarro. Y eso es mucha responsabilidad.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

viernes, marzo 20, 2009

SANTO

Últimos retoques a las pruebas. Si hay un momento en el que uno tiene alguna confianza en los libros que escribe, es éste: cuando los ve recién duchados y vestidos, limpios de polvo y paja, como quien se dispone a salir a la calle en una mañana de primavera... Luego, a lo mejor va y les cae un chaparrón. Pero eso es otra historia.

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¿Qué celebra uno cuando celebra su santo? Quizá la momentánea suspensión del hecho de que, en otras circunstancias, no encontraría uno ningún motivo fundado para invitar a desayunar indiscriminadamente a todo el mundo... En esto, el calendario católico funciona como esos cinco minutos de fama que Warhol quería asignarnos a todos. Sólo que, en este caso, ese intervalo de relativa notoriedad, de palmaditas en la espalda de los compañeros, besos de las compañeras y pequeñas atenciones familiares dura un día entero.

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La gata K. ha vomitado por todo el pasillo. A saber qué porquería habrá comido esta noche. La encuentro agazapada, contrita, debajo de un mueble. Como esos adolescentes que, después de la primera borrachera, quieren que se les mime como si hubieran pillado el primer sarampión, el de la inocencia.

jueves, marzo 19, 2009

RUINAS

Lo peor, en el caso de que este autobús naufragara (no me pregunten cómo) cerca de una isla desierta, y que quienes viajamos en él nos viéramos en el difícil trance de establecer en ella una sociedad de nueva planta, sería el capítulo bibliotecario: ¿cómo sobrevivir con una colección compuesta por un título de Pombo, otro de Saramago, éste de Proust? Con libros tan mal avenidos, qué futuro se le puede augurar a esa sobrevenida colonia de náufragos, en la que no tardarían en surgir las disidencias.

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La fatigosa tarea de dar un último repaso a las pruebas de imprenta de mi novela me tuvo ayer apartado de este cuaderno. Con el que ya tengo una especie de adicción: no poder recalar en él me causó una ansiedad palpable, y la sensación de que lo que dejaba de apuntar (la tarde de anteayer, rica en impresiones; más observaciones sobre mi lectura de En busca del tiempo perdido; e incluso algunas notas de trabajo sobre la novela y sobre el propio proceso de corrección de pruebas en el que ando inmerso) se perdía irremisiblemente. Es como quien se confía a una agenda y ya no sabe vivir sin ella. Sólo que ésta es, digamos, una agenda retrospectiva: no sirve para planificar lo venidero, sino para poner un poco de orden en el laberinto de lo ya pasado.

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Niños correteando entre las ruinas de lo que fue una casa romana, en una plaza pública de Cádiz. Y esta sensación de aceptación, de conformidad con el hecho de que, si todo está destinado a convertirse en ruinas, es para que jueguen en ellas los niños.

martes, marzo 17, 2009

ERRORES INDUCIDOS

Los errores que más lamenta uno son los inducidos por alguna inseguridad propia. Y eso explica lo de ayer. Siempre me ha llamado la atención lo poco que me gustaba la traducción de En busca del tiempo perdido que hizo Pedro Salinas; pero ayer, cuando fui a consignar esa opinión aquí, tuve el escrúpulo de confirmar el dato: y lo que me saltó a la vista, en la página de copyrights de la edición en Salvat de Unos amores de Swann (la novella casi independiente que se incluye en el primer tomo de la obra proustiana) fue el nombre de los herederos de Salinas. Por un prejuicio fácilmente explicable, creí que era yo quien hasta entonces había estado equivocado respecto a esa autoría, y que el habitualmente lúcido poeta y crítico no era el responsable de la versión objeto de mis reproches. Naturalmente, no es que abrigue ningún prejuicio contra los herederos de Salinas, pero sentí alivio al descargar en ellos la culpa que no quería atribuir al poeta. Un lector de este cuaderno tuvo a bien reprenderme por el error. Y lo que ahora motiva mi contrariedad y mi irritación conmigo mismo es la cadena de prejuicios, preferencias e inseguridades que me llevó a cometerlo. Un proceso que conozco bien, ay, por otras lamentables meteduras de pata en las que a veces incurro en la vida cotidiana.

lunes, marzo 16, 2009

COGOLLITO

"Tenía en el alma esa falta de agilidad que algunas personas tienen en el cuerpo" (Proust, a propósito de Swann enamorado).

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Y, hablando de esta nueva traducción de En busca del tiempo perdido, a cargo de Carlos Manzano: es mejor que la casi agramatical versión que firmó Pedro Salinas, y de cuyos múltiples errores no me atrevo a acusarlo, porque, como es evidente por otros escritos suyos, era dueño de una prosa correcta y ágil... Pero echa uno de menos algunas ocurrencias de esa traducción: por ejemplo, la de llamar "cogollito" a lo que en esta otra llaman el "pequeño clan" de los Verdurin.

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Siempre que cuento un chiste me paso luego tres días penando por ello. Y es que uno no aprende a resignarse a la carencia de determinadas habilidades sociales.

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Gran Torino, la última película de Clint Eastwood, o cómo plantear un asunto perteneciente a la agenda de lo "políticamente correcto" con los recursos, guiños y maneras del cine más incorrecto: abogar por el necesario entendimiento entre razas con una historia que, cambiando algún que otro rasgo del protagonista, podría ser la entrega final de la serie de Harry el sucio... Que este trasunto del gran Harry Callahan se sacrifique en aras de un ideal que no acaba de entender, en vez de resolver el conflicto a tiros, no deja de ser un rasgo tan desconcertante como irónico. En eso, el personaje recuerda vagamente al Ethan de Centauros del desierto (y también, me dice M.A., al protagonista de Yakuza, igualmente acuciado por la necesidad de redención)... Pero ya tengo ganas de oír lo que dicen quienes han terminado mal tragando a este abanderado del clasicismo por mor de sus películas aparentemente mejor intencionadas (la impecable El sustituto, por ejemplo) y ahora deben digerir esta historia tan incalificable como emocionante.

sábado, marzo 14, 2009

VENIDOS A MENOS

¿Y si todo este ánimo de crisis no fuera más que la consecuencia de un invierno largo y sombrío? ¿Y si, ahora que parece que han cesado los temporales y el buen tiempo promete durar, la gente se decide a salir, escamondada y sonriente, como quien estrena ropa nueva, y se anima a comprar una corbata aquí, un helado allá, unas entradas para el cine o para un concierto, o un frasco de colonia a granel, de ésa que se usa cuando, más que dejar tras uno una pegajosa estela de animal en celo, sólo se pretende oler a honradez y a limpieza? Por poco se empieza, y no descarto que a esa primera jornada de optimismo primaveral, serena y ordenada como un día de elecciones, sigan otras en las que esas mismas personas, más confiadas aún, se acerquen a una inmobiliaria, por ejemplo, a preguntar (sólo a preguntar) el precio de ese pisito en el que la vida con sus seres queridos sería un poco más ventilada y luminosa… En tiempos de crisis se tienen fantasías como éstas, dignas de un argumento de Frank Capra. Y, a fuerza de considerar esta clase de fantasías, llega uno a adquirir una cierta familiaridad con el humo del que están hechas, y a constatar la escasa diferencia que existe entre esa materia evanescente y otras cosas que hasta hace poco creíamos absolutamente sólidas y fiables. Fantasía eran, al parecer, los beneficios de los bancos, la cotización de las empresas, los rendimientos inmediatos de cualquier inversión especulativa, por insensata que fuera, la impresión generalizada de prosperidad.

En esto, en fin, hemos actuado como esos niños de la India que, después de haber sido protagonistas de una película premiada en Hollywood, y de haber sido llevados allí, y de haberse codeado con las estrellas más rutilantes de ese otro mundo de fantasía, y dormido en camas perfumadas, han tenido que volver a su suburbio nativo, donde duermen en una covacha maloliente y el padre les propina de vez en cuando una paliza, para rebajarles los sueños de grandeza…

Hace años, también eran frecuentes en España estas historias de niños-prodigio; y alguno todavía anda por ahí, viejo ya, peleado con el mundo, y con los ojos extraviados de quien acaba de despertar de un largo sueño. También París, dicen, se llenó una vez de príncipes rusos que, después de haber perdido cuanto tenían en la Revolución, ejercían de porteros o de vendedores de puros en los cabarés. El Occidente rico es quizá la única civilización del mundo que ha conseguido convencer a todos sus habitantes de su condición de príncipes. Los príncipes, piensa el vulgo, no trabajan ni estudian. Hasta que llega un tiempo malo, una larga sucesión de días nublados (revoluciones, de momento, no se ve venir ninguna) y esos príncipes venidos a menos tienen que ponerse a vivir… de sus buenos modales. Que es algo de lo que tampoco andamos muy sobrados.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

viernes, marzo 13, 2009

CON PAPELES

Con apenas treinta años, este joven escritor ya tiene a sus espaldas una brillantísima trayectoria, cuajada de logros. Así lo constata el escritor algo mayor que él que lo presenta, y al que, no obstante, se le escapa el adjetivo "prometedor", que parece inevitable cuando se habla de un autor de estas características. Aclara de inmediato que no se refiere a que éste no haya deparado ya obras plenas y maduras, sino a que, dada su juventud, cabe preguntarse "a dónde llegará". Es una presentación justa y elocuente. Pero a mí me deja pensando en el significado de ese "prometedor", y en que no hay autor que, a sus veinte años, y hasta a sus veinticinco y treinta, no lo haya oído alguna vez, o muchas veces. Naturalmente, cuando un libro se publica y se ofrece al público, no se hace con la intención de que éste aprecie lo que esa obra pueda tener de promesa, sino lo que en ella debe haber de definitivamente logrado y valioso por sí mismo. Nadie más convencido de que así es que el propio autor. Luego el tiempo pone las cosas en su sitio, y hay un momento en la trayectoria de todo escritor en el que éste no mide ya sus pasos por logros rotundos, sino que se conformaría con haber añadido una modulación medianamente personal, quizá no del todo audible, pero tampoco discordante, al coro de voces que le ha precedido... Todos hemos sido "prometedores" -también uno conserva varias decenas de dedicatorias y alguna que otra reseña que así lo afirman-. Y como quiera que las promesas se hacen para ser cumplidas, y el incumplimiento de las mismas es, si no un delito, sí una falta moral de cierta importancia, se pregunta uno en qué registro de promesas incumplidas constan las que, quizá más por cortesía que por otra cosa, se le atribuyeron en su día; y quienes son los decepcionados y damnificados por esos incumplimientos.

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Qué cuidadosamente asentada tenemos la fantasía de que dormir solo en una habitación de hotel es un desperdicio.

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K. ya ha recibido su cédula de gato. Ya es una gata con papeles. Me pregunto si la dejarán votar.

jueves, marzo 12, 2009

VICIOS

Ese extraño alfabeto, entre cuneiforme y cirílico, en el que están escritos todos los libros que, inadvertidamente, abrimos del revés.

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A todos se nos divide el universo en "el lado de Swann" y "el lado de Guermantes", según el día o el estado de ánimo con el que salgamos a su encuentro. Sólo que no todo el mundo necesita siete tomos de apretada prosa y toda una vida para contarlo. Y ellos se lo pierden, porque es de estas constataciones elementales de las que suelen salir las únicas obras que merece la pena escribir y leer.

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Una doble mentira: "¿Vicios? Todos. Ninguno..." (Manuel Machado). Vicios: los estrictamente necesarios; que no son pocos, ni muchos, pero siempre parecen demasiados.

miércoles, marzo 11, 2009

DESTINO DESCONOCIDO

Me cuenta M.A. que en la medina de Tetuán hay una calle que llaman "de los pobres", porque en ella se vende, barato, lo que nadie quiere: la fruta un poco picada, las verduras pochas, lo que está a punto de pasarse. Con cuatro desechos siempre puede aviarse una comida. Y cuánta dignidad en esta pobreza que todavía se rige por principios de mercado, y en la que unos céntimos todavía significan la posibilidad de comer caliente.

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He impreso los dieciséis folios que ocupa la liste de personnages que la Wikipédia francesa (¿no tendría que ser Wikipédie?) incluye en la entrada correspondiente a À la recherche du temps perdu. Más que nada, porque me ha divertido la curiosa advertencia que el redactor anónimo de estas páginas dirige al lector "que no haya tomado notas" en las primeras fases de su lectura. Y porque, por el mero hecho de tener a mano esta especie de guía, me siento como en los lejanos tiempos en que, para no perderme en la lectura de Cien años de soledad, iba haciendo el árbol genealógico de los personajes. Árbol que, por cierto, todavía conservo, y que le ha sido muy útil a mi hija en su reciente lectura de este libro.

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Hoy el autobús traía el letrero apagado. Y una de las mujeres que esperaban en la parada resumió bien nuestro desamparo: "Destino desconocido".

martes, marzo 10, 2009

SIN SABER

Frente a otros momentos de incertidumbre económica y social, en los que el sentimiento predominante era el de que unos tenían que destapar o denunciar lo que otros celaban, y viceversa, el estado de ánimo que parece imperar ahora es el de desconcierto compartido. Los empresarios, oigo, dicen que, en caso de que se convocara una huelga general "contra la crisis", se sumarían a la pancarta que encabezara esa hipotética protesta; pero -añaden- sin saber contra quién va dirigida. Y creo que dicen la verdad.

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La eclosión de un lector. Hoy esta casi niña que en los últimos dos años ha devorado colecciones enteras de literatura juvenil viene a pedirme
Cumbres borracosas, y se muestra decepcionada cuando le digo que no lo tengo... Naturalmente, esta misma tarde me echaré a la calle a buscárselo. Ignoro los mecanismos secretos por los que se pasa de leer esas noveluchas oportunistas, plagadas de tópicos, que hoy ocupan la mayoría de las colecciones literarias para jóvenes, a leer un rancio y respetabilísimo novelón que exige lo que podríamos llamar una puesta de escena interior, esa especie de predisposición favorable sin la cual permaneceríamos refractarios a los mundos anímicos e intelectuales que despliegan ante nosotros los sucesivos autores a los que vamos teniendo acceso. Esta chica posee ya esa predisposición, como yo mismo empecé a percatarme de que la tenía cuando, de buenas a primeras, en mi adolescencia, pasé de los libros de Enid Blyton a los de Cortázar o García Márquez (haciendo escala previamente, debo confesarlo, en algunos de Frederick Forsyth y otros autores de best-sellers de la época). Pero no sé en qué consiste ese proceso, que no se da en todos los lectores, y ni siquiera tiene que ver con el mero hábito de leer, que en muchos no implica nunca el impulso a ampliar el campo y a salirse de los caminos ya trillados.

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Y esta otra chica que, en el autobús, va leyendo... Cyrano de Bergerac, en verso. O quizá es que uno sólo ve lo que quiere ver.

lunes, marzo 09, 2009

APIO

La función del apio en la ensalada Wardorf: hacer que el bocado cruja mientras se mastica. Igual que la de ciertas palabras en la prosa de algunos escritores.

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La pintura de J.A.M.: el empeño de acotar un mundo propio. Me comenta el otro día que quiere ampliar esa pesquisa al campo histórico: documentar ciertas tradiciones locales, o determinados hechos entre históricos y legendarios que pesan sobre la memoria local... Lo oigo con interés, pero le digo que no veo posible dar ese paso sin retroceder a la pintura de hace ciento cincuenta años, por lo menos. Seguramente de las vanguardias hemos aprendido muy poco, casi nada. Pero todo ese juego, a veces suicida, con los fundamentos del arte nos ha enseñado a darles a las obras concretas un valor, diríamos, más conceptual que representativo. Y ese aprendizaje es válido incluso para nuestra lectura del arte anterior a las vanguardias: apreciamos en cualquier cuadro el problema técnico que resuelve y su indagación en ámbitos que exceden y van más allá de ese problema. Apreciamos, por ejemplo, un efecto de luces, y nos emociona la posibilidad de que esas luces se abran a un ámbito imaginativo que el objeto representado permite sólo entrever... La pintura de J.A.M. es rica en esta clase de efectos; y los consigue, precisamente, por la sinceridad y la falta de pretensiones con que retrata el mundo que le es propio y cercano. Pero me temo que si esa manera de abordar su mundo se pliega a un programa sistemático, ese efecto (que es un don; es decir, algo que se obtiene por añadidura, cuando uno se aplica honestamente a resolver un problema de representación) podría perderse.

Todo esto lo discutimos ante un aromático revuelto de espárragos que J.A.M. ha aviado en un santiamén. Y lo que no le digo es que últimamente, como veo más a pintores que a escritores, no alcanzo a plantearme otros problemas estéticos que los que atañen a un arte que, al fin y al cabo (y gracias a Dios) no practico.

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Aunque la verdad es que ciertos novelistas han retrotraído las técnicas y asuntos de su arte a los tiempos de don Enrique Gil y Carrasco y no les va del todo mal.

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Los mensajes telefónicos de M.A. desde Tetuán, en donde asiste a un encuentro empresarial: "Los libios son como los argentinos del mundo árabe."

sábado, marzo 07, 2009

EXILIADOS

A algunos puede que les moleste. Pero el hecho es que, si ya a las patrias grandes les cuesta mantener la fidelidad de sus respectivas clientelas, a las chicas no digamos. Para consternación de quienes creen que el mundo termina en los límites de su barrio o en el confín del término municipal, hay quienes alegan motivos de mero bienestar para sentar sus reales en el hasta ayer odiado o despreciado barrio o municipio vecino, sin prejuicio de que sus intereses sigan estando en su lugar de origen: el mundo se ensancha notablemente cuando uno acepta tomar todos los días un autobús Lo mismo puede decirse de esas grandes ocasiones de reafirmación local que son las fiestas: igual que existe un sector de población que se desvive por ellas, hay otro que las detesta de todo corazón; y que, antes de pasarse varios días sin conciliar el sueño, o pisando calles infectas, o viendo como la rutina cotidiana e incluso algunos servicios públicos esenciales quedan irremediablemente alterados, prefiere aprovechar los días de vacación disponibles para, literalmente, poner tierra por medio. Lo que no deja de ser, después de todo, un estimulante indicio de que la sociedad es plural, y que incluso la más sonora y exaltada manifestación festiva, intocable para muchos, puede ser tranquilamente soslayada por una parte de la misma población en la que tiene asiento.

De ahí, en fin, que hace dos viernes fuera casi igual de larga la cola de coches que abandonaba la ciudad (que partía hacia el exilio, diríamos) con motivo de los carnavales, que la que entraba. Se marchaban muchos nativos y arribaban decenas de miles de forasteros. Y está bien que así sea, porque, en este mundo “globalizado” –horrible palabreja–, donde ya no queda ningún acontecimiento estrictamente local, uno acude a donde quiere y celebra lo que quiere, y hace suya la tradición que le apetece.

Lo que no sé es si este libérrimo trasiego que lleva a unos y trae a otros es bien entendido por quienes organizan e interpretan la fiesta y sus repercusiones; es decir, por los celosos agentes de la misma, tanto administrativos como sociales. No sé, por ejemplo, por qué las mismas instancias educativas que con tanto celo andan preconizando, a nivel regional, el alargamiento del curso escolar (a lo que se oponen, con serios argumentos organizativos, los profesionales del ramo) hacen todo lo posible año tras año para que no haya clase en la semana de carnavales, de la que sólo un día es oficialmente festivo… Se diría que hay quienes, ante la posibilidad de que la vida normal puede restarle a la ciudadanía un ápice de su disposición festiva, se adelantan a organizarle el calendario. Ocurre también en otras ciudades andaluzas. ¿Y qué será de aquellos a quienes la fiesta les viene impuesta, como caída del cielo? También en esto hay exilio interior.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

viernes, marzo 06, 2009

MURMANSK

¿Por qué molesta menos el estruendo de una hormigonera, pongo por caso, que la radio del vecino? Porque lo primero pertenece a la esfera de lo ajeno inevitable, como el ruido del viento o el rumor de una multitud en una playa; mientras que lo segundo no puede verse sino como la intromisión de una intimidad en otra. Y eso sí que fastidia.

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Este coleccionista de radicalismos irredentos: hasta ayer, venía al trabajo con una camiseta en la que se veía a Bush con una nariz de payaso (que tenía su gracia, todo hay que decirlo); y hoy, en sintonía con la actual coyuntura política, viste una camiseta del Atlético de Bilbao.

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De todas las películas de guerra podría decirse que las invalida el hecho de que conocemos de antemano su final: la Segunda Guerra Mundial, por ejemplo, la perdió el totalitarismo nazi y la ganaron las democracias liberales en coalición con el totalitarismo estalinista, por lo que cualquier película en la que aparezca algún episodio, real o ficticio, de esa guerra tendría que resentirse de nuestro conocimiento del desenlace. No sucede así, por suerte para nosotros y para el esforzado género bélico, que ha deparado no pocas películas memorables. Sin embargo, viendo ayer los primeros minutos de
Firefox, la rutinaria incursión de Clint Eastwood en el cine de espionaje de la Guerra Fría, me siento tentado a reconsiderar la validez de la tesis inicial; quizá porque, de todas las guerras habidas y por haber, ésta ha sido la única que se ha desarrollado íntegramente en un plano hipotético: las batallas se ganaban sobre la mesa o el papel, a fuerza de órdagos, como en una partida de mus. Y ahora que sabemos que al menos uno de los contendientes en esa guerra tenía los pies de barro (de qué sean los del otro está aún por ver), la posible emoción que subyacía a todos esos órdagos, entonces tan trascendentes, se reduce a poco menos que nada... Qué poco nos importa que Eastwood consiga o no hacerse con ese avión soviético, cuando ya sabemos que, de haber existido, hoy estaría pudriéndose en un hangar semiabandonado en Murmansk, pongo por caso...

jueves, marzo 05, 2009

PAN CON PAN

La lectora de hoy (¿quién ha dicho que no se lee en este país?) lleva sobre el regazo una biografía de Lennon. Pero, a diferencia del aplicado lector de Sófocles con quien coincidí ayer, no logra enfrascarse en su libro, y al cabo prefiere contemplar el paisaje. Y uno, metido en lo suyo y todavía bajo los efluvios de la magdalena mojada en tila o café que empezó a deshacérsele en el paladar cien páginas atrás, la compadece. No por una cuestión de jerarquías literarias: cada uno es muy libre de leer lo que le parezca; sino por la genuina impresión de que enfrascarse en una desabrida vida contemporánea en medio del desabrido paisaje suburbano, también contemporáneo, que atraviesa este autobús es como comer pan con pan.

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Coloco en el estante de novedades
El espectador, de Ortega y Gasset, en un bonito volumen en papel biblia que encontré en un baratillo, y que he traído a mi biblioteca escolar en atención a una compañera que me lo había pedido encarecidamente. Qué raro y solo veo este libro entre la clase de cosas que se suelen leer aquí. Sin embargo, debe estar; por lo mismo que en medio de una bandada de pillastres que corretean en un patio debe haber un señor mayor con un guardapolvo y una palmeta (más simbólica que otra cosa) en la mano.

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Vivre sa vie, de Godard. Pero qué aspecto de marionetas tienen estos personajes de cartón piedra que, más que vivir su vida, ponen en pie el desastrado teatrillo de títeres que ocupa la segunda mitad del siglo XX: nihilismo, encanallamiento, mucho inconformismo y... mucha jeta (y no lo digo precisamente por el bellísimo rostro de Anna Karina).

miércoles, marzo 04, 2009

LA NOVELA DE K.

La errata salta donde menos se la espera: "Girar en el sentido de la fecha" (por flecha, supongo), leo en el mando de apertura de la salida de emergencia del autobús. Y uno, que en cuestión de fechas suele ir siempre un poco a contramano, siente que el aviso va por él.

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K. ha saltado a la mesa todavía sin quitar -acabo de levantarme de la siesta- y se ha llevado consigo una tira de piel de pez espada con un buen trozo de carne pegada a la misma -C. aprovecha muy mal el pescado-. Consigo arrebatarle la presa antes de que salga con ella de la cocina y lo ponga todo perdido. Lo hago con pena: este momento de quitar la mesa es el único de genuina emoción en su vida de gata hogareña, y estas presas arrebatadas deben de resultarle mil veces más sabrosas que el pienso que tiene siempre a mano.

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Y, hablando de robos: de la biblioteca escolar de la que me ocupo han desparecido tres películas: Alatriste, Troya y King Kong. Paso toda la mañana disgustado por el incidente. Del que sólo me alivia, un tanto malévolamente, la idea de que este juvenil ladrón (que, entre otros títulos, ha desechado Matar a un ruiseñor o Capitanes intrépidos, imagino que por antiguas) no sabe que el King Kong que ha robado no es el reciente de Peter Jackson, sino el primero, en blanco y negro, de 1933.

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Voy leyendo el primer tomo de A la búsqueda del tiempo perdido. Y este hombre que se sienta a mi lado saca de su cartera, como para no ser menos, las Tragedias de Sófocles, en la edición de Gredos, y empieza a leer Edipo Rey... El autobús viene cargadito hoy. Y no sólo sólo por la cantidad de gente que trae.

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No, amigo López, no crea que va a ser tan complicado gobernar el País Vasco, desmontando la trama de clientelismos e intereses creados de la que ha vivido el nacionalismo durante treinta años. Más difícil lo veo por aquí abajo. ¡Ay de a quien le toque gobernar en Andalucía cuando los socialistas pierdan las elecciones!

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¿Y si ponerle al segundo tomo de este diario La novela de K.?

martes, marzo 03, 2009

HASTA LOS CUERNOS

Creo que tiene razón José Miguel Desuárez en su Escritores y editoriales, modo de empleo (Hipálage, 2008) cuando afirma que "A todo escritor le vendría bien ser editor por un tiempo razonable". Sí, y también antólogo alguna vez, y crítico con cierta frecuencia, y director de suplemento literario, y hasta librero, si me apuran. Y, por qué no, el que da las subvenciones en tal o cual covacha administrativa. Sólo así se curará ese escritor de todas esas fantasías que le hacen soñar con un destino mejor que el suyo.

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Esa muchacha, de cerca, olía a toallitas higiénicas, de las que se usan para limpiar a los bebés. Lo que, no sé por qué, me inspiró una enorme e inesperada ternura.


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No he leído el relato de Scott Fitzgerald en el que dice estar basada
El curioso caso de Benjamin Button. Ignoro, por tanto, si el asunto del que trata esta historia fantástica es abordado allí con la emotividad a flor de piel, tramposa a veces, que destila la película. Pero una cosa está clara: si hay algo muy envidiable en el hecho de nacer viejo e ir luego rejuveneciendo poco a poco, el lógico final de ese proceso (es decir, la llegada a ese desamparo sin recuerdos ni recursos en el que viven los niños, tan similar al de los afectados de senilidad) es igual de terrible que su contrario, la llegada a la vejez sin más. La película deja en el espectador la siempre incómoda sensación de que las cosas están bien como están. Y ya sabemos que eso no puede ser cierto.

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"Mojado hasta los cuernos", decía Gil de Biedma. Y es que hay una mezcla de mal tiempo, prisas, desorientación y malhumor cuyo resultado no puede describirse en otros términos.

lunes, marzo 02, 2009

EL FARDO

La última mañana de mi estancia en la sierra -lo anoto ahora, antes de que se me olvide-, el pintor J. y yo hacemos una excursión a un cercano puerto de montaña. A este J., que es fumador empedernido, se le acaba pronto el resuello, y resulta penoso oírlo jadear durante buena parte de la ascensión, que no es difícil -una cuesta escalonada-, pero sí un tanto prolongada. Alcanzamos el puerto y nos sentamos cara al sol al pie del murete de piedra que delimita un antiguo horno de cal. Se ve el pueblo, casi al ras de nuestra mirada -el camino, antes de subir, descendía un buen trecho-, y también vemos unos buitres volando a la altura de nuestras cabezas. También nuestra conversación es sinuosa y oscilante, como el vuelo de esos buitres, y gira en torno a algunas cuestiones que J. y yo ya hemos discutido muchas veces, pero que, sin proponérnoslo, afloran siempre que estamos juntos.

Esta vez, el punto de partida es la obra de J.A.M., pintor como J., aunque de muy distinto estilo, y con quien pasamos el día ayer. Estamos los dos de acuerdo en que es un pintor dueño de una técnica excepcional. Y también coincidimos en que el mero dominio técnico, si no está puesto al servicio de algo más, no sirve de mucho. Yo creo que este J.A.M. alcanza muchas veces ese algo más, aunque con frecuencia sus logros aparezcan envueltos en el ropaje paisajístico y costumbrista que presentan la mayoría de sus cuadros: quiero decir que, para el espectador poco avezado o mal predispuesto, esos cuadros pueden parecer... anticuados y provincianos. Lo que yo aprecio en ellos -y así se lo digo a J.- es que, aún dentro de ese ropaje, en todos los cuadros de este pintor hay una zona o un punto en el que la mirada se abisma para... dejarse llevar a una especie de fuga imaginativa, en un efecto que no dudaríamos en llamar "abstracción" (más en el sentido de arrebato que en el habitual de renuncia a la figuración), si no fuera porque esa palabra está ya bastante desacreditada y lo mismo vale para un roto que para un descosido. A veces eses efecto de arrebato deriva de la manera de tratar un efecto de luces, o en el ahondamiento de unas sombras en determinada gama de color -los verdes de una huerta, por ejemplo-. El caso es que en estos cuadros hay espacio para intuir esa otra realidad que, sin posponer ni ocultar la inmediata, es el verdadero objeto de todo arte.

Naturalmente, hablamos de estas cosas en términos mucho más sencillos. J. también es un pintor básicamente figurativo, pero mucho más radical en esa búsqueda de las puertas por las que la realidad se abstrae de sí misma y arrastra consigo la imaginación del que la contempla. Por eso mismo, por ese radicalismo, que tan bien se ajusta a su carácter, sus cuadros son más ásperos y desabridos, lo que no quiere decir que no posean una belleza que les es propia. J. ve con cierto escepticismo la pulcritud académica de J.A.M., y lo cree demasiado rendido a su entorno pueblerino, a sus pequeños compromisos y al estilo que ya tiene más o menos domeñado. Pequeños celos entre pintores, tal vez. Con lo que llegamos a lo que quizá sea el denominador común de todas estas conversaciones: la confesión final de que, tanto en su arte (me dice él) como en el mío, el esfuerzo es inútil, las condiciones son hostiles y el "mercado" (sea eso lo que sea) está dominado por los más hábiles y arrojados, que no son necesariamente los mejores. Ya he aprendido a no secundarlo en este punto de conmiseración, que creo improductivo y un tanto absurdo. Llegados aquí, propongo regresar al pueblo. Y el camino de vuelta se nos hace mucho más llevadero, como si hubiésemos dejado un gran fardo allá arriba.

domingo, marzo 01, 2009

MÁSCARAS

Después de ver, en la noche carnavalesca, todos estos ramilletes de muchachas disfrazadas de gatos, o de gatas (que es el disfraz más simple, y más acorde con la naturaleza alocada de esa edad: maillot negro, medias negras, orejitas, bigotes pintados, rabo), cuando vuelvo a ver a K. le descubro no sé qué nueva faceta oculta de muchacha en flor. Ella, la gata, también se disfraza a veces.

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Estas lluvias repentinas de carnaval, empeñadas en limpiarlo todo.

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Y esas madres cluecas, que siempre disfrazan a sus bebés de polluelos.

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En todo grupo numeroso de enmascarados siempre hay uno que viene de cometer un crimen.