miércoles, abril 29, 2009

ALGUNOS HOMBRES BUENOS

Siempre que coincido con estos amigos bromeo con ellos a propósito de su militancia política: representan casi el estereotipo del izquierdista bueno, según suele mostrarse en ciertas películas y libros sobre la República y la Guerra Civil, donde estos personajes normalmente aparecen bajo la figura de un maestro de escuela rural o un obrero impresor. No levantan nunca la voz, tienen modales pausados y todo lo que dicen parece obedecer a una reposada reflexión, o ser la decantación final de largas meditaciones sobre la naturaleza humana. Representan, en fin, lo que podríamos llamar el fundamento moral de la orientación política que encarnan, tan ausente, ay, en quienes comparten esa misma orientación por puro voluntarismo desinformado, frecuentemente adobado con una amplia dosis de intolerancia y bilis. Y uno, que ha aprendido a evitar a estos últimos casi con el mismo esmero con el que procura distanciarse de la carcundia exasperante, siente que con los otros podría formarse alguna vez, junto con los liberales de buena cepa y los socialdemócratas honrados, un partido de hombres buenos, que abogase por la regeneración democrática, la reforma electoral y otras aspiraciones pendientes del viejo y ya algo desanimado reformismo hispano... Pero también pienso, en fin, que bastaría reunirlos bajo una bandera partidista para que, de inmediato, surgieran discrepancias insalvables entre todos ellos. Y es que ciertos estados de beatitud política sólo son alcanzables desde el desinterés amistoso que propician unas cervezas, unos intereses intelectuales compartidos, un apego común a los buenos modales que facilitan estas cosas.

martes, abril 28, 2009

ANSIEDADES

Me sorprendo a mí mismo escuchando con cierta ansiedad la previsión meteorológica para el próximo puente de mayo: tiempo anticiclónico, dicen; lo que, traducido al lenguaje corriente, quiere decir días de sol. Y es que tiene uno como una añoranza del sol, resultado del largo y frío invierno, de esta inestable primavera que no acaba de cumplir sus promesas y de esta garganta lastimada que reclama un poco de calor balsámico sobre el pecho. Cada uno tiene sus fantasías. Y que las mías, en esta coyuntura, sean como las de esos viejos que se conforman con sobrevivir al invierno casi me resulta preocupante; si no fuera porque me consta que los viejos no formulan las suyas de este modo tan frívolamente explícito, y se conforman con eso: con sobrevivir.

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Con qué luminosidad formula Proust, al final de A la sombra de las muchachas en flor, una especie de teoría del amor indiferenciado, en el que cualquier cara, cualquier cuerpo de un grupo de chicas deseadas en su conjunto vale por todos los demás. Alguna vez albergó uno ese sentimiento, cuando el grueso de sus amistades eran chicas y uno, por desearlas a todas a la vez, casi no atinaba a emprender las acciones necesarias para conseguir en particular a ninguna de ellas.

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Y el teléfono lleno de llamadas perdidas. Que sería tanto como decir: de ocasiones perdidas, si no fuera porque uno anda ya escarmentado.

lunes, abril 27, 2009

EL SONETO A LÍSTER

En ese acto para conmemorar el Día del Libro cada uno de los participantes (yo entre ellos) tenía que leer un poema de Antonio Machado, que es el autor homenajeado este año. Y, cuando le tocó el turno a un conocido periodista gaditano, éste decidió cambiar el poema que le había tocado por el famoso "Soneto a Enrique Líster" que el poeta sevillano escribió durante la guerra. Tenía el gesto algo de desplante, como diciendo: "Ahí queda eso". Y, como cabía esperar, uno de los que leyeron después (poeta, por más señas) no pudo por menos que señalar que seguramente Antonio Machado, de haber vivido lo suficiente, hubiera renegado de ese poema... Al final del acto, alguien me dice que al periodista en cuestión no le ha sentado nada bien lo que entiende como una especie de descalificación pública, y se ha ido echando chispas...

Asisto divertido a este pequeño rifirrafe, que dice mucho de cómo andan las cosas en esa pequeña burbuja en la que nos mezclamos periodistas, literatos y demás glorias provincianas. Pero, en contra de lo que quizá algunos supondrían, tampoco le doy la razón al segundo interviniente. Y es que Antonio Machado, si hubiera vivido lo suficiente, nunca habría renegado de ese penoso poema de circunstancias dedicado a un general; y no lo habría hecho, entre otras cosas, para no dejar en mal lugar a su hermano Manuel, que también hubo de plegarse a las circunstancias y dedicar unos versos huecos y vacíos (como lo era, en fin, el soneto de su hermano) al propio Francisco Franco...

(Claro que lo verdaderamente sorprendente, en todo esto, es que, en esta antología sufragada por la Junta de Andalucía se incluya el mencionado soneto y no el "Poema de un día", por ejemplo.)

sábado, abril 25, 2009

CHIRINGUITOS

Como en este país no se hace nada sin que, de inmediato, se alcen voces a favor y en contra, resulta que el tardío y más bien titubeante intento del gobierno de poner coto a los chiringuitos playeros ha suscitado una reacción furibunda en el principal partido de la oposición, así como en diversos agentes sociales. Parece como si, ya que la izquierda y la derecha no pueden discrepar respecto al modelo económico y social que, mal que les pese, ambas comparten, han encontrado el modo de repartirse la clientela en función de estos asuntos coyunturales, que nunca faltan.

Reconozco que en esto no puedo ser objetivo: a los chiringuitos les tengo manía desde que, de pequeño, me veía obligado a pisar descalzo el suelo de alguno de los que se alzaban entonces en la playa Victoria, en busca de un helado o un refresco. Si alguien ha olvidado a qué olían y qué aspecto tenían aquellos bares de playa, le recomiendo una excursión a las todavía casi vírgenes playas atlánticas marroquíes (uno de esos destinos que, según los empresarios, van a salir beneficiados de la supresión de los chiringuitos en las playas españolas): los chamizos de cañas que allí se encuentran, sin servicios ni agua corriente, donde los turistas se atiborran de sardinas (eso sí: excelentes), son una imagen fehaciente de lo que eran esos locales en España hace treinta años, y de cuáles fueron las causas que los alumbraron: entre otras, la inevitable colusión entre la miseria imperante, la baratura de la mano de obra y la falta de una regulación eficaz, por un lado, y la existencia, por otro, de una demanda poco exigente, a la que le bastaba que la manutención en aquellos destinos turísticos recién descubiertos fuera más barata que en sus lugares de origen.

Conviene saber de dónde se viene para saber a dónde se quiere ir. Supongo que la mayoría de los bares de playa actualmente existentes se pliegan más o menos a los requisitos mínimos que debe cumplir un local donde se sirven comidas y bebidas. Pero también me consta que siguen existiendo otros cuya mera presencia supone un baldón, no ya para las autoridades encargadas de velar por la salud de la gente y la conservación de las playas, sino para la sociedad que los tolera. Los hay, incluso, que se acogen a pretextos ecologistas y “alternativos”, como el que se alzó hasta hace apenas un par de años en la playa gaditana de El Palmar, en cuyos alrededores se congregaba todas las noches una masa poco escrupulosa que, con el poético pretexto de contemplar las puestas de sol en aquel paraje, lo dejaban hecho un estercolero.

Se puede aspirar a otra cosa. No creo que el traslado de los chiringuitos de la arena al paseo marítimo vaya a suponer una catástrofe nacional, como piensan algunos. Habrá que ir un poco más lejos para comprar la cerveza. O traerla de casa. Eso es todo.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

viernes, abril 24, 2009

UN ENCUENTRO (DÍA DEL LIBRO)

Pocas veces se encuentra uno en la calle a media mañana con tan buen ánimo. La jornada laboral ha sido buena, el día acompaña y anda todavía uno sumido en una especie de resaca benevolente por los modestos, pero señalados, frutos de amistad y complicidad que ha ido recogiendo en los últimos días. Hasta la faringitis parece andar atenuada; lo que, unido a los dispendios hormonales que proporciona (¡todavía a mis años!) la primavera, me hace sentir en excelente forma...

Y como tanto bien no parece posible, el paseo que doy por el centro del pueblo para despachar algunos recados pendientes me depara un encuentro algo descorazonador. Es este amigo librero, que, aprovechando la efeméride (23 de abril, Día del Libro) ha puesto un tenderete en plena calle. No hace mucho viento, pero hay una brisilla insidiosa, de vuelo bajo, que parece deleitarse en enredar los faldones del paño de la mesa y en hacer aletear la modesta cartelería que anuncia los descuentos de rigor. Nadie mira el puesto, si no es para esquivarlo. Me paro a hablar con el librero. Tenemos entre manos cierto asuntillo para el que haría falta la colaboración municipal. Pero él no lo ve claro. Me cuenta la larga lista de ocasiones en las que lo han dejado plantado, o han aplazado sine die sus proyectos, con una excusa u otra. Y me cuenta cómo, hace unos años, cuando todavía trabajaba para el municipio, el comisario político de turno (el partido que gobierna este pueblo tiene una indisimulada querencia, connatural a su ideología, hacia este modo de hacer política) pedía insistentemente su cabeza cada vez que se permitía expresar una crítica hacia la desoladora situación de la vida cultural local... Para consolarlo le digo: "Pero aquí debe de haber buenos lectores, ¿no?". Y le menciono algunas "tertulias poéticas" locales de las que tengo noticia. "No, ésos no leen poesía, ni compran libros de poesía. Sólo se leen entre ellos". Lo que, bien mirado, es el comportamiento habitual de cualquier círculo literario que se precie.

Lo dejo allí, en medio de la calle, resguardado del sol en la estrecha franja de sombra que todavía queda junto a la pared. Dentro de media hora, supongo, cuando ya no le quede ni siquiera ese precario refugio contra la intemperie, recogerá los trastos y se volverá por donde ha venido.

Para consolarme, cuando llego a casa me sirvo una larga copa de Pedro Jiménez. Para endulzar la pena.

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Habrá firma de ejemplares de Vacaciones de invierno en la Feria del Libro de Cádiz: sábado 9 de mayo, de 19.30 a 21.30 horas, en la caseta de la librería Manuel de Falla. Y la próxima presentación será el próximo miércoles 29 de abril en la Feria del Libro de Jerez.

jueves, abril 23, 2009

SUSTANCIAS PELIGROSAS

"¿Es usted el vecino de abajo¿ ¿El que tiene la casa llena de libros?". Y, por un momento, me temo que me va a amenazar con ponerme una denuncia. Por riesgo de incendio, o por almacenar sustancias peligrosas, o Dios sabe por qué.

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Entre todas estas caras de amigos (de buenos y fieles amigos, que entienden que han de arroparme), busco un vano el rostro de un extraño. Tal vez porque lo único que en verdad justificaría todo este esfuerzo por hablar de lo de uno en público sería que, al reclamo, acudiera ese lector desconocido que uno sueña con ganarse. Y que, una vez más, no viene.

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Y, sin embargo, esta sensación tan parecida a la embriaguez, resultado de haber roto, por unos instantes, esa esfera de ensimismamiento en que consiste la mayor parte del tiempo el trabajo literario. Cuesta recuperar los parámetros normales. Y no vuelve uno a ser quien es hasta que, al día siguiente, el aire frío de la mañana en la parada del autobús te devuelve a la realidad.

miércoles, abril 22, 2009

EXTREMOS

Niebla baja, de la que emergía la parte alta de los edificios, extrañamente desconectados del suelo que los sustenta. Nuestro autobús parecía tener como destino esa ciudad flotante, entrevista al final de la carretera curva que contorneaba la otra ciudad, la que efectivamente pisábamos. La que, una vez alcanzado el final del trayecto, ocupaba ya el sitio de la primera. Como todos los días.

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Todos tenemos nuestras Gilbertes y Albertines, amigo Marcel. E incluso me atrevería a decir más: todos hemos pensado en ellas, retrospectivamente, tanto como usted acredita en su libro. O puede que más; y acaso eso sea lo que entusiasma de A la sombra de las muchachas en flor: que parece zanjar de una vez por todas (para usted, al menos) lo que para todos los demás sigue abierto e irresoluble.

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Claro que ya se sabe en qué para esto del autobiografismo (y no lo digo ya por Proust): permite rectificar las cosas. Lo que, bien mirado, es la modalidad más extrema de la ficción.

martes, abril 21, 2009

UNA DIFERENCIA

Hay una diferencia fundamental entre presentar una novela en público y presentar un libro de poemas o de cuentos; en éstos, la brevedad y variedad de los textos te sirve de pauta: se leen varios, precedidos o seguidos de sus respectivas glosas orales, y ya está el acto servido. Para presentar una novela, en cambio, hay que improvisar todo un monólogo, más o menos ocurrente; o, al menos, no demasiado aburrido; y que no parezca, en fin, la reseña que a uno le gustaría leer en un suplemento literario. Hay que hablar de la novela sin destriparla; o, al menos, mantener esa prevención un tanto inútil, pues de antemano sabe uno que nadie va a leer la novela por la intriga argumental, o simplemente por descubrir cómo termina. Pero son las convenciones que rigen estas cosas, y hay que respetarlas, porque es la única ocasión en la que el trabajo del escritor adquiere, siquiera sea por unas horas, unos aires de mundanidad que luego, en la soledad del estudio, ante el ordenador, o en esa otra soledad más pavorosa en la que reinan las inseguridades, los reconcomios y las aspiraciones infundadas, a veces se echa de menos.

Escrito la tarde antes, ya en capilla.

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Hoy se presenta Vacaciones de invierno en la APC, c/Ancha 6, Cádiz, a las 20.00 horas. Intervendrán el escritor gaditano Rafael Marín Trechera y Antonio Rivero Taravillo, director literario de la editorial.

lunes, abril 20, 2009

SEVILLA-IRLANDA

Lluvia insistente y tenue, que disuade de abrir el paraguas pero que, al mismo tiempo, va empapando a conciencia las cabezas descubiertas y la ropa ligera, hasta infundir en los transeúntes esa sensación de calofrío resultante del contraste de temperatura entre la epidermis estremecida y el cuerpo templado. No esperábamos encontrar este tiempo en Sevilla en esta época del año. Y, como quiera que la ocasión familiar que aquí nos trae se celebró el año pasado en Irlanda, y allí hizo, según cuentan quienes estuvieron, un tiempo inusualmente soleado, bromeamos sobre lo que parece una inversión de términos: esta Sevilla insólitamente irlandesa (como la querrían, ay, los muchos irlandófilos que por aquí andan, y que incluso celebran todos los 16 de junio el Bloomsday en las cervecerías aledañas a la catedral), a cambio de aquella Irlanda inesperadamente mediterránea. Para colmo, entre los presentes se cuenta una irlandesa, a la que, por turnos, intentamos traducir las conversaciones entremezcladas, los chistes intraducibles (pero que, trasladados a nuestro inglés enfático, resultan a veces incluso más cómicos que los originales), los menús... La chica tiene esa mirada franca y descarada que el cine se ha empeñado en atribuir a las de su tierra: la de la Mary Kate (Maureen O'Hara) de El hombre tranquilo; o, mejor aún, la de esa otra Maureen (Evin Crowley), la bella arpía rústica que casi logra el linchamiento de Sarah Miles en La hija de Ryan... La sensación de extrañeza, para colmo, se acentúa cuando entramos en un bar cercano al hotel, donde todos piden cerveza; menos yo, que, como ando con la garganta delicada y evito las bebidas frías, pido un oloroso... "¿Qué es eso?", dice la camarera, una bellísima sevillana que tampoco parece andar corta de desparpajo. "Voy a preguntarle a mi compañero", concluye; y, a los pocos minutos, aparece con una botella ya empezada de Alfonso, de la que me sirve una copa. "¿Es que nadie pide esto por aquí?", le pregunto. "Desde que estoy yo, es la primera vez", dice la muchacha. Y el soltero del grupo, aprovechando que hemos roto el hielo, le espeta: "¿Cómo te llamas? Es por si te tenemos que llamar otra vez". "Me llamo C.", le contesta ella, con un unos reflejos dignos de un portavoz parlamentario, "pero mejor no te esfuerces, porque me voy dentro de diez minutos". Y me da la impresión de que, por primera vez, en al ánimo del aludido se han igualado las dos temperaturas, la de dentro y la de fuera.

sábado, abril 18, 2009

TOMLINSON

De las muchas noticias trágicas que nos llegan, no sabe uno cuáles impresionan más: si las que tratan de desgracias lejanas, que asustan por lo que tienen de ajeno e incomprensible; o, por el contrario, las que se insertan en una cotidianidad que, de puro parecida a la nuestra, sugiere que la desgracia en cuestión bien podría habernos sucedido a nosotros, y que sólo el azar que rige estas cosas ha hecho recaer el trágico designio sobre otro... A esta segunda clase pertenece la muerte del quiosquero londinense Ian Tomlinson. Los hechos son bien conocidos: primero se dijo que falleció “por causas naturales” en medio de la turbamulta que se produjo en Londres con motivo de las protestas contra la reunión del G-20 celebrada en esa ciudad; y luego, un vídeo tomado por un testigo presencial ha demostrado que, antes de que se produjera esa muerte “natural”, el hombre había sido increpado, zarandeado y golpeado por los policías que trataban de contener a los manifestantes, lo que seguramente le provocó el infarto que acabó con su vida.

Se da la circunstancia de que el tal Tomlinson no participaba en la manifestación, y ni siquiera sabemos si le interesaba lo que allí se dirimía: simplemente, intentaba llegar a su casa, una vez terminada su jornada laboral. A otros, en idénticas circunstancias, los ha atropellado un coche, o les ha caído encima una cornisa: allí donde está el hombre, la muerte va con él. Pero, en este caso, lo que atropelló al pobre Tomlinson, o lo que le cayó encima, fue nada menos que una de esas grandes agitaciones en que se traducen, dicen, los grandes aconteceres históricos. Todos, si atendemos a la imaginería que se ha impuesto en los últimos cien años, consisten, más o menos, en que una masa ocupa las calles y, al albur de lo que esa masa grita, caen gobiernos, se declaran guerras o se inicia una revolución. De esa manera se hizo el siglo XX; y, por lo que parece, de esa manera habrán de dirimirse las cuestiones candentes del XXI.

Y se acuerda uno de lo que le ocurría al vagabundo que encarnaba Charles Chaplin en Tiempos modernos, aquella película sobre las grandes convulsiones sociales del siglo pasado: iba el hombre por la calle, caía en sus manos un trapo rojo e, inmediatamente, las masas descontentas que andaban por allí y la policía encargada de reprimirlas lo toman por un líder que hace ondear la enseña revolucionaria, por lo que los primeros lo ponen al frente de su protesta y los otros intentan apresarlo... Algo así le ha sucedido a Tomlinson: no agitaba ningún trapo rojo, pero, quizá por la audacia que da la indiferencia, pudo parecer a la policía un avezado activista… Murió de indignación. Y en esa indignación, tan distinta de la retórica ofendida de los protestatarios profesionales, se resume la suerte del ciudadano común en los últimos cien años.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

viernes, abril 17, 2009

VIENTOS

Recurro a ese uso un tanto abusivo del correo electrónico consistente en enviar un mensaje a buena parte de los integrantes de mi lista de direcciones. Y la operación tiene un inesperado efecto: el elevado número de mensajes que me son devueltos, y sus destinatarios declarados "inexistentes" por el servidor, es bastante alto. Lo que me lleva a inquietantes reflexiones sobre lo inestable de mi esfera social, lo efímero de ciertos tratos y, sobre todo, mi incuria a la hora de mantener un mapa de amistades y conocimientos medianamente solvente. O, simplemente, mi pereza a la hora de mantener mi agenda al día.

Claro que peor es cuando abro mi libreta de direcciones y teléfonos y empiezo a tachar.

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Lectura en Los Toruños, un espacio natural protegido de la Bahía de Cádiz en cuyo centro de recepción se celebran ahora unas jornadas literarias. El viento golpea con saña las paredes de lona de la carpa instalada al efecto. Y se me ocurre que, puesto que hemos venido aquí a homenajear a la naturaleza, que ya sabemos cómo las gasta, no podemos quejarnos si ésta, en vez de aplaudirnos, prefiere abuchearnos o silbarnos.

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Viendo un documental sobre la evolución de las especies, en el que se da repaso a los espantosos mundos que han precedido al nuestro, y a las monstruosas criaturas que los habitaban (esos mares poblados casi exclusivamente de alacranes y medusas, esos bosques infestados de criatura aberrantes...), llega uno casi a palpar una prueba irrefutable de la existencia de Dios; de un Dios, eso sí, titubeante e indeciso, autor de todos esos borradores fallidos, anteriores a nuestro -por comparación- tolerable universo, dominado por criaturas de sangre caliente y cubiertas de pelo o plumas.

Un Dios con algo de novelista en ciernes.

Y, no sé por qué, pienso en K.

miércoles, abril 15, 2009

PARECEN VIEJOS

¿Tendría Godard en cuenta la opinión que le merece a Proust "la enojosa expresión vivir su vida", que el escritor pone en boca de una muchacha descocada, cuando la eligió como título de una de sus películas más características (en sus virtudes y defectos)? Si fuera así, y teniendo en cuenta que la protagonista de la misma muere asesinada (en la ficción), como culminación de su largo descenso a los infiernos del nihilismo contemporáneo, cabría considerar que la postura del cineasta a estos respectos es mucho más moralista (que no moral) que la del escritor; y que, comparados estos dos juicios sobre la juventud contemporánea, el de Proust es mucho más complejo y objetivo, aunque no sea más que porque cuanto parece afirmar aparece matizado por la ironía, ese don de la inteligencia del que Godard, a mi modesto entender, ha andado siempre bastante escaso.

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La parte más acogedora de una librería es la trastienda. Tal vez porque, en el desaliño habitual en esas dependencias, todos los libros parecen viejos.

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Y, hablando de librerías de viejo, me encantaron las dos que salen en Una guerra feliz (Keep the Aspidistra Flying / A Merry War), la sorprendente película de Robert Bierman sobre las vicisitudes de un poeta en ciernes que decide abandonar su empleo en publicidad para dedicarse a la poesía; y que, como no es, según sus propias palabras, " ni comunista, ni homosexual", ni tampoco ha estudiado en Oxford, no tiene ninguno de los rasgos necesarios para triunfar como poeta en los círculos literarios londinenses (magníficamente recreados en esta película) de los años treinta.


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José Luis Piquero ha publicado este comentario sobre Vacaciones de invierno.



martes, abril 14, 2009

SENDERO (y 2)

Como para depararnos una oportunidad de resarcirnos de todos los agravios causados por la vida gregaria, y a los que atribuimos todas nuestras infelicidades, se nos interponen dos aglomeraciones vivas, que, por un lado, nos obligan a refrenar el paso y, por otro, nos incitan a rebasarlas lo antes posible.

La primera es un rebaño de cabras. Con ellas no tenemos ninguna cuenta pendiente. Y ellas, a lo que parece, tampoco tienen nada que reprocharnos. Nos ignoran, nos rodean ostentosamente cuando les obstaculizamos el paso, lucen para nosotros su repertorio de gestos entre cómicos y asombrosamente pertinentes: las topadas, el modo de encaramarse sobre los cuartos traseros para devorar un brote tierno, los conmovedores diálogos que cruzan, y en los que se adivina un principio de sentido que acaso resulte más apropiado a la vida, en su versión más simple, que la logorrea constante que nos acompaña; y que, cuando no le damos salida, borbotea en nuestras cabezas como un cazo de leche pasado de hervor... También en ellas hay algunas poderosas individualidades, que se manifiestan, en algunos casos, en forma de atributos de autoridad y fuerza (esas barbas de chivo, tan sapienciales; esas cornamentas), y, en otros, en la increíble variedad del pelaje, que incluye el ingenuo estampado en blanco y negro con que un niño las pintaría y la delicada tonalidad rojiza, punteada de oscuro, que parece emparentarlas con sus primas ricas, las gacelas de África...

La segunda colectividad que debemos adelantar es la de los ancianos que mencionábamos ayer, y que nos llevaban ventaja porque habían alcanzado el punto de partida en autobús. Van muy dispersos también, como las cabras. Por el acento, deduzco que son norteamericanos; a una de ellas le oigo expresamente decir a su compañero ocasional que es de Lincoln, Nebraska... Los vamos sorteando, grupo a grupo. Unos ceden gustosamente el paso, y hasta nos dedican una sonrisa; otros, en cambio, ocupan ostentosamente el centro del sendero, y afirman el paso como si ignoraran que hay gente detrás que desea adelantarlos. El resultado es que ahora somos nosotros los dispersos, según hayamos podido rebasar o no a los más reacios, y llega un momento en que quienes vamos delante nos vemos obligados a detenernos a aguardar a los demás, con lo que corremos el riesgo de que el grueso de la tropa de ancianos vuelva a adelantarnos y volvamos a la situación del principio... Pero los ancianos también han sentido la necesidad de reagruparse, y están detenidos en un claro, por lo que, definitivamente, los perdemos de vista.

Y llegamos al punto de destino: una cortadura del terreno, que enfrenta dos paredes rocosas. Desde la que ocupamos se ve una espléndida vista de los valles circundantes y una privilegiada perspectiva sobre el paredón de enfrente, cuajado de buitreras. Sus habitantes nos sobrevuelan, entre majestuosos e impertinentes. A los ojos de un buitre no somos más que lo que somos. Sin embargo, llama la atención que este pájaro de mal agüero, que en el orden de las aves debería tener el aspecto envilecido de las hienas, sea, objetivamente considerado, tan hermoso. Como imbuidos, en fin, de nuestra propia mortalidad, devoramos unos bocadillos de chorizo. Y, al ver que los ancianos no nos alcanzan, nos preguntamos qué habrá sido de ellos.

Pero ya esta clase de pensamientos despiadados, en los que tiene su parte la presencia de los buitres, empieza a remitir. Y es que nos vamos acercando al final del trayecto. A la sociabilidad consentida y más o menos libremente aceptada, por así decirlo.

lunes, abril 13, 2009

SENDERO (1)

Retrocedo ahora al miércoles, día laborable (aunque de vacaciones para mí y para quienes me acompañaban): nos encontramos a las 7.30 de la mañana en la parada del autobús que hace el recorrido de todos estos pueblos, esperando el que nos llevará al lugar donde se inicia el sendero que ha de traernos de vuelta al punto donde estamos. Imagino que el madrugón, y el improductivo propósito que lo motiva, resultarían bastante inexplicables a quienes toman este mismo autobús por razones fundadas: por ejemplo, esta mujer que seguramente va a trabajar a algún pueblo vecino, o puede que incluso al último de ellos, Ronda, la capital natural de la comarca. El autobús va recogiendo a otras personas que parecen animadas por idénticos motivos, y a quienes nuestras mochilas, nuestros gorros para protegernos del sol y nuestro aspecto, en general, de domingueros deben de parecerles bastante absurdos, amén de un tanto irritantes, como lo es siempre el contraste entre el ocio y el trabajo cuando el primero usurpa impúdicamente los horarios y espacios del segundo... Anoto esto en vísperas del primer lunes después de las vacaciones, y puedo imaginar cuáles serían mis sentimientos si encontrara en el triste autobús de las siete a un animoso turista dispuesto a no desperdiciar ni un minuto de la mañana que tiene por delante.

Ese miércoles éramos nosotros los turistas. Y de esa guisa nos bajamos en nuestro destino e invadimos el primer bar que nos sale al paso, en el que se disputan el predominio la impresión general de sopor que transmite la parroquia y la resonancia metálica de un televisor que, un tanto en desacuerdo con la hora, emite un partido de fútbol, supongo que grabado. El desayuno nos infunde nuevos ánimos, necesarios para afrontar la primera parte del itinerario, que es una fuerte subida; el resto, aunque largo, trascurre en llano o en suave descenso, salvo un inoportuno repecho final. Tentativamente, yo había sugerido que tomásemos un taxi hasta el inicio del sendero propiamente dicho, pero nadie parece secundar la idea, tal vez porque parece poco deportiva... Miro con cierta envidia la excursión de jubilados que nos adelanta en un autobús, rumbo al mismo punto de partida que nosotros deberemos alcanzar a pie.

Ya en el sendero, rebasamos el primer hito, que es una hermosa casa situada al abrigo de los vientos húmedos del sur, y que gobierna lo que parece una bien organizada explotación ganadera. Fantaseamos sobre lo que sería vivir en un lugar así, aislados del mundo pero, por así decirlo, con el mundo a nuestro alcance para cuando lo necesitáramos: bastaría subirse al confortable todoterreno que tienen aparcado a la puerta, enfilar el carril bien cuidado y descender, en pocos minutos, la pendiente que a nosotros nos ha costado casi una hora subir. Y creo que todos pensamos, y ninguno dice, que esa opción preferente por el aislamiento la tiene uno en cualquier parte, incluso en los barrios urbanos que habitamos, y que, si no cedemos a ella, es por una especie de debilidad inducida, contra la que tampoco nos defenderían, creo, estas soledades, seguramente inhóspitas en determinados momentos. A estas alturas,esta clase de fantaseos más bien ponen de manifiesto nuestra complacencia en no cambiar lo que mil veces hemos dicho que deberíamos cambiar para que la vida nos fuera mejor... Rebasamos la casa con cierto rencor, no sin antes haberle reorganizado la finca al dueño: esos corrales, decimos, tendrían que estar más alejados de la vivienda; en ese espacio rodeado por un cercado de piedra habría que hacer un cenador, etc. Es nuestra manera de reafirmarnos en la idea, en cierto modo consoladora, de que también aquí la vida resulta bastante imperfecta tal como viene dada, y exigiría grandes reformas que, seguramente, tampoco quienes aquí habitan están muy dispuestos a afrontar.

(continúa)

domingo, abril 12, 2009

EL COLOR DE LA PASIÓN

Parece que la condición sine qua non para ser titular del ministerio del ramo es haber tenido una ejecutoria artística oscura o mediocre, oportunamente reconducida al terreno del medro burocrático. Y no es que a uno le importe mucho lo que haga o deje de hacer el Ministerio de Cultura. Lo que de verdad me preocupa es la sospecha de si todas las demás vacantes ministeriales se cubren del mismo modo.

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En mi juventud, esta especie de febrícula vespertina y primaveral, no del todo desagradable, pero sí un tanto pesada de soportar durante las semanas que suele durarme, se me curaba con media docena de dolorosísimas inyecciones de penicilina... Luego descubrí que se curaba igual sin recurrir a tan drástico remedio: bastaba esperar a que pasara. Y este año, en el que el consabido arrechucho me coincide con un periodo vacacional centrado en la lectura de Proust, casi no merece ya el crédito del que gozó antaño: me parece, más bien, una simple adaptación del ánimo a la condición enfermiza del protagonista de En busca del tiempo perdido.

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En la plaza atestada, a la espera de que salga la procesión, esta norteamericana morena, católica (se santigua al paso de las imágenes), de cuarenta y tantos años muy bien llevados, alecciona al hijo adolescente para que disfrute de la escena: "Es algo que no has visto nunca", le dice; y le glosa los significados de la poderosa simbología que se despliega ante los ojos voluntariamente ciegos del aburrido chiquillo. No así los míos: sin querer, se me han ido al escote de la madre, del que asoman los filos de encaje de un historiado sujetador color malva. El color de la pasión.

miércoles, abril 08, 2009

MERCURIO

La Unión Europea ha decretado la prohibición de los termómetros de mercurio. Y uno, que acata a pies juntillas el argumentario ecológico-sanitario vigente, se echa a las espaldas, como tantas otras cosas, las múltiples ocasiones en que, al romperse el tubito de cristal, tocábamos con los dedos las mágicas gotitas y experimentábamos el vértigo de verlas juntarse y separarse en inasibles orbes escurridizos, que terminábamos barriendo y tirando al desagüe... Esas gotitas, lo sabe uno ahora, habrán contaminado millones de litros de agua, o podrían habernos causado graves intoxicaciones. Como también podrían haberlo hecho, ahora lo sé, los vapores del plomo que fundíamos en un cazo para fabricar plomadas de pescar. Y, sin embargo, esa infancia tóxica a la que hemos sobrevivido, y en la que jugábamos con juguetes sin homologar, comíamos caramelos fabricados en un barreño y manipulábamos inadvertidamente las materias más peligrosas, nos sigue pareciendo, por comparación, más íntegra y sana que la muy controlada existencia que llevamos ahora. Aunque tampoco hay que idealizar el pasado. Bienvenida sea la supresión de todos esos riesgos innecesarios, aunque sea a costa de esta mala conciencia sobrevenida que ahora empieza a aflorar.

Pero lo que me causa verdadera desazón es que todas estas supresiones lleguen por decreto. Conocíamos los peligros del mercurio, y los termómetros digitales se vienen comercializando desde hace lustros. En mucho menos tiempo hemos sustituido los casettes y los discos de vinilo por los cedés, nos hemos acostumbrado a la telefonía móvil y hemos convertido los ordenadores, llegados a nuestras vidas hace apenas un cuarto de siglo, en herramientas insustituibles. Y todos esos cambios se han debido al simple hecho de que, en un momento dado, millones de personas llegaron a la conclusión de que esas tecnologías eran más útiles, prácticas y rentables que, pongo por caso, los discos de microsurco, las cabinas telefónicas o las máquinas de escribir.

En buena ley, con los termómetros de mercurio tendría que haber pasado lo mismo. Pero en esto, al igual que en las hoy desacreditadas finanzas, también han fallado los mecanismos del mercado. Los termómetros de siempre eran más baratos y parecían más fiables que los digitales, por eso la gente los seguía comprando. Ahora sus rivales alcanzan, por intervención gubernativa, la victoria que el público les había negado. Tal vez sus fabricantes contaban con ello. Y a los demás nos queda la duda de si todas las decisiones que han de tomarse para salvar el planeta (y, de paso, a nosotros) serán de este tenor. Si no nos tratarán a partir de ahora como a niños a los que quitan de las manos un juguete peligroso. Como hacía mi madre, en fin, cuando me veía jugar con esas infaustas bolitas de plata líquida, al romperse el termómetro.

Publicado ayer en Diario de Cádiz

martes, abril 07, 2009

DECISIONES

"Siempre adoptamos decisiones definitivas por un estado de ánimo que no está destinado a durar" (el narrador, en A la sombra de las muchachas en flor)... Supongo que esta peculiar manera de administrar los asuntos propios es la que me ha llevado a las importantes decisiones respecto a mi vida laboral tomadas la semana pasada, y que, de llevarse a buen término, implicarán grandes cambios en mi rutina diaria y en mi modo de administrar mi tiempo. Aunque la verdad es que ese "estado de ánimo que no está destinado a durar", en mi caso, ya duraba demasiado.

(Como se ve, desde hace semanas vivo en clave proustiana; y lo curioso es la facilidad con que la realidad se pliega a esos dictados puramente mentales, inducidos por una lectura.)

lunes, abril 06, 2009

LECHUGAS

A José Antonio Martel, hortelano

Hay quien pone una huerta y, literalmente, se aparta del mundanal ruido, para regirse por los ritmos inherentes a la naturaleza: los que ordenan desbrozar el terreno cuando corresponde, sembrar a su tiempo, recoger el fruto. Paradójicamente, quienes así se alejan del mundo desarrollan una sociabilidad más matizada y rica, porque, al empezar a entender lo que supera al hombre, comienzan también a entrever la importancia relativa de las cosas que son fuente de conflicto entre los hombres. Ve uno crecer una lechuga y es como si viera madurar un argumento a favor de la ecuanimidad y la paciencia. Cosecha uno unos tomates y es como si cosechara otras tantas razones para amar la vida.


Claro que eso ocurre cuando se acude a la huerta sin pretensiones, con el solo deseo de aprender a tratarla y a esperar de ella los frutos merecidos. Y no sé si serán ésas las razones por las que Michelle Obama, la mujer del actual presidente de los Estados Unidos, ha anunciado que va a sembrar un huerto en los jardines de la Casa Blanca. Bien hará un hombre poderoso en procurarse todo aquello que puede aprenderse del íntimo trato con la tierra. Pero también ocurre que los hombres poderosos han necesitado siempre alardear de más virtud de la que poseen. Y si, en otro tiempo, la propaganda exigía que el rey fuera el hombre más piadoso del reino, ahora parece que lo imprescindible en un gobernante es que tenga conciencia ecológica, no abrigue prejuicios sexistas y no ofenda a nadie cuando habla. De Tony Blair, el ex primer ministro de Inglaterra, hubo sectores de opinión que esperaban que dejara de lado sus responsabilidades de gobierno para compartir con su mujer los cuidados que requería el hijo recién nacido de ambos. A Obama ya se le ha reprochado algún que otro desliz verbal, como el que ha cometido al afirmar en televisión que su habilidad jugando a los bolos es inferior a la de un jugador paralímpico…

Pero una cosa es morderse la lengua para no meter la pata y otra muy distinta postularse, a uno y a la propia familia, como modelo de virtudes ciudadanas. En eso el progresismo americano, con su inspiración religiosa y sentimental, es incluso más cargante que la rancia izquierda europea, tan apegada a la sociología. Qué distinto, en fin, este presidente que cultiva verduras de aquel otro correligionario suyo que seducía a las becarias en su propio despacho y luego le mentía descaradamente al Congreso, sin que su popularidad descendiera un ápice.

No me cabe la menor duda de que la clase media norteamericana, e incluso algunos sectores de la europea, imitarán el ejemplo de los Obama. Se pondrá de moda tener lechugas en el jardín, en vez de rosas. Lo que, después de todo, no es peor que comer rosas en ensalada, como proponían los cocineros cursis en los tiempos prósperos que hemos dejado atrás.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

viernes, abril 03, 2009

A SU PESAR

No he leído mucho de John LeCarré: lo único suyo que tengo es un ejemplar de Smiley's People, con el sello de la biblioteca de la base norteamericana de Rota, que encontré hace años en un mercadillo: un producto, seguramente, de los expurgos periódicos de esa biblioteca. Lo leí con esfuerzo, cuando aún no andaba muy suelto en el inglés; y lo que me impresionó del libro fue la envolvente melancolía que destilaba, bastante impropia de una novela conceptuada como "de género", en la que las sutilezas sentimentales suelen sacrificarse al ritmo y a la acción.

No he frecuentado mucho esa clase de literatura; pero, en la que he leído (Conan Doyle, Raymond Chandler) normalmente he echado en falta la dimensión añadida que aporta la mera densidad del texto, ese espacio en el que se manifiesta la inteligencia que gobierna el discurso y la temperatura sentimental de los hechos. Incluso Chandler, tan reputado literariamente, resulta algo plano en ese sentido. No así LeCarré, al menos en esa novela de cuya lectura guardo tan grato recuerdo. Curiosamente, esa melancolía a la que me refería se veía incrementada por el clima de puro desatino político en el que vivían algunos de sus personajes. Que algunos de ellos soñaran, en aquella época, con la independencia de los países bálticos resultaba absolutamente quimérico por aquel entonces. Y llama mucho la atención que la Historia, finalmente, les haya dado la razón.


Recuerdo esas impresiones de lectura mientras veo
La casa Rusia, que recrea eficazmente en imágenes ese fatalismo melancólico que le encontraba yo a los personajes de Smiley's People. Sólo que, en este caso, el ingrediente quimérico resulta menos sorprendente, porque, si no me engaña la cronología, esta otra novela está escrita a toro pasado, cuando ya nadie dudaba de cuál iba a ser el desenlace de la glasnost o política de transparencia preconizada por Gorbachov: el desenmascaramiento de un gigante con pies de barro.

Quizá esa melancolía de LeCarré, después de todo, no fuera sino la de quien ve con claridad lo que nadie quería ver. La melancolía de quien tiene razón, a su pesar.

jueves, abril 02, 2009

VIXEN

Hacía tiempo que no se permitía uno ver una película de Russ Meyer. Y la verdad es que, después de haber vuelto a ver, a mis años, ésta que venía con el periódico del sábado (la indignación de mi quiosquero sigue aumentando), me da por pensar que este cineasta estaba llamado a logros de mayor alcance, o en ámbitos más respetables. De que no se haya dedicado a ellos debemos congratularnos, después de todo, quienes agradecemos que en todas las artes haya un espacio consagrado a la frivolidad gratuita, sin pretextos ni excusas.

Pero decía que lo que me ha llamado la atención de
Vixen (1968), en este último y un tanto melancólico visionado, es cómo trasluce bien a las claras que su director poseía una capacidad para la dramaturgia cinematográfica de la que andan bastante escasos otros cineastas más reputados; y que, sin apearse ni un momento del propósito declarado de la película (la exhibición corporal de la protagonista, en una muy bien graduada serie de escenas escabrosas), Meyer logra darle a la totalidad una trabazón puramente dramática, a fuerza de diálogos y situaciones interesantes por sí mismos. Lo es, por ejemplo, la relación entre el marido complaciente y despreocupado y la esposa compulsivamente infiel (y, sin embargo, enamorada de su marido); lo es, sobre todo, el curioso conflicto racial planteado entre ésta y el amigo negro de su hermano; y lo es, en un terreno más propio de las convenciones del género, la atracción incestuosa de la protagonista hacia éste último... Frente a ese aire de manifiesta inverosimilitud que caracteriza a la mayor parte del cine pornográfico, esta película soft (en ella no se ven jamás los órganos sexuales, ni si muestra el acto sexual de modo explícito) tiene una cierta cualidad documental, que refleja comportamientos y actitudes que empezaban a considerarse normales en los ambientes "liberados" de finales de los sesenta... Luego esos aires han pasado de moda, o se han aburguesado y ritualizado en una moral de uso entre higienista y deportiva, que quizá no responda del todo a las verdaderas necesidades afectivas, e incluso puramente sexuales, de los seres humanos... Lo que no significa, entiendo, que tengamos que juzgar las fantasías de entonces por las desoladas constataciones de hoy.

Prueba de ello es que esta película puede verse aún con inmenso agrado; sin esa ansiedad un tanto agotadora que provoca la verdadera pornografía; con el alma limpia, diríamos, si no temiéramos que esta expresión, en semejante contexto, pudiera resultar chocante.

***

Se me olvidaba anotar ayer que Vacaciones de invierno se presentará en Cádiz el 21 de abril, a las 20.00 horas, en los locales de la Asociación de la Prensa; y en Jerez, dentro de la Feria del Libro, el 29 del mismo mes, a la misma hora.

miércoles, abril 01, 2009

VACACIONES DE INVIERNO

Recibidos los primeros ejemplares de Vacaciones de invierno, mi cuarta novela; o quizá sería mejor decir, para no complicar las cosas, la tercera, ya que la tercera propiamente dicha, que debió de haber salido el otoño pasado, anda perdida en su vericueto editorial, lo que estropea un poco mi pretensión de presentar ésta de ahora como la primera de una posible segunda trilogía, una vez completada la anterior, a la que no he dado título, pero que me gusta describir como la de la educación sentimental, por eso de que los sucesivos protagonistas de las tres novelas que la componen (La raya de tiza, Las islas pensativas y la aún no publicada Los bosques sumergidos) habían crecido conmigo y representaban otras tantas etapas de ese proceso de maduración anímica... Uno propone y la suerte editorial dispone.

La idea de Vacaciones de invierno surgió en una comida de Navidad, en la que salieron a colación algunos recuerdos de mis mayores sobre cierto episodio familiar acaecido en torno al año 1973, a los que se sumaron no pocas apreciaciones generales sobre esa época en España, en general, y en nuestro entorno inmediato en particular. Tuve mis dudas respecto a si ese material era viable para una novela. Luego, una vez escrita -y cuando uno está aún bajo los efectos un tanto euforizantes de ver el resultado en papel impreso-, pienso que es, si no mi mejor novela (quién es uno para hacer esos distingos), sí es la más íntima y personal; y, al mismo tiempo, la única en la que he hecho un esfuerzo cierto por objetivar un mundo que puede atañer al lector por motivos distintos a la mera complicidad literaria; lo que no quiere decir, Dios me libre, que haya apuntado a los procedimientos y maneras objetivadores de la novela histórica; o, mucho menos, que haya intentado sumarme a toda esa literatura rezagada que denuncia el franquismo a toro pasado: entre otras cosas, porque el narrador adulto presta su voz a un niño que, en ese momento, no sabía qué cosa era el franquismo, aunque padeciese directamente algunos de sus efectos.

Cuando tiene uno la novela impresa por delante, lo primero es acostumbrarse a ella, porque de los libros se tiene siempre la impresión algo engañosa, larger than life, que causan en el autor las pruebas de imprenta: esa primera muestra objetiva de lo que será el libro deja siempre en el autor la idea de que sus palabras han sido trasladadas a un medio poco menos que indeleble e indestructible. El libro, con su contingencia y fragilidad, te rebaja siempre un poco los humos: las manos de uno anticipan ya las muchas que han de sobar el libro, los muchos (o más bien pocos, en fin, seamos sinceros) ojos que lo mirarán con simpatía o, quizá, con desaprobación; o, lo que es mucho peor, con indiferencia. El verdadero pánico le entra a un escritor cuando tiene el libro impreso por primera vez en sus manos.

Durante el proceso de corrección de pruebas insistí mucho en que se mantuviera este índice en titulillos, que viene a ser una especie de versión cubista, en collage, de lo que contiene la novela. Lo pongo aquí, por si a alguien le sirve de estímulo para leerla.

ÍNDICE

1. Sala de seis - La herencia - Causas y efectos

2. Herramientas - La sala invisible - Las otras – El reclamo

3. La enfermera – Las vedettes del cine Andalucía – Síntomas de dispersión

4. Día de Reyes – El progreso – Las habilidades de Ángel – Un curso de agua

5. Estación Polar – Legrá en el Pardo – Iwo Jima – Violetas y Varón Dandy

6. La noche – Las dos luces - Do ut des

7. Pijamas - El trasatlántico – De calle – Vacaciones de invierno

8. La sobrina – El crucifijo

9. Gatos

10. Polilla – Movimientos congelados – Bizcochos borrachos

11. Locales nocturnos – Pantaloneras – Aguas menores – Chinches – Un exceso de felicidad

12. Churros – El donativo – Rojos y azules – Un cuento para niñas – La ofensa

13. Hebras de puerro – Flores de plástico – Sinatra y Bogart

14. Papeles viejos – Imperativos – Olor a Myrurgia – La Enciclopedia Universal – Tarde de cine – Detenido por llevar una Biblia – Los muertos

15. La estreñida – Fantasmas auditivos – El insomne

16. Una petición inusitada – Lola y los viejos – En la puerta – Moralidades – Los espejos – El demonio y los gatos

17. Las enseñanzas de don Juan – San Martín – El diente y el beso

18. Una partida de Monopoly – El francés pendiente – Sangre – Un pacto incumplido

19. Biquinis, serpientes, demonios - Obras de caridad – Escatología – La buitrera

20. El príncipe casquivano – Yo, robot – El mundo se viene abajo

21. Equilibrio inestable – Mi demonio – Olor a tierra mojada – Un apunte sobre modas

22. Yakima y los perros – Las mujeres de Thompson – Lágrimas – Los piropos del doctor – Los demonios del Klondike

23. Pan y vino – La composición del bronce – Cosas que no se deben hacer ni contar

24. Supernova

25. Piernas de niña – Vedettes - Dos tipos de mujer – El cine del futuro

26. Ruedas

27. Vulvas y pulgas – Tristes y alegres – Otra clasificación de las mujeres – Los viejos – El duelo

28. Un pestillo averiado – Olores – La pistola de cinco duros

29. Puertas – Excursiones y poluciones – El genio de Rosa – Mando en plaza

30. Escamoteos – El revolucionario – Las influencias del cuñado – Relajación de costumbres

31.Última excursión nocturna – La gata perdida – Voces – Un mal pensamiento

32. Luz amarilla – La Anastasia – Pido algunos deseos – Mañana