sábado, mayo 30, 2009

TRAJES

Diré algo aquí que quizá vaya en detrimento de mi imagen mundana: hasta ahora, creía que todos los trajes de hombre eran más o menos iguales, y que, a lo sumo, sólo cabía diferenciar los hechos a medida (cuya finalidad, seguramente, es disimular algún defecto en la figura del destinatario) de los fabricados industrialmente. Más allá de esta distinción fundamental, pensaba, las diferencias de precio entre un traje y otro se deberían a cuestiones de moda o marca, como las que afectan al resto de las prendas de vestir: es decir, un traje con la solapa ancha o estrecha, según la moda vigente, costaría más que un traje que no exhibiera ese rasgo de actualidad; y un traje que luciera en el forro la etiqueta de una casa de moda prestigiosa valdría mucho más que otro fabricado en un taller anónimo de Hong Kong; aunque, como se sabe, también se da la circunstancia de que no pocas marcas de prestigio manufacturan sus prendas en una barraca asiática, a la luz de una bombilla, bajo un techo de uralita…

Creía uno en la igualdad esencial de todos los trajes. Y también (y esto es más difícil de reconocer, pues deja al descubierto mis humildes raíces), que el hecho de llevar traje era más una servidumbre que un privilegio, y que traje, lo que se dice traje en sentido estricto (es decir, pantalón y chaqueta del mismo color, bien planchados y preferiblemente de color oscuro) sólo lo llevan quienes están obligados a ello: los representantes de libros y de máquinas de coser, los empleados de banca, los agentes de seguros. Y que, si los gobernantes suelen ir trajeados, era para dar a entender que ellos también se sometían a ese acto de decoro que supone presentarse en público vestidos de un modo formal, y no con las carnes sueltas bajo un jersey holgado, el cuello despechugado y unos vaqueros más o menos desfondados, como va cualquier ciudadano común por la calle cuando no se representa más que a sí mismo y no tiene la obligación de venderle nada a nadie.


Me equivocaba. Si algo ha puesto de manifiesto la trama de corrupción que andan investigando los tribunales estos días, es que los trajes de chaqueta de algunos políticos son carísimos signos de ostentación de riqueza y estatus social. Que no son todos iguales, y que un entendido sabría apreciar en un traje caro detalles y calidades que el común de los mortales no sabe siquiera que existen. Los que viste, por ejemplo, el principal imputado en este sumario están hechos de una tela milagrosa que, por más que se retuerza o se someta a pliegues forzados, jamás se arruga… Acusan a este hombre de haberse dejado cohechar a cambio de algunos de esos ternos carísimos. Y me pregunto ahora si no será el traje el que hace al hombre, y si no habrá conciencias a las que se les pegue, como un requisito del oficio, la condición inarrugable de esas telas.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

viernes, mayo 29, 2009

VENDAVAL

Cuánto recuerdan estos versos de Agustín de Foxá (El almendro y la espada, 1940), a propósito de los desmanes de la guerra civil:

Y allí la ropa tenue, blanca o rosa
de la muchacha con olor a novia.
Y el tiragomas del hermano muerto,
la almohada de la niña con su lazo,
la sábana nupcial y la vitrina...

a estos otros de Alberti ("Capital de la gloria, 1936-1938", en De un momento a otro):

¡Palacios, bibliotecas! Estos libros tirados
que la yerba arrasada recibe y no comprende,
estos descoloridos sofás desvencijados
que ya tan sólo el frío los usa y los defiende;
estos inesperados
retratos familiares
en donde los varones de la casa (....)
nos contemplan...

Un mismo husmear interesado (y, entiendo, poco caritativo) entre los desechos de la violencia, con intención de, en el primer caso, levantar acta de acusación, y, en el segundo, de apuntar con el dedo a la clase social que se considera merecedora de esa furia vengativa. Y el caso es que ambos poemas, con su trasfondo de sentimientos sucios, son de los mejores que se han escrito, en caliente, sobre esa guerra. (Casi todo lo que se ha escrito luego, en frío, es peor.)

***

Detesta uno los simbolismos fáciles. Pero basta un día de vendaval, como el de hoy, para constatar que no siempre es lo mejor ni lo más cómodo avanzar en el sentido en que lo empuja a uno el viento. Cuánto más digno parece afianzar los pies en el suelo, mantener la postura y avanzar con paso firme en sentido contrario.

***

Y tal vez fuera una obvia asociación de ideas lo que, una vez en el autobús, me llevó a levantarme de mi asiento y a protestarle al conductor por el insoportable volumen al que tenía puesta la radio. Cínicamente, me contestó que yo me había ido a sentar justo debajo del único altavoz conectado, y que me cambiara de sitio. Así lo hice, pero el estruendo era el mismo en cualquier punto del autobús. Por lo que vuelvo a acercarme al conductor y lo amenazo con ponerle una reclamación en las oficinas de la compañía. Ante lo cual, masculla algo sobre la necesidad de compensar el ruido del motor y se aviene luego a bajar un poco el sonido. Nada, apenas una pizca. Lo suficiente, en fin, para que yo vuelva a mi asiento con la sensación de que, por hoy, ya he apechugado lo bastante en contra del vendaval.

jueves, mayo 28, 2009

SONABA

Vengo leyendo en el autobús los romances de La niña del caracol, de Agustín de Foxá, en la reciente antología que ha publicado Renacimiento. Ya en el prólogo, advertía Luis Alberto de Cuenca del arbitrario uso de la puntuación que hace este poeta, y la verdad es que, en algunos pasajes, el texto resulta casi agramatical, y sólo con muy buena intención se consigue sacarle sentido. Sin embargo, la intuición poética es más rápida, y la imaginación visualiza casi de inmediato lo que el intelecto (se me disculpará el uso de esta rancia palabra) tarda más en reinterpretar en términos lógicos. Y pienso en ese otro gran poeta (y prosista) asintáctico, José Antonio Muñoz Rojas, y en una reciente impresión constatada en un concurso literario escolar: el cuento peor escrito de los tres que escuchamos era el que sonaba mejor.

miércoles, mayo 27, 2009

QUIZÁ

Quizá hemos sobrevalorado demasiado la maldad en determinados personajes, y casi nos apena llegar a veredictos como éste, que encuentro hacia el final de la biografía de Lowry que he leído estos días: "A pesar de sus múltiples pecados y actos delictivos, Lowry no fue un mal hombre (...), sino antes bien un hombre bueno con deficiencias fatales" (en Gordon Bowker: Perseguido por los demonios. Vida de Malcolm Lowry).

martes, mayo 26, 2009

TEBEOS

En esa librería madrileña, me cuenta una compañera de trabajo, le dicen que tienen mis Vacaciones de invierno: el dependiente lo ha consultado en el ordenador y allí consta como en existencias. Pero, tras una ardua búsqueda por las estanterías, en la que la cliente también echa una mano, el libro no aparece. "Tiene que estar en algún sitio", dice el librero. "Ya aparecerá". Pero sabe uno de libros que han envejecido en algún recoveco inaccesible de una librería -mi ejemplar de Mujeres y días de Gabriel Ferrater, por ejemplo, que encontré en una liquidación, cuando hacía años que se daba oficialmente por agotado-, hasta que una mano amiga viene a rescatarlos. ¿Será ése el destino del mío, en esa madrileña Librería Manuel de Falla que -ironías de la vida- tiene el mismo nombre que la gaditana en la que más y mejor saben de lo mío?

***

Echo algo en falta en el espléndido ensayo sobre el cómic español de los años cincuenta que firma José María Conget en el último número de Campo de Agramante: alguna mención, siquiera pasajera, a los cauces, a veces muy irregulares, por los que el tebeo llegaba a manos de sus destinatarios. Una, dos décadas después, quien esto escribe todavía frecuentaba, por ejemplo, los establecimientos donde se cambiaban tebeos y revistas; y los compraba a pares, atrasados, en el mercadillo que ponían los domingos en los alrededores de la plaza de abastos. En esas condiciones, lógicamente, no había modo de seguir ordenadamente ninguna colección, y la idea que se hacía uno de las historietas seriadas era forzosamente aproximada, resultado de unir lo recordado de episodios sueltos, leídos desordenadamente y la mayoría de las veces sin llegar a completar la secuencia entera... Y ahora caigo en la cuenta de que, entre lo que no he leído, lo que leí demasiado pronto y mal y lo que me parece haber leído, pero sólo conozco de oídas, la idea que tengo de la literatura universal obedece a ese mismo principio desordenado que regía mis lecturas infantiles. En parte, porque mis hábitos de compra (en cambalaches, en mercadillos, en librerías de viejo, o cediendo a impulsos impremeditados ante una mesa de novedades) siguen siendo igual de azarosos.

***

Menciona Conget de pasada el Pumby, un ingenuo tebeo infantil al que yo también dedico algunos párrafos en mis Vacaciones de invierno; y que, en la economía de ese libro, representa todo lo que queda definitivamente arrumbado en el paso de la infancia a la adolescencia. En un intervalo de cinco, seis años, pasó uno de leer este tebeo para niños a regurgitar ese otro cuento de hadas, en forma de catecismo marxista, llamado Principios elementales de filosofía, de George Politzer. Y lo curioso es que me lo prestó el mismo primo mayor que, en su día, me pasaba las colecciones completas de El defensor de la cruz. Pero eso habrá que meterlo en otra novela.

lunes, mayo 25, 2009

NEGATIVOS

Improvisado programa doble de cine dedicado a Lowry: Adiós Mr. Chips, de Sam Wood, y Días sin huella, de Billy Wilder, vistas las dos en la tarde-noche del sábado. La elección de ambas se fundamenta en la biografía de Lowry que ando leyendo estos días: James Hilton, el autor de la novela en que se basa la película de Sam Wood, fue compañero de internado de Lowry y tomó como modelo del benévolo Mr. Chips a un profesor común de ambos; y, en cuanto a la de Wilder, la novela en la que está basada apareció cuando Lowry ultimaba Bajo el volcán, y le provocó no pocas ansiedades, debido a las muchas coincidencias que hay en el modo de abordar el alcoholismo en ambas obras.

Estas dos películas trazan, por así decirlo, el reverso de la vida de Lowry. Y resulta divertido adivinar al personaje en esta especie de vaciado o negativo que entre las dos dibujan, por exclusión, cuando se les postula un hilo conductor que ninguno de los que tuvieron que ver con la gestación de las mismas, o con la de las novelas en que se basan, hubieran podido imaginar.

***

También el clima de estas sierras viene a ser el negativo exacto del de la costa: dejamos atrás un día espléndido de sol para adentrarnos en el núcleo mismo de una nube varada contra las montañas, que descarga sobre los aquí congregados, nativos y visitantes, una lluvia densa e insistente, redoblada en ocasiones con furiosas andanadas de granizo. Y uno, con sus mangas cortas y su falta de previsión, casi se congratula de esta lección sobre la relatividad de las cosas; y, sobre todo, de lo fácil que resulta también, en ocasiones, escapar de ella: basta una hora escasa en coche para hallarse, literalmente, en otro clima.

***

J.A.M. preparando el lienzo al que quiere trasladar cierta escena que fotografió en un refugio de pastor, en la montaña, al que acudió a mediados de semana para comprar el chivo que nos sirvió de almuerzo el sábado: un pastor junto al fuego, en una penumbra en la que sólo destacan las brasas sobre las que hierve el contenido de un perol, en un extremo de la diagonal de la escena, y el rostro del propio pastor, en el otro, reflejando la claridad del exterior... Me conmueve siempre la fidelidad de J.A.M. a su programa pictórico (una especie de versión impremeditada, casual, de la "poesía de la experiencia", con su misma carga de realismo y emoción), y bromeo diciéndole que, para algunos pintores, el lienzo con su imprimación sería ya una obra terminada; como para algunos poetas, pienso, tres palabras solemnes bailando en una hoja en blanco son el no va más de la intensidad poética.

sábado, mayo 23, 2009

PITOS

El problema no es que varios miles de personas se pongan a pitar en un estadio mientras suena el himno y el rey se levanta a rendirle los honores de reglamento. El problema reside en saber qué querían dar a entender, y eso es lo que no ha acertado a explicar, hasta ahora, ninguno de los sesudos analistas que se han ocupado del incidente de Mestalla. Tal vez la pitada no hubiera alcanzado esas proporciones, en fin, si el himno en cuestión hubiera tenido letra: en ese caso, quienes no estaban de acuerdo con quienes pitaban hubieran podido esforzarse en cantar más alto que éstos. Hubiera sido un espectáculo interesante, sí, pero quizá algo deprimente. Los españoles nos hemos enfrentado ya entre nosotros de tantas maneras distintas, que un combate entre pitos y voces no hubiera sido más que un apéndice grotesco a esa larga historia de peleas. Tal vez por eso sea bueno que el himno que tenemos suscite tan tibias adhesiones. Los himnos verdaderamente populares llevan consigo el recuerdo de las grandes ocasiones en que surgieron. La vieja Marcha Real española, en cambio, suena a eso: a música de banda de pueblo en tarde de domingo, y no hay un solo español que sepa decir qué presuntos grandes hitos de nuestra Historia son evocados cuando la tocan. Para colmo, no pocos de esos hitos tienen otras músicas: el himno de Riego o, si me apuran, el “Libertad sin ira”… Quizá eso sea lo bueno de la Marcha Real: que, desligada de toda emoción colectiva, nos obliga a mostrar respeto y adhesión a lo que, en el fondo, no es más que una cuestión de protocolo. Nosotros, que tanto alardeamos de saltarnos los protocolos…

Con lo que volvemos a la cuestión inicial: ¿qué querían dar a entender quienes pitaban? ¿Que no les gusta la monarquía? A mí tampoco me entusiasma. Pero tendrán que aceptar que, en eso, estamos bastante solos, porque el caso es que, en más de treinta años de democracia, no ha surgido todavía, que yo sepa, un republicanismo que sea algo más que una mera agitación sentimental del recuerdo de la trágicamente fracasada Segunda República; es decir: en ninguno de los partidos con posibilidades de gobernar ha surgido siquiera la ocurrencia de que entre sus filas pudiera haber un Sarkozy, un Mitterrand o un Obama españoles, que pudieran llegar a la jefatura del estado por vía electiva, y no por derecho de nacimiento. Qué raro, y qué sospechoso, que este debate no se haya planteado aún. Porque quienes más tendrían que perder en unas hipotéticas elecciones presidenciales de ámbito nacional serían, precisamente, los nacionalismos periféricos, que quedarían reducidos a la más absoluta irrelevancia.

¿Por qué pitaban, entonces? Tal vez por el mero hecho de saberse en medio de la única ocasión colectiva todavía capaz de suscitar emociones en una masa de españoles. Se pitaban a sí mismos.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

viernes, mayo 22, 2009

CENTRIFUGADORA

El hecho de que, desde hace años, mi jornada de trabajo de los jueves termine a media mañana me deja en la tesitura de emplear las horas que quedan hasta el almuerzo en algo que realmente justifique la condición de tiempo libre de las mismas. Casi nunca lo consigo; la mayor parte de las veces tengo demasiados recados pendientes, que convierten ese intervalo en una especie de carrera contrarreloj para zanjarlos todos. Pero a veces, no obstante, encuentra uno la disposición de ánimo necesaria para disfrutar de ese tiempo libre. Sólo que, ay, en no pocas ocasiones el azar se conjura contra uno para que, incluso en esa disposición festiva, llegue un momento en que tengo la sensación de haber perdido por completo el control sobre esas horas, hasta sentir lo que hoy: el desconcierto de quien, pongo por caso, se ha subido a un tiovivo a pasar el rato dando vueltas y, de pronto, se ve en medio de una centrifugadora.

Todo empezó bien: salí del trabajo, pasé por el quiosco a comprar un bonobús y unos sobres (y, de paso, a echar un vistazo a la siempre interesante colección de películas descatalogadas que el quiosquero liquida a razón de un euro el ejemplar), rodeé la plaza de abastos y me paré a charlar durante unos veinte minutos con un amigo al que hacía tiempo que no veía, y que volvía de comprar medio quilo de boquerones... Justo al dejarlo, tuve la sensación de que mi aspiración máxima en este intervalo había sido alcanzada: el tiempo se había refrenado, había disfrutado de una agradable conversación, e incluso llevaba una película prometedora en la carpeta, para la noche. Si todo seguía así, a lo mejor hasta me animaba a tomarme una tacita de caracoles, después de recoger el correo.

Luego vino el trayecto en autobús, en el que leí un buen trozo de la biografía de Malcolm Lowry que traigo entre manos. Y sólo un pequeño incidente, aparentemente sin importancia, pudo haberme servido de advertencia de que las cosas empezaban a torcerse: el conductor dio un giro brusco en una curva y mi carpeta, con todo lo que llevaba dentro, se deslizó del asiento y cayó en el pasillo. Menos mal que los papeles no llegaron a desparramarse. La carpeta resbaló hasta los pies de una señora mayor que, al verla, se limitó a levantar una ceja para indagar la procedencia de aquel cuerpo extraño. Le hubiera bastado alargar un brazo para alcanzármela, pero volvió a fijar la vista en el vacío e hizo como que no me veía cuando me agaché ante ella para sacar mi propiedad de entre sus pies.

Cosas que pasan, me dije, dispuesto a que nada me estropeara lo que, hasta entonces, había sido un delicioso trayecto a casa. Me bajé del autobús y me acerqué, como tenía previsto, a la oficina de correos, por la que no iba desde hacía tres semanas. Eso explicaba la acumulación de correspondencia, que tenía que haber previsto: nada menos que ocho libros, algunos bastante gruesos, un catálogo, un manojo de cartas. Le pedí una bolsa de plástico a la empleada, pero me dijo que no tenía. Reparto como puedo la carga entre los bolsillos de mi carpeta, que ahora va tan abultada que casi no consigo cerrarla, y la pequeña bolsa de plástico en la que llevo los sobres comprados en el quiosco. La bolsa está a punto de reventar, y sus asas, muy estiradas por el peso, se me clavan en la mano. Voy tan incómodo que me digo que lo mejor es llegar a casa cuanto antes, y renunciar a la prometida taza de caracoles. Tengo por delante una caminata de veinte minutos. Y, cuando llego a casa y me echo las manos a los bolsillos para sacar las llaves, compruebo que no las tengo encima: debo de habérmelas dejado en la cerradura del apartado de correos.

Como no es cosa de desandar el trayecto con todo ese peso encima, llamo al timbre del vecino, con idea de dejarle mis cosas mientras voy a por las llaves. Pero no hay nadie en casa, así que opto por depositar la carpeta y la abultada bolsa en el descansillo, junto a mi puerta, y emprendo la carrera de vuelta a la oficina de correos. Las llaves estaban allí, efectivamente. Pero tampoco esta vez, a la vuelta, me atrevo a concederme el prometido respiro y sentarme en una terraza a comer caracoles: ¿y si, después de todo, alguien decide llevarse las cosas que, un tanto imprudentemente, he dejado en el descansillo? Corro a casa. Los libros y la carpeta siguen allí. Y yo traspaso el umbral con la sensación de dejar atrás un mundo regido por un espíritu burlón, demasiado aficionado a las bromas pesadas.

jueves, mayo 21, 2009

INTIMIDADES

A las pocas semanas de estrenarme en este destino laboral, hace ya diecinueve años, me casé. No di demasiadas explicaciones del asunto; entre otras cosas, porque tampoco tenía demasiada confianza todavía ni con mis compañeros ni con mis alumnos. Y al poco comprobé, no sin asombro, que el rumor de mi inminente boda había dado lugar a toda una serie de especulaciones más o menos fantásticas, que me divirtieron no poco. Y algo de eso hay en los rumores que empiezan a llegarme ahora, cuando parece que ya ha trascendido la especie de que lo mismo este año cambio de destino... No es que uno quiera dárselas de misterioso. La reserva, en este caso, obedece a que no quiero hacerme a la idea hasta que la eventualidad no se confirme. Pero se ve que no hay vida estanca a los demás, ni decisión personal que no pueda ser reinterpretada según las fantasías de cada cual. Lo que no debería extrañarme, después de todo, cuando yo soy el primero que llevo un diario íntimo a la vista de todos.

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Leyendo esta biografía de Lowry que firma Gordon Bowker, sí encuentra uno motivos para lamentar la excesiva transparencia de ciertas vidas. Ya sabíamos que era un borracho. Lo que no sabíamos (yo, al menos) es que le obsesionaba la pequeñez de su pene y padecía estreñimiento crónico. Y, la verdad, no sé de qué puede servirme disponer ahora de esos datos.

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K. ha descubierto una nueva diversión. Cuando me siento en cierto sillón que da la espalda a la entrada de la sala, ella me acecha desde la puerta, se acerca sigilosamente a mi asiento, por detrás, y empieza a afilarse las uñas inmisericordemente contra la tapicería de cuero, a sabiendas de que yo inmediatamente alargaré el brazo para impedirle el destrozo: cuando lo hago, se lanza contra mi extremidad como si se dispusiera a derribar una presa de su tamaño, y allí la aguanto, enzarzada en una pelea con mi brazo, sin clavar las uñas ni apretar los dientes, pero exhibiendo todas las poses y actitudes de quien está convencida de su superioridad. Pero peor es lo mío: esta felicidad de saberme, durante unos minutos, un rival digno de ella.

miércoles, mayo 20, 2009

PÁJAROS

No es verdad que todo el mundo con la edad se vuelva cauteloso y amigo de componendas. La gacetilla que J.B. acaba de publicar en El Cultural, denunciando la absoluta falta de rigor del premio Loewe de poesía, del que él ha sido preseleccionador este año, certifica todo lo contrario: que, a sus cuarenta y tantos, sigue tirándose de cabeza a la piscina con el mismo entusiasmo con que lo hacía a los veintipocos, cuando codirigía un cáustico y brillante suplemento literario en su ciudad natal. A una piscina, en fin, en la que nunca se sabe si habrá bastante agua, ni qué clase de bichos nadan en el fondo. Lo que es muy de admirar en alguien que, por vivir exclusivamente de la literatura y sus oficios aledaños, puede ver sus ingresos muy mermados si alguien decide pasarle la cuenta por estos arranques. Bravo, Juan.

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No, no es del todo cierto lo que dije ayer. Los gustos de uno no son resultado del azar, sino más bien de una voluntad que cuenta con el azar como su mejor guía. Ese azar que me llevó, por ejemplo, a abrir la Poesía completa de Borges, a mis dieciséis años, justo por ese poemilla llamado "Carnicería", que me daba la medida exacta de lo que más podía atraerme de ese vasto continente de lecturas al que entonces empezaba a asomarme: precisión descriptiva y una cierta intensidad visionaria, aparejada a la viveza de los rasgos que el poeta destacaba de la realidad. Los mismos ingredientes, en fin, que me llevaron a perseverar en The Waste Land de Eliot con mi precario inglés de entonces, llevado sólo por la sospecha de que en ese magma parciamente incomprensible había vetas de una verdad a la que deseaba acceder a cualquier precio.

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Sin esas intensidades de ayer, tal vez hoy no sabría apreciar el valor de ciertas aparentes obviedades descriptivas que, en medio de un estilo casi invisible, como el que caracteriza Antonio B., el Ruso, ciudadano de tercera, la novela de Ramiro Pinilla, resultan tan certeras como las mejores greguerías: "A través de la tela metálica del locutorio, los abogados siempre me parecen pájaros".

martes, mayo 19, 2009

ROZAR EL LOMO

Leo las necrológicas que le andan haciendo a Benedetti y me digo: ¿cómo puedo haberme pasado tantos años ciego y sordo ante un escritor que, al decir de todos, fue tan grande? Su poesía me llegó en forma de póster, en una época en la que yo ya empezaba a desconfiar de todo lo que venía en ese formato, y poco a poco iba despojando las paredes de mi cuarto de algunos de los que me habían acompañado durante la adolescencia, como el del Che. Su novela La tregua se me cayó de las manos, en un tiempo en el que me entusiasmaban otros productos más vistosos de la nueva narrativa hispanoamericana: Borges y Cortázar, sobre todo. Serrat, con el disco que le dedicó, terminó de quitarme las ganas de abordarlo seriamente alguna vez. Naturalmente, no pretendo convertir mis muchos desencuentros con este escritor en vara de medir sus posibles méritos, que a lo mejor los tiene. Ésta ha sido mi experiencia con él. Eso es todo.

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Mis deslumbramientos fueron otros: el modernismo, el simbolismo francés, Cavafis, Gil de Biedma, Cernuda, el romanticismo inglés, Eliot... Cada uno tuvo su momento y entre todos han forjado el paladar, bueno o malo, que pueda yo tener para la poesía. A lo mejor esto del gusto es pura cuestión de azar, no sé.

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La gata K. no sabe de estas cosas. Pero hay libros, ay, que ni siquiera le valen para rozar el lomo con ellos.

lunes, mayo 18, 2009

DESCANSABA

Ni rastro ya de aquella Sevilla irlandesa, oscura y lluviosa, de la que hablábamos hace apenas un mes: la realidad, que no teme a los tópicos, suscribía sin reparos los que correspondían a la ocasión, y la ciudad lucía ya pertinentemente sus naranjos florecidos, sus hordas de turistas y sus mujeres radiantes. Claro que uno estaba allí para trabajar: para permanecer una hora en la caseta de Interbook, con la pretensión de firmar ejemplares de su libro a los posibles compradores, y para comparecer luego en una carpa ante el todavía más impredecible público que quisiera renunciar a las tentaciones de la calle a cambio de oír hablar de su trabajo a un editor y a tres escritores. Firmar, no firmé más que un libro, a una simpática madre joven que, después de pasarse casi toda la hora frente al mostrador, puede que esperando a alguien, y conteniendo mientras tanto los ímpetus de un niño impaciente, debió de pensar que lo mínimo que podía hacer en desagravio era comprar un libro al tipo que, desde su posición al otro lado del mostrador, no podía hacer otra cosa que contemplar la escena sin perder detalle. Me pidió que se lo dedicara a su hermana, y yo garrapateé las frases de rigor con mi mejor letra redonda, la que tenía antes de que la falta de hábito de escribir a mano me terminara de estropear la que ya venía muy tocada de mis años de universidad y de tomar apuntes.

Mejor suerte hubo en la presentación. Cien personas, quizá, con lo que cabíamos a unos treinta por escritor (algunos menos para mí, que era forastero y más o menos nuevo en la plaza). Fui breve, porque a mí también se me iban los ojos tras el gentío que pasaba por delante de la amplia boca de la carpa, por la que se colaba la atmósfera violácea de la tarde y el fragor contenido de la multitud cuando se entrega a menesteres más o menos civilizados.

Una hora más tarde, sentados en la terraza de Casa Robles, constatábamos M.A. y yo que ese fragor destacaba sobre un fondo de silencio bastante inusual en el centro de una ciudad. Tal vez por eso: porque estábamos en ese punto medio ideal en el que se anulan todas las fuerzas divergentes, y uno, ya cumplidos sus deberes (era el último acto previsto), descansaba.

sábado, mayo 16, 2009

ANUNCIOS

Lo verdaderamente llamativo hubiera sido que hubieran suprimido los anuncios de la televisión pública antes de que hubiesen echado a andar las televisiones privadas; y no ahora, cuando, con la amplísima oferta de canales y formatos televisivos disponibles, una medida que afecte a uno solo de ellos apenas logrará variar los hábitos de una clientela tan repartida como voluble. La medida, además, llega demasiado tarde para quienes llevan décadas quedándose dormidos en el primer intermedio de la película, o para quienes no conciben una emisión televisiva sin un sinfín de paradas largas en las que visitar el retrete o la nevera. Y llega tarde, incluso, para esa generación frívola que, en los últimos lustros del siglo precedente, coqueteó con la idea de que lo mejor de la televisión eran precisamente los anuncios… Quién no ha temblado de emoción, o de otra cosa, cuando se tropezaba, en alguno de los interminables intermedios de Qué grande es el cine, por ejemplo, con ese anuncio en el que Claudia Schiffer se despojaba de toda su ropa (la cámara no mostraba más que las prendas caídas) para aparecer cubierta sólo por… la carrocería de un coche último modelo.

Vinieron luego tiempos de mayor corrección política; y aunque los anuncios con mujeres ligeras de ropa no han disminuido un ápice, la cosa se ponía más fea cuando a esa explotación consentida de la imagen femenina se añadía cierta tosquedad: por ejemplo, que el anuncio con el que se promocionaba España como destino turístico terminara con un primer plano de un trasero femenino muy bronceado, en el que se marcaba la huella de un tanga; o que el de cierto desodorante masculino mostrase a mujeres rendidas ante individuos que, presuntamente, olían a ese producto.

Asistía uno a esas batallas con una mezcla de curiosidad e indiferencia; o, mejor dicho, con esa mezcla de atención y desconsideración que sólo puede uno permitirse en la intimidad. Porque, a diferencia de la publicidad que invade los espacios públicos, y que resulta más o menos insoslayable, el ámbito de la publicidad televisiva es casi siempre íntimo y privado. Nada le impide a uno levantarse a coger una cerveza, si tiene sed, o a hacerse un bocadillo, si tiene hambre; o a estirar las articulaciones, si le apetece; nada le impide a uno, en fin, hacer sobre los anuncios y lo que publicitan la misma clase de comentarios desconsiderados que emite, por ejemplo, ante las apariciones en televisión de ciertos políticos… Con todo esto, no quiero decir que esté en desacuerdo con que se supriman los anuncios de la televisión pública. Todo lo contrario. Pero, como tantas otras cosas que hacen los gobiernos, no deja uno de percibir en ésta un molesto tufillo pedagógico, moralizante, sobreprotector. Yo ya me defendía bien de los anuncios, creo. Más miedo me dan los telediarios.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

viernes, mayo 15, 2009

PRECAUCIÓN, AMIGO CONDUCTOR...

Cuando me veo conduciendo por esas carreteras de Dios para cumplir uno de esos extraños compromisos a los que me lleva la literatura (y en este pobre coche mío, que no ha vuelto a ser el que era desde que le cambiaron el embrague), se me ocurre: a) que no tendría que haberme sacado nunca el carné de conducir; b) que es muy extraño que uno de los requisitos para pertenecer a este parnasillo local sea tener coche y saber conducir: es como si a Virgilio, pongo por caso, le hubiesen exigido poseer una cuadriga y saber guiarla, como Mesala; y c) que, si no tuviera coche ni disponibilidad para estas cosas, uno podría granjearse por fin esa deseable fama de poeta huraño e intratable que, al menos, garantiza cierta tranquilidad.

Aunque a esos, tengo entendido, los llevan y los traen en taxi.

jueves, mayo 14, 2009

NAÚFRAGO

Parados, este compañero mío y yo, en una de esas esquinas desoladas en las que, según se ponga uno, hace calor o frío, o calor y frío a la vez. Uno de esos puntos que hay en todas las ciudades y que parecen estar ahí para que sintamos un desamparo anterior a la existencia de la ciudad, cuando los elementos se disputaban lo que, en este caso, debía de ser poco más que un peñasco batido por las olas... Y esa especie de desamparo ancestral se suma al que ya traemos con nosotros. Y volvemos del extraño cometido que nos ha llevado a salir a media mañana del centro de trabajo cabizbajos, derrotados. Como si nuestra relación, en fin, con este peñasco que nos sustenta fuera la del náufrago con el islote que lo salva.

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Le preguntan a este chico feo y bajito, con cierta crueldad, qué es lo que lo hace tan distinto de su despampanante hermana mayor. "Es que ella lleva tacones".

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En ciertas películas biempensantes (pienso en El club de los poetas muertos, de la que anoche volví a ver un trozo, entre bostezos), uno se pone inevitablemente de parte de los malos.

miércoles, mayo 13, 2009

DÍAS LABORABLES

Imágenes de Honolulu en un documental de televisión. "Parece Zaragoza", dice M.A.

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Mientras corto a taquitos, con cierta dificultad, un chorizo muy curado, para saltearlo con los garbanzos del cocido, me viene a la memoria una viñeta de una historieta de "Pepe Gotera y Otilio, chapuzas a domicilio", de Ibáñez, en la que el siempre hambriento Otilio corta con una sierra mecánica un chorizo del tamaño de un tronco de árbol, mientras dice: "Así me gusta a mí el chorizo, sequito". Pienso que la asociación de ideas puede deberse a mi inmersión en Antonio B., ciudadano de tercera, la dickensiana novela de Ramiro Pinilla sobre un ladrón por hambre; pero también se me ocurre que sobre este afloramiento de la memoria heredada de las hambres que pasaron mis padres y abuelos pesan también algunos comentarios oídos o leídos recientemente sobre la actual crisis económica. Y es que, a este respecto, no faltan a ambos lados del espectro político quienes parecen encantados de que las cosas vayan tan mal como parecen: unos, porque el actual estado de cosas les confirma su creencia de que es imposible una sociedad del bienestar, felizmente hedonista y libérrima; y otros porque nada podía sonarles mejos que la noticia del presunto fracaso del capitalismo, que abriría las puertas a sus fantasías totalitarias... Con su pan se las coman. Como Otilio y yo nos comemos nuestros respectivos chorizos, bien ganados con el sudor de nuestra frente.

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Lleva siempre minifalda, y le sienta muy bien. Pero la de los domingos es por lo menos cinco dedos más corta que la de los días laborables.

martes, mayo 12, 2009

EL RUSO

La verdad es que esta novela me resultaba un tanto antipática desde el título; y que cada vez que mis ojos tropezaban con su grueso lomo en mis estanterías tenía la certeza de que era uno de esos libros destinados a ocupar sitio en las mismas durante años, sin que fuera a decidirme nunca ni a leerlos ni a deshacerme de él: lo primero, por lo ya dicho; y lo segundo, por una mezcla de respeto hacia el autor (que lo merece) y de piedad hacia los libros que uno adivina desdichados, no se sabe por qué.

Sin embargo, un extraño impulso, seguramente relacionado con el ánimo retrospectivo que me domina últimamente, me ha llevado a abrir Antonio B. el Ruso, ciudadano de tercera, de Ramiro Pinilla. Y ya no lo he soltado. Me he leído ya casi la mitad: casi trescientas páginas. Y me está pareciendo una muy buena novela, de ésas que se presentan dominadas por la urgencia de contar, más que por el propósito forzado de llenar de palabras unos centenares de cuartillas. El autor ha querido presentarla como un documento, casi como la mera transcripción de lo que le ha contado un pintoresco personaje real. Es la historia de un desgraciado, de un Lázaro de Tormes contemporáneo. Y Pinilla, en busca del estilo neutro y casi invisible que considera apropiado para contar esta historia que le ha venido dada, ha terminado bebiendo de las fuentes mismas de la insoslayable tradición narrativa a la que inevitablemente pertenece: la picaresca española, por supuesto (visible no sólo en la tipología del protagonista, sino en el desarollo mismo de la acción, repartida en breves episodios que dan cuenta de otras tantas "mañas" o ingeniosidades del personaje, a modo de las que se le ocurren al ya mencionado Lázaro de Tormes o, en otro ámbito, a Huckleberry Finn); a la que hay que sumar la narrativa realista de posguerra (Los bravos, de Fernández Santos, las muchas historias de niños de Delibes, etc.) y una inesperada (por infrecuente en la novela española) atmósfera dickensiana, que presta encanto y ternura a episodios como el encuentro del protagonista con Ñito, un trasunto del "Artful Dodger" de Oliver Twist, o la parte en la que el destino del Ruso parece resuelto por intervención de un bondadoso matrimonio sin hijos, hasta que una especie de fatalidad muy creíble lo aparta de ellos y lo devuelve al inframundo.

Imagino que Pinilla es muy consciente de las interferencias "literarias" que ennoblecen su presunto documento. Que sibilinamente omita mencionarlas en el prólogo que antepone al mismo puede considerarse una simple licencia poética, como lo fue que el anónimo autor del Lazarillo presentara su libro como una autobiografía. Tal vez lo que Pinilla quería dar a entender es que no se atrevía a arrogarse el mérito de haber pergeñado una historia que, al fin y al cabo, pertenecía a otro. Pero todas las historias que un escritor cuenta son de otros. Incluso cuando habla de sí mismo, de la persona que es cuando no escribe...

lunes, mayo 11, 2009

COMEDIA EN UN SOLO ACTO

Podría escribirse una obrita de teatro de un solo acto sobre lo que ocurre cuando un escritor se sienta a "firmar" ejemplares de una novela suya en la feria del libro de su ciudad natal. Para empezar, habría que obligarle a confesar sus temores (tal vez en un aparte, si ese recurso teatral no hubiese caído en desuso), su miedo a que no acuda nadie, y a quedar en evidencia ante el librero que le ha ofrecido sus instalaciones, e incluso ante el cínico desfile de indiferentes que lo mirarán como diciendo: "fijaos en ése; ¿pensará que vamos a comprar su libro, sólo porque se ha sentado ahí, bolígrafo en ristre, a ver pasar a la gente?". No hubiera sido la primera vez; sólo que, cuando le ha ocurrido eso en alguna ciudad lejana, donde nadie lo conocía, el mal trago no le importó mucho. Pero aquí, claro, se jugaba algo más. Lo vemos llegar a la feria con cierta anticipación sobre la hora prevista, como si no hubiera podido dominar su impaciencia. Y, después de pasarse a saludar al librero, y decirle que se va a dar una vuelta hasta que llegue el momento, se encuentra con la sorpresa de que el librero lo agarra del brazo y lo arrastra literalmente ante el primer comprador; compradora, en este caso: no del libro que justifica este despliegue, sino de otro anterior, de los que el librero ha colocado en una mesa para arropar al nuevo; uno de poesía, en concreto. La compradora dice que no ha leído nada de este escritor, y que prefiere empezar por uno de poesía, por si le gusta... El autor suscribe gozoso ese desiderátum. Y, ya sin excusas para quitarse de en medio, se resigna a sentarse en la silla que le ha preparado el librero, en un rincón, porque el espacio es reducido y la avalancha de visitantes, en ese día nublado que muchos han renunciado a pasar en la playa, es imparable.

Y, contra todas las expectativas, se acerca gente a la mesa. Unos compran el libro en el momento; otros lo traen ya comprado, o ponen ante el autor ejemplares de otros libros suyos anteriores. Hasta aparece uno, al que el autor no hubiera tenido inconveniente en besar, que trae consigo la bibliografía prácticamente completa del firmante, con excepción de un par de títulos, que compra allí mismo... Al autor empieza a dolerle la muñeca de escribir dedicatorias. El librero lo mira sonriente: lo que le hace pensar al autor, desconfiado por naturaleza, si no habrá sido él quien ha amañado este anómalo desfile de presuntos entusiastas.

El caso es que siguen llegando, más o menos espaciados; entre ellos, algunos viejos conocidos del autor: un par de compañeras de trabajo (arregladas, maquilladas, más guapas y vistosas que en el borroso día a día), un amigo de la infancia, que espera verse reflejado en la novela, una amiga de su mujer, un redactor del periódico para el que escribe, una escritora amiga... También pasan otros conocidos que le saludan de medio lado y pasan de largo sin pararse, como si temieran que, si lo hacen, pudieran ser víctimas de un sablazo... Le hace gracia al escritor ver, entre éstos últimos, a un concejal. Los concejales, no sabe por qué, le resultan siempre algo cómicos.

También se planta junto a la mesa, para llamar la atención del librero, un escritor local que acaba de publicar un libro de erudición histórica cuya edición, al parecer, él mismo ha sufragado. Se quedan solos un instante los dos escritores, porque el librero ha tenido que acudir a sus asuntos. Y el historiador local le dice al otro, refiriéndose a su propio libro: "¿Sabe usted? Este libro va a gustar...". Ya quisiera el novelista para sí ese optimismo.

Y así pasa la tarde, que el autor temía larga y solitaria. No lo ha sido, no del todo. Pero se dice, una vez más, que sus nervios no están hechos para esto. Y se deja llevar a casa por su mujer, que ha venido a recogerlo, como hacen las mujeres pacientes con los maridos a los que les da por pasarse el día en la taberna.

sábado, mayo 09, 2009

EL MIEDO

Los carniceros, recuerdo, andaban desolados. Especialmente los que vendían casquería. Una ministra recomendó que al típico puchero andaluz se le echara hueso de cerdo, en vez del imprescindible hueso de vaca con tuétano. Eran, ustedes lo recordarán, los días del llamado “mal de las vacas locas”. Quien más, quien menos, todo el mundo redujo la ingestión de carne vacuna. No tanto por el mal propiamente dicho, sino por lo que éste puso de manifiesto: que las vacas eran alimentadas con harinas de origen animal, a veces procedentes de otras vacas, lo que convertía a estos bondadosos rumiantes en animales virtualmente caníbales… Y hubo quien relacionó el mal, en fin, con cierta enfermedad que desarrollaban los antropófagos de Papúa. Todo lo cual, en fin, daba un poco de asco.

Luego se habló de la gripe aviar, o aviaria (porque también en esto hubo sus discrepancias terminológicas). Venía de China, en una época en que el sorprendente crecimiento económico de ese país todavía nos cogía un poco por sorpresa y despertaba muchos recelos. Y uno, que ya por entonces era partidario incondicional de los “todo a cien” repletos de baratijas chinas, mantuvo durante muchos días la sospecha de que todo aquello respondía a una interesada campaña de desprestigio del gigante asiático por parte de sus desmoralizados competidores. Del cielo vendrían, decían, legiones de aves portadoras del virus. Todas eran sospechosas: las hacinadas y sórdidas gallinas, por supuesto; pero también los aristocráticos flamencos que dos veces al año cruzaban nuestros cielos en sus migraciones…

Poco a poco, en fin, hemos conseguido volver a comer carne de ternera sin temor a padecer el mal atávico que los papúes contraen por devorar a sus parientes difuntos, en vez de enterrarlos como Dios manda. Y poco a poco también hemos conseguido mirar el cielo sin pensar que las aves que lo cruzan (las letales palomas de ciudad, los desconsiderados estorninos que defecan sobre las estatuas, los atribulados patos de los parques, los sarcásticos gorriones) son portadoras de una plaga bíblica.

Y ahora le llega el turno a la gripe mejicana, o porcina, o nueva, que tampoco hay acuerdo sobre cómo denominarla. Quien vuelve de Cancún resfriado se convierte automáticamente en un paria, al que encierran en su casa y dan de comer por debajo de la puerta. No tardaremos en salir a la calle con la boca y la nariz cubiertas por una mascarilla, como ya hacen en muchas ciudades mejicanas, porque tendremos reparo de respirar el mismo aire que nuestros vecinos.

Cada pocos años sufrimos un ataque de una misma enfermedad recurrente. Ha tenido diversos nombres, pero se manifiesta en un único síntoma universal, inconfundible: el miedo; y tiene que ver con el desconcierto, la incertidumbre, el temor a lo desconocido. Para nada de eso hay vacunas.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

viernes, mayo 08, 2009

LAS MADRES

La veo entrar en la sala y dirigirse a la parte de atrás. Viste unos vaqueros muy ajustados y una camisa blanca que le transparenta el contorno del cuerpo y las tirantas del sujetador. Se acomoda en las últimas filas y mira a quienes, desde la mesa, tratamos de mantener distraído al auditorio. Tiene una cara franca, fresca, enmarcada en una vistosa mata de pelo negro. Me pregunto qué la ha hecho acudir a este "acto cultural" en el que la práctica totalidad del público es cautivo (niños de colegio, y mujeres que visten la camiseta de uno de esos "talleres de empleo" que organizan en estos pueblos para distraer el paro, y a las que seguramente han hecho acudir a este acto para llenar con el mismo una jornada más). Es, de todos modos, un público agradecido y educado. Y a uno le hace cierta ilusión que al mismo se haya sumado, al parecer por propia iniciativa, la atractiva recién llegada. Pero mi gozo en un pozo: tras aguardar apenas unos minutos de cortesía, hace un gesto a uno de los chiquillos sentados en las filas escolares y salen los dos juntos de allí, madre e hijo. No puedo evitar calcularle la edad: treinta y muchos, como mínimo. Y reconocer, en fin, que ya hace mucho que no veo a las madres de los chicos con los que trato como a personas casi siempre mayores que yo; y que ahora la mayoría de ellas, en virtud de los años que les llevo y la mejora general que ha experimentado la especie en los últimos lustros, me parecen muchachas jóvenes, cuya belleza me impresiona tanto más cuanto que ya adivino tras ella los rasgos inconfundibles de la madurez; de una madurez, ay, que sigue siendo más joven que la persistente inmadurez envejecida de uno.

***

O, como lo decía don Ramón de Campoamor:

Las hijas de las madres que amé tanto
me besan ya como se besa a un santo.

jueves, mayo 07, 2009

ASTENIA

De vez en cuando, los defensores de lo breve (del cuento, del poema, del apunte diarístico, etc.), entre los que teóricamente debería contarme, aducen la idoneidad de estos géneros para el apresurado lector de hoy. Pero, por una vez, déjeseme intentar el argumento contrario. En mi caso, cuando me entrego durante demasiado tiempo a lecturas de esta índole (normalmente, en periodos como éste, en el que, a la espera de una inminente lectura larga, doy cuenta de los libros más breves acumulados en las últimas semanas o incluso meses), acaba asaltándome una muy incómoda sensación de dispersión, de falta de objetivo, de algo así como la ausencia de una música de fondo a la que acordar mis pensamientos; una sensación, en fin, muy parecida a la que se siente en ciertas situaciones de apresuramiento y estrés, cuando uno constata que lo que normalmente hace bien, con aprovechamiento y placer, lo efectúa ahora de un modo apresurado y negligente, y con resultados poco o nada satisfactorios.

Naturalmente, no estoy diciendo que la poesía, los diarios o el cuento no sean capaces de aportar esa música sostenida: he disfrutado de temporadas muy agradables acompasadas al ritmo de los cuentos de Cheever, por ejemplo; o con algunos diarios y libros de memorias (los de González-Ruano, pongo por caso); o con corpus poéticos felizmente casi inabarcables, como el de Wordsworth, en el que he pasado perdido veranos enteros. También en estas últimas semanas he gozado de no pocos hallazgos valiosos, de los que he ido dejando cuenta en este cuaderno. Quizá lo que echo en falta, más que el efecto de determinado género, sea un material lo suficientemente aquilatado y complejo, por un lado; y, por otro, una cierta deliberación por mi parte. Porque la lectura, que sucede siempre en los adentros, sólo remunera cuando hay un cierto equilibrio previo entre las expectativas y lo que el material ofrece... No cabe exponerse sin más a lo que caiga. No sé explicarlo mejor.


(¿Afectará también la astenia primaveral a mi capacidad de disfrute como lector?)

miércoles, mayo 06, 2009

LECCIONES

Me dice una alumna que se me veía cara de felicidad mientras tenía lugar cierto acto escolar que celebrábamos ayer por la mañana. Y tenía razón. Se presentaba una "novela" de un alumno. Un relato con personajes y peripecias inspirados en los manga o tebeos japoneses que éste lee desde que tiene uso de razón. Y un relato, sobre todo, adobado de esa clase de anhelos y fantasías de las que está hecha la adolescencia. Nos pareció buena idea "editarle" el resultado de su trabajo, y eso hicimos: se han impreso varias decenas de ejemplares, y se ha procedido a organizar una presentación literaria en toda regla, con su representante "institucional" (un profesor), dos reporteros del periódico del instituto, que le hicieron al autor una entrevista en directo, un público entusiasta, y una cumplida puesta en escena en la que no se han obviado ninguno de los ritos al uso: lectura, firma de ejemplares, e incluso degustación de canapés... Todos los participantes se tomaron sus papeles con absoluta seriedad. Justo lo contrario de lo que sucede en el mundo literario adulto, donde se cotiza mucho una cierta afectación de descreimiento e ironía. No era el caso, claro. Y ahora pienso que toda esta representación, con la que tanto he tenido que ver, también ha tenido algo de escenificación de una fantasía propia. Ya quisiera uno para sí ese público numeroso y entusiasta. ya quisiera uno firmar tantos ejemplares. Y, sobre todo, ya quisiera uno para sí esa seriedad confiada, exenta de esas reservas e ironías que tanto amargan, a la postre, la necesaria rendición de cuentas ante los demás. Y eso es tal vez lo que me ha emocionado: que hayamos logrado reproducir, en condiciones de laboratorio, lo que nos gustaría que sucediera, y no siempre sucede, en el mundo real.

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Acaso porque en el mundo real los triunfos artísticos se gestan de otro modo, casi siempre inexplicable. Véase, si no, el caso de este cineasta chino (de Hong Kong, para ser más exactos), al que hace poco encontré incluido en la lista de los dies mejores cineastas contemporáneos, y del que yo, un tanto inadvertidamente, había intentado ya ver un par de películas, sin conseguir pasar, en ninguna de las dos, de la primera media hora. El cineasta en cuestión es Wong Kar Wai, y las películas suyas que tenía a mi alcance eran 2047 (que el diario El País incluyó, no sé por qué ignoto motivo, en su colección de cine erótico) y Happy together, que está disponible desde hace muchas semanas en el videoclub por cable de Ono. De ninguna de las dos, ya digo, aguanté más de media hora la primera vez que intenté verlas. Y ahora que, por una mezcla de curiosidad y disciplina, he visto las dos enteras, me confirmo en mi primera impresión: no sé qué es peor en este cineasta, si su absoluta incapacidad para narrar una historia (que se evidencia en su torpe y casi siempre inoportuna recurrencia a la voz en off) o su afición a todo tipo de manierismos copiados de aquí y de allá, en un amplio repertorio de tics tomados de Almodóvar, David Lynch, Gus Van Sant y otros... Esto es lo que hay. Y se ve que, a falta de algo mejor, con esto es con lo que se satisfacen algunos paladares presuntamente entendidos. Los mismos, en fin, que asisten con la nariz encogida a los estrenos de Clint Eastwood.

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La gata K. dándole la espalda ostentosamente al televisor, que no le llama en absoluto la atención, pese al ruido que hace, y con la mirada perdida en las oscuridades de la noche. Como dándonos una lección que, sin embargo, no aprovechamos.

martes, mayo 05, 2009

DIVERTIDO

El rostro redondo, los labios abultados, los ojazos entre vivarachos y saltones, las caderas rotundas, el porte achaparrado... Así era hace treinta años Lina Romay, musa y esposa del cineasta Jesús Franco, y protagonista de muchas de sus películas, en especial de la larga serie erótica, a medio camino entre el cine de serie Z y las improvisaciones a lo Warhol, que éste filmó desde su vuelta a España en 1978, y que se inauguró con Ópalo de fuego, una curiosa historia de intriga rodada entre España y Portugal, y en la que la actriz es nada menos que una agente especial que investiga una red de trata de blancas, para lo que se hace pasar por bailarina de striptease... La vimos no hace mucho, convertida ya en una venerable pero todavía vistosa anciana, empujando la silla de ruedas de su marido, cuando éste se disponía a recoger el Goya honorífico que le había concedido la Academia. No sabría decir cuál es la causa de la simpatía que, en general, me inspiran estos personajes. No desearía uno llevar la vida que seguramente han llevado. Pero sí es relativamente fácil constatar que, en sus mejores momentos, han debido de rozar la sensación de haberse saltado todas las normas y convenciones imperantes en la sociedad de la que venían. A estas alturas, no estoy muy seguro de que eso sea conveniente, ni necesario, ni siquiera deseable; pero sí de que, a ratos, tuvo que ser muy divertido.

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Como lo debe de ser, en fin, ceder a esa atracción hacia la pintura anecdótica y costumbrista que mi amigo J.A.M., tan bien dotado técnicamente, parece experimentar de tanto en tanto. Tal vez para escapar de ella, de vez en cuando se impone pintar esos otros cuadros complicados, tercamente figurativos también, pero en los que subyacen problemas de índole, digamos, más abstracta: estos trozos de cielo, por ejemplo, encajonados por las líneas que forman los tejados de una calle estrecha. Es en estos cuadros, pintados a contrapelo, donde frecuentemente da lo mejor de sí, y donde hace un uso más inteligente de sus recursos. Y lo hace como negándose a sí mismo; que es, quizá, el único requisito imprescindible para que lo creado se emancipe también de uno y empiece a alentar por su cuenta, que es lo que importa.

lunes, mayo 04, 2009

DEMONIOS

A diferencia de la mayoría de los aguardientes, que saben a colonia (aunque sea a colonia con aroma de bellotas o canela, en fin), el mezcal sabe... al gusano que lleva la botella para certificar la gradación del alcohol. Al paladearlo, quiere uno poner la cara de uno de esos perdidos de Tijuana que salen en las películas. Pero lo que le sale es eso: cara de estar saboreando un gusano; que, encima, no sabe demasiado bien. Y es que el malditismo es cuestión más bien de fantasía, y casi nunca resiste la prueba de la realidad.

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Entre los inéditos en libro que incluye Oficios estelares, los cuentos completos que acaba de publicar Felipe Benítez Reyes, hay tres al menos que destacan sobre el nivel medio de excelencia que posee toda la colección: "La voz sobre el cristal de color ámbar", "Los herederos" y "El campeón". Son tres cumplidos ejemplos de cuentos que dicen lo que no dicen, o que juegan al escamoteo de lo esencial; y no por mero artificio literario, sino porque lo esencial, en los tres casos, no puede ser dicho de otro modo. No puede serlo, en efecto, ese amor/amistad/afecto entre hombres maduros del que trata el primero; ni el cuento de fantasmas que intuimos al fondo del segundo; ni la vileza trivial en la que se resuelve la clase de sentimiento que intenta explicar el narrador del tercero. De ahí, tal vez, la adhesión que suscitan en el lector: éste aplaude, no la maestría (que es indiscutible), sino la evidencia de que estas historias sólo alcanzan la condición de tales gracias al modo, necesariamente magistral, cómo están contadas. Como los buenos chistes, en definitiva.

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El viento casi arruina la "crujida de gamones", ese rito primaveral consistente en calentar el extremo de ciertos juncos en una hoguera y hacer estallar el tallo bullente de savia de un golpe contra un tronco o una piedra... Una especie de cohetería primitiva, anterior a la pólvora. Yo también acerco mi junco al fuego. Pero aquí el único que juega es el fuerte viento, que barre periódicamente la hoguera y arroja sobre los congregados una lluvia de chispas, que nos hace huir a la noche circundante, que es la verdadera patria de los demonios.

domingo, mayo 03, 2009

EL VÍDEO

No tiene uno mucha paciencia consigo mismo. Por eso, a modo de acto de contrición, pongo aquí este vídeo tomado durante la presentación de Vacaciones de invierno en Cádiz. Para purgar algún pecado antiguo, que seguro que lo tengo.

sábado, mayo 02, 2009

DESLEALTADES

El mediano revuelo que ha despertado el nombramiento de Rosa Aguilar, hasta ahora militante de Izquierda Unida, como consejera de Obras Públicas en un gobierno autonómico dominado por los socialistas me ha hecho pensar. En ningún otro ámbito de la vida civil se le podrían haber hecho a la persona que libremente acepta un puesto de mayor responsabilidad los reproches y acusaciones que ha merecido la hasta ahora muy respetada y poco discutida alcaldesa de Córdoba.

Los partidos políticos tienden a pensar que las personas que militan en ellos y han sido elegidos para determinados cargos dentro de candidaturas presentadas bajo sus siglas no son sólo ciudadanos que ejercen libremente sus derechos, sino una especie de títeres que deben obedecer fielmente las instrucciones emanadas del aparato al que, se piensa, deben cuanto son. Por eso es tan difícil hallar en nuestros políticos rasgos de originalidad o de libertad de actuación; y por eso entre éstos, agotada ya la notable generación que hizo la transición de la dictadura a la democracia, sería prácticamente imposible encontrar a un Obama o un Sarkozy, personajes que, en lo bueno y en lo malo, parecen encarnar las virtudes y defectos de los pueblos que gobiernan. Aquí no: la promoción de dirigentes que vino a relevar a la de Adolfo Suárez, Felipe González y Santiago Carrillo se caracteriza por una grisura en la que resulta imposible adivinar un rasgo caracterizador, que inspire simpatía o aversión, al margen de las ideas que dicen encarnar.

En este ambiente, la discreta trayectoria de la hasta ahora alcaldesa de Córdoba era una excepción. Entendió pronto que la ideología y la disciplina de su partido eran una rémora, y llevaba años actuando al margen de ellas, pero sirviendo con eficacia a la ciudad que la había elegido. Podría pensarse en ella como en uno de esos pocos políticos “transversales” que, al margen de las estrecheces de miras de sus partidos, podrían llegar algún día a cerrar acuerdos importantes sobre los asuntos que mantienen artificialmente dividido al país: la educación, el vergonzoso mercadeo autonómico, la deformante ley electoral por la que nos regimos… Por eso me parece correcto que, si cree que lo va a hacer bien en el nuevo cargo para el que la han llamado, lo haya aceptado, poniéndose a su partido por montera. Éste, naturalmente, obedeciendo a la vieja querencia estalinista connatural a su ideología, la ha acusado de “deslealtad” y de servir a sus intereses personales, como los de su cuerda en otras partes del mundo acusan a sus disidentes de burgueses y contrarrevolucionarios… Y el caso es que hay algo muy agradablemente burgués (muy cordobés también) en esta política que, por lo que sé de ella, nunca levanta la voz, ni discute con energúmenos. Ojalá el ejemplo cunda. Y no sólo en Izquierda Unida.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

viernes, mayo 01, 2009

LO UNIVERSAL ÍNTIMO

Mientras me llega el tercer tomo de En busca de el tiempo perdido, lleno el intervalo con la lectura de varios libros de poesía que he recibido últimamente. Alguno, anteayer mismo, como este Todo es para siempre, de Pedro Sevilla, que el autor me entregó en mano en un acto literario en el que coincidimos, en un instituto de Arcos. Lo leí ese mismo día, con el placer de quien se sustrae durante toda una tarde a sus rutinas para dedicar el tiempo a mejor causa.

Refresco con agrado el recuerdo que tenía de los poemas de Pedro que había leído ya, pero se me presenta con más claridad que otras veces el pesimismo y la obsesión por la muerte que los había dictado, y que aquí, en la condensación de una antología, parecen destacar más, como si en el proceso de selección se hubieran perdido algunos matices que hacían más tolerable, en los libros originales, la absorción de tan doloroso mensaje... Por eso me sorprenden tanto, y me emocionan aún más, los diez poemas inéditos que cierran el libro, agrupados bajo el hermoso título cervantino Aún hay sol en las bardas: diez cantos de esperanza renacida, de fe en la vida; de una fe argumentada, inteligente, no hecha de bobaliconería o tópicos biempensantes, sino de constataciones lúcidas. Cierro el libro con la sensación de que he gozado de una de esas infrecuentes lecturas que, de algún modo, se acopian en el alma para cuando uno quiera acudir a ellas a refrescarse la mente y el espíritu, como se llena de agua un cántaro en verano en previsión de la sed que ha de llegar.

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Y llega esta lectura, por esa curiosa ley de contrastes que impone la casualidad, justo cuando andaba terminando Entreluces, el último y reposado libro de madurez (de una madurez, en fin, que ya viene durando medio siglo) de Aquilino Duque. Sería facil jugar aquí con el hecho azaroso de que Pedro sea comunista (o eso dice él, aunque yo cada vez me lo creo menos, o me parece que él le da a esa palabra un sentido apostólico y fraternal del que la Historia la despojó hace ya muchas décadas) y este otro se declare reaccionario sin ambages (aunque yo me imagino que lo que quiere decir es que es crítico y lúcido respecto a la modernidad). Un lector no tiene por qué hacerles mucho caso a las fantasías ideológicas con las que ciertos escritores gustan adornarse. Lo importante es que escriban bien, y que acierten a articular verdades que, si las dejásemos exclusivamente al arbitrio de los repertorios ideológicos de cada cual, seguramente no aflorarían nunca. Y en este libro de Aquilino afloran no pocas de esas verdades: la aceptación de la vida, el sereno cierre de cuentas con el pasado, la visión mordaz del presente; y todo ello, desde esa sabia alternancia de ligereza y hondura que el poeta ha aprendido de sus clásicos, antiguos y modernos; entre estos últimos Alberti, Manuel Machado, Sánchez Mazas o Foxá.

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Y, por último, le pregunto a Inmaculada Moreno, en el acuse de recibo de su Igual que lava oscura, por esa reiteración de la palabra "dolor" en los poemas de este libro. Es una pregunta retórica, naturalmente, porque lo que un lector espera de un poeta no es que le aclare el pormenor biográfico que explique los sentimientos e ideas expresados en los poemas, sino una especie de elevación de lo particular a lo universal íntimo... No sé si me explico.