martes, junio 30, 2009

ELOGIO DE LA BIBLIOTECONOMÍA

Última jornada como encargado de esta biblioteca. Para celebrarla, decido fichar los libros que, por pereza, desidia o desinterés, he ido postergando hasta hoy. Es un material humilde: esos desechos que llegan por aluvión a los asilos de libros, porque entre quienes los compran y leen, y luego deciden deshacerse de ellos, rige aún el piadoso principio de no tirar jamás ninguno a la basura, o usarlos para encender la chimenea en invierno.

Miro sus portadas: una obra de ese conocido polígrafo revisionista que da todos los años a la imprenta varios tomos de erudición histórica, algunos tomos de sendas colecciones de "grandes" del cine y la pintura, unos panfletillos de la izquierda local sobre la crisis industrial que atenaza a la comarca... Llama la atención que, incluso entre estos detritos (como sucede, en fin, en ciertas capas de la población especialmente proclives al encuadramiento político extremista, de uno u otro signo), se establezcan estas apolilladas beligerancias ideológicas, o que entre ellos haya también quienes, por su adscripción nominal a las artes, se inhiban elegantemente de estas griterías... para recluirse en la insignificancia. Los libros son como las personas. En todo caso, más fáciles de tratar. Y la biblioteconomía, que es ciencia ecuánime, y muy apta para desengañados, guarda un lugar preciso para cada libro, una filiación exacta, que nada tiene que ver con las simpatías o antipatías que concite, sino que se basa en ciertos inevitables parámetros objetivos: los panfletos quedan marcados con el código 33, que es el que, en la C.D.U., corresponde a la Economía (y si es economía-ficción, falseada por determinados postulados ideológicos, peor para ellos), y el libro del historiador de derechas queda asignado, por su tema, al código 26, que es el que corresponde, creo, a la Historia del Cristianismo...

Lo bueno de colocar estos libros en la división que les corresponde es que, una vez ubicados allí, ya no es necesario volver a ellos. También quisiera uno hacer eso con determinadas personas. Pero ni siquiera en los tiempos optimistas en que se inventó la antropometría se establecieron criterios tan ecuánimes al respecto como los que rigen los libros.

lunes, junio 29, 2009

CANGREJOS

Como no había aparcamiento, he llegado hasta ese extremo de la playa que suelo evitar, porque es el más concurrido (cuenta con una amplia explanada para coches) y hay rocas en la orilla que, cuando las cubre la marea, dificultan notablemente el baño. Era también el tramo al que, precisamente por esos motivos, me llevaban mis padres cuando niño: era fácil aparcar y las rocas, cuando la bajamar las descubría, proporcionaban horas de distracción a los pequeños, que nos distraíamos cazando cangrejos o recolectando lapas y burgaos. Ya no está uno para esos trotes; y esas lapas, cangrejos y burgaos (o "burgaíllos", como preferimos decir en Cádiz) ya no son tan abundantes como entonces; o eso me parece a mí, que lo juzgo todo con la escala cambiada del adulto. Pero el caso es que, para distraerme, me calzo unas chanclas de goma y me paseo por las piedras. Están, como entonces, llenas de niños, cada uno con su redecilla y su cubo, en el que echan el producto de su recolecta. No parece muy ecológica esta manera de matar el tiempo, pero supongo que, en zonas como ésta, irreversiblemente esquilmadas, el daño no es grande. De todos modos, uno no tiene ya el afán cazador de antes: de los cangrejos y demás bichos de este entorno, me interesa más verlos -constatarlos, por así decirlo- que apoderarme de ellos. Con ese afán me acerco al extremo más alejado del arrecife, el más expuesto al oleaje. En las paredes rocosas veo algún cangrejo de tamaño medio, que todavía no ha sucumbido a la esquilma generalizada. Veo también algunos ostiones grandes, y no pocos burgaos y lapas de tamaño considerable. Los dejo pasar, claro, porque ni traigo los avíos de caza ni el ánimo recolector que los niños de hace seis o siete lustros habíamos heredado de aquellos mayores sobre los que pesaban todavía las hambres de la posguerra... Cuando vuelvo a la orilla, el gentío ha crecido notablemente, y se agrupa en grandes grupos familiares que se atrincheran, como entonces, entre neveras y bolsas de comida. Sólo la presencia de un buen número de mujeres con las tetas al descubierto entre sobrinos y cuñados proclama que estamos en otro tiempo. Menos hambriento, más desinhibido. Con cierta arbitrariedad injusta, comento que las mujeres verdaderamente hermosas, como los cangrejos grandes, deben de haber huido a otras playas menos concurridas, menos accesibles. Pero es mentira, porque aquí la belleza, como la vida bullente del arrecife, sólo resulta visible a quien sabe mirar.

sábado, junio 27, 2009

EL EDIFICIO

Ahora que el edificio ha sido indultado, hablaré del edificio. Le gusta a uno tener opiniones inocuas, que tengan el menor efecto posible sobre la realidad, ya de por sí muy complicada. El edificio en sí –el de la Aduana, situado delante de la recién restaurada fachada de la Estación Vieja, y ocultándola– me parece un adefesio; como me lo parece, en general, toda la arquitectura que se cultivó en España en los años que siguieron inmediatamente a la Guerra Civil. Hubo entonces quienes pensaron que el nuevo régimen venía a restaurar las glorias de los Siglos de Oro, cuando sobre el Imperio no se ponía el sol. Y, consecuentemente, se aplicaron a remedar la arquitectura de entonces, igual que los malos poetas remedaban los sonetos de Garcilaso. Y debía de producir cierto estupor ver cómo, en medio de la penuria generalizada, la administración se permitía construirse esos edificios un tanto intimidatorios, a los que invariablemente se les añadía un pórtico de columnas, un frontón, unos chapiteles. Es decir: una vez rematada la arquitectura propiamente dicha (es decir, una vez resueltos, en sentido moderno, los espacios destinados a un uso práctico, normalmente administrativo), le llegaba la hora a la escenografía; y aquellos sobrios edificios de oficinas, que, sin esos revestimientos, lo mismo podrían haberse alzado en Minsk o en Vladivostok, porque todos los totalitarismos del siglo XX han tenido una estética muy parecida, se disfrazaban de El Escorial o de Alcázar de Toledo.

No engañaban a nadie, claro. En cuanto uno entraba en ellos se acababa el delirio historicista y comenzaba la realidad: la ventanilla, las colas, los impresos por triplicado, la póliza de cinco pesetas y el sello “voluntario” de ayuda a los inválidos de tal o cual cuerpo funcionarial o policial… Y todo eso ocurría entre tabiques de ladrillo fraguados con el mal cemento de la época, y en ese clima entre opresivo y absurdo que adquieren los lugares donde impera la arbitrariedad burocrática.

No digo yo que algunos de estos edificios no merezcan sobrevivir. El ejemplo más acabado de todos ellos, el antiguo Ministerio del Aire, en Madrid, impresiona por sus dimensiones y por los niveles de impostura que sugieren sus grandes torres esquineras o los altísimos pináculos que las rematan, y que a un niño de hoy recordarían las arquitecturas fantásticas de las películas de Harry Potter. Merece la pena conservarlo, aunque sólo sea para recordar qué clase de delirios aquejaba a la clase dirigente de hace medio siglo. No así este más humilde espécimen gaditano, cuya única función es tapar la airosa fachada de la estación de trenes, que representa todo lo contrario: la fe optimista en el progreso, la confianza en la fuerza del hierro, la ilusión de que allí, bajo la marquesina, empezaban todos los caminos del mundo.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

viernes, junio 26, 2009

AMBIGÜEDADES

En la biblioteca pública al final de la mañana. Nada más opuesto al trasiego laboral que este silencio vagamente matizado por el runrún del aire acondicionado, que aquí adquiere sonoridad de brisa. Como a los usuarios de la hemeroteca nos colocan en una mesa cercana al mostrador, ante la que forzosamente han de pasar quienes entran o salen, distraigo lo arduo del cometido que aquí me trae con rápidas ojeadas a los que van y vienen, la mayoría estudiantes. También yo estoy en una situación especialmente conspicua, por lo que nada más entrar fija en mí su mirada un viejo conocido, que me presenta a alguien con quien, al parecer, había comentado mi último artículo en el Diario, y que resulta ser un antiguo profesor mío y creo que ex sacerdote, ahora reciclado en alto funcionario autonómico. Éste repara en que estoy ojeando un tomo de periódicos antiguos. "Yo también soy lector de periódicos viejos", me dice. "Me gustan más que los del día. Éstos los lee uno con el corazón. Los otros, con la razón". Bueno, sí, es posible. Sólo que la razón a veces se exalta demasiado, y entonces es el corazón el que se conmueve. Como cuando leo, en este periódico amarillento y quebradizo, un comunicado de HASI, el brazo político de Eta, en el que, para iniciar la sempiterna negociación que ya entonces, hace treinta años, reclamaban con el Estado, los terroristas exigían la formación de un gobierno vasco y de una policía autóctona (cosas ambas que se lograron poco tiempo después con la entrada en vigor del estatuto de autonomía), y declaraban que no creían llegado el momento de exigir la independencia... Es decir, se hubieran conformado con lograr, al final de lo que entonces parecía un largo y arduo proceso, lo que se les dio de entrada.

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Umbral y sus castañeras, el vecino facha, la muy admirada y requebrada Isabel Tenaille -que era una presentadora de televisión de entonces (el equivalente hoy sería, se me ocurre, Anne Igartuburu-; y también su melancolía, su escepticismo ante los tópicos biempensantes, y una cierta docilidad, un poco adelantada a la sensibilidad oficialmente "rebelde" del momento, al curso de los acontecimientos de nuestra historia civil, ya definitivamente encauzada, aunque con muchos problemas, hacia la democracia al modo occidental... Con qué poco (que es mucho) se pone en pie una voz reconocible en un artículo, se mantiene esa voz en toda una serie, se crea un personaje familiar. Que entonces, ay, me resultaba tan antipático como grato encontrármelo hoy.

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Las películas de Kurosawa sufragadas con dinero occidental (
Ran, o Kagemusha) son, por así decirlo, más japonesas que las rodadas con capital japonés: en éstas el cineasta jugaba a occidentalizar el viejo cine de samuráis, enriqueciéndolo, o aligerándolo, con aportaciones del ya acreditado western norteamericano, especialmente de esa fase de autoconciencia genérica que éste alcanza bajo la égida de John Ford. En sus otras películas, en cambio, Kurosawa juega a servirles a sus productores franceses y americanos lo que éstos esperaban: una explosión de lujosos motivos orientales, de epica vista ya sin ironía, de colorido, de batallas. Y es que ciertas ambigüedades temperamentales (tan enriquecedoras, por otra parte) son sólo sostenibles de puertas para adentro.

jueves, junio 25, 2009

CRÓNICAS DE MADRID

Estos artículos de Umbral ("Crónicas de Madrid") que leo en un tomo de prensa local de hace treinta años: incomparablemente mejores, en fin, que los últimos que publicó en El Mundo, por los que muchos lo recordarán y algunos lo habrán aborrecido... Quien tuvo retuvo, claro. Pero entre estos artículos breves (no creo que tengan más de un folio) de hace seis lustros los hay dignos de González-Ruano: éste, por ejemplo, en el que cuenta una conferencia que dio sobre Larra a un público universitario entre el que abundaba el elemento femenino; o este otro en el que glosa uno de esos calendarios de desnudos que se estilaban por aquel entonces... Eso tan español de la satiriosis elevada a melancolía, y que tan buen resultado da cuando quien lo maneja sabe, además, reírse de sí mismo.

miércoles, junio 24, 2009

CARAS

Darse un baño de caras extrañas como quien se lo da de agua limpia.

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Quizá lo más curioso de la madurez de los gatos sea su pérdida progresiva de curiosidad. Quedan lejos ya los días en que a K. le bastaba oír la llave o el pestillo para acudir a la puerta. Ahora hay que llamarla, e incluso a veces asegurarse, al salir, de que no se ha quedado encerrada en un armario o en el balcón, y que por eso no acude.

O a lo mejor ella también necesita ver caras nuevas.

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A esta impresión de melancolía ha contribuido no poco la relectura, a una hora propicia, de "El vell i la mort / El viejo y la muerte", de Margarit. Uno de esos poemas insidiosos (por lo eficaces) que acaban sonando dentro de uno como si los dictase el propio pensamiento en un infrecuente estado de exaltación, mientras el resto de las capacidades intelectuales se retrotrae a una pasividad meramente receptiva... No sé si lo he explicado bien.

martes, junio 23, 2009

HERMÈTICS

Els poetes hermètics tenen por, dice Joan Margarit en uno de los poemas de su último libro. Y suena más contundente aún en el castellano del propio autor: "Hay tanto miedo en un poeta hermético".

lunes, junio 22, 2009

APRENDIZAJES

Un viento sur suave, el mar un tanto revuelto, pero de ese modo desordenado que ofrece, a quien busca lo suficiente, inesperados remansos de transparencia en los que ni siquiera se arremolinan las algas. Todos los años este primer día de playa pone a prueba expectativas y aprensiones que, en algunos casos, se remontan a la infancia. No es poco aprendizaje encontrar en este espacio público un hueco que se ajuste a esas expectativas, que mantenga a raya esas aprensiones. Un hueco entre las olas en el que no temer a las medusas, en caso de que las haya. Una parcela de arena todavía no hollada por las multitudes insatisfechas que van y vienen. Y la distancia justa respecto a la sombrilla más cercana, bajo la que dormitan una siesta eterna, ajenas a todo el mundo, dos mujeres semidesnudas.

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No he leído periódicos este fin de semana, pero me imagino que alguno habrá al que no se le haya escapado lo que, para mí, es una clarísima secuencia de acontecimientos. Hace meses fue elegido, para desconcierto de algunos, el primer parlamento vasco en el que no había representantes de Eta, porque también por primera vez en nuestra historia democrática la aplicación rigurosa de la ley impidió que ciertos grupos, haciendo escarnio de la misma, lograran presentarse a esas elecciones. Poco después esa misma legalidad, en una de esas frecuentes paradojas que parecen connaturales a la democracia, se contradijo lo suficiente como para que una candidatura proterrorista lograra concurrir a otras elecciones, esta vez al Parlamente Europeo, y conseguir algo más de cien mil votos. Y apenas quince días después de ese resultado, la banda terrorista que se escudaba tras esa candidatura le arroja a esos ciento y pico mil votantes, en cumplimiento de una no explícita, pero sobradamente sobreentendida promesa electoral, el cadáver de una nueva víctima, como otros esgrimen ante su clientela la construcción de una carretera o una bajada de impuestos... Evidentemente, los culpables del nuevo crimen son quienes lo han cometido; pero hay una amplia nube de connivencias y responsabilidades, por no hablar de unos cuantos trágicos errores. Y sería muy sano para nuestra convivencia que ninguna de esas connivencias, responsabilidades y errores quedara sin esclarecer y, en su caso, castigar.

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K. saca a relucir ante los extraños un repertorio de sonidos y gestos fieros absolutamente desconocido para nosotros. Pero con algo muy suyo: más allá de esos gestos y sonidos, no hay nada: no araña, no muerde, no hace daño a nadie. En eso es muy de la familia.

sábado, junio 20, 2009

PARAÍSOS PRIVADOS

No siente uno la menor simpatía por Silvio Berlusconi, ni por su manera de entender la política como una simple extensión de los negocios privados, ni por sus apelaciones populistas a los bajos instintos de la masa que lo vota. Me cuesta incluso nombrarlo aquí, porque es norma de este columnista rehuir el nominalismo vacuo al que se pretende reducir la actualidad política por estos pagos, y buscar siempre lo que pueda haber de general en las pequeñeces del día a día… No, no quería yo hacer un artículo sobre S.B. Pero también es cierto que uno debe escuchar su corazoncito, y si éste se muestra indignado por el desafuero que le hacen a un impresentable, habrá que indagar en las razones de esa indignación; y calibrar, sobre todo, si ese desafuero aparentemente merecido no podría convertirse en precedente de otros que ya no requerirían siquiera las excusas biempensantes y justicieras que parecían motivar el primero. O, dicho de otro modo: si nos congratulamos de que la prensa presuntamente seria (en este caso, el diario El País) se permita publicar ciertas fotos más o menos indecentes de la intimidad de ese gobernante italiano, a lo mejor nos quedamos sin argumentos para criticar que esas interferencias se produzcan en la vida de otros ciudadanos, anónimos o no, que puedan convertirse en eventuales víctimas de la malsana curiosidad pública.

¿Que ese anciano se rodea de jovencitas ligeras de ropa y se baña con ellas en una piscina? Lo único que puede preocupar al ciudadano es que ese amago de orgía (o orgía del todo, quién sabe, porque la imaginación de un lector de periódicos da para mucho) se haya pagado con dinero público; y eso se demuestra, no con fotos de chicas con los pechos fuera, sino con auditorías rigurosas e inspecciones contables. ¿Que el mandatario italiano es un viejo rijoso? También lo son, me parece, los muchos que, fingiendo escandalizarse, en el fondo parecen albergar una inconfesada envidia por ese lejano mundo de poder y altas finanzas donde uno chasca el dedo e inmediatamente se ve rodeado de chicas complacientes. Para algunos el paraíso se reduce a eso: un chalé con piscina y mujeres desnudas alrededor, y sería inútil intentar convencerles de que sería mejor disfrutar de los placeres del arte y de la alta cultura, pongo por caso. Para demostrarlo, bastaría sobrevolar algunas urbanizaciones privadas, e incluso algunos espacios públicos, y constatar cómo todo el que puede reproduce en su ámbito esa modesta fantasía, en ese ambiente de tolerancia, o puede que indiferencia hacia el comportamiento ajeno, en el que ha venido a desembocar, en el terreno de las costumbres, nuestra democracia. Habrá a quien le guste y habrá a quien no. Pero no abramos la veda a la exhibición impune de la privacidad ajena, no vaya a ser que la nuestra entre también en el lote.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

viernes, junio 19, 2009

WC

Lo único que no ha cambiado de esta facultad en los veintitantos años que hace que salí de ella es el inenarrable estado de los servicios: esa suciedad que, más que consecuencia del uso, parece fruto del ensañamiento; y esas pueriles batallas entre presuntos extremistas de ambos signos que se libran en las paredes... Cuesta pensar que quienes hacen estas cosas son los mismos que luego encuentra uno en las aulas o en la biblioteca, aprendiendo lenguas muertas o estudiando a los clásicos. Así luego sale lo que sale.

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Sin embargo, algo habrá que decir de estos servicios. Cuando yo estudiaba en la vieja facultad de letras, solía hacer a pie el camino de ida y vuelta, para ahorrarme el autobús. Era una caminata de una hora; que, a primera mañana, recién levantado y sin haber rendido aún la inevitable visita al baño (uno siempre ha sido duro de vientre), terminaba por aflojarte las tripas y hacía que llegaras a tu destino cuando ya no podías aguantar más; por lo que lo primero que hacía al entrar en la facultad era encerrarme en el servicio, y me sentía afortunado de poder hacerlo, ya que mucho peor era cuando el arrechucho te pillaba a mitad de camino y no había más remedio que entrar en un bar; lo que, al inconveniente de la suciedad, unía el de la falta de papel higiénico o el semblante desaprobador del camarero cuando constataba que el extraño que había usado su retrete se marchaba sin hacer gasto... Con lo que el desabrido aseo de la facultad acabó alcanzando una cierta cualidad familiar y hogareña. Mi carrera de filología, de hecho, consistió en poco más que en estas visitas diarias al retrete, a las que habría que sumar otras tantas a la biblioteca.

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No conozco a ese poeta, me dice esta profesora parlanchina que se me ha sentado al lado y escudriñado la portada del libro que yo leía mientras los alumnos sudaban su examen:
Misteriosamente feliz, de Joan Margarit. "El único poeta catalán que conozco es Fonollosa", me dice. Y yo le comento que, cuando apareció Ciudad del hombre, Nueva York, fueron muchos los que pensaron (y a mí me pareció muy comprensible) que poeta y obra eran invenciones del editor, Gimferrer. "Qué curioso", me dice, ajena al humor que rige la mundología literaria. Por alargar la conversación, le pregunto si ha leído a Gabriel Ferrater. Y ella, para devolverme lo que debe de considerar un intento deliberado de pillarla en falta, me pregunta a su vez qué universidad inglesa o americana le recomendaría yo para hacer un curso de didáctica de las lenguas... Quedamos en tablas.

jueves, junio 18, 2009

INOCENCIA

Si viviera exclusivamente de la literatura -digo, es un decir-, posiblemente muchas de mis jornadas se parecerían a la tarde en la que anoto esto: puro trabajo a destajo, en el que paso, sin solución de continuidad, de la correspondencia más o menos comercial, que es imprescindible mantener al día, a los trámites de intendencia, pasando por la ejecución de unas pocas, pero necesarias, páginas de encargo. No sería, pienso, una vida mucho más despejada o cómoda que la que llevo ahora, alternando enseñanza con literatura; ni tampoco, entiendo, permitiría dedicar a esta última, en su aspecto estrictamente creativo, un espacio mucho mayor. Pero no lo digo para consolarme: también, supongo, debe de resultar muy satisfactorio ganarse el sustento con este mero destilar de la inteligencia, aunque sea aplicado a despachar una reseña o un artículo. Digo yo.

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En estos tiempos tan poco convencionales, el papel de la ropa -y muy especialmente, y espero que nadie se ofenda por ello, el de la ropa femenina- es meramente convencional: se lleva encima para cumplir con la convención que establece ir vestidos; pero no para cubrir, abrigar, proteger o disimular la anatomía, que queda, más bien, subrayada y destacada, cuando no meramente expuesta a través de telas ajustadas o transparentes. Vestido y desnudez ya no son antitéticos, sino complementarios. Y quizá la única inocencia que nos queda (que tampoco lo es) es la que se alcanza en las playas nudistas, que son los lugares más pudibundos que conozco.

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Me animan a hablar y cuento un sinfín de batallitas literarias de hace un cuarto de siglo. Y lo único que consigo, creo, es reafirmar en mi interlocutor la impresión de que, a todos los efectos que puedan considerarse desde sus benditos treinta años (que en estos tiempos equivalen a mis veinte, o a mis dieciocho), mis cuarenta y seis equivalen a la plena senectud.

miércoles, junio 17, 2009

APRENSIONES

Primero me besa, luego me cuenta que tiene una gripe de caballo, y que debe de estar subiéndole la fiebre. Ha salido a la calle, dice, para hacer una gestión inaplazable. No soy aprensivo: si lo fuera, hubiera esgrimido cualquier excusa y me hubiera apartado de ella. Pero tengo imaginación. Y, mientras me hablaba (y se veía que la fiebre le había dado habladora), casi me parecía ver a los virus cruzando el espacio que mediaba entre nosotros, y aterrizando en mis mucosas bucales y nasales, y estableciendo cabezas de puente, y cargando contra mis defensas...

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Me enseñan la carta de colores de este modelo de coche y veo en ella un "azul borrasca" y un "rojo Lucifer". Entre la cursilería y el malditismo, como los poetas malos.

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Esas estudiantes que, para sentirse seguras en un examen, se visten del modo más seductor posible: muy escotadas, con la espalda descubierta, con falda corta... Como para enamorar, no al profesor, que suele estar curado de espanto, sino a ese espíritu caprichoso que vuela entre las bancas y sopla las respuestas a aquellos o aquellas que saben llamar su atención.

martes, junio 16, 2009

ALGUNAS POSIBLES BUENAS NOVELAS

Anoto aquí algunas posibles buenas novelas que menciona Jesús Pardo en el rápido repaso que hace de algunos escritores que trató a mediados del siglo pasado, la mayoría de los cuales frecuentaba el café Gijón y militaba en la entonces algo venida a menos bohemia madrileña. Y digo "posibles" porque no he leído ninguna, ni tengo otra referencia de ellas que las que da el propio Jesús Pardo. Ahí va la lista: Perdimos la primavera, de Eugenia Serrano ("narra, brillantemente y de primera mano, la vida bohemia del Madrid de entonces"); Las últimas horas, de José Suárez Carreño ("retrato descarnado, y no malo, aunque pedestremente escrito, de aquel deshonesto y frenético Madrid nocturno"); Diana o la causalidad y El empleado, de Enrique Azcoaga ("de ellos puedo decir que merecen mejor anaquel que la papelera"; Estiércol, de Juan Guerrero Zamora ("merecedora de resurrección"); Calle Echegaray, de Marcial Suárez ("una buena novela"), y No sé, de Eusebio García Luengo ("una novela importante")... También se menciona Helena o el mar del verano, de Julián Ayesta, que sí he leído, porque fue reeditada en los años ochenta y muy celebrada en los círculos literarios (por llamarlos de alguna manera) en los que yo me movía entonces. De las demás, ya digo, no sé nada, y guardo aquí la referencia por si alguna vez me las tropiezo en un baratillo o en una librería de viejo. No es mal destino, después de todo. Creo que, si me dijeran ahora que el de las que yo he escrito, y las que pienso escribir, es merecer dentro de cincuenta años una mención piadosa en las memorias de un lector impenitente, lo firmaría ahora mismo. Hay destinos peores: ser la letra pequeña de los manuales, por ejemplo, lo que garantiza ese tipo de perennidad erudita que no atrae a lectores de ningún tipo. Éstas que he enumerado aquí tienen ya en mí un lector potencial asegurado. Y a lo mejor sería conveniente no elevar demasiado pronto esa potencia al acto, para ahorrarnos posibles decepciones. Cuántas obras literarias se paladean mejor antes de leerlas.

lunes, junio 15, 2009

UN PREMIO

Día de la Pintura en B. Las beneméritas señoras que lo organizan se quedan un poco extrañadas de la aturullada explicación innecesaria que les doy al inscribirme: me apunto, les digo, pero no pienso pintar, sino sólo dibujar por ahí, curiosear, disfrutar del ambiente. Y, por supuesto, no pienso mostrar a nadie los bosquejos resultantes. También he apuntado a C.; y ésta, gracias a Dios, no viene con reservas de ninguna clase; aunque, a decir verdad, tampoco ha venido con lo mínimo necesario. Sólo dispone de una caja de pasteles. Le dicen que vaya al "todo a cien" del pueblo y pregunte si tienen cartulinas. Las hay: una de color azul turquesa y otra de un naranja rabioso... Un pintor amigo le recomienda que se lleve esta última: aportará un punto de calor a su cuadro. C. instala su tenderete -mesa y silla plegables, sus pasteles, sus avíos de pintar- frente a un rincón pintoresco, con muchas macetas y geranios florecidos... Aquí se agradece el toque costumbrista. Y allí la dejo, con la intención de pasearme por el pueblo y ver qué hacen los concursantes más o menos profesionales, entre los que hay algunos amigos míos. A uno de ellos lo localizo en la azotea de su casa. Yo también estoy en un punto elevado, en lo alto de una cuesta, así que hablamos casi de igual a igual. El calor, me dice, empieza ya a ser insoportable. Y sé que eso significa que pronto dejará su labor y bajará a la plaza a refrescarse con unas cuantas cervezas. Más en lo suyo encuentro a J.A.M.: bajo los soportales del ayuntamiento, pretende reproducir una vista general del pueblo a primera hora de la mañana, con una luz que, me dice, apenas dura unos minutos, y es su propósito atrapar. Bromeo: le digo que para qué viene a pintar al aire libre, si, como veo, su fuente de inspiración es una foto que ha tomado de esa mágica hora. Pero entiendo que lo que le atrae es la circunstancia, lo que la ocasión tiene de celebración pública de la pintura, en compañía de sus convecinos.

Para guardar las formalidades, hago que las señoras de la organización me sellen unas cuantas hojas de mi bloc y me siento en un rincón sombreado de la plaza a dibujar lo que desde allí se ve: los soportales del ayuntamiento, parcialmente ocultos tras un par de palmeras, una de las cuales la tengo casi en mis narices (a ella debo la sombra), por lo que el primer plano del complicado escorzo que pretendo hacer lo ocupa su tronco, que abarca casi un tercio del dibujo. Cuando lo termino, tomo otra hoja y extiendo sobre ella unas manchas de acuarela, siguiendo el mismo esquema del dibujo previo. Miro las dos imágenes resultantes: torpes, decepcionantes, risibles. Pero constato el único efecto buscado por mí en estos ejercicios: he reparado en detalles y relaciones en las que nunca antes me había fijado, y lo así mirado ha quedado fijado en mi memoria con una intensidad que no podría depararme ni la mera observación directa ni la toma de una fotografía. Y doy por bien empleado el esfuerzo: sé que si alguna vez intento escribir sobre una plaza como ésta, los detalles y las palabras encargadas de nombrarlos acudirán a mi mente con absoluta nitidez y precisión. Para eso hago como que pinto: para tener vivas las imágenes que tal vez alguna vez necesite describir con palabras.

Pero ya empieza a animarse la plaza, y las organizadoras andan instalando las mesas del almuerzo con el que piensan agasajar a participantes y curiosos. Voy a ver cómo le va a C. En su callejuela, situada en la parte alta del pueblo, el sol cae a plomo. Pienso que se me va a deshidratar, o que le va a dar una insolación, y la animo a que baje a tomar un refresco. se niega, con esa seriedad característica con la que suele tomarse todo aquello a lo que se compromete. Me pregunta si he visto por ahí a otros concursantes de su edad, y le digo que no. Consigo arrancarle la promesa de tomarse un descanso dentro de media hora

El almuerzo, como era de esperar, añade un toque de dispersión a los ordenados propósitos de la mañana: difícilmente, piensa uno, ninguno de los aquí presentes hará nada a derechas en lo que queda de tarde. Pero constato también que la mayor parte de los inscritos en la categoría de "profesionales" no ha bajado. Por primera vez desde el pasado verano trasiego cerveza alegremente y sin reparos, sin cuidarme de mi garganta lastimada, que ya parece definitivamente rehecha. Y me retiro a echar una siestecita, no sin antes pasarme por donde C. e instarla a que, por lo menos, desplace sus trastos unos metros y se instale a la sombra.

Apenas he dado unas cabezadas cuando oigo sonar el teléfono móvil: es ella, que me pide un sacapuntas, para afilar sus difuminos. Le llevo también una botella de agua fresca y me tiendo a su lado, en el limpio pavimento barrido de la calle, a esperar que termine. Unos tres cuartos de hora más tarde aparece M.A., que la acompaña a la plaza, a entregar el trabajo, mientras yo me quedo para recoger los materiales. Luego me uno a ellas.

La espera es larga. En el intervalo, nos enteramos de que quien preside el jurado, el pintor que ganó la última edición del certamen, acaba de recibir una llamada en la que le comunican que ha obtenido un importante premio de pintura en Barcelona, dotado con 36.000 euros. Indago su nombre: Jorge Gallego. Un poco más tarde, en casa de J.A.M., tendré ocasión de admirar un par de cuadros suyos. Pero ahora lo que urge es que se anuncie el fallo, que se retrasa más de lo debido, tal vez porque el premiado, con la emoción del momento, no tiene la cabeza como para descender de su nube a este modesto y, sin embargo, importante pormenor, que para él mismo ha sido un jalón importante en su carrera. Mientras tanto, se concede el premio que vota el público, y que recae sobre un cuadro meramente decorativo, que retrata muy bien, no tanto el paisaje que reproduce, como los gustos medios de la concurrencia. Tras otro intervalo, se hace público por fin el fallo del jurado. El primer premio es para José Luis Mancilla, por un delicado y algo convencional paisaje tomado desde los altos del pueblo, entre las ruinas del barrio nazarí. Nuestros amigos, incluido J.A.M., no han conseguido ninguno. Y la sorpresa del día, al menos para mí, es que C., ha conseguido el premio en la categoría de estudiantes de secundaria... Sin quitarse el sombrero de paja con el que se ha protegido del sol a lo largo de todo el día, y asumiento un aire muy estudiado de artista, se acerca a recoger el regalo: un caballete. Y ya sólo queda celebrarlo, que es a lo que nos dedicamos todos, pintores, mirones y amigos, hasta altas horas de la madrugada.

Fotografía: Patrizia Marruffi, octubre 2008

sábado, junio 13, 2009

HÉROES

Acaso como hubiera deseado, el monje errante Kwai Chang Caine encontró la muerte en Asia, aunque puede que no en las circunstancias más convenientes para su personalidad adusta y filosófica: David Carradine, el actor que interpretaba a este personaje en la serie Kung Fu, amaneció muerto en un cuarto de hotel de Bangkok, en circunstancias poco claras… Van muriendo poco a poco los héroes de la infancia de uno. Y ha muerto ya, también, la propia capacidad de uno de creer en los héroes, por más que no faltan, en nuestro entorno, quienes se postulan como tales, y también quienes los ensalzan y jalean, porque en este perro mundo hay gente para todo y muy poco respeto, en general, a la inteligencia y capacidad de discernimiento del prójimo. Con todo, a veces no hay más remedio que asentir a determinadas heroicidades, como la de ese joven chino que, según hemos recordado estos días, al celebrarse el veinte aniversario de los disturbios de la plaza de Tiannamén, se plantó delante de un tanque y obligó al desconcertado tanquista a bailar la vergonzosa danza del verdugo que titubea antes de asestar el golpe... No por nada el protagonista de esta hazaña era compatriota del monje shaolín que encarnó Carradine en la mencionada serie. Y, como él, sabía que para desconcertar a los malvados no hace falta más que exhibir la propia paz interior, la serenidad alcanzada por el dominio de uno mismo…

En los ya lejanos años setenta éramos todos bastante receptivos a esos mensajes: el “paz y amor” de los hippies estaba de moda, como lo estaban las filosofías orientales y la ficción de que las sociedades de Occidente estaban en franca descomposición. Y bastó que un productor avispado echara a andar por los caminos del Oeste a esta mezcla de hippy y monje para que, de pronto, esos horizontes familiares, en los que estábamos acostumbrados a ver cabalgar a indios y vaqueros, se revistieran de pronto de esa especie de dignidad a la intemperie que atribuye uno a la antigua Grecia, en la que los filósofos dialogaban a la sombra de los olivos, con un trasfondo de cigarras, como hacía Carradine en los altos de su andadura para escuchar las cuitas de una joven viuda, de un indio perseguido, de un campesino pobre…

No sé qué clase de impaciencia o qué prejuicio me han llevado a no seguir, desde hace lustros, ninguna serie de televisión. Acaba uno aburriéndose de los héroes repetitivos, y hasta de la heroicidad misma, como acaba uno harto de quienes se adornan de determinadas ideas o creencias, en la ilusión de que la mera profesión de las mismas basta para redimir una aburrida existencia burguesa. Y echa uno de menos a Kwai Chang Caine y su filosofía de bazar, de cachimba y mercadillo, de todo a cien. Porque lo otro, como ha quedado de manifiesto en la última campaña electoral, aburre hasta a las piedras.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

viernes, junio 12, 2009

BAGAJES

Como tocaba "definirse", así lo hemos hecho.

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Última reunión de trabajo con el equipo de la biblioteca escolar de la que aún soy responsable, y de la que dejaré de serlo en unos días. Ambiente de despedida, incluso con algún que otro toque de emotividad. Ha sido hermoso haber creado una biblioteca donde no la había y haberla hecho funcionar, y que los libros llegaran a usuarios que, en su entorno cotidiano, no están demasiado habituados a tratar con ellos. Y ha sido estimulante encontrar a otros convencidos de la pertinencia de este esfuerzo. Con algunos incluso ha llegado a fraguar una amistad, o al menos una abierta confianza, donde antes sólo había un frío trato profesional. Decir adiós a todo esto no es fácil. Pero también pesan en la decisión consideraciones, digamos, de índole enrevesadamente personal, de las que difícilmente puedo dar cuenta en este diario abierto. Lo mismo que, a los cuarenta y tantos, hay quien se enamora de una jovencita, porque de pronto oye una voz que le anima a tirar su vida anterior por la borda, a mí una voz similar me ha animado a poner tierra por medio, después de diecinueve años en el mismo centro de trabajo, antes de que, a la vez que se afianzan esas amistades de las que hablaba antes, y que me esforzaré en mantener, se enquisten otras tantas enemistades que empezaron siendo simples discrepancias y ahora han alcanzado las dimensiones de sendas visiones antagónicas del mundo. Es un conflicto conocido, y yo diría que muy típico del ámbito escolar. Y un conflicto, seguro, que encontraré en otros lugares. Pero, entre desconocidos, tardaré en enterarme del pie del que cojea cada cual, y eso saldré ganando.

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Con este ánimo melancólico, encuentro en el último tomo de las memorias del periodista Jesús Pardo esta certera formulación de la levedad de ciertos bagajes: "más fleco que enjundia". Se refiere irónicamente el autor a sus lecturas. Pero podría aplicarse a otras muchas cosas.

jueves, junio 11, 2009

PISCINA

La crueldad con que están concebidos estos hoteles que tienen salas de reuniones de trabajo con vistas a la piscina donde se solazan los turistas.

Y todo esto, en este día casi ágrafo, en el que escribo estas pocas líneas apresuradas, ya de noche, por tal de que quede algún resorte al que asirme cuando trate de recordarlo.

miércoles, junio 10, 2009

CALADEROS

Las contradicciones más flagrantes son las más difíciles de disimular, y las que antes te ponen en aprietos ante los extraños; incluso literariamente, como cuando cierto crítico me reprochó, en una reseña, que en un mismo libro dedicara un poema a la siesta y otro al insomnio...

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Hoy El País y yo hemos coincidido en dedicar sendas columnas (la mía, en Diario de Cádiz) a la muerte del actor que protagonizó la serie Kung Fu. Y no sé si es que, por una vez, mis ocurrencias coinciden con las grandes líneas de la actualidad palpable, o si, por el contrario, lo que sucede es que hasta los periódicos importantes pierden a veces el norte y terminan pescando en los modestos e intrascendentes caladeros donde pesca uno.
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No, la indefinición no gusta a nadie. Ni tampoco la definición en la indefinición, no sé si me explico.

martes, junio 09, 2009

FILIACIONES

Pese a la inevitable tosquedad del mecanismo, los resultados de unas elecciones democráticas siempre dan que pensar. La población castiga, en general, a los malos gobernantes, a quienes retira su confianza; pero tampoco premia gratuitamente al primero que se postula como sustituto. Y, dentro de lo que hay, escarba hasta dar con la opción que permita añadir un matiz diferencial a lo existente, para que, al menos mientras dura el recuento, exista la ilusión de un cierto cambio. No se puede hacer más con menos. Ya es algo.

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Un cuestionario, de ésos que se rellenan para entrar en ciertas "redes sociales" de Internet, me pide mi filiación política. El dato, naturalmente, es voluntario. Pero, como uno todavía no es muy ducho en las cautelas y disimulos que hay que guardar en estos medios, escribo cándidamente: "liberal progresista"; e, inmediatamente, la página me responde que no se ha encontrado a ningún otro asociado con semejante filiación... Y mira que intenté elegir la etiqueta más neutra y abierta posible; y que, a la vez, no llamara a engaño. Porque, si hubiera puesto "de derechas", creo que hubiera pecado de exagerado; y si pongo "de izquierdas", de pretencioso, porque no conozco a nadie que se defina de ese modo que no lo haga por presumir. Sin contar, en fin, que tanto una etiqueta como la otra remiten a una gama amplísima, en la que lo mismo puede uno coincidir con gente muy razonable que con auténticos energúmenos. Así que elijo una palabra que todavía me gusta ("liberal") y, como encuentro que su uso, de todos modos, se ha degradado bastante en los últimos tiempos, intento casarla con una etiqueta ("progresista") que me gusta menos, por pretenciosa, pero que, en la calderilla en la que se ha convertido el lenguaje político de hoy, valdría para definir a quienes, en último término, creen en cierta perfectibilidad del orden social y en la posibilidad de que éste, a través de sus instituciones, pueda corregir ciertas derivas indeseadas -aunque puede que necesarias- de nuestro natural egoísmo... Ya sé que, como definición no es muy buena, por lo que, en último término, opto por eliminarla. Y creo que he hecho bien, porque no creo que nadie pueda llegar a conocerme mejor, ni peor, por el hecho de aplicármela.

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De todos modos, me hace ilusión pensar que, en las últimas elecciones, un cierto número de votantes con los mismos problemas de indefinición que yo hemos conseguido colar al menos a un representante nuestro entre los elegidos.

lunes, junio 08, 2009

OTRA FERIA







Hay quien lleva a su espalda una fantasía totalitaria (ésos que visten camisetas con siglas o consignas) , y hay quien, simplemente, se ha hecho trazar en ella el recorrido que deben seguir las miradas, como esos mapas que, de puro obvios, disuaden para siempre de emprender el viaje, o invitan a darlo ya por hecho.

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Todos esos muñecos colgados de las tómbolas han sido previamente juzgados, y condenados, por un tribunal de niños.

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Cuando una mujer se inclina a atarse un zapato posa, involuntariamente, para un cuadro de Dégas.

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Acaso lo verdaderamente incitante de esos vasos grandes de los que beben varios, cada uno por su pajita, sea esperar a que se termine el contenido para, aspirando con fuerza, ver quién es capaz de absorber el pensamiento de los otros.

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La luna de las ferias ya no se asusta de nada.

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Y ese viento enloquecido de las ferias, al que, de puro desastrado, no dejan entrar en ninguna caseta, y tiene que conformarse con enredar los hilos de los globos.

sábado, junio 06, 2009

HILO MUSICAL

Le digo al conductor de este autobús interurbano que hace su servicio entre las poblaciones de la Bahía de Cádiz: “¿Sería usted tan amable de bajar la radio? Es que ahí atrás las paredes retumban…”. Y el conductor tarda en entenderme; tal vez, me parece, porque el estruendo también es considerable en esta zona del autobús. Pero no: por su cara, sé que me ha oído, e incluso que les ha encontrado sentido a mis palabras, y que lo que le resulta incomprensible es mi pretensión. Lleva años conduciendo, parece querer darme a entender, y jamás nadie le ha protestado por el volumen de la radio. ¿Qué pasa? ¿Acaso no me gustan los “40 principales”? ¿Preferiría escuchar la tertulia de la COPE? Y yo casi lamento haberle dicho nada, porque sé que un conductor de autobús, como la mayoría de quienes trabajan para un público aleatorio, ha de soportar diariamente su porción de maniáticos y protestones; y que, en días de viento de levante, como el de hoy, esa proporción de locos se dispara. Sin duda, debo de parecerle uno de ellos. Y vuelvo sobre mis pasos, de regreso a mi asiento, cuando mi mirada tropieza con la de un conocido.

Me apresuro a contarle mi cuita, y veo que frunce el ceño y hace todas esas contracciones faciales que indican que realiza un serio esfuerzo por entenderme. “Es este ruido”, casi le grito. “No se puede ni hablar”. Y entonces caigo en la cuenta de que el motivo por el que no me oye no es el ruido externo, sino el que sale de unos pequeños auriculares que lleva puestos. “Disculpa”, dice, sacándose de la oreja uno de ellos. “Es que este autobús es tan ruidoso que, como uno no se aísle, se vuelve loco”. Ya, me digo. Y, aunque veo que mi compañero de viaje está dispuesto a renunciar durante unos minutos a su particular burbuja de ruido, en deferencia a mis intentos de conversación, insisto en que no lo haga. Para qué. No iba a entender lo que hubiera querido explicarle.

Llego a mi destino un tanto mareado. Pienso que me hará bien tomarme un refresco. Entro en un bar. Me recibe el sonido metálico, hueco, de un televisor que emite una cascada de anuncios. Lo curioso es que en el bar no hay nadie, y ni siquiera el camarero parece estar pendiente de la emisión. “¿No podría apagarlo?”, le digo. Pero no necesito esperar la respuesta: por segunda vez en este día, leo en la mirada de alguien el fastidio de quien, por su oficio, ha de mostrarse paciente con toda clase de maniáticos. Me voy a casa. Por la tarde, decido ir al médico, a que me recete algo contra el dolor de cabeza. Me indican una salita de espera. Pero no llego a entrar, porque desde la puerta puede oírse ese “hilo musical” que, por no permitir que uno escuche sus propios pensamientos, es el mejor preventivo posible contra cualquier enfermedad. Que es lo que parece creer todo el mundo, y no sólo este médico.

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

viernes, junio 05, 2009

CARETA

La mujer que llevo sentada a mi lado en el autobús huele a pulpa de coco.

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En esa furgoneta que acaba de adelantarnos, el que ocupa el asiento del copiloto lleva puesta una careta de cartón, de las que usan los niños y van sujetas a la cara por una goma elástica. No he alcanzado a ver si el conductor y quienes ocupaban el asiento trasero iban también de esa guisa. Por un momento, pienso en los protagonistas de Atraco perfecto, con sus máscaras de personajes de dibujos animados. Quién sabe. O lo mismo se trata de una apuesta, o de uno de esos curiosos rituales de grupo que se efectúan en las despedidas de soltero. El caso es que, en su paso por la avenida, han dejado una estela de irrealidad.

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Mis expectativas electorales (que la candidatura a la que voto saque al menos un escaño, y, preferiblemente, ninguno más) se parecen mucho, pienso ahora, a mis expectativas respecto a casi todo.

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Como algunos amigos me han preguntado, pongo aquí esta relación de librerías de Madrid en las que ahora mismo se puede encontrar Vacaciones de invierno, según me informa la editorial, sin perjuicio -me dicen- de que pronto pueda hallarse en otras librerías:

El Galeón (c/ Sagasta, 7)
Rafael Alberti (c/ Tutor, 57)
Paradox (c/ Santa Teresa, 2)
Antonio Machado (c/ Fernando VI, 17)
Círculo de Bellas Artes (c/Marqués de la Casa Riera, 2)
Gaztambide (c/ Gaztambide, 6)
Centros de El Corte inglés (Castellana, Preciados y Serrano), y
Casa del Libro (Gran Vía, c/ Alcalá y c/ Maestro Victoria)

miércoles, junio 03, 2009

HUMOS

No es que uno sienta especial entusiasmo por el sistema económico que ha llevado a la actual crisis. Pero a quienes parecen alegrarse tanto de que ésta se haya producido habría que recordarles que, antes de que quebrara la GM, ya quebró la URSS.

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K. estreñida. Lo que, en ella, es una forma de retraimiento.

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Y, no sé por qué, me acuerdo ahora de ese hombre que, según me cuenta mi padre, ocupa siempre el mismo lugar en la playa, y fuma grandes puros, y hay que saber de dónde sopla el viento para elegir la posición relativa en la que situarse respecto a él, para no tragarse sus humos.

martes, junio 02, 2009

AQUELLOS LODOS

Me asegura este hombre que, mientras yo aparcaba mi coche en el hueco que él acababa de dejar, y él intentaba con el suyo dar un giro de ciento ochenta grados en la misma calle, los parachoques de ambos vehículos se han rozado levemente (tan levemente, en fin, que yo ni lo he notado). Ha parado su coche junto al mío, interrumpiendo el tráfico, y me hace bajar para ver que su parachoques trasero tiene, en efecto, una ligera rozadura, igual que la tiene el mío delantero... Yo juraría que ha sido él quien me ha rozado a mí, puesto que era él quien reculaba, y además en un lugar donde no se podía girar, pues había una línea continua que lo impedía. Pero, en medio del monumental atasco que se ha formado por causa de la protesta, comparece la policía. Que, ostentosamente (no son fantasías mías), se dirige al otro conductor -joven, bien vestido y dueño de un coche flamante- para preguntarle si sucede algo, mientras que a mí apenas me dirige una mirada de soslayo, la justa para tasar mi coche viejo y mi humilde figura de hombre en vaqueros y camiseta... Con ese panorama, accedo a facilitarle al reclamante mis datos, cuando lo que me apetecía era mandarlo a paseo... Llego al trabajo con un humor de mil demonios, sobre el que pesa, no ya este tonto incidente, sino otras contrariedades y malas impresiones de una jornada que y avenía mal dada, y sobre la que pesaban, a su vez, melancolías y desánimos de impreciso origen, aunque en nada relacionados con las vicisitudes del tráfico...

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Menos mal que, para alegrarme el día, me llega esta estupenda reseña que le han hecho a mis Vacaciones de invierno. Y que firma, además, el mismo que, hace un par de años, no se mostraba ni la mitad de entusiasmado con Sexteto de Madrid. Gracias.

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La entrevista de la que hablaba ayer se publicó en el número de Fin de Siglo correspondiente a diciembre de 1983, aunque debió de ser hecha y redactada muchos meses antes, dada la irregularidad con que solía aparecer esa revista. No recuerdo casi ninguna de las circunstancias aparejadas a la misma: ni dónde tuvo lugar ni qué era lo que traía a Alfonso Sastre a Cádiz (en el texto se menciona una "conferencia"). Por esas fechas, o quizá un poco después, según me recordaba una reciente columna de Carlos Herrera en ABC, el dramaturgo había publicado, o estaba a punto de publicar, en El País el virulento artículo que puso en el punto de mira de Eta al periodista radiofónico Luis del Olmo, que luego sufriría varios atentados... Y eso es quizá lo que me resulta doloroso al recordar este tonto trabajo mío a cuatro manos, cuya lectura se me atraganta hoy: no haberme percatado de la clase de personaje que tenía delante, y haber llevado la entrevista por los inocuos derroteros de la charleta literaria, al estilo de otras entrevistas (con Jaime Gil de Biedma, por ejemplo) que se habían publicado en esa revista, la mayoría hechas por quien figuraba como redactor jefe de la misma, el poeta gaditano y hoy muy buen amigo mío Jesús Fernández Palacios... Tal vez algún escrúpulo no declarado fue lo que llevó a éste a delegar en aquellos dos veinteañeros, P.B. y yo, este engorroso cometido. Cuyos lodos, por motivos bien obvios, me parece sentir que me siguen ensuciando las manos hoy.

lunes, junio 01, 2009

MAÑANA

Tras una curva, una patrulla de la Guardia Civil haciendo indicaciones a los vehículos para que moderen su velocidad a la hora de sortear un inesperado obstáculo: una moto destrozada en la cuneta, un cuerpo tendido en el arcén, envuelto en una sábana. Un par de kilómetros más adelante nos cruzamos con el furgón del tanatorio... Guardamos silencio. Ese extraño silencio que se hace en una sala cuando en ella se celebra un sorteo, y los bombos giran.

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A Alfonso Sastre lo conocí hace unos veinticinco años, cuando mi amigo P.B. y yo le hicimos una entrevista para la revista Fin de Siglo. P.B. y yo éramos entonces dos pipiolos, a los que nos confiaban encargos de esta clase porque habíamos mostrado algunas ínfulas literarias y parecía, a quienes nos hacían el encargo y a nosotros, que a un escritor en ciernes cualquier oportunidad de escribir y verse publicado es buena... P. B. se preparó la parte documental (lo que todavía tenía su miga, en una época en que no existía Google) y yo la parte literaria: quiero decir que me leí, entre otras cosas, cierto tomito llamado Cuatro dramas de la revolución, de la benemérita editorial Bullón, cuya colección literaria, que entonces se liquidaba en los baratillos, incluía joyitas como El golpe de estado de Guadalupe Limón, la novela falangista de Gonzalo Torrente Ballester, y la única edición exenta existente de Nocturnos de Chopin, de Gerardo Diego... De todo un poco, como se ve, y cuando a Franco aún le quedaba cuerda para rato (el tomito de Sastre, sin ir más lejor, tiene pie de imprenta de 1963, el año de mi nacimiento).

Me viene este aluvión de datos a la cabeza ante la renacida notoriedad de la que anda gozando estos días el octogenario dramaturgo por el hecho de encabezar la nefanda candidatura proetarra al Parlamento Europeo... El "síndrome Bergamín", diría uno, si no fuera porque la obra de Sastre, con todos los respetos, no tiene la categoría de la de ese otro polémico titiritero de las ideas, que además fue un gran poeta.

Pero no es ésa la cuestión, sino la de intentar dilucidar por qué dos autores que, por motivos distintos, brillaron en su hora, se entregaron luego incondicionalmente a una causa (el separatismo vasco) en principio ajena a ambos, a cambio no sé si de gozar, entre los de esa cuerda, de un reconocimiento y un fervor que ya el público general les negaba... Pero no es cuestión de extenderse ahora sobre ello. En un cuaderno como éste no caben largas reflexiones, sino las impresiones del día a día. Hasta aquí por hoy: ya seguiremos mañana, si hay tiempo y ganas.

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Después de haber visto un cadáver en la carretera, decir "mañana" tiene algo de temeridad.