viernes, julio 31, 2009

ERROR HUMANO

En las películas de antes, que son un referente cultural tan bueno como cualquier otro, cuando un médico creía que no había hecho lo adecuado para salvar a un enfermo, o un abogado a un inocente, veíamos a ese médico o a ese abogado (o policía, o boxeador, o capitán de barco, porque ese drama tenía tantas variantes como oficios hay) entrar en una complicada crisis personal, que lo llevaba a recluirse en sí mismo, a romper con los suyos, a emprender un largo viaje de expiación y reencuentro… Pienso en esos viejos argumentos de melodrama ante ciertos preocupantes sucesos recientes. Y siento una enorme compasión, por ejemplo, por la enfermera que cometió el trágico error de ponerle a un recién nacido una inyección equivocada y fatal. Nadie está libre de cometer errores que puedan tener gravísimas consecuencias. Los hay de todas clases: domésticos, laborales, de tráfico. Y a casi todos puede buscárseles algún atenuante, porque no hay descuido o error tras el que no quepa apreciar cansancio, desánimo, una mala organización, una carencia, un entorno desfavorable.

En el caso de esta enfermera, parece claro que el entorno laboral en que cometió su error distaba mucho de ser perfecto. Por eso hacen bien sus compañeros en protestar porque no se hayan tenido en cuenta estas circunstancias. Pero ninguna protesta, ninguna manifestación colectiva que vaya más allá de las necesarias muestras de compasión hacia la desgracia ajena, puede ni debe aminorar la responsabilidad individual e intransferible de quien cometió el error. Con esto no quiero decir que no haya otras responsabilidades subsidiarias. Y quizá tengan razón los enfermeros en pedir la dimisión del director del hospital, que fue el primero en hablar de “error humano”: ¿acaso ese error no sucedió en el ámbito de su competencia? Asumir una responsabilidad no significa declararse culpable: estrictamente hablando, tal vez ni siquiera la enfermera en cuestión lo sea. Significa, simplemente, que cada uno ha de vivir con el peso de sus actos y las consecuencias de éstos.

No es fácil, claro. Vivimos en una sociedad que se aferra a todo tipo de excusas sociológicas y psicológicas para evitar ciertos atolladeros morales. Nadie es culpable de nada: ni el estudiante de sus suspensos, ni el mal padre del desastre de su familia, ni el gobernante de la corrupción en su departamento o el ingeniero del puente que se le cae… En el fondo, nos gusta renunciar a nuestro discernimiento y a nuestra ilusión de libertad (lo que antes llamábamos “uso de razón” y “libre albedrío”) para ampararnos en los imponderables del azar y lo mal hecho que está el mundo. Que es verdad que lo está, quién lo niega. Pero difícilmente lo arreglaremos si, en vez de asumir claramente nuestras responsabilidades, nos declaramos de antemano víctimas de las circunstancias.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

viernes, julio 24, 2009

APOLO XI

Quizá lo único que realmente me llama la atención de que celebremos el cuarenta aniversario de la llegada del hombre a la luna es que uno pueda postularse como testigo de cosas que pasaron hace cuarenta años. Llega uno a una edad en la que todo lo vivido se celebra en aniversarios redondos: el de la muerte de Franco, el de la aprobación de la constitución democrática, incluso el de la caída del Muro de Berlín… Celebramos ya aniversarios, ay, cuya cuantía supera en mucho los años que uno calcula que le quedan por vivir. ¿Gozará uno, dentro de cuarenta años, de la condición imprescindible de estar vivo para recordar lo que sucedía en este alicaído verano de 2009? ¿Recordará uno el año en que la humanidad descubrió que la economía financiera no era más que un pasatiempo matemático sin fundamento? ¿Recordaremos las trágicas consecuencias de ese descubrimiento, las empresas cerradas, el desempleo galopante, el desánimo generalizado?

De una cosa sí estoy seguro: quien tenga hoy seis años, como los tenía yo el día en que el “módulo lunar” del Apolo XI tocó la superficie del satélite, no guardará ningún recuerdo de los hechos anteriormente aludidos, como no sea la impresión general de precariedad que se conserva cuando uno oye a sus padres quejarse demasiado de la falta de dinero. A los seis años sólo se hace uno consciente de la historia cuando sucede algo muy espectacular, capaz de impresionar por igual a mayores y pequeños. Seis años tenía mi hija cuando le tocó presenciar el atentado contra las Torres Gemelas de Nueva York. Fue su bautizo en la Historia, y todavía me pregunto si alguna vez ese recuerdo no determinará su actitud hacia el devenir de la especie; si, cuando le toque formularse una teoría general sobre sus semejantes (dentro de cuarenta años, por ejemplo), no pesará sobre la misma el recuerdo de la larga tarde que pasamos frente al televisor, atentos al implacable cumplimiento de un plan malvado.


Yo tuve más suerte. Mi toma de contacto con la Historia fue el acontecimiento con el que iniciábamos estas líneas. Fue, después de todo, un suceso optimista. Las carreteras se llenaron de hotelitos y ventorros llamados “Apolo XI”; los niños jugábamos con cohetes y astronautas de plástico; la tierra podía agotarse, sí, pero la humanidad emprendería un gozoso periplo de planeta en planeta, como en otro tiempo lo emprendió por islas y continentes inexplorados… El progreso, no hace falta decirlo, ha seguido otros derroteros: hemos sacrificado un futuro galáctico a cambio de disponer de ordenador y teléfono móvil. Pero, igual que el poeta Rafael Alberti se congratulaba de haber nacido con el cine, yo creo que uno puede alegrarse, modestamente, de haber adquirido el uso de razón viendo la llegada de un cohete tripulado a la luna. No se ha bajado uno de allí desde entonces.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

jueves, julio 23, 2009

VIDA DE MANOLO

Vida de Manolo, de Josep Pla: uno de esos libritos deliciosos que adornan cualquier literatura, y la vacunan contra esa modalidad del gigantismo que lleva a algunas a producir "clásicos" de la tipología de La montaña mágica, pongo por caso. Una literatura no tiene por qué abundar en montañas mágicas para ser grande. y este librito de Pla, doblemente enraizado en un hecho de moda, por un lado -el auge del género biográfico a comienzos de siglo- y, por otro, en la tradición -la picaresca española-, y sutilmente contrapuesto a los berenjenales vanguardistas en los que estaba engolfada la literatura española y catalana de entonces -el libro data de 1927-, es la demostración palpable de cómo hay quien, en medio de las mayores turbulencias, sabe poner los pies en tierra y abrir los ojos y el oído a la realidad. Pla se apropia de su biografiado y lo convierte en un dechado de esa especie de realismo aparentemente cínico, pero muy bien fundamentado, del que el mismo Pla llegará a ser, con el tiempo, un ejemplo característico: desengañado del arte del siglo XX, de la vanguardia, de la impostura artística en general, su biografiado, el escultor Manolo Hugué, habla de lo divino y lo humano desde la masía "de trescientos duros" en la que vive y trabaja, mientras avía un arroz con guisantes... Y aunque uno no esté de acuerdo ni con la mitad de las cosas que dice -su admiración por Picasso y Moréas, por ejemplo, o sus ideas políticas y sociales, amalgamadas en una especie de anarquismo apolítico sin demasiada enjundia-, el mero hecho de oírlas decir como las dice constituye un placer, porque es difícil adentrarse en el laberinto civil e ideológico del siglo que entonces comenzaba sin ahogarse en una maraña de palabrería ininteligible. La obra de Pla es un intento de contrarrestar ese enrarecimiento, y esta Vida de Manolo es uno de los más sólidos logros -y de los más tempranos- de ese empeño.

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Menciona el prologuista de esta edición, por cierto, el "idealismo defensivo" que practica Hugué. Y como "idealismo" es una palabra muy poco planiana, corro a buscar la cita, alarmado. Y, en efecto, lo que Pla pone en labios de Hugué no es "idealismo", sino "individualismo": "Si la vida tiene que darte alguna alegría, la hallarás en el individualismo defensivo" (p.131 de esta edición en Libros del Asteroide, con prólogo de Jordi Amat). La diferencia no es baladí. Y por si no estaba claro lo que quiere decir, véase esta otra cita (p.17): "Soy un individualista feroz".

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Y esta otra, que tan bien casa con ciertos territorios narrativos que ando explorando, y que seguramente utilizaré: "Nuestra época era terrible. Todos éramos, quien más quien menos, anarquistas, mejor dicho: no sabíamos exactamente qué éramos" (p.33). Nadie lo sabe, amigo Hugué, hasta mucho después.

miércoles, julio 22, 2009

LA NOVELA

Oyendo los tristes e inoportunos debates sobre la "responsabilidad penal de los menores" que se suscitan cada vez que un adolescente comete un crimen horrendo, casi echa uno de menos el diáfano concepto de "uso de razón" vigente en mi infancia. Al catecismo se le pueden poner muchas pegas; pero definir, define como nadie.

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La novela que uno termina llevando al papel -a la memoria del ordenador, mejor dicho- nunca es la novela que tiene uno en la cabeza. No sé si esto es bueno o malo: indica, en todo caso, que los personajes y las situaciones se emancipan a la primera ocasión de lo que uno tiene previsto para ellos; que la vida que uno les escribe sobre el papel es tan imprevisible como la que le acontece a cualquiera; y que la conclusión que uno saca de esto es que también la vida de uno está siendo escrita en el momento mismo de vivirla; y que, como la de tus personajes, quien te la escribe tampoco sabe muy bien a dónde quiere ir a parar.

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Cuando Dios quiere mostrarse benévolo con los insomnes, en verano, les manda unas ráfagas de viento sur.

martes, julio 21, 2009

UN MUNDO PELIGROSO

Me llama la atención que Historia de un detective (Murder, My Sweet, 1944), de Edward Dmytryk, no sea tan conocida, por lo menos, como El sueño eterno, la famosa y quizá sobreestimada película de Howard Hawks, con la que ésta comparte no pocos rasgos. Ambas, en efecto, están basadas en sendas novelas de Raymond Chandler, lo que les da esa textura característica de juego de cajas chinas: las tramas se bifurcan y subdividen, los personajes se multiplican y hay que hacer un verdadero esfuerzo visual y memorístico para no perder el rastro de quién es quién. Ésta es, quizá, la mayor debilidad de esta clase de películas, porque en casi todas ellas hay un momento en el que la atención del espectador flaquea y éste llega a plantearse si el esfuerzo mantenido merece la pena; sobre todo, cuando la experiencia le dice que la trama no tiene desenlace propiamente dicho, sino que simplemente se disuelve, como los sueños: los personajes mueren antes de que puedan explicarse, y lo que queda en la mente del espectador es una idea más bien tenue de los nexos que había entre unos y otros.

Todo esto, muy evidente en El sueño eterno, tan próxima a la caricatura (veáse, por ejemplo, el desfile de rubias y morenas que, sin apenas preámbulos ni explicación, van cayendo en los brazos del detective Philip Marlowe), queda compensado, en la película de Dmytryk, por una de las atmósferas más logradas que uno ha visto jamás en una película de cine negro, en un Los Angeles casi abstracto, reducido a sus periferias y a dos o tres interiores genéricos (el despacho, el salón del rico, el gabinete del malvado) sutilmente diferenciados de los que aparecen en otras películas; y por unos personajes de una humanidad mucho más matizada y compleja que la de la mayoría de sus contrapartidas en otros títulos del género: el propio Marlowe, encarnado por Dick Powell, es mucho más vulnerable aquí -y, por tanto, más próximo a los hampones a los que se enfrenta- que en otras caracterizaciones. Como lo es la espléndida Claire Trevor en su encarnación de una mujer con pasado, refugiada en un bien llevado matrimonio de conveniencia que no excluye, en fin, que de vez en cuando ceda a según qué tentaciones...

No sabría explicar qué clase de satisfacción deriva uno de este cine. No la de haber asistido a la resolución de un misterio, porque, ya digo, aquí los esclarecimientos finales no despejan ninguna incógnita, sino, simplemente, constatan la nebulosa cohesión de la madeja por la que nos hemos estado moviendo. Tal vez la de sabernos habitantes de un mundo parecido a esa nube, sí, pero infinitamente menos peligroso; al menos, que sepamos.

lunes, julio 20, 2009

UN DÍA ANÓMALO


Hacía calor, así que lo primero que hicimos, al llegar al apartamento de este amigo, en una urbanización de Zahara de los Atunes, fue pedirle los pases para acceder a la piscina. Aquí lo tienen todo muy bien organizado, y esa piscina, con su césped siempre bien mantenido, sus estrictos controles de acceso, su vigilancia y esa especie de general comedimiento que parece reinar en determinados enclaves restringidos (aquí no se ven pandillas ruidosas, ni adolescentes tirándose en plancha, ni conspiraciones para posesionarse del espacio teóricamente libre), debería servir de ejemplo a muchas piscinas públicas, teóricamente mejor dotadas y con recursos prácticamente ilimitados... Y estábamos dándonos ya ese primer baño, en nuestra condición espuria de usufructuarios por invitación o delegación del legítimo titular, cuando notamos un cierto olor a pasto quemado.

Miramos el cielo limpio y, efectivamente, de tierra adentro se ven ascender unas briznas de humo, que se confunden con la calima que, en días como éste, tan abrasadores, tiende a enturbiar el aire. Pronto nos confirman que se está produciendo un incendio forestal en un paraje próximo, llamado El Realillo, y la noticia viene seguida de un trasiego de sirenas en la carretera y de aviones y helicópteros que sobrevuelan la urbanización en sus idas y venidas para cargar agua. El suceso, por lo que cuentan algunos, no es extraño: casi todos los años hay incendios por la zona.

Una vez refrescados y puestos al día de las novedades, subimos al apartamento, en el que se ha aviado una copiosísima comida, casi todo ella compuesta de pescado de Barbate: una espectacular cola de atún, de la que salen infinidad de filetes, una conserva casera de toninos, boquerones enteros o abiertos, según el tamaño, etc., todo ello regado por un jerez ligero, muy fresco, comprado al por mayor en una bodega de confianza... También habría que decir algo sobre el sentido de estas reuniones en torno a una mesa bien abastecida, alrededor de la cual cuajan las amistades, se desorbitan las confianzas y se extiende una atmósfera de general benevolencia, por la que quedan en suspensión las cautelas y convencionalismos por las que suele regirse la vida en cuanto se dan por terminadas estas expansiones. Pero uno, ay, viene tocado de ala, después de la noche mal dormida, el acaloramiento del viaje y el desfibramiento causado por el chapuzón previo al almuerzo. Las dos o tres primeras cervezas también han tenido un efecto devastador: uno se cae de sueño, literalmente. Y, como la piscina, a esta hora, se ha quedado desierta, me parece una buena idea echar una siestecita bajo una sombrilla. C., que se aburre en medio del jolgorio de los adultos, me acompaña.

Volvemos a dejar nuestros pases en el puesto de control, y el empleado nos dice, en tono de broma, que el fuego se está acercando, y que lo mismo hay que salir corriendo. Y lo cierto es que el cielo ha adquirido un ominoso color cazuela, y que el sol, tras la capa de humo, es una especie de garbanzo colorado. También la temperatura ha bajado lo suyo; y uno, que es aficionado a los documentales de la televisión, se acuerda de uno en el que pronosticaban que un invierno devastador se extendería sobre la tierra si dos o tres volcanes se pusieran de acuerdo para arrojar sus humos a la atmósfera. Y ése sería el fin del mundo.

Consigo dar una cabezada, no sin darle vueltas a la idea de que hay no poca frivolidad en el hecho mismo de echarse a dormir al filo de una piscina cuando el fuego empieza a cercar tu pequeño y provisional reino afortunado. Cuando despierto, C. me convence para que nos demos un baño antes de volver al apartamento. Y justo cuando andamos secándonos, oímos por la megafonía el aviso de "prepararse para la orden de evacuación". Luego entiendo que ese aviso no es, en absoluto, la orden de evacuación propiamente dicha. Pero, ante la extrañeza que me produce esta circunstancia absolutamente inusitada, no distingo matices. Me acerco al puesto de control, y el empleado me dice que la piscina va a cerrarse y que se nos recomienda que nos dirijamos al pueblo.

Con esa noticia subo al apartamento. Allí, en la atmósfera general de relajación que ha seguido al almuerzo, es recibida como una broma. Pero, ante mi insistencia, las mujeres son las primeras en tomársela en serio. Dos de ellas bajan a confirmarla. La opinión se divide. La mayoría es partidaria de largarse, sin más. Pero el dueño de la casa, me imagino que por instinto territorial, decide quedarse. Mi familia y yo, como teníamos que irnos de todas maneras, y vemos que hay un riesgo cierto de quedar atrapados en el atasco monumental que se produciría si hubiera una orden efectiva de evacuación, nos ponemos en camino. Una vez en el coche, la radio nos confirma que han sido evacuados un hotel cercano y una urbanización colindante. El temido atasco está ya en su apogeo, y tardamos casi una hora en recorrer el breve tramo que separa la urbanización del pueblo. Entre tanto, intercambiamos noticias con los que se han quedado, que ahora han bajado a la playa.

Cuando conseguimos salir del atasco, y dejar atrás el pueblo ensombrecido bajo el nublado ocasionado por el humo, vemos que sigue haciendo un día espléndido. Hacemos una parada en El Palmar y tomamos un baño que resulta, por más de un motivo, reparador. Nos parece que las extrañas circunstancias que hemos dejado atrás, y hasta la luz misma de esa jornada anómala, pertenecen a otro día distinto. Y llegamos a casa con esa convicción de que, efectivamente, a veces caben demasiados días en uno solo.


(Otros dos presentes en esa reunión han escrito -y uno de ellos ilustrado- el relato de los hechos.)

Fotos: C.

viernes, julio 17, 2009

BIQUINIS EN LAS RAMBLAS

Durante decenios hemos abrigado la fantasía de que progreso y, digamos, desinhibición iban unidos. Cuando nos veíamos a nosotros mismos como criaturas del terruño, más o menos tocados con boina, sabíamos que la riqueza estaba de parte de aquellas criaturas nórdicas que venían a pasearse sucintamente vestidas por nuestras playas, mientras que el atraso estaba del lado de las que llevaban pañuelos y refajos. Naturalmente, esta ley no está libre de excepciones. En la Costa del Sol, sin ir más lejos, saben que el mejor turista posible no es el que viene desnudo, simbolizando desinhibiciones y libertades largo tiempo soñadas en estos pagos, sino el que llega envuelto en túnicas y caftanes y debe su riqueza al petróleo. Hay algo extremo en la exhibición corporal, que hace que la apliquemos por igual al absolutamente despojado y al que, por su riqueza, se sitúa más allá de las normas. Desnudos están los santos en el momento del martirio y los privilegiados en medio de una orgía. Los demás practicamos, al respecto, una moral fluctuante; y, por lo mismo que, respecto al vestido, ninguna persona normal gasta los suntuosos trajes que ahora sabemos que son patrimonio exclusivo de algunos políticos, respecto a la desnudez tampoco hacemos gala de la suprema desvergüenza de una reina de la farándula o de un dios griego: nos apresuramos a ponernos en paños menores allí donde la costumbre dice que hay que estar en paños menores; y nos vestimos como vendedores de enciclopedias allí donde la etiqueta exige que hay que llevar, como mínimo, traje oscuro y corbata.

Todo esto viene a cuento porque he leído que los comerciantes de Barcelona han sugerido que debería prohibirse ir en bañador o biquini por las calles de la ciudad, como hacen muchos turistas. Lo que, como suele ocurrir, ha dividido de inmediato a la opinión pública en dos bandos: el de los que aprovechan la ocasión para añorar un mundo en el que todo el mundo llevaba corbata y chaleco, y el de los libertarios a rebufo, que ven en cualquier directiva municipal un ominoso recorte de derechos. Posiblemente lo que ocurre es que empieza a deshacérsenos la idea de que el foráneo rico venía siempre más ligero de ropa que el natural del país, y que el desfile de carnes fofas en el que se ha convertido el mundo desarrollado ha dejado de ser agradable en aquellos lugares en los que la exhibición de esas carnes no procede. En fin. Uno es partidario de la desnudez ligeramente descontextualizada, porque la contemplación de los cuerpos ajenos es tanto más agradable cuanto más inesperada. Ver una rodilla donde no se espera ver nada es mucho más sugerente que ver un cuerpo en pelota picada donde no se ve otra cosa que cuerpos en pelotas. Supongo que lo que pasa en las Ramblas, como en otros lugares, es que nadie se sorprende ya de nada. Y eso aburre.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

jueves, julio 16, 2009

ACECHOS

Alivia algo la soledad oír a K. mordisquear su comida en la cocina, o sentir sus pasos por la casa, llevada por alguno de esos propósitos inexplicables que mueven a los de su especie. Los gatos habitan siempre en una selva imaginaria, y continuamente están acechando presas que sólo existen en su fantasía. Igual que uno, o casi.

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Claro que la soledad de hoy, que esperaba consagrar al trabajo, está resultando más caótica e improductiva de lo que podía prever. No siempre está uno a la altura de sus propósitos, y basta cualquier interferencia exterior -en este caso, una llamada telefónica que viene a recordarme una enrevesada cuestión laboral pendiente- para que ese acto de voluntariosa fantasía que consiste en disciplinar la soledad para convertirla en una serie ordenada de actos más o menos dirigidos a un fin -en este caso, revisar unas páginas escritas- se vuelva de pronto absurdo o irrelevante, y sea sustituido por una sucesión indolente de palos de ciego, de actos fallidos, de sustitutos pasivos de la verdadera acción. Intento leer, sin resultado, bicheo ante el ordenador, pongo la tele. Finalmente, consigo engancharme a la lectura de un libro que tiene mucho que ver con los hábitos de la soledad: el muy recomendable El laberinto y el sueño, de Antonio Moreno, una especie de azoriniana novela a retazos, o dietario con argumento, con cuya tonalidad contemplativa y sentimental logro sintonizar. Los libros son también como los gatos: acechan en el vacío lo que parece que son presas que sólo existen en su fantasía; hasta que uno entiende que no acechaban la presa, sino la ocasión; y que el objeto de su acecho, en cualquier caso, era uno mismo.

miércoles, julio 15, 2009

ORQUÍDEAS

Le hablo a H. del pueblo de la sierra en el que suelo pasar mis días libres y me pregunta si conozco allí a "Luis el de las orquídeas", al parecer un experto en dichas flores. Le digo que no, mientras me hago el propósito de indagar a la primera ocasión sobre dicho personaje, que debe de ser toda una notoriedad en un pueblo de apenas unos centenares de habitantes donde todo el mundo conoce la peculiaridad de cada cual; y donde, por lo demás, que yo sepa, no hay orquídeas.

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En la misma conversación, me reprochan amistosamente que no se me haya visto en determinados eventos culturales de la ciudad ocurridos en los últimos meses. Y respondo, sin faltar a la verdad, que pueden contarse con los dedos de una sola mano, y aún sobrarían, los actos de esa clase a los que he acudido a lo largo del curso que acaba de terminar. Y me parece, mientras me oigo mascullar poco brillantemente esas excusas, que hubiera debido poner un poco de coquetería o de vanidad en ellas; blasonar de solitario, que no es mal blasón. Pero me traiciono a mí mismo cuando, sin haber sopesado de antemano mis palabras, le espeto a mi interlocutora que yo también la he echado de menos en alguna de las contadas ocasiones en que he sido el protagonista de alguno de esos actos. De lo que deduzco que, si se trataba de aparentar el despego olímpico de los dioses, acabo de marrar el propósito irremediablemente.

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A esa misma interlocutora le he comentado, no recuerdo ahora si antes o después, mi interés por lo que denomino "escuela pictórica de la Sierra", que, a mi parecer, nunca ha sido presentada como tal en la capital, ni merecido una exposición colectiva ni un catálogo. Lo hago llevado por mi amistad hacia algunos pintores de esa comarca, y también por lo que ha supuesto para mí, como puede rastrearse en este cuaderno, confrontar mis propias reflexiones sobre la creación artística, en general, y mi propia práctica al respecto, con lo que he tenido el privilegio de ver hacer a estos amigos pintores, la mayoría de ellos perfectamente a gusto en su anonimato y en su manera privada de gestionar su arte. Le cuento todo esto a mi interlocutora porque ella dirige una prestigiosa institución cultural, y me agradaría que al menos le sonara la realidad de lo que le hablo. Pero me doy cuenta -y creo que también mis otros interlocutores, al juzgar por sus sonrisas, lo han interpretado así- de que parezco estar intentando venderle algo, como seguramente hacen muchos con los que con ella tratan al cabo del día. Me callo, avergonzado, no tanto de mi propósito inicial como de mi ineptitud para transmitir limpiamente lo que, considerado de puertas para adentro, no es sino un entusiasmo legítimo.

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La vida social, incluso cuando ésta transcurre por estos cauces de perfecta sociabilidad amistosa, siempre me deja maltrecho. O quizá sólo sea un efecto (ya que todo esto ocurre en la sobremesa) de una mala digestión.

martes, julio 14, 2009

DOS PELÍCULAS

Una muchacha cabalga sola por un bosque y es asaltada por unos bandidos, que la violan y la matan. Los bandidos siguen su camino y llegan precisamente a la casa de los padres de la muchacha, donde, haciéndose pasar por jornaleros, son acogidos y se les ofrece trabajo. Pero el jefe de los bandidos intenta venderle a su anfitriona la hermosa camisa bordada que le arrebataron a su víctima, lo que despierta la sospecha de los dueños de la casa... Qué buen argumento para uno de esos westerns claustrofóbicos de Anthony Mann, al estilo de El hombre del Oeste, por ejemplo. Pero no es un western, no al menos declaradamente, sino una de las películas de ambiente medieval y asunto teológico de Ingmar Bergman: El manantial de la doncella. Y eso, naturalmente, cambia las expectativas. En el primer caso, al inevitable estallido violento hubiera seguido una renovada conciencia del vivir, a la que el recuerdo de una experiencia ingrata no aporta sino una especie de cansada lucidez. En el otro, que es el que tenemos entre manos, el desenlace apunta inevitablemente a una sublimación que se dirime en terrenos que escapan a las expectativas meramente humanas: el vengador incurre en nuevas culpas, su conciencia abrumada le lleva a hacer severos votos de penitencia, la naturaleza misma se une a esta atmósfera de desmesura, añadiéndole un milagro... Sin embargo, el verdadero milagro estriba en seguir viviendo, como sobriamente hubiera propuesto Mann, al que tanto hemos echado de menos en esta extemporánea deriva de nuestros ocios veraniegos.

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Aunque no menos intrigante es esta otra película de Neil Jordan, al que últimamente sigo con interés por su modo de considerar la atmósfera moral de unas décadas, las de los 7o y 80, a las que uno debe, si no la maduración de su sentido moral (casi no podría llamarse "moral" lo de uno si fuera un mero precipitado de ideas y actitudes procedentes de esa época), sí, digamos, un repertorio de acontecimientos vistos lo suficientemente de cerca como para que su consideración retrospectiva tenga alguna pertinencia personal... Quiero decir que, si uno, por ejemplo, tiene clara la ilegitimidad de cualquier clase de violencia política, es porque su adolescencia y primera juventud coincidió con un tiempo en el que sobre la víctima de un crimen político siempre pesaba la sospecha de que "algo habría hecho", y desde el momento en que uno alcanza la conciencia de que ese razonamiento no sólo es injusto, sino vil, ya no le vale ninguna atenuante, ni ninguna clase de connivencia con quienes se complacen en esgrimirlas, ya sea en nombre de la justicia social, de la emancipación de un territorio, o de la revolución.

Y a un poco de todo esto parece apuntar Desayuno en Plutón, la película de Neil Jordan a la que aludía al principio: una especie de farsa sobre el terrorismo irlandés de los años setenta y su inanidad, en una época de inanidades. Lo malo es que Jordan no acierta a enunciar con claridad lo que parece tener en mente; y su protagonista, un insulso travestido, no representa adecuadamente a quienes lograron sobrevivir a esa época más atentos a su emancipación personal que a la sangrientas cuestiones colectivas entonces planteadas. Porque lo que consigue Jordan, en esta farsa, es todo lo contrario: presentar la violencia política como una moda más, a la altura de la psicodelia, la música disco y los zapatos de plataforma. Y alguna diferencia habrá entre lo uno y lo otro, digo yo.

lunes, julio 13, 2009

PREJURADO (DODECÁLOGO)

Para hacer este trabajo, uno sólo cuenta con sus prejuicios, uno sólo puede fiarse de sus prejuicios. Quien se presenta a un premio literario tiene que aceptar esta premisa.

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El prejurado -es decir, quienes seleccionan, entre centenares de libros, los pocos que ha de leerse el jurado- siempre sabe cosas del estado de la cuestión que el jurado ignora. Por ejemplo, cuántos libros se han presentado encabezados por citas de Alejandra Pizarnik, pongo por caso; o cuántos poetas viven todavía en los tiempos de Campoamor. Nada de eso es relevante a la hora de elegir el mejor de los libros presentados. Pero, para los escritores que suelen hacer estas tareas, sin duda aclara muchas cosas.

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El jurado tiende siempre a pensar que el prejurado le ha dado gato por liebre. El prejurado siempre piensa que el jurado no sabe de lo que se libra.

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Ciertas tipografías, como ciertos modos de hablar, delatan.

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Lo mismo puede decirse de la encuadernación. Una encuadernación excesiva casi siempre pretende disimular algo.

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Hay quien escribe sólo para dejar constancia de que es un buen lector. Pero pretender por ello, además, ganar un premio literario resulta sin duda excesivo.

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Ojo con las citas que se anteponen a un libro o a un poema: la mayoría de las veces revelan, no lo que se ha leído, sino lo que falta por leer.

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Hay quien escribe como desahogo, y es legítimo. Pero ¿qué es exactamente lo que se pretende cuando se presenta un desahogo personal a un premio literario?

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Hay libros a los que uno otorgaría sin dudarlo las mayores distinciones, siempre que se pudiera añadir a las mismas alguna especificación de edad, sexo, circunstancia, nacionalidad, gustos literarios, etc. Porque hay libros que sólo son buenos en tanto que libros escritos por un adolescente, o por un anciano que nunca antes había escrito nada, o porque parecen escritos hace doscientos años, o porque a uno le resulta muy curioso que también se escriban libros en Trinidad-Tobago, pongo por caso.

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Algunos libros son tan obviamente buenos que uno no tarda ni dos minutos en echarlos al cesto de los elegidos; los malos suelen exigir más tiempo.

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También, entre los libros malos, hay muchos que uno sabe que, en otro tipo de competición -por ejemplo, en una lectura pública de los mismos, en la que el éxito se midiera por la intensidad de los aplausos-, ganarían sobradamente a los buenos.

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Acostumbrados como estamos a que un jurado premie un libro malo o indiferente, el día en que acierta a elegir uno bueno ¿se nota la diferencia?

viernes, julio 10, 2009

SALOMÓN

No entiendo muy bien el prestigio del que gozan las decisiones salomónicas. Que se basan, como todo el mundo sabe, en un malentendido: cuando el famoso rey judío dictaminó que había que cortar en dos el bebé que se disputaban dos presuntas madres, lo que dejó sentado por los siglos de los siglos es que soluciones como la que él astutamente había propuesto eran manifiestamente absurdas, y sólo se entendían si encerraban una segunda intención: en este caso, descubrir cuál era la madre verdadera, la que preferiría renunciar a su demanda sobre el niño antes de ver cómo éste era inútilmente sacrificado.

En política, como se sabe, no hay decisión que no encierre segundas intenciones. Por eso abundan tanto, en ese ámbito, las decisiones salomónicas; destinadas, en principio, a contentar a todo el mundo, a sabiendas de que no contentan a nadie; y con la reserva hecha de que así se gana tiempo para que el asunto en cuestión se enfríe, o quede postergado por otros más urgentes… Supongo que consideraciones así son las que han llevado al Gobierno a aplazar en cuatro años el cierre de la central nuclear de Garoña, cuando unos pedían su cierre inmediato, al haber cumplido ésta su periodo teórico de vida útil, y otros, amparándose en un informe favorable del Consejo de Seguridad Nuclear, proponían que continuara en funcionamiento diez años más. Unos y otros, entiendo, tenían razón: los primeros, porque eso era lo que tenían derecho a esperar, en virtud de las normas establecidas; los otros, por atenerse a razones técnicas bien fundadas. No soy yo quién para terciar en asunto tan delicado: para eso, para hacer valer sus respectivos puntos de vista, están los expertos y los representantes de la sociedad; y un humilde articulista, en contra de lo que algunos creen, ni suele ser experto en nada ni representa a nadie… Es al Gobierno a quien corresponde decidir; es decir, mirar cara a cara a las dos presuntas madres que se disputan al niño y, a riesgo de equivocarse, asignarlo a una o a otra. Volviendo a Salomón, no estoy yo muy seguro de que la madre verdadera fuera la que manifestó piedad por el niño: cuando se trata de postularse para un derecho, hay quienes saben adelantar la patita de cordero antes que nadie.

Aquí son varias las patitas blancas que se han puesto sobre la mesa: el derecho al empleo de quienes ahora trabajan en la central, la legítima aspiración a tener fuentes de energía que no supongan una amenaza para la seguridad de la población y el medio ambiente. Y el gobierno sacó la espada, la esgrimió sobre el cuerpo del niño y, como ninguno de los litigantes dijo nada que inclinase la balanza a su favor, asestó el golpe… Ahora tenemos un niño en dos pedazos: es decir, una prórroga inútil y seguramente no rentable, y el paro asegurado para después de las próximas elecciones.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

jueves, julio 09, 2009

CUBA

A las empleadas de las agencias de viajes se les supone, como el valor al soldado, la ecuanimidad. De lo contrario, cuántos juicios arbitrarios y, con frecuencia, infundados no se harían respecto a quienes solicitan sus servicios. Cuántas veces no tendrían que aguantarse las ganas de espetarles: "Pero ¿a usted qué se le ha perdido en Barbados?"; o sentirían una infinita piedad por esas parejas que apenas se conocen y fían su felicidad futura a una semana de convivencia forzosa en el camarote de un barco. No dormirían, seguro, como les ocurre a las sibilas cargadas de demasiados conocimientos funestos.

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Con frecuencia basta estrenar una camisa para que uno se haga la ilusión, aunque no sea más que por un minuto, de que estrena también una vida, como las serpientes, supongo, cuando cambian de piel.

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Lo único que me interesa de Cuba, la película de Richard Lester, es reconocer los escenarios, la mayoría de ellos localizados en Cádiz y alrededores. Y constatar cómo los lugares frecuentemente interpretan su papel mejor que los actores. Qué habanero resulta, por ejemplo, el decrépito hotel Roma, que conserva su nombre real en la película. Qué poco convincentes, en cambio, esos generales con sus uniformes recién salidos de la costurera, o esos guerrilleros vestidos de verde, con boina y barba, tan falsos como más de un revolucionario de pega que yo me sé.

miércoles, julio 08, 2009

ESPECTADOR

El amanecer que ven quienes se levantan temprano no es el mismo que el de quienes no se han acostado aún.

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Empiezo a ver los funerales de Michael Jackson en la CNN en el momento en el que la cantante Queen Latifah lee 'We had him', un poema de Maya Angelou, quizá la poeta norteamericana viva más conocida, especialmente escrito para la ocasión. Y trato de imaginar cual sería el equivalente a esta situación en el mundo de la cultura y el entretenimiento en España: quizá, no sé, un poema de Antonio Gala (o mejor, de Antonio Gamoneda) leído por Ana Belén en los funerales de, pongamos, Julio Iglesias... No funcionaría, claro, porque esa capacidad de tomarse perfectamente en serio lo que en otras latitudes resultaría afectado o cursi es típica y exclusiva de los norteamericanos, y lo mismo produce momentos tan memorables como el discurso inaugural de Obama que rituales tan desmedidos y fuera de lugar como estos funerales de estado dedicados a una simple figura de la farándula, y ni siquiera la más interesante. Lo que no quiere decir, en fin, que no resultaran dignos y, en su estilo, perfectos. Sólo que se pregunta uno si la atribulada humanidad no tendrá motivos más serios y oportunos de llorar colectivamente, que no sean estas ocasiones inducidas y, a la postre, intrascendentes.





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Volviendo a lo de antes: cuando uno ve amanecer sin haberse acostado, es como si el nuevo día lo recibiese sólo a título de espectador.

lunes, julio 06, 2009

LA PALABRA

Primer día propiamente ajustado a los tópicos vacacionales: sol, piscina, comida y bebida copiosas, intimidad despreocupada... Y, al día siguiente, como consecuencia de esa especie de aflojamiento general de las tensiones acumuladas (que eran muchas, ay, y alguna que otra de naturaleza más bien malsana), mucho sueño... En años anteriores he dejado aquí constancia de este fenómeno, que es relativamente nuevo, y del que no me consta que existiera cuatro o cinco años atrás. Puede que sea la edad la que empieza a asimilar el concepto de descanso al hecho fisiológico de dormir. Los años simplifican las cosas. Y puede que sea también la edad la que me lleva a aceptarlo sin complejos: duermo como una marmota, primero hasta bien entrada la mañana, luego en las horas previas al almuerzo, luego después de comer...

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Por la tarde-noche, Ordet (La palabra) la severa película de Dreyer sobre la fe y la posibilidad del milagro, que M.A. tenía muchas ganas de volver a ver. A esta película le pasa lo que a las buenas películas de intriga: si se sabe el desenlace, el desarrollo parece demasiado previsible. Emociona, de todas formas, el modo directo y casi obsceno en el que Dreyer plantea el drama humano que sustenta su historia: resultan casi insoportables las lágrimas de los dolientes ante la pérdida de un ser amado, la inanidad de los consuelos al uso... Todo esto, en fin, pone un nudo en la garganta y hace olvidar, por unos instantes, que va a suceder un absurdo e inexplicable milagro, propiaciado por la fe de una niña y un loco (o de uno que estaba loco y ya no lo está en este momento culminante de la historia, pero tampoco está, todavía, del lado de la razón común). Y el milagro sucede. Y uno, que intuye que la inteligencia, el rigor de Dreyer ha querido llevar la película por unos derroteros que no son, precisamente, los de la piedad barata y sentimental de Marcelino, pan y vino, pongo por caso, se pregunta qué ha querido dar a entender. Tal vez, simplemente, que la razón humana, por serlo, se autolimita ridículamente, y que excluye demasiado aprisa lo que considera de antemano irrealizable o imposible. "Qué poco creen estos creyentes", dice el loco. Pero no son sólo los creyentes los que creen poco, sino todos los seres humanos, en virtud de mecanismos que sería largo explicar, y que frecuentemente nos llevan a aceptar como buenas precisamente las soluciones más burdas o absurdas.

sábado, julio 04, 2009

NABOS

Con esto de la crisis, mi supermercado se ha sovietizado: quiero decir que ha reducido la variedad de productos a la venta, para ahorrar, dicen, en gastos de distribución, lo que debería redundar en una bajada general de los precios. La verdad es que hasta ahora no ha notado uno esa rebaja general, por lo que me temo que la ganancia sólo ha sido para el empresario; y también, de rebote, para esa austera moral de crisis que se va imponiendo en según qué ámbitos. Así que voy y le pregunto al reponedor, con la mejor de mis sonrisas: “¿No estaban por aquí las latas de cebolla frita?”. Y éste, mirándome con gesto de absoluta desaprobación, me dice que ya no, que tenían poca salida (es decir, que pertenecían al ámbito de lo minoritario, tan mal visto por los partidarios de la austeridad impuesta), y que ahora sólo hay latas de cebolla con calabacín, que al parecer es alimento más equitativo y democrático... Tampoco encuentro apio blanco para ensaladas, y la única alternativa posible para aviar una aristocrática (y muy económica, por cierto) ensalada Waldorf es utilizar el áspero apio verde, duro y fibroso… También hay nabos, en abundancia, pese a que me da la impresión de que no es un alimento demasiado demandado en estos tiempos de estómagos débiles. Y tengo la sospecha de que esta preferencia obedece al mismo principio de antes: en tiempos de crisis, parece mucho más ajustada al sentir general la idea de cocer nabos que la de cortar apio blanco a taquitos y aliñarlo con salsa de yogur.

Podrían aducirse otros ejemplos: el cacao enriquecido con frutas, preferido de mi hija, ha cedido su puesto al cacao básico y cuartelero, que cuesta casi lo mismo, pero concuerda plenamente con el farisaico concepto de austeridad que practica este supermercado. Naturalmente, no es uno nadie para discutirle a esta empresa su política de precios. Y todavía, no sé si por mucho tiempo, me queda el recurso de irme al supermercado de al lado, más tolerante y, para buscar lo que echo en falta en éste. Pero hay dos o tres detalles que me hacen pensar. Primero: si la demanda anda recelosa, ¿la respuesta lógica de quienes venden productos no debería ser mantener o ampliar la oferta, para animar a los compradores renuentes? Y segundo: ¿acaso no hay, incluso entre los propios capitalistas, quienes parecen congratularse de que haya una ocasión de meter en cintura a una sociedad cuyos hábitos de consumo resultaban demasiado caprichosos e imprevisibles? ¿No es más fácil que todo el mundo coma nabos, en vez de satisfacer el capricho de quien prefiere ensaladas con apio?

Y una última cuestión, que quizá debiera ser la primera: ¿qué ha sido de los empleos de quienes cultivaban el apio caído en desgracia, o de quienes envasaban cebolla frita? ¿Acaso no valen tanto como los de quienes siembran nabos?

Publicado el martes en Diario de Cádiz

viernes, julio 03, 2009

PANTEÓN

Entre el ruido que lleva uno dentro y el que hay fuera, aquí no hay quien duerma.

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Si me preguntaran qué cineasta me gustaría ser, no diría Eisenstein, ni Ford, ni Kurosawa, por lo mismo que, si me dieran a elegir un escritor en el que encarnarme, por discreción no elegiría a Dante, ni a Cervantes, ni (ahora que estoy en ello) a Proust. En lo primero, se me ocurre que no estaría mal conformarse con ser un Stanley Donen, pongo por caso. Haber hecho unos cuantos musicales, un par de películas personales (Dos en la carretera, Lío en Río) y algunos ejercicios de estilo, del tipo de
Charada o Arabesco... Y rematar la trayectoria de uno con una pieza tan sugerente y melancólica como Love Letters. Con eso bien puede uno retirarse satisfecho. Y sin que te pongan necesariamente en ningún panteón.

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No me resisto a copiar esto, de La parte de Guermantes: "Los necios se imaginan que las grandes dimensiones de los fenómenos sociales son una ocasión excelente para profundizar más en el alma humana; deberían comprender, al contrario, que bajando a las profundidades de una individualidad es como tendrían la oportunidad de comprender dichos fenómenos". Cómo me alegro de que Proust esté en la buena tradición, y no en la otra (tan vigente, ay, en ámbitos como la pedagogía moderna o la política).

jueves, julio 02, 2009

LA PARTE DE GUERMANTES

Cuanto más se adentra uno en En busca del tiempo perdido, más impresiona la arquitectura, tanto del conjunto como de cada una de las partes, y también la poderosa mente que la gobierna. Acabo de terminar la primera mitad de La parte de Guermantes, el tomo doble que constituye la tercera entrega de la serie. Constituye esta mitad, como Un amor de Swann dentro de la primera entrega, una novela autónoma por derecho propio. Asombra, ya digo, el perfecto control que el autor parece tener sobre un material tan fluido y heterogéneo, y cómo ese control le permite unos atrevimientos y libertades que ya quisieran para sí muchos autores de intenciones más declaradamente rupturistas.

Esta primera parte empieza con lo que, de entrada, podría desanimar al lector que ya le haya tomado el pulso a Proust en los dos tomos anteriores: una larga disquisición, en clave paródica, sobre lo que significa para el autor/narrador el aristocrático nombre de Guermantes... El narrador acaba de mudarse a un piso perteneciente al palacete parisino en el que reside la duquesa de ese nombre, y toda la novelería que es capaz de desplegar en torno a ese hecho desemboca en una especie de enamoramiento juvenil que resulta más bien enojoso a la destinataria del mismo, la propia duquesa. Consciente de ello, el narrador pone tierra por medio y pasa unos días en la ciudad de provincias en la que está destinado su amigo Saint-Loup, militar y Guermantes también él.

Este episodio sirve de transición a lo que constituye el núcleo de la novela: la narración, que ocupa unas doscientas páginas, de una sola jornada en la vida del narrador, ya de vuelta a París. Por la mañana acompaña a Saint-Loup a las afueras de la capital, en donde éste va a reunirse con su amante, y luego almuerzan los tres en un restaurante, donde el narrador presencia una lamentable disputa de la pareja. El amigo lo emplaza a reunirse con él más tarde, en casa de la marquesa de Villeparisis, otra Guermantes un tanto venida a menos... Y lo que sigue, que ocupa un centenar largo de páginas, es la fascinante narración de cuanto sucede en ese salón, sostenida con el pulso con el que Coppola arma las largas secuencias de fiestas de las dos primeras partes de El padrino, y en la que, como en éstas, el autor se las arregla para retratar certeramente a cada personaje, trazar la malla de relaciones que los unen y definir el clima social y político de la época, marcado por las repercusiones del famoso affaire Dreyfus.

Pero, por si este ejercicio de virtuosismo no fuera suficiente, el autor todavía nos reserva, a modo de contrapunto, un sorprendente encuentro entre el narrador, entonces un adolescente con aspiraciones literarias, y el recurrente barón de Charlus, que, como el Brunetto Latini de La Divina Comedia, lo alecciona y se le ofrece como guía en las procelosas aguas del ascenso social y literario, en medio de un fantasmal París nocturno en el que pasan de largo los coches de punto, conducidos por cocheros borrachos... La novela termina con un breve episodio familiar, en el que se da cuenta de la enfermedad de la abuela del protagonista.

Anoto estas observaciones a modo de recordatorio, como hacía antaño en mis cuadernos juveniles de lectura. No quiero perder puntada. Hay algo abrumador en la constatación del modo por el que una inteligencia como la de Proust gobierna un universo tan abigarrado, tan rico en detalles y, a la vez, tan claramente subordinado a unas líneas maestras, no por difuminadas menos evidentes. Y pasearse por ese mundo, cien años después de que el autor lo pusiera en pie, no deja de ser un privilegio.

miércoles, julio 01, 2009

EX

Este C. no ha cambiado nada. Bromeo con él, como bromeábamos hace un cuarto de siglo, cuando los dos éramos escritores principiantes. Aludo a su posible éxito entre las estudiantes norteamericanas a las que da clase. Se encoge de hombros. "A mí ya no me interesa eso", dice. "La única mujer que me interesa es la Virgen María".

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Lo que una traducción añade a un poema ya no pertenece ni al poeta que lo ha escrito ni a las presuntas habilidades del traductor: es la voz impersonal del idioma al que ha sido traducido, en la que resuena su propia tradición literaria. Como sucede, constaté ayer, en este poema de mi amiga Ch., que ella ha tenido la ocurrencia de traducir al gallego e hizo leer en voz alta por una nativa de esa tierra: Levei a voz do mar, / enmudeceu nas caracolas... Ya no es ella la que habla en ese poema, sino otra voz mucho más antigua: la que dictó las Cantigas.

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Ha trasnochado tanto -o eso dice- que ya le ocurre como a los ex-alcohólicos: le basta estar en la calle hasta la medianoche para embriagarse con el recuerdo de lo que dan de sí las noches cuando se las apura hasta el final.