lunes, agosto 31, 2009

GRILLOS



Mientras charlamos animadamente en esta terraza a pie de playa, oímos cantar grillos. Y de pronto reparo en un detalle en el que hasta entonces no había pensado: ¿puede haber grillos en una playa? ¿De qué se alimentan? Porque hierba no hay, ni nada que se le parezca. Y entonces caigo en la cuenta de que a lo mejor no son los grillos, sino que es la propia noche, henchida de sí misma, la que canta.

***

Tal vez a alguien pueda parecerle extraña esta afirmación, pero el hecho es que estas vacaciones me han parecido más largas que otras, y que, en su modesta variedad -los días de julio en casa, trabajando en mi nueva novela, el breve viaje a finales de julio, las semanas en la sierra, la vuelta a casa y el reencuentro con amigos- casi equivalen más a un periodo vital diferenciado, caracterizado por sus propios ritmos y estados de ánimo, que a una simple pausa entre dos cursos. Supongo que el hecho de cambiar de destino laboral contribuye a difuminar cualquier expectativa de mera reanudación de la rutina interrumpida, y que la falta de impresiones precisas de lo que tengo por delante ha hecho que su inminencia, por así decirlo, no se haya dejado sentir con la intensidad y precisión que otras veces. Quizá ésta sea la única manera efectiva de afrontar unas vacaciones: dar algo definitivamente por zanjado, y no tener ideas demasiado claras de lo que se tiene por delante. Por eso éstas han cundido tanto. Y espero haber aprendido algo de ellas.

viernes, agosto 28, 2009

VUELTA AL COLE

Habrá que esperar a finales de septiembre, e incluso puede que a mediados de octubre, para dar por terminado el verano en lo que a temperaturas y vestimenta se refiere. En lo referente al ánimo, las cosas ocurren de otro modo; y, sobre todo, mucho antes: ya a mediados de agosto empiezan a llegarnos señales inconfundibles del advenimiento de la nueva estación: entre ellas, los folletos publicitarios que anuncian la “vuelta al cole”. Hay quien dice que el cole ya no goza del respeto y consideración de otros tiempos. No sé. Los publicitarios, que en esas cosas no se llaman a engaño, siguen utilizando el comienzo de curso como un efectivo reclamo, de lo que cabe deducir que esa fecha, aunque marque el inicio de deberes y obligaciones que no para todos los niños suponen lo mismo ni a todos los padres comprometen de igual modo, sigue ejerciendo sobre la gente una cierta capacidad de sugestión. En muchos, porque ese inicio supone una vuelta a la normalidad horaria, que ata por igual a niños y adultos, y proporciona a estos últimos la relativa tranquilidad de no tener que dejar a los primeros sueltos e inatendidos durante la mayor parte del día. Un pesimista diría que ésta es la única utilidad que esta sociedad le ve a la escuela, y que lo demás, las exigencias y deberes derivados de la misma, se considera accesorio o caduco. En España, quizá para compensar cierta tendencia natural al optimismo voluntarista, propio de los climas benignos, ha crecido enormemente en los últimos años el número de pesimistas.

Pero no queríamos meternos en esas honduras, sino anotar la llegada a nuestros buzones, como un primer indicio del otoño, de esos folletos que lucen en portada a un niño rubito, con cara de bueno, o a una niña con falda plisada y un lazo azul en el pelo. Mira uno a esos chiquillos, invariablemente vestidos con jerseys de lana y calcetines altos, y no puede por menos que imaginarse el calor que habrán pasado bajo los focos del estudio fotográfico… Lo que redunda, en fin, en la imagen disciplinada y seria que transmiten. ¿Dónde habrá niños así? Más que a la escuela de hoy, tan desdibujada, parecen asistir a una escuela intemporal, en la que realmente se les exija esa pulcritud indumentaria (un tanto anacrónica, diríamos) y les pidan todos esos materiales escolares que anuncia el folleto: esos vistosos cuadernos, esas resmas de folios, esos estuches de lápices…

No es que uno sea demasiado partidario de los ensueños de la publicidad. Pero, desde estas complacientes postrimerías del verano, conforta comprobar la pervivencia de uno de los hitos del calendario humanista, al que ya dedicó versos fray Luis de León: el comienzo de curso, con su olor a tinta nueva y su sugestión de árboles que empiezan a deshojarse, mientras los niños cantan la tabla de multiplicar… Que así sea, y por muchos años.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

jueves, agosto 27, 2009

PASEO VESPERTINO

Durante nuestro paseo vespertino, a la fresca, después del entumecimiento de un largo día sin salir de casa, nos topamos con una pelea entre dos adolescentes. Obedeciendo a un reflejo profesional, me interpongo entre ellos, a riesgo de recibir alguna de las patadas y puñetazos que se están arreando. En ese momento no advierto quién es el agresor y quién el agredido, aunque el gesto de uno de ellos de asestarle al otro, estando ya separados y este último en el suelo, una última patada en las costillas aclara bastante las cosas. Se acercan unas señoras a atender al caído, que sangra por la nariz, y un viejo que se había limitado a mirar desde su asiento en el cantil del Paseo Marítimo recrimina ahora -eso sí, en voz creo que no lo suficientemente audible- al agresor, que se retira.

Es un niño corpulento, de ésos en los que la gordura se resuelve menos en morbidez que en fuerza bruta. Un cacho de carne con ojos, como decimos por aquí. En su retirada, advierto que se le unen dos comparsas, que hasta ahora se habían mantenido ajenos al incidente: un canijo y un tipo desgarbado y con gafas. Como nuestro recorrido coincide con el del trío, no podemos por menos que observar sus actitudes: primero, el gordo se muestra comedido y mira hacia atrás, supongo que temeroso de que el lamentable espectáculo que ha provocado pueda tener todavía alguna consecuencia. Sus compañeros callan. Pero, poco a poco, el primero se va animando y, en cuestión de minutos, lo vemos vanagloriarse de su hazaña y recrearla con toda clase de aspavientos. Opto por cambiar de camino, por tal de no seguir viendo tan odiosas demostraciones. No sin antes observar, en fin, que en este envalentonamiento retrospectivo juega un papel fundamental el asentimiento tácito de los dos comparsas, el canijo y el de las gafas, que no han participado en el incidente, pero tampoco han mostrado ni compasión por el agredido ni rechazo contra el agresor. Y no puedo evitar que se me agrie el paseo, y hago el camino a casa en silencio, mientras en la cabeza me bullen toda clase de ideas negras.

miércoles, agosto 26, 2009

EXPIACIÓN

Hace apenas una semana que J.C., un conocido que me ha estado proporcionando películas este verano, me confesaba su admiración por las de Peter Greeneway; lo que, como en otras ocasiones similares, me ha dejado en un estado de estupor. Primero, porque a mí no me gusta el cine de Greeneway (y ayer, como para confirmarlo, me tragué la soporífera Ronda de noche (Night Watching), uno de sus últimos engendros: como todas sus películas, una mera sucesión de cuadros, entre pictóricos y teatrales, en los que prima la escenografía -la carpintería y el maquillaje, diríamos- sobre cualquier atisbo de guión, argumento o ritmo cinematográfico). Pero, también, porque no veo la menor relación entre lo que este cine propone y el humor, el carácter o los intereses que presumo en quienes dicen admirarlo. Lo que me lleva a la conclusión, no sé si fiable, de que esta admiración es impostada, y que sobre ella pesa más el prestigio de ciertas propuestas estéticas que el disfrute real que se pueda experimentar presenciándolas.

***

A este J.C., de todas maneras, le debo haber vuelto a ver, después de muchos años,
Zéro de conduite (1933), la extraña, contrahecha y fascinante película de Jean Vigo. Si la gran aportación del cine americano es el western, la del cine francés es sin duda las películas con niños; con niños, entiéndase, plenamente expuestos a los infiernos cotidianos urdidos por los adultos. De eso va Los cuatrocientos golpes, Au revoir les enfants, La guerra de los botones, o, ya que estamos en ello, Los niños del coro. La de Jean Vigo se adelanta a todas ellas en la consideración de que ese infierno impuesto es esencialmente ridículo y absurdo, y el análisis que mejor le conviene -más, incluso, que el discurso político o existencialista que sustenta las otras películas citadas- es la mera constatación de ese absurdo. De ahí, quizá, que la película resulte un tanto irritante. Pero porque toca, más que ninguna otra, la fibra sensible del siglo pasado: el desmedido peso de las ideologías, y la absoluta irrelevancia de todas ellas.



***

(Anoto aquí el propósito de regalarle a J.C. un ejemplar de mi
Me enamoré de Kim Novak. En agradecimiento a sus atenciones; y en expiación de la posible indiscreción aquí cometida al poner en cuestión algunos de sus gustos.)

martes, agosto 25, 2009

EL DESENCANTO

Vuelvo a ver El desencanto (1977), de Jaime Chávarri y constato, no sin cierta sorpresa, que la película no sólo no ha envejecido, sino que, despojada de ciertas asociaciones coyunturales, ha ganado en frescura y relevancia. Ya no es, en efecto, una metáfora de la Transición a la democracia, ni un juicio abierto a las generaciones que conocieron y toleraron la dictadura, sino una serena reflexión sobre las relaciones de familia, sobre la posible permeabilidad de valores y vivencias entre distintas generaciones y sobre el papel que en todo ello juegan las ambiciones personales, en este caso literarias, de algunos de los partícipes en el drama.

La película se sitúa en el año 74, cuando, a los doce años de la muerte del poeta Leopoldo Panero, el ayuntamiento de su pueblo natal, Astorga, inaugura un monumento a su memoria, en un acto al que asisten la viuda, Felicidad, y dos de los hijos de ambos, Michi y Juan Luis. En otras secuencias conoceremos al tercer hijo de la familia, Leopoldo María, distanciado, resentido y marcado por su paso por instituciones psiquiátricas y la cárcel. Los cuatro hablan, aparentemente sin ambages, de las relaciones de familia y de los recuerdos que tienen del padre muerto, casi unánimemente descrito como indiferente y autoritario, además de dotado de una especie de aura pública de prócer, o de poeta semioficial, que pesa como una losa sobre sus relaciones con el resto de la familia.

Pero más interesante aún que la relación con el padre muerto, es la que se establece entre los supervivientes; entre la madre, por un lado, y los hijos por otro, o entre éstos entre sí. Hay que decir que Felicidad Panero se gana de inmediato al espectador por su elegancia, incluso por su belleza madura, amén de por su discurso a medias irónico y nostálgico, contra el que resulta empequeñecido y casi inoperante el continuo recurso de sus hijos al reproche o al sarcasmo. Pero también acabamos adivinando en ella un fondo casi perverso de indiferencia, seguramente adoptado como recurso defensivo contra el marido demasiado absorbente y contra una realidad empequeñecida y sórdida, muy distinta de la que esta afiliada al Jockey Club conoció en su juventud, en tiempos de la República. Y adivinamos que este distanciamiento defensivo, aunque siempre cordial, de la madre pudo ser tan letal para los hijos como el atrabiliario autoritarismo del padre alcohólico y megalómano. En contraste con estos padres singulares e inalcanzables crecen los tres hijos: el frívolo Michi, el atildado Juan Luis, el descentrado Leopoldo María. El que estos dos últimos sean poetas, como el padre, no hace sino añadir un motivo más de rivalidad y recelo entre ellos. La película se resiente, quizá, de concederle, en este respecto, una mayor atención a Leopoldo María, entonces literariamente mejor considerado que su hermano; aunque curiosamente, es este último el único al que se le permite leer un extenso y lúcido poema, "Frente a la estatua del poeta Loepoldo Panero". Esta consideración de uno y otro hermano en el mercado literario ha variado, y ahora es Juan Luis quien goza de un merecido prestigio, mientras que la obra del hermano está prácticamente olvidada.

Son éstos, quizá, los únicos aspectos que asignan esta película al género documental, lastrando su posible consideración como drama puro, interpretado por "actores" que son también sus protagonistas en la vida real. La melancólica fotografía en blanco y negro, de grano grueso, forzado, como si hubiéramos tenido que forzar los ojos para ver mejor en un interior en penumbra, añade una discreta nota esteticista y un matiz de atemporalidad a esta película que salió a la calle cargada de referencias al momento histórico. Ahora éstas son lo menos importante en ella, y eso dice algo también de nosotros, sus espectadores.

lunes, agosto 24, 2009

HISTORIARSE

En casa de nuevo, esta vez ya con el designio claro de reanudar las rutinas interrumpidas por las vacaciones. Todavía no me toca volver al trabajo, pero basta reincorporarse al entorno cotidiano para que toda una serie de hábitos vuelvan a imponerse y a llenar el tiempo de uno. Resolver, por ejemplo, algunas cuestiones domésticas, postergadas por las vacaciones. Reanudar la escritura de la novela que empecé en julio. Y, por supuesto, volver a este cuaderno, cuya continuidad quedó interrumpida no sólo por las vacaciones, sino también por la avería del instrumento con el que lo escribo, este ordenador, oportunamente fuera de uso para permitirme un descanso que, de otro modo, yo no hubiera acertado a concederme... Ahora estoy de nuevo sentado ante él. Me parecía que, cuando llegase este momento, no iba a dar abasto: tantas son, o deberían ser, las incitaciones a escribir acumuladas durante las últimas semanas. Libros, películas, paseos, impresiones. Algo, sin embargo, me disuade de emprender en frío una crónica de estos días limpios de escritura, y ni siquiera el deseo de no dejarlos fuera de este dietario (y, por tanto, condenados al olvido) basta para animarme a lo que, ahora, me parece un esfuerzo desproporcionado y sin objeto. Bueno, ya irán aflorando esos recuerdos, sin necesidad de forzarlos. Y lo que sí se me impone, ante el espacio en blanco, es la certeza de que un diario no es, no puede ser, un simple intento de historiarse, sino un hábito que sólo tiene sentido en relación con otros, y que, fuera de ese contexto, se convierte en un esfuerzo ingrato y sin sentido. Necesitaré recobrar el conjunto de mis rutinas, por tanto, para que esta rutina particular cobre vigor y pertinencia. En ello estamos.

viernes, agosto 21, 2009

HIPPIES

Como en esto de los aniversarios los hay para todos los gustos, hay quienes se han acordado de que en este verano se cumplen cuarenta del que se llamó "verano del amor", el de 1969, que se consideró el apogeo del movimiento hippy. Ese mes de agosto se celebró el festival de Woodstock, y la iconografía derivada del mismo (melenudos, chicas con los pechos al aire, hombres y mujeres bañándose desnudos en una charca) llegó a todos los periódicos y boletines informativos. También, más despacio y no sin algún resquemor, fueron llegando a la opinión pública noticias de que no todo había sido tan idílico; que, junto a las profesiones de paz y felicidad, había habido peleas, actos vandálicos y muertes por sobredosis, a la vez que una legión de inadaptados y colgados extendía por el mundo la imagen de que para ese viaje (y aquí la palabra "viaje" tiene obviamente más de un sentido) no se necesitaban tales alforjas.

Yo era un niño entonces; y, como todos los niños, me aferraba estrictamente al punto de vista receloso de los mayores. Luego, cuando mi opinión cambió, ya la moda había pasado: los jóvenes de entonces (hablo de finales de los setenta) daban la espalda al bucolismo y al pacifismo
hippies y practicaban la estética urbana y bravucona de los punkies. Pero bastaba con moverse un poco para descubrir, en cualquier playa o sierra recóndita, a algún superviviente de la moda fenecida: casi siempre, regentando una tienda de artesanía, o un restaurante vegetariano, o un chiringuito. Tenían modales pausados, y sólo en el fondo de la mirada mantenían una chispa exaltada que, con la edad, había adquirido tonalidades entre proféticas y patriarcales. Con muchos reparos, les compraba uno una jarapa o una jarra vidriada, mientras empezábamos a intuir en ellos a los empresarios (de la hostelería, de la decoración, etc.) que, en pocos años, llegarían a ser, como algunos sus coetáneos de mayo del 68 empezaban a destacarse como reputados intelectuales o incluso como firmes candidatos a ministros.

Con todo, no tiene uno en mal concepto a esos hippies de entonces: con sus modales irreverentes, su hedonismo, su falta de respeto a las convenciones (y sus melenas, en fin, y sus cachimbas), pusieron los fundamentos de este individualismo moderno que, mal que bien, va resistiendo los embates de otras doctrinas y modos de vida de signo contrario. Que un oficinista se quite la corbata el viernes y sea feliz durante un fin de semana vistiendo una camiseta y unos vaqueros raídos y durmiendo en una choza en el campo tiene algo que ver con esa utopía de vestimentas florales y ritos comunales alrededor de una hoguera. Ya sé que a algunos esto les parecerá muy poca cosa. Pero, qué quieren que les diga: no todas las utopías del siglo veinte han resultado, a la postre, tan inofensivas. Lo que es muy de agradecer.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

jueves, agosto 20, 2009

ROBOCOP

Reparado el ordenador. Le han cambiado la placa base, la memoria RAM, el ventilador y la tarjeta de sonido. No me pregunten qué son esas cosas, o para qué sirven. Por lo que colijo, es como si a uno le hubieran hecho un trasplante de corazón, de pulmón y de cuerdas vocales, todo a la vez. El resultado ya no es uno. O lo es en la medida en que Robocop sigue siendo el desgraciado agente de policía cuyos restos sirven de base al cyborg. En qué absurdos berenjenales se mete uno por esto de la tecnología. Antes, cuando sólo se contaba con la Olivetti y el papel carbón, las cosas eran más sencillas. Y más difíciles también.

viernes, agosto 14, 2009

MILENIO

La prueba de que un best-seller no es exactamente un libro es que con frecuencia los encuentra uno en lugares donde no suelen estar los libros. Va uno al quiosco de prensa, por ejemplo, y allí donde debía figurar el último número de la revista juvenil que le ha encargado a uno su hija, y en cuya portada debía aparecer el rostro bobo y guapetón de los Jonas Brothers, encuentra uno, como un grumo espeso en la materia ligera de la que está hecha la prensa periódica, un tomazo negro de la serie Millennium. “¿Tiene esto salida?”, le pregunto al quiosquero, porque a uno le gustan los diagnósticos sobre el estado del mundo que suelen hacer quienes lo contemplan del otro lado de un mostrador. “¿Que si tiene salida? Llevo vendidos lo menos cien”. Salgo del quiosco ponderando el dato. Y entonces me doy cuenta de que se me han acabado los chicles clorofilados: ésos que, amén de refrescarte el paladar, te permiten aparentar un pasado bronco de hombre que se ha echado al gaznate todo tipo de sustancias irritantes. Y en el estanco, entre los cartones de rubio, aparece ¿adivinan qué? Un ejemplar de Los hombres que no amaban a las mujeres. “¿Fuma esto mucha gente?”, pregunto al estanquero. Y éste, que es hombre parco, porque para vender diariamente varios centenares de cajetillas en las que se vaticina la muerte segura de sus compradores hay que tener el ánimo templado, me dice estoicamente que, en todo caso, quienes gastan esa labor puede que terminen padeciendo miopía o vista cansada, pero nunca cáncer de pulmón.

Entro, por último, en un socorrido establecimiento de mi barrio llamado “El desavío”, donde, como su nombre indica, se expende todo aquello que a uno previamente pueda habérsele olvidado, y sin lo cual, en un momento dado, puede uno llegar a sentirse muy desgraciado: pan, bebidas, periódicos, tabaco, chucherías… Y, al ver un ejemplar allí de La reina en el palacio de las corrientes de aire, entiendo que el dueño de este comercio, que posee una sólida opinión sobre las costumbres de sus vecinos, sabe que hay gente en el barrio que, a la mitad de una mañana de domingo, por ejemplo, a esa hora incierta en la que uno lo mismo se enchufa a la tele que se decide a ingerir un tubo de pentotal, hay quien sale a la calle en busca de un comercio abierto en el que le vendan el susodicho.

Naturalmente, nada de lo dicho prejuzga la calidad de los libros de Stieg Larsson. En todo caso, lo que queda en cuestión es la condición material de los mismos. Están donde no tienen que estar. En cambio, sé de quien lleva semanas intentando sacarlos de la biblioteca pública y allí le dicen siempre que sí, que los tienen, pero que ya están prestados o solicitados. Con lo que resulta que, en el lugar que les es propio, sólo se encuentra su espectro informatizado... Con lo que nada es lo que debiera.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

martes, agosto 11, 2009

UNA DEL TURBIO

No es la primera vez que, al volver de vacaciones, me encuentro con una avería doméstica: en este caso, del ordenador. Algunos aparatos, como ciertos animales domésticos, parecen resentirse del abandono. Y se vengan, claro, como esos gatos orgullosos que, cuando se les ha dejado solos unos días, te vuelven la cara y te muestran ostentosamente la grupa y el rabo enhiesto.

***

Encrucijada de odios (Crossfire), de Edward Dmytryk, no es, ni mucho menos, una gran película, pero goza de cierto prestigio por contener uno de los primeros alegatos explícitos del cine contra el antisemitismo latente en la sociedad norteamericana. Sin embargo, vista la película con los maliciosos ojos de hoy, da la impresión de que este mensaje antisemita no es sino una rectificación de lo que, en su día, hubiera sido mucho más atrevido aún: un alegato contra la homofobia. Porque, en efecto, la situación que plantea la película, en la que unos soldados conocen en un bar a un hombre acomodado, que los invita a unas copas en su piso, se ajusta más a la tipología de ciertos encuentros homosexuales que a un contexto significativo en el que plantear prejuicios antisemitas. Los soldados se aprovechan de la hospitalidad del desconocido y luego, ya cargados de copas, se insolentan con él y, en el forcejeo, lo matan. Bastaría con cambiar el doblaje, como hacían los antiguos censores, para que esta lectura se impusiera por su evidencia.

***

Abro una botella
del turbio, es decir, de este ribeiro peleón que ponen en las tabernas de Pontedeume. Y, al hacerlo, me da por pensar que esta combinación de vino y epíteto (¡una del turbio!) constituye una especie de homenaje inconsciente a ciertos giros y modismos del gran Fernando Quiñones, que en cierto poema de Las crónicas de Castilla hacía que un parroquiano pidiera una del áspero, y casi nos hacía sentir esa aspereza en la boca.

viernes, agosto 07, 2009

ANONIMATO

De todas las noticias, estadísticas, etc. relacionadas con los primeros cien días en el cargo del actual presidente andaluz, la única que me ha interesado ha sido la que constata que más de la mitad de los andaluces no sabe quién es. Nada más que por eso, este hombre merece mi simpatía. Y creo que sería todo un logro si llegara al final de su mandato –para lo que le faltan, dicen, otros novecientos días– sin perder este bendito anonimato. Vivimos en un estado permanente de hiperpolitización, lo que no quiere decir que nos entreguemos con frecuencia a apasionantes debates sobre el estado de la cosa pública, sino, simplemente, que no podemos mirar un periódico o encender la radio o el televisor sin que nos asalte el rostro o la voz de un político y nos haga partícipes de sus castillos de humo, sus palos al agua, sus inquinas contra otros políticos. Sabemos que R. detesta a Z., y que Z. y los suyos detestan a R. Sabemos que hay políticos que aceptan regalos (trajes, por ejemplo) de particulares, y que a veces esos comportamientos terminan siendo investigados por los tribunales. Abrimos el periódico junto a la piscina y nos sale una ministra anunciando quiénes deberán vacunarse de la gripe… Es posible que, en ese caudal de proclamas, anuncios, desmentidos, etc. haya un cierto número de informaciones útiles al ciudadano: la concerniente a la gripe, por ejemplo, aunque todos sepamos ya que el único anuncio tranquilizador, a este respecto, será el correspondiente aviso del dispensario en el que nos toque vacunarnos, y no el rostro sonriente de la ministra que promete velar por nuestra salud. Desearía uno políticos discretos, silenciosos, casi anónimos, que desempeñasen sus cometidos sin grandes alharacas, y que no nos hiciesen pensar, tras cada anuncio grandilocuente o cada desmentido categórico, que hay gato encerrado en su gestión, porque, si no lo hubiera, no pondrían tanto empeño en magnificar lo que hacen o en guardarse las espaldas.

Por eso debería alegrarnos que el presidente autonómico que nos ha tocado en suerte sea tan poco conocido. Eso no significa que sea mejor o peor que otros; pero, al menos, la mitad de sus gobernados se ahorran la sensación de tener un nombre más que recordar, una nueva presencia pública gravitando sobre sus cabezas. Habrá quien relacione este hecho con el bajo nivel cultural de muchos andaluces, y con el preocupante hecho de que no lean periódicos o sigan los informativos de la televisión. Pero eso no les impide conocer las alineaciones de los principales equipos de fútbol, pongo por caso; lo que demuestra que, más que falta de acceso a la información, lo que hay es una selección previa de lo que les interesa y lo que no. A algunos podría preocuparles. A mí no: yo tampoco sé cómo se llama el presidente de mi comunidad de vecinos, y vivo tan feliz.


Publicado el martes en Diario de Cádiz

jueves, agosto 06, 2009

ESTREMECIMIENTOS


Hay un estremecimiento ante lo abierto y otro ante lo cerrado: el que se siente sobre los barrancos y despeñaderos del cabo Estaca de Bares podría ser del primer tipo; el que se experimenta en las gargantas de las Fragas do Eume sería del segundo. Y la diferencia es clara: en uno, los elementos amenazan con arrebatarte, con arrancarte de tu más o menos firme sustento en el suelo; en el otro, es el propio suelo el que podría hundirse bajo tus pies y tragarte; o, mejor dicho, cuando uno pierde las referencias en un paisaje de este tipo, es como si éste te hubiera tragado ya.

miércoles, agosto 05, 2009

CATEDRALES

También habría que decir algo de As Neves, y de Pontedeume, y de Santiago, y de toda esta bendita confusión que, más allá de mi desconocimiento o de las impresiones superficiales de este breve viaje, llamaré mi experiencia de Galicia. Una experiencia que, como no podía ser menos, empieza ajustándose al tópico, para luego desmentirlo; por eso, quizá, el cielo, hasta entonces despejado, se nubla nada más pasar el túnel de Piedrafita, entre Lugo y León, y el paisaje cambia, y los verdes se enseñorean de un panorama que hasta entonces -pesaba sobre mi ánimo la reciente lectura de Antonio B., el Ruso, la espeluznante novela de Ramiro Pinilla sobre un hijo de la montaña leonesa- despertaba en mí toda clase de aprensiones.

***

Sé que lo que voy a anotar aquí no es precisamente una de esas observaciones que lo adornan a uno; pero, si uno no es sincero en su diario, ¿en qué otro sitio podría serlo? A lo que iba: las catedrales, vista una, vistas todas. Con matices, claro, porque la de Salamanca, por ejemplo, parece hecha de piedra luminosa, y contagia esa calidez a su interior, mientras que la de Santiago parece una excrecencia del suelo granítico y, como tal, recibe al visitante con el frío de las cuevas halladas en el monte.

***

Que del coro románico del maestro Mateo apenas queden unas piedras, y que con éstas, como con las piezas de un rompecabezas incompleto, hayan intentado recontruirlo en el Museo de Arte Sacra ubicado frente a la catedral, dice algo respecto al afán moderno de no tocar nada, de no destruir ni una piedra con pasado: los antiguos lo hicieron sin el menor reparo, y ello les permitió construir las obras que hoy admiramos de ellos. A lo que se le podrían poner dos objeciones: 1) Que hoy no estamos tan seguros de que lo que podamos construir en el lugar que ocupa una obra antigua vaya a ser tan valioso como lo destruido, mucho menos a durar tanto; y 2) Que el antiguo no tenía tanto la intención de destruir, como la de reformar, ampliar, embellecer o mejorar lo recibido, y de ahí esa impresión de palimpsesto que producen tantas obras en las que son visibles las huellas de las distintas etapas de construcción y sus sucesivas transformaciones, mientras que los modernos simplemente destruimos lo que juzgamos superado o inútil.

***

Con todo, cuando uno contempla los sitiales reconstruidos del coro del Maestro Mateo, siente el vértigo de trasladarse a una catedral de Santiago anterior a la hoy existente, y a un mundo en el que la escala de las cosas cambia. Cuánto pesa lo gótico, en fin, y no digamos lo barroco, frente a la infinita sencillez del románico.

martes, agosto 04, 2009

ALPHONSE MUCHA Y OTROS HALLAZGOS

Que no comprase libros en el periplo de cuatro librerías que mencionaba ayer no significa que vuelva de este viaje con las manos vacías. Aquí, en Salamanca, en un puesto callejero, me saltó a la vista un ejemplar de María Fontán, una de las novelas "cinematográficas" de Azorín, quizá la más nombrada, que figuraba en mi lista virtual de lecturas pendientes desde hacía más de una década. Claro que más largo ha sido el tiempo que este ejemplar, que no guarda la menor huella de haber sido leído o ni siquiera manoseado por nadie, llevaba esperándome: desde mi infancia, porque fue impreso cuando yo apenas tenía tres años, y ha esperado a que yo me convierta en el hombre que soy, y desarrolle los gustos que tengo, y me decida a pasar unos días en Salamanca, y a pararme a pleno sol ante una mesa callejera de libros viejos, para salirme al paso.

***

Como me salieron al encuentro, a la puerta de esta otra librería de Santiago, mientras apretábamos el paso para ponernos a salvo del orvallo, estos ejemplares de Follas novas y En las orillas del Sar, editados por una venerable librería local
, y que adquiero por dos perras en una mesa de liquidación. Y es que en este viaje los libros me han rehuido cuando he ido a buscarlos; y, en cambio -como suele pasar, por ejemplo, con esas comidas inesperadamente espléndidas que se propina uno en el figón menos llamativo del mundo- han salido a mi encuentro cuando yo no tenía la menor intención de comprar ninguno, o ni siquiera de pararme a ojearlos.

***

Y este catálogo de la exposición de Alphonse Mucha que aloja la hermosa Casa Lis o Museo Modernista de Salamanca. Me conmueve la aplicación artesanal con que este dibujante, pintor, figurinista y diseñador resuelve todos y cada uno de sus trabajos. La que uno desearía para los suyos, si tuviera uno ese bendito rigor, esa bendita paciencia.

lunes, agosto 03, 2009

TENTENECIO

Mientras duró el viaje renunció uno a escribirlo. Ahora, de vuelta, escribe uno de lo ya pasado, y hace de ello la materia viva e inmediata de su actualidad escrita, de su vida en este diario. Paradojas de este hábito: no hay presente escrito; sólo lo pasado puede escribirse; y, mientras se está en ese proceso, el verdadero presente -el que vivo aquí y ahora, junto al balcón abierto, mientras la gata maúlla desconsolada porque M.A. y C. han vuelto a salir, después de haber estado ausentes una semana entera- queda aplazado otra vez.

***

Que la primera calle que te sale al paso al entrar en esta ciudad se llame "Tentenecio" revela, no sé si una cierta hostilidad hacia el recién llegado, o una mirada infinitamente compasiva hacia el que viene con intenciones de saberlo todo, de abarcarlo todo en una primera mirada.

***

Más sospechoso es que, a la vuelta de la esquina, la calle que alberga cierto archivo nacional cuyo contenido algunos reclaman con encendida retórica, se llame "Expolio". En este caso, la ironía, que ya es sarcasmo, no creo que corresponda sólo a los salmantinos -pues de Salamanca se trata- sino de las autoridades nacionales que gestionan ese discutido patrimonio.

***

Y uno con su papelito con las direcciones de cuatro librerías de viejo y, paradójicamente, ninguna gana de comprar libros, porque son ya demasiados los que uno tiene pendientes de lectura y ya ni el tiempo cunde tanto ni la vista de uno es lo que era. Cumplo mi programa escrupulosamente, de todas formas -eso sí, sin comprar nada-, con el resultado de que éste me lleva a rebasar ampliamente el perímetro de las zonas frecuentadas por los turistas, y a descubrir lo que, espero que sin demasiada presunción por mi parte, podría llamar la verdadera ciudad: la de los apresurados viandantes del Paseo de las Carmelitas, con sus terrazas llenas de señoras que toman cortados o refrescos, o la que vuelve de una deliciosa incongruencia la presencia, al final de una calle comercial, entre tiendas de moda y edificios modernos, de una curiosa iglesia románica de planta circular, la de San Marcos, cuyas aspilleras parecen defenderla, no tanto de los moros, que ya no los hay, o no vienen con intenciones de conquista, sino de la modernidad ruidosa y apabullante.