miércoles, septiembre 30, 2009

UN HOMBRE BUENO

Por las bitácoras de algunos amigos me entero de la muerte de José Antonio Muñoz Rojas, a pocos días, dicen, de cumplir los cien años. No haber alcanzado esa cifra redonda le supondrá una cierta merma en la atención que vayan a dedicarle los medios informativos. Lo que, después de todo, casi puede considerarse un último gesto de su elegantísima discreción. En su obra hay unos cuantos títulos singulares, quizá no todo lo conocidos que merecen, pero sí lo suficientemente estimados por un número creciente de buenos lectores: Las cosas del campo, en primerísimo lugar; y La gran musaraña, y Ensayos anglo-andaluces, y Cantos a Rosa... Además, cabe atribuirle un logro no demasiado frecuente en la literatura española de los últimos tres cuartos de siglo: haber sentado plaza de hombre bueno. Por suerte, hay testimonios de ello. Las cartas que le dirigió Vicente Aleixandre, por ejemplo, que tuve la suerte de reseñar en su día, dejan constancia del celo con el que el destinatario de las mismas ayudó durante años a la viuda de Miguel Hernández; y en la biografía de éste último que hizo Miguel Ferris en 2002 se habla de la amistad entre los dos poetas, y de cómo el más joven intentó repetidamente interceder por la vida del otro, preso y enfermo y al borde la la muerte. Son sólo pinceladas, con las que me forjo una imagen de una persona que por muy poco no llegué a conocer (sólo lo vi una vez, cuando presentó en Jerez un libro de mi amigo José Mateos), pero que me queda bien cercana por el testimonio de otros que sí lo han tratado. Descanse en paz.

martes, septiembre 29, 2009

A CIEGAS

Va uno a ciegas por el mundo. Me pregunta una compañera de trayecto cuántas paradas faltan para su destino. Y yo, que llevo años haciendo este recorrido, caigo en la cuenta de que no lo sé con seguridad. Para salir del paso, le digo que ya le avisaré cuando lleguemos. Y, como no me fío de mí mismo, interrumpo la lectura y me concentro en el trayecto. Mi actitud no debe de resultarle muy tranquilizadora a mi compañera de viaje. Dos paradas más adelante, vuelve a preguntarme: "¿Hemos pasado ya el campus?". Le digo que no, que queda aún una parada. Y, milagrosamente, esta vez acierto.

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Leído y releído el libro de Miguel d'Ors, tan pequeño y ligero de formato (y tan ligero, también, de espíritu), me encuentro que el que ha de sustituirlo -el segundo tomo de los diarios de Morla Lynch, que empecé hace unos días- pesa diez veces más y abulta otro tanto. Pero no puedo renunciar a los cuarenta y cinco minutos de lectura que me procura cada trayecto de autobús, así que deberé apechugar con él. El peso de la cultura, diríamos. De adolescente, yo creía que ese concepto se refería exclusivamente al malestar existencial que te procuraba la lectura de cosas como Werther, El extranjero o Crimen y castigo, pongo por caso, libros que me dejaron sumido en hondas y peligrosas melancolías. Ahora veo que se trata de algo más inmediato y, en el fondo, más llevadero.

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Siguen pasando barcos ante este ventanal. Sigue uno dejándose un poco el alma en cada uno de ellos.

lunes, septiembre 28, 2009

LA BICHA

De algunos poetas creyentes que leo con admiración, como es el caso de Miguel d'Ors, podría decir lo que Bergamín de los comunistas: "Con ellos hasta la muerte, pero ni un paso más" (en perjuicio mío, en este caso).

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Cuando un pintor inicia un cuadro, y sobre la imprimación todavía fresca empieza a definir las primeras manchas y zonas de luz, parece que está... escarbando. Todo está allí, en la tabla. No hay más que sacarlo.

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Me dicen que la trucha del otro día anda desganada últimamente. Efectivamente, toco con la punta del dedo la superficie del pilón y, a diferencia de la otra vez, no acude. Y vuelvo a sentirme culpable: a ver si, por haber mentado la bicha, el pobre pez va a ponerse enfermo.

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Sobre la foto: pinchar aquí.

viernes, septiembre 25, 2009

DIVORCIO

Uno de los chistes más socorridos en los tiempos en que se tramitaba la Ley del Divorcio, recién estrenada la Constitución democrática, era el que venía a decir que la izquierda se había empeñado en una batalla legal que sólo beneficiaba a los votantes naturales de la derecha, es decir, a las clases altas, que serían las más inclinadas a divorciarse. En el resto de la sociedad, decían los “progres” de entonces, se estaba imponiendo la convivencia sin papeles, para la que el divorcio estaba de más… Cuántos párrafos ingeniosos, e incluso columnas enteras, extrajo el difunto Francisco Umbral, el gran cronista de la Transición, de esa ocurrencia. Que, como tantas otras cosas que fueron moneda común en aquellos tiempos, demostró ser falsa: ni el divorcio se quedó en algo exclusivo de la burguesía, ni la convivencia sin papeles ha pasado de ser, en muchos casos, sino una especie de noviazgo sin restricciones; que, como los de antes, la mayor parte de las veces acaba en boda.

De todas las fantasías de entonces, las concernientes a la vida de pareja han demostrado ser las más inocuas, aunque también las que, gradualmente, más novedades han aportado a la vida de las personas. En efecto, el cambio político no trajo la nacionalización de la banca o de la red eléctrica, como pedía la izquierda, pero sí reforzó la tendencia sociológica a compromisos de pareja menos estables y duraderos, y la exigencia de una vida privada más acorde con las expectativas de las personas y, por tanto, menos inmune a la decepción. De modo que todo un ministro, como efectivamente sucedió, podía terminar enamorándose de una dama mundana; y un cualquiera, como sigue sucediendo, podía ver dinamitado su bienestar, malbaratadas sus propiedades y arruinadas sus relaciones por ceder al humor de enamorarse del rostro caritativo que atendió sus penas durante una cena navideña de empresa, pongo por caso.

Y llega ahora la crisis económica y uno de sus síntomas más patentes resulta ser un significativo descenso del número de divorcios. Divorciarse era un lujo y, como tal, ha habido que renunciar a él. No hay que asustarse: es algo pasajero; y, como otros efectos indeseables de la crisis, su mera enunciación puede suponer un revulsivo y un primer indicador de un cambio de tendencia. Si las autoridades no han desamparado ni a los banqueros ni a los vendedores de coches, cómo lo iban a hacer con ese otro motor de desarrollo que se sustenta en la variabilidad de los afectos y en el impulso irrefrenable a cambiar una existencia encarrilada por otra más o menos ignota y azarosa, con o sin nueva pareja… Alguien dijo que el bien público no es otra cosa que la armonización de los egoísmos individuales. Y algo habrá que hacer, en fin, si este otro indicador de egoísmo, paralelo a la adquisición de coches, anda de capa caída.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

jueves, septiembre 24, 2009

EL MEJOR

De nuevo esta mañana un carguero en el horizonte. Este ventanal, intuyo, va a dar mucho juego. Dos compañeros discuten si el barco va medio vacío o medio lleno. Me piden mi parecer. Yo observo que va ligeramente escorado hacia popa, lo que puede indicar, pienso ahora, que lleva las bodegas vacías. Pero en ese momento digo lo contrario. Se suman otros a la discusión. Y, sobre todo, se suman a la contemplación silenciosa de ese perfil apenas móvil recortado contra el horizonte. Algunos ironizan: "¿Qué? ¿Son galgos o podencos?". Pero yo sé que, por un instante, lo que se nos ha pasado a todos por la imaginación es la fantasía de estar en ese barco, de dirigirnos en él hacia alguna aventura descabellada: llevar armas para emprender una revolución nihilista en alguna desdichada república africana, por ejemplo; o, ya puestos, y aprovechando que dos pelmazos megalómanos se disputan la presidencia de ese país, reconquistar Honduras para la corona española... El timbre nos devuelve a la realidad. La jornada de trabajo ha comenzado.

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En mi rato de inglés televisivo, la entrevista del presidente del gobierno español ("the prime minister", dicen allí) en la CNN. El traductor simultáneo (nuestro más alto mandatario, a diferencia de la mayoría de sus colegas europeos, no habla inglés) las pasa canutas para extraer alguna idea de la sarta de tópicos con que el entrevistado responde a las muy directas preguntas de la presentadora, y se le ve en apuros incluso para encontrarles final a las frases. "¿Por qué su país, que tiene un ejécito similar en efectivos al británico, mantiene un contingente diez veces menor en Afganistán?". Respuesta: "No sólo estamos allí en misión militar. También construimos puentes y hospitales". Y así todo. Y lo peor: la sonrisa ufana de quien en su vida se ha visto en otra igual, y piensa: "Cuando lo cuente en Madrid, se van a morir de envidia". Qué diferencia con la naturalidad y sobriedad con que la mayoría de sus colegas (sin ir más lejos, el ex primer ministro danés, ahora secretario general de la OTAN, que precedió al español en el mismo programa) se desenvuelven en estas situaciones. Era como ver a un pariente repitiendo en público las mismas tonterías que suele decir en familia. La misma sensación de vergüenza ajena, en fin, que cuando su predecesor puso los pies en la mesita del tresillo de Bush.

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Alguien muy familiarizado con mis cosas me pregunta por K. Es mi mejor personaje. Quizá por ser el único que no me debe nada.

miércoles, septiembre 23, 2009

VESTIR AL DESNUDO

No es un tópico: no hay barco que, visto en el horizonte, no invite a fantasear con la posibilidad de ir en él. En cuanto a la inversa, no estoy tan seguro: vistas desde el mar, algunas ciudades deben de resultar tan poco acogedoras como los extrarradios que se entrevén, a veces, desde las ventanillas de un tren. Cuando se viaja en este último medio, qué poco apetece bajarse en según qué sitios.

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Hoy día el precepto bíblico de vestir al desnudo tendría que ser reformulado: el verdadero acto de caridad sería desnudar al vestido; es decir, invitarlo a unirse a la caterva indolente que remolonea, por ejemplo, en una playa, mientras quienes no tienen tanta suerte van de aquí para allá, vestidos y calzados, y abrumados de obligaciones.

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España sufre. Diarios de guerra en el Madrid republicano, de Carlos Morla Lynch. Leo el prólogo de Andrés Trapiello. Y discrepo con él sólo en un detalle: la entrega anterior de estos diarios, En España con Federico García Lorca, no se limita a mostrar "el espectáculo de un mundo feliz" precisamente, aunque el mero recuento de las actividades a las que dedican su tiempo el autor y sus amigos apunten en ese sentido. Sí, es cierto que Morla y sus invitados se pasan los días tomando cócteles y cantando alrededor del piano. Pero también queda bien patente el fondo de melancolía que subyace a estas expansiones (Morla acaba de perder a su hija Colomba), y la creciente lucidez con que el autor asiste al deprimente espectáculo de la política republicana y al rápido deterioro del clima social y político. Ésas, al menos, fueron mis impresiones cuando leí ese tomo, de las que dejé amplia constancia en este cuaderno. Ahora me dispongo a leer el segundo, para lo que este magnífico prólogo me deja en la mejor de las disposiciones.

martes, septiembre 22, 2009

REQUISITOS

La ligereza aparente de la poesía de Miguel d'Ors casa bien con la también aparente inconsecuencia de las horas que uno pierde (no del todo, en fin, gracias a la lectura) en este autobús. Entre el trayecto de hoy y un hueco en mi horario de trabajo despacho casi entera la antología que ha publicado recientemente en Renacimiento, El misterio de la felicidad. Comienzo, como suelo hacer en estos casos, por la sección de poemas inéditos en libro. Y me sorprende el que empieza así:

Mira que es ordinaria y gorda. ¡Y esa falda!
Seguro que se llama Encarni o Chary
(no serás tan cenizo de suponerla Yénifer).
Seguro que se sabe todos los culebrones.
Seguro que habla
azín -y con el chicle
asomando por medio de cada tontería...

Supongo que no es procedente ni legal copiar el poema entero. Que termina, no sé si previsiblemente, pero sí muy oportunamente, con un giro hacia la melancolía. Lo leo en este autobús en el que viajan no pocas Encarnis, o Charis, y en el que uno macera, junto a ellas, no pocas melancolías, hoy convenientemente puestas en música.

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Lo que más me llama la atención de esta película española presuntamente de terror -El bosque en sombras-, que veo sin muchas ilusiones en la ya malherida noche del domingo, es la desfachatez con que plantea la consabida escena de desnudos de la que ninguna película española rodada en los últimos treinta años puede carecer. No me considero nada remilgado en estas cuestiones y, como cualquier hijo de vecino, disfruto con la contemplación más o menos inmotivada de la belleza femenina. Pero que, en medio de este desabrido drama de violencias rurales, Aitana Sánchez-Gijón le diga a la otra protagonista: "¿Sabes qué te digo? Que me voy a dar un baño en el río", y las dos sin más se despeloten, y pierdan las bragas (sic), mientras la cámara se retira a la maleza, como para dejarnos en posición de mirar sin ser vistos, me parece... una tontería. Como me lo parecen la mayoría de las situaciones de esta clase que se prodigan en el cine español. Qué aburrimiento.

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Si alguna vez me ofrecen escribir el guión de una película, ¿qué pretexto pondré para que se desnuden los protagonistas? No sé, quizá un reconocimiento médico en un campamento de la Sección Femenina, por eso de cumplir también con el requisito de hablar de la Guerra Civil, o de la posguerra.

lunes, septiembre 21, 2009

TRUCHAS

En la presentación, el jueves pasado, del libro de Luis García Gil sobre Truffaut se habló algo del desapego de la crítica de los años setenta hacia este cineasta, precisamente en el momento en el que andaba haciendo lo que algunos consideran sus obras más maduras y logradas (yo no: yo creo que lo mejor suyo es la saga Doinel y algún título suelto, como La noche americana), y se atribuyó ese desapego, creo que con razón, a las veleidades izquierdistas de una buena parte de los críticos de entonces, que se rendían bobaliconamente ante las extravagancias ideológicas y estéticas de Godard, por ejemplo, y no le perdonaban al otro su deriva hacia un cine clasicista e intimista. Uno de los presentes en la mesa, Gonzalo García Pelayo, incluso entonó la palinodia: lo vergonzoso, vino a decir, es que gente como él prefiriesen, en esa época, cosas como La chinoise, que no es más que un canto, señaló, a uno de los mayores tiranos que ha conocido la Historia, a la altura de Hitler o Stalin: Mao Tse Tung... Eso dijo Gonzalo García Pelayo, y muchos asentimos. No sin caer en la cuenta, en fin, que, en circunstancias como éstas -en un acto paralelo a una muestra de cine frecuentada mayoritariamente por "progres"- esas mismas palabras podrían haberle costado, hace veinte años, un sonoro abucheo. En eso hemos cambiado. Para mejor.

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Y hablando de chinos: vuelvo a ver, con mi hija, El expreso de Shanghai, de Sternberg. Y vuelvo a quedar impresionado por el espesor visual de esta película: por sus travellings
abigarradísimos, sus bellísimos primeros planos de Marlene Dietrich, sus interiores recargados de humo o entrevistos a través de visillos, su uso extenuante de largos fundidos para pasar de un plano a otro... Poco antes, en la misma sesión doble, habíamos visto Te querré siempre, de Rossellini; un ejemplo, si se quiere, de todo lo contrario: de una ligereza que anticipa la de la nouvelle vague. Las dos opciones no son excluyentes, en absoluto, y ambas suscitan en mí -y en C., creo- un mismo entusiasmo en esta tarde receptiva.

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J.A.M. está algo ofendido por el final de mi artículo "Tocando fondo", en el que aludo a un amigo que criaba truchas en un pilón, y al que un buen día le aparecieron todas flotando panza arriba. Para desmentirme, me enseña la única que ha sobrevivido de las cuatro que tenía: una criatura de más de treinta centímetros de longitud, con una hermosa piel moteada, y que hace gala de un excelente apetito y una notable fiereza cuando le arrojamos unos trozos de tocino, e incluso cuando metemos los dedos en el agua y se lanza a morderlos... Sí, esta bien viva. Y aunque ya se sabe cuántas mentiras necesita la literatura para crear su verdad, no dejo de sentirme algo avergonzado por haber sido puesto en evidencia de esta forma.

viernes, septiembre 18, 2009

USTED

No sabría uno decir cuándo empezó a generalizarse la costumbre de que los estudiantes tuteen a los profesores. El Defensor del Pueblo acaba de decir que este hábito está en el origen de muchos comportamientos indeseables de los adolescentes, tales como emborracharse en la calle los fines de semana e ignorar el principio de autoridad, y lo achaca a la dejación de responsabilidades por parte de padres y profesores. Pero hace uno sus cálculos y acaba llegando a la conclusión de que, dada la edad de este Defensor del Pueblo, y su trayectoria, bien pudiera encontrarse entre quienes, hace un cuarto de siglo, o quizá más, vieron con buenos ojos que en las escuelas se les apeara el tratamiento de respeto a los profesores, y consideraron un signo de libertad reconquistada el beber en las calles. Gobernar una ciudad en la que la calle se convirtiera en una gran fiesta cada fin de semana se consideraba entonces una muestra de calidad democrática, y se hablaba de la “movida” de Madrid, de Vigo, de Valencia, etc. con el mismo orgullo, o más, con el que podría uno referirse a los museos y monumentos que pudiera haber en esas ciudades, o a la vida cultural que pudiera tener lugar en ellas. Es más, “movida” festiva y cultura pasaron a ser la misma cosa, e idéntica consideración merecía el estreno de una película de Almodóvar, pongo por caso, que la celebración del Día del Cubata… Por lo mismo, parecía muy avanzado y democrático (y todavía se lo parece a algunos) que las clases de un instituto remedaran los modales de las asambleas de estudiantes del tardofranquismo, y se miraba con malos ojos al momio trajeado que pretendía mantener las distancias con los alumnos y les exigía a éstos el tradicional tratamiento de respeto…

No digo que estas cosas estuvieran mal. Durante unos años, incluso, estos comportamientos parecieron obedecer a un sincero y sentido afán de recuperar espacios perdidos, y es posible incluso que, en algunas aulas, determinados alumnos no sólo dejaran de hablarles de usted al profesor, sino también se atrevieran a discutir con éstos, de igual a igual, sobre los grandes asuntos entonces en candelero: la democracia incipiente, la cultura recién emancipada de la censura, las también recién estrenadas libertades… Y es posible también que, en esos debates sin precedentes, algún profesor quedara desbordado y desconcertado por la irrupción de los nuevos tiempos.

Esas urgencias de entonces parecen haberse calmado ya. Pero la generación que ganó esa batalla no quiso ocupar sin más el lugar de la desplazada y no reclamó la autoridad que le correspondía. Cada época arrastra sus complejos. No creo que por recuperar el “usted”, en fin, vayamos a solucionar los problemas presentes. Pero que lo reclame alguien de la edad del actual Defensor del Pueblo llama mucho la atención. Ya es algo.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

jueves, septiembre 17, 2009

PUNK

No me tengo por especialmente sensible a los exabruptos de corte, digamos, blasfemo: simplemente, me parecen una falta de educación. Pero en la parada de autobús oigo a una de esas inefables arpías de barrio de voz ronca y modales irredimibles exclamar: "Me cago en los muertos del sol"; y, no sé por qué, me parece que ha incurrido en una profanación imperdonable.

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Si algún efecto ha tenido en mí la actual crisis, es haberme aficionado a los programas económicos en televisión; al menos, en mi breve ronda por los canales internacionales a media tarde, me paro en curiosidades como Quest Means Business, una especie de one-man-show a cargo de un tal Richard Quest, que es un personaje de facciones caballunas, grandes dientes y un curioso modo forzado de hablar, tal vez determinado por sus extrañas facciones. Sin embargo, este físico poco agraciado parece otorgarle bula para moverse y expresarse con una desfachatez poco común, que se extiende al lema con el que cierra el programa: Whatever you do, make it profitable ("hagas lo que hagas, hazlo rentable"), y a algunos golpes ocasionales, como éste con el que cerró el martes su reportaje sobre los grandes beneficios que se esperan del nuevo superventas de Dan Brown: "¿Seré yo el único que no se ha leído El código Da Vinci?".

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Y esta cuasi definición del venerable término punk que espigo en Measure for measure: neither maid, widow, nor wife; es decir, "ni doncella, ni viuda, ni esposa". Pues eso.

miércoles, septiembre 16, 2009

MONIPODIO

Sí, más que ansiedad o miedo, la sensación que experimento al pulsar a toda esta gente nueva, aprender los trucos de supervivencia y acotar el espacio propio en terreno desconocido es... diversión. Lo que me descubre una dimensión de mí mismo que también desconocía.

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Leo en Measure for measure esta divertida lista de presuntos personajes del hampa londinense (aunque la obra está ambientada en Viena): Master Rash, Master Caper, Master Three-pile the mercer, Master Deep-Vow, Master Copper-spur, Master Starve-lackey, young Drop-heir, Master Forthright the tilter, Master Shoe-tie, wild Half-can... Ignoro cómo los habrán vertido al español los traductores habituales de Shakespeare; Astrana Marín, por ejemplo. Por pura diversión, y basándome más en las connotaciones de cada apelativo (con ayuda de las notas a pie de página, por supuesto) que en su literalidad, pruebo a traducirlos aquí: Don Ligero, Don Cabriolas, el mercero Don Forros, Maese Mucho-os-quiero, Maese Espuelas-de-latón, Don Matacriados, el joven Exprimeherencias, el lancero Ahí-voy, Don Escarpín-con-lazo, el bestia Medialata... Me dejo algunos en el tintero. Y me dejo en el tintero, sobre todo, la novela que podía escribirse con todos estos personajes. Aunque a lo mejor ya está escrita, y sucede en el Patio de Monipodio.

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Matar el tiempo. Quién pudiera.

martes, septiembre 15, 2009

EXCESO DE OFERTA

Al pasar junto a un estante de artículos en liquidación, en la sección de discos de unos grandes almacenes, veo una carátula que me llama la atención. Es la de Rock'n'roll animal, un viejo elepé de Lou Reed de 1974, de cuando éste realmente ejercía de alimaña peligrosa y no, como en los últimos años, de hombre serio y maduro, arrepentido de sus excesos juveniles. No tengo ya edad ni humor para los malditismos (ni, por supuesto, para los excesos) pero, por eso mismo, siento cierta ternura hacia las cosas que me subían la adrenalina a mis veinte años. El precio es ridículo: ¿quién va a comprar esta anticualla, que, entre otras cosas, contiene canciones tan pasadas de rosca como "Heroine"? Y la respuesta es: yo mismo; si no fuera, en fin, porque, en cuanto escarbo un poco en el montón, empiezan a aparecer, como en una excavación que sacara a la luz diversos estratos de un antiguo paraje, otros discos pertenecientes a otras etapas de la evolución de mis gustos musicales: Slowhand, de Eric Clapton, o London Calling, de The Clash. Y, un poco más abajo, estos otros que anotaré aquí sin ningún pudor, porque en un diario personal no cabe presumir de lo que no se es ni adornarse más de lo necesario: una antología de Gloria Gaynor y otra de... Juan Bautista Humet. Sí, de todo esto ha bebido uno. Y cualquiera de estos discos, por sí solo, hubiera sido un hallazgo afortunado. Pero, al ser tantos, ni siquiera el bajo precio de cada uno de ellos logra disuadirme de comprarlos. El mercado, ya se sabe, a veces se resiente por exceso de oferta. Y ahí los dejo, no sin cierto dolor de mi corazon. Quizá otro día.

lunes, septiembre 14, 2009

ESPAÑA, APARTA DE MÍ ESTOS PREMIOS

Cervantes logró que no se escribieran más libros de caballerías; y el sevillano-limeño-japonés Fernando Iwasaki ha escrito un libro que, si las clases letradas siguieran siendo tan sensibles a la sátira como en los tiempos de Cervantes, supondría la inmediata suspensión de la mayor parte de los premios literarios que se convocan hoy en nuestro país. Y eso que, estrictamente hablando, la sátira de los certámenes literarios que contiene España, aparta de mí estos premios, es sólo un medio, y no un fin, y lo verdaderamente puesto en solfa no es este entrañable mecanismo, que permite a muchos escritores en ciernes, y a otros que no lo son tanto, llegar a fin de mes, sino el tinglado institucional, social e ideológico que lo sustenta: esos indescriptibles ayuntamientos, grupos de presión y asociaciones de todo tipo dispuestos a pagar unos centenares o miles de euros al escritor que les entregue unas cuartillas ajustadas a las correspondientes "bases", en las que se pide sin pudor que se ponderen y/o exalten las glorias, bellezas, pretensiones y valores de la entidad convocante, sea ésta un municipio gobernado por una coalición absolutamente inverosímil (pero real), una asociación gastronómica o un colectivo feminista...

El innominado protagonista de este libro se las apaña para ganar un cierto número de estos premios grotescos, y lo hace siempre con el mismo cuento, convenientemente modificado para satisfacer los caprichos del convocante de turno. Pero, a a pesar de este loable propósito, todos estos cuentos incluyen elementos que desconciertan al representante institucional en los sucesivos jurados, porque si algo caracteriza a estos mecenas interesados es su absoluta falta de correa para admitir críticas o insinuaciones que parezcan poner en cuestión los intereses que representan y, sobre todo, los tópicos biempensantes con los que se justifican.

No queda títere con cabeza en este libro: la mera lectura de las bases de cada concurso y de los correspondientes "fallos" de cada uno de ellos incita a la carcajada, pese a que distan muy poco de los perpetrados en la vida real, así como la composición de los jurados, formados por escritores reales y muy conocidos, resulta tan hilarante como verosímil, incluyendo la reiteración de algún nombre en todos ellos... Real como la vida misma. Y desternillante. Y un poco deprimente, a la postre... Enhorabuena, Fernando.

viernes, septiembre 11, 2009

TOCAR FONDO

Dicen que estamos tocando fondo. Y a uno, que ha visto muchas películas de submarinos, e incluso es lo bastante viejo para recordar la serie Viaje al fondo del mar, la expresión le recuerda esos momentos de tensión en los que los sumergibles debían parar motores y se hundían suavemente hasta posarse en el lecho marino, mientras se oía el ruido de los destructores japoneses pasándoles por encima, arrojando cargas de profundidad. Era un momento de aguantar la respiración, y, efectivamente, eso era lo que se le ordenaba hacer a la tripulación del submarino en peligro: hubiera bastado que a un tripulante se le cayera una moneda al suelo para que el tintineo fuera captado por el sónar del buque atacante. En cuanto éste pasaba de largo, el comandante daba la orden de reanudar el rumbo y de subir el periscopio, por el que veíamos alejarse el buque japonés, seguido de su estela de humo malvado…

También ahora a uno le parece escuchar el ruido sordo que hacen los hierros del submarino al topar con el lecho arenoso, y también contiene la respiración, mientras trata de imaginar qué amenazadoras presencias agresivas están pasándonos por encima. Y es que las metáforas, por manidas que estén, acaba siempre condicionando nuestra percepción de los hechos. Por eso en tiempos de crisis los políticos recurren a ellas. Y también porque no hay enfermedad que, reducida a metáfora de sí misma, no admita un remedio igualmente metafórico, que son los que menos esfuerzo requieren. Remar todos en el mismo sentido, apretarse el cinturón: todo son metáforas. Abusando de ellas, también podríamos volverlas contra quien las lanza, y señalar, por ejemplo, que, mientras unos tocan fondo, como parece que es o será pronto nuestro caso, otros han salido ya a flote, e incluso navegan a toda máquina. Esto de equiparar el Estado con una nave mejor o peor gobernada ya lo hacían los romanos. Lo que no estoy muy seguro que hicieran es contemplar la posibilidad (en esa época no había sumergibles) de que lo hundido saliera a flote.

Y es que hay declaraciones, por muy esperanzadoras que quieran ser, no son más que veladas manifestaciones de impotencia. Haber tocado fondo no significa haber frenado la caída, sino sólo que es imposible caer más. Algo así, “ya hemos tocado fondo”, debieron de decirse los marineros del Kurtz, aquel sumergible soviético que se quedó parado bajo el océano, sin que sus tripulantes tuviesen posibilidad de abandonarlo. En el caso de los políticos españoles, uno ni siquiera está seguro de qué clase de objeto tienen en mente cuando dicen estas cosas. Tal vez estén pensando en una piedra arrojada a un estanque, o a algo peor. Y cuando empiecen a decir que estamos saliendo a flote, yo me acordaré de un amigo mío que criaba truchas en un pilón, y al que un día le amanecieron todas panza arriba.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

jueves, septiembre 10, 2009

MANSAMENTE

También en las memorias de M.F. encuentro una hermosa carta de José María Pemán, en la que éste acusa recibo de un libro del primero, e incluye unas interesantes consideraciones sobre el clima literario de entonces (finales de los cincuenta), comparado con el de treinta años antes. Cuando la eclosión del 27, dice el escritor gaditano, las obras nuevas alcanzaban un enorme impacto por contraste con el academicismo hasta entonces imperante, y "pronto -añade- pasaba(n) a ser algo indiscutible". En el momento presente, por el contrario, "parece que se ha hecho la paz, que todo está ya descontado y sabido. Todos escriben con una inalterable apariencia de buen escribir que hace doblemente difícil que las balas distingan lo excepcional (...). Los libros ahora se publican mansamente. No hay ya a quién tirárselos a la cabeza, como entonces".

Pemán, en su benevolencia, hubiera querido para el libro de su corresponsal una repercusión como las de antes. Pero a mí me gusta su caracterización de la calma chicha literaria, que no me parece un estado del todo indeseable, porque permite escribir al margen de las modas y renunciar a la casi siempre indigesta pretensión de llamar a toda costa la atención. Lo dicho por Pemán, en fin, podría ser una buena descripción del panorama literario español del último cuarto de siglo, una vez superada sin consecuencias la breve fiebre neovanguardista que cundió a finales de los sesenta y principios de los setenta. A mediados de ese periodo empezó uno a publicar mansamente sus libros, a la vez que lo hacían otros coetáneos míos a los que leo y estimo, al igual que a otros algo mayores. Y la verdad es que me alegro de que haya sido así, porque, de lo contrario, ¿a la cabeza de quiénes iba a arrojarlos?

miércoles, septiembre 09, 2009

LA VEDA

Leo en las memorias de Medardo Fraile referencias a personas (Fernando Quiñones, Vicente Núñez, incluso -ay- Alfonso Sastre) que yo también he conocido y tratado, y a las que el autor rememora en circunstancias y acontecimientos que tuvieron lugar a finales de los 50; lo que me causa ese mismo vértigo que cuando, en la infancia, restaba al año en curso la edad de mi abuela y constataba que aquella venerable persona que tenía delante, y que a veces me daba un duro para caramelos, tenía vivencias y recuerdos que se remontaban al siglo anterior. Yo también soy ya de otro siglo, y ciertas lecturas no hacen sino confirmar esa insoslayable filiación.

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También en las memorias, como en cierta clase de cuentos, pesa a veces más lo que se calla que lo que se dice. Lo referente al mencionado A.S., por ejemplo (véase lo que escribí sobre él hace unos meses).

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Sin salir del género biográfico, no quiero dejar de señalar la certera crónica que leo en Fuera de serie, el suplemento del diario Expansión, sobre el inminente estreno de la película que han hecho sobre la vida de Jaime Gil de Biedma. Me temo lo peor, y por eso me identifico con los resquemores que manifiesta la citada crónica, que firma un tal Javier Velaza. Sólo que, si la memoria no me engaña, comete un error: Dionisio Cañas, que antologó al poeta pocos años antes de la muerte de éste, no respetó su expreso deseo de que no se hiciera explícita su inclinación sexual en el prólogo de dicha antología, y fue quien abrió la veda. No es que en los ambientes literarios se ignorase este aspecto de la personalidad del poeta, ni que a éste pareciera importarle; pero lo que no quería era que ese asunto se convirtiese en moneda común en el medio escrito, que es justo lo que sucedió. Ahora esta película ahonda en esa innecesaria invasión de los límites de la privacidad, y desvirtúa lo único que, a estas alturas, quizá merecería la pena preservar libre de interferencias: la voz del poeta, tal como quedó expresada en sus poemas.

martes, septiembre 08, 2009

AMAGOS

Rutina. Trabajo por la mañana. Por la tarde, de cinco a ocho aproximadamente, escribir. Dar luego un paseo, o hacer un poco de ejercicio. Ver una película por las noches, antes de acostarme. Leer en los resquicios, durante los trayectos en autobús, o en el intervalo entre la siesta y la reincorporación a la actividad. No, tampoco me disgusta esta clase de vida, que a algunos podría parecerles tremendamente aburrida o cansada. De hecho, lo que me cansa es que en algún momento se modifique la proporción debida entre estos componentes. Que el trabajo invada la tarde, como sucede a veces; o que una lectura obligada no me deje tiempo para garrapatear siquiera unas líneas. Nulla dies sine linea, que dijo Plinio. Y quizá el único factor al que convendría no ponerle límites es a la propia escritura, que es también lectura tentativa de algo que está por hacerse y, sobre todo, un modo de pensar; el único, en fin, que tiene cabida en una rutina tan apretada.

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K. se ha criado como gata de dos casas, y hasta ahora no parecía sentirse extraña en ninguna. Pero también los gatos pierden esa bendita adaptabilidad de los jóvenes. Y, como los adultos, desarrollan una predilección justo hacia aquello que la realidad les veta disfrutar a su antojo. Y la casa que echa de menos, ay, es la otra.

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A un amago de agresividad, de defensa cerrada del territorio propio, ha seguido un inesperado despliegue de generosidad. No sé a qué carta quedarme. Y tampoco logro vislumbrar en qué consiste la posibilidad intermedia.

lunes, septiembre 07, 2009

CALLEJÓN DEL NORTE




Como los certámenes literarios, los de pintura pueden servir para que el observador se haga una idea del estado de la cuestión; es decir, de qué es lo que un número más o menos representativo de cultivadores de ese arte creen oportuno hacer en un momento dado; lo que, por supuesto, no necesariamente coincidirá con lo que hacen los creadores más avanzados e innovadores, sean éstos quiénes sean, pero tampoco forzosamente ha de remitir a un estado del arte en cuestión que pueda considerarse regresivo o superado.

Algo de esto es lo que pasa en este premio de pintura rápida que todos los sábados primeros de septiembre, desde hace algunos años, se celebra en el hermoso y recogido casco antiguo de U., y al que acudo por segunda vez, a título exclusivo de espectador. Este año, con la excusa del calor, ni siquiera he recurrido al expediente de hacer algunos bocetos en un bloc de dibujo: me he limitado a sacar fotos, y a aprovechar ese pretexto para pegar la hebra con algunos de los participantes, o indagar sin parecer indiscreto en lo que se traían entre manos. Por supuesto, el hecho de encontrarme aquí se explica porque tengo amigos en el ajo, y mi deambular de curioso es mi manera de pasar el rato mientras ellos pintan, que es a lo que han venido.

Lo hacen en el recóndito Callejón del Norte, donde ha instalado su caballete J.A.M. y donde tiene su estudio el pintor J.L.M. En el interior de la casa hierve una enorme olla de garbanzos, de la que nos iremos alimentando sucesivamente, en tandas de dos, cuatro o seis, según, todos los que hemos elegido este lugar como punto de referencia. Mientras llega la hora de comer, deambulo por las calles del casco antiguo y me voy haciendo mi composición de lugar. Podría decirse que en esta clase de concursos hay quien viene a pintar lo que tiene delante y quien, simplemente, cumple el requisito de colocarse en la calle para pintar lo que muy bien podría haber pintado en su estudio. Esta distinción no tiene nada que ver con el grado de deliberación que pueda apreciarse en cada cuadro: para pintar lo que tiene delante, hay quien se lleva días o semanas premeditándolo, e incluso quienes, como mi amigo J.A.M., ha realizado algunos apuntes previos. Pero esos preparativos, entiendo, no tienen por qué condicionar el resultado; si acaso, sirven al pintor para agudizar la vista, delimitar su objeto, anticipar problemas. En pintura, como en literatura, conviene elegir bien el asunto; y, como también suele suceder en la literatura, casi ningún asunto vale demasiado por sí mismo, si no sirve para apuntar a ciertas grandes cuestiones que lo trascienden. No sabría decir cuáles son, ni en pintura ni en literatura, pero me atrevería a sugerir que, en la primera al menos, tienen que ver con la transitoriedad, con el misterio de la profundidad, la creación de una atmósfera y un espacio habitables, el dominio de la luz... Y quizá lo realmente interesante de ocasiones como ésta sea ver cómo algunos afrontan estos retos. Otros, aparentemente, ni se los plantean. Pero, como pasa en los certémenes literarios, la impresión de conjunto es lo que cuenta.

Con esa idea, me paseo al final de la jornada por la calle en la que se exponen los cuadros concursantes. Hago mis pronósticos. Me gustan, naturalmente, los de mis amigos: el de J.A.M, que es, como otros cuadros suyos, una mirada hacia arriba, que arrastra consigo la perspectiva e impone a todos los planos concurrentes -paredes, tejados, la espadaña de una iglesia-, con sus luces diversas, la necesidad de una armonía que no es sino la que impone la luz principal, de la que emanan todas las demás. El de J.L.M. se acoge a otro principio: el de, sin renunciar a la exactitud y el rigor de la pintura figurativa, buscar en la realidad reproducida un elemento de simplicidad, de reducción, de economía, que otros llaman abstracción. Su cuadro reproduce un tramo del propio Callejón del Norte, definido por el contraste entre luz y sombra y entre las diversas texturas concurrentes: la cal, la roca viva sobre la que se asientan los muros, el suelo de cemento. Y, como para introducir un elemento de vida en ese mundo áspero y mineral, un gato tumbado a la sombra, que podría ser primo hermano de K. (ella también es oriunda de estos pagos)... Me gustan estos cuadros porque, sin dejar de ser modestamente convencionales, como corresponde a la ocasión, son también, a su manera, ambiciosos y delicados, y parecen responder más a cuestiones que atañen a la sensibilidad de sus artífices que a las que pueden atraer la atención de un jurado. Digo yo.

Naturalmente, hay también, en esta calle atestada de gente que, milagrosamente, no tropieza con los caballetes, otros cuadros que me llaman la atención: uno que muestra un recodo de una calle en cuesta, en la que hay aparcadas unas motos, resueltas en un complicado escorzo cuyo virtuosismo, sin embargo, no empaña el asunto principal, que es, como decíamos antes, el de la transitoriedad, la luz, la soledad. También me gusta un curioso cuadro casi abstracto -una esquina, creo, o un trozo de pared- en el que predominan los azules.

Yo me hubiera marchado antes de conocer el fallo. Pero la curiosidad puede más que los buenos propósitos; y allí, encaramado a la pequeña rampa por la que meten las bebidas en el bar que es el centro neurálgico del concurso, oigo desgranar los premios y veo a los ganadores avanzar por la calle con el cuadro premiado en volandas. De mis preferidos, sólo han elegido el de las motos. Y quizá lo bueno de todo esto sea que, como no soy pintor, ni tengo intereses en este ramo, el resultado no me decepciona, pese a todo. Y me voy tan contento, que es de lo que se trataba.

sábado, septiembre 05, 2009

NUDISTAS

Sigue coleando la polémica provocada por la ordenanza del Ayuntamiento de Cádiz que prohíbe el nudismo en las playas de la ciudad. Y uno, que es veraneante más bien de secano, por poco se pierde esta magnífica ocasión de declararse en contra o a favor de la medida; es decir, para proclamarse campeón de las libertades (considerando como tal la de tomar el sol en cueros) o adalid de la decencia, según. En esto del articulismo, quien no hace amigos es porque no quiere.

La verdad es que, desde los años sesenta, intentar imponer o prohibir algo en lo que a cuestiones de decencia indumentaria se refiere resulta más bien inútil: lo que unos prohíben otros se adelantan a autorizarlo y fomentarlo, ya sea por principios o para sentar plaza de modernos y obtener los correspondientes beneficios (políticos, económicos, etc.) que puedan generarse. Lo mismo puede decirse de quienes, en tiempos de costumbres fluctuantes, intentan acotar espacios de incontestado apego al orden moral que creen amenazado. Entre otras cosas, porque nadie sabe dónde fijar los límites. Hoy día, resulta normal que una mujer tome el sol con los pechos al aire. Pero seguramente esa misma mujer encontraría improcedente sentarse de esa guisa en la terraza de un bar. Un pulcro oficinista no tiene inconveniente en lucirse con un sucinto
slip de nadador, pero probablemente se sentiría indeciblemente avergonzado si lo vieran en público con los calzoncillos de fantasía que lleva bajo la ropa de calle… Todo es cuestión de contexto, y de los consensos tácitos que se establecen en esos contextos. En los últimos lustros, por ejemplo, hemos visto cómo la aludida moda del topless ha ido imponiéndose en las playas: primero, con timidez, y sólo en determinadas zonas, en las que las partidarias de esa práctica se concentraban para oponer el peso de su número al acoso de los mirones. Ahora esas precauciones resultan innecesarias. Lo mismo puede decirse de los pequeños grupos que se reúnen para practicar el nudismo en playas muy concurridas: sólo el tiempo dirá si consiguen dar carta de normalidad a esa práctica o, por el contrario, terminan replegándose a parajes más discretos y cómodos para ellos.

Tal vez todo se reduzca, en el fondo, a una cuestión de educación. Y, por lo mismo que es ésta la que nos dicta que no hay que vestirse igual para una boda que para una barbacoa, debería bastar también para decirnos que, por lo general, no resulta apropiado lucirse en bolas donde predomina un público que manifiestamente se siente molesto por esa práctica, como resulta indiscreto pasearse vestido por una playa donde todo el mundo se baña desnudo. Y será también la buena educación, en fin, la que dará carta de naturaleza a los espacios intermedios donde unos y otros decidan libremente mezclarse. Si acaso, uno es partidario de estos últimos.

Publicado el martes en
Diario de Cádiz

viernes, septiembre 04, 2009

RESQUICIOS

Los otros siguen arriba, y aprovechan el intervalo entre dos sesiones de trabajo para hablar de... trabajo; es decir, de trabajo que les concierne, y que tiene que ver con lo que la planificación más o menos improvisaba de estas fechas va deparando. Pero nada de eso tiene que ver conmigo, como no lo tienen que ver las pequeñas intrigas que siguen aún coleando, y de las que me llegan leves ecos. Bajo las escaleras, cruzo el vestíbulo desierto, recién fregado por las limpiadoras de la tarde. Estoy tentado de echarles un último vistazo a lo que fueron mis dependencias: la biblioteca, que, mal que bien, me retrata, como es propio de las bibliotecas respecto a quienes las han urdido. Dentro de unas semanas, el retrato será ya irreconocible. Por eso me resisto a la tentación y paso de largo. Busco a un conserje para hacerle entrega de mi llavero, que ya no necesitaré. Pero, en la calma de las tardes, no hay conserje, o éste anda distraído en otros asuntos. Así que me las echo al bolsillo de nuevo. No, no es posible que esto esté sucediendo; es decir, que la ansiedad, las ganas de salir corriendo que sentía hace sólo unos minutos se hayan trocado en este demorado ritual íntimo, privado, sin testigos, aunque no exento de otra clase de ansiedad.

Ya en la calle, empiezo a respirar mejor, y hasta experimento una extraña, por inesperada, sensación de ligereza. En contra de mis costumbres, no corro hacia el autobús: no hay prisa. Y, si acaso, al cruzar la plaza llena de turistas, me avergüenza un poco mi pulcritud laboral, que es indudablemente un signo de servidumbre, como lo es la corbata obligada de un vendedor de enciclopedias en una tarde de agosto. Pero también hay vendedores de enciclopedias que, en determinadas circunstancias, se sienten tan ligeros de ánimo como estos turistas desocupados. Sé que es una sensación pasajera; y que mañana o, a lo sumo, el lunes, andaré sumido en otras urgencias, en otras rutinas. Pero acaso la felicidad sea, como ciertos líquenes delicados, algo que sólo florece en los resquicios.

jueves, septiembre 03, 2009

VANIDADES

Sí, a lo mejor da en el clavo Medardo Fraile con este bárbaro neologismo de su cosecha, y el aburrimiento efectivamente no es más que aburramiento. El de esos jubilados que, después de años detestando la rutina laboral que estaban obligados a cumplir, no saben qué hacer consigo mismos cuando se libran de ella. A veces me digo que eso no me puede pasar a mí. Que quien se distrae con libros, películas, música y una especie de apreciación entre estética e intelectual de ciertos placeres sencillos, no puede aburrirse nunca. Y que ha merecido la pena cultivar esas capacidades. Pero...

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No, yo nunca me aburro. Sólo me canso de mí mismo.

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El empleado de la óptica a la que he ido a que me reparen las gafas averiadas me ha reconocido. "Usted es B.A., el que escribe en el Diario." Y uno, que no es inmune a las vanidades de este mundo, se esponja un poco y trata de sacarle algún partido a la fama: "A ver si pueden hacerme un apaño mientras llega la pieza. Sin gafas, no puedo trabajar". Y el empleado, dándose por enterado de la importancia y trascendencia de esos trabajos de uno, hace el apaño solicitado y, tirando de piezas sacadas de otras gafas, me deja las mías en condiciones de uso, mientras llega el recambio... Con la vista de nuevo operativa, sí, pero con la autoestima y demás afecciones leves del ego un tanto desorbitadas.

miércoles, septiembre 02, 2009

QUIÉN

A los pocos minutos de mi llegada, me entero de que X. ha sufrido una grave enfermedad este verano y está aún hospitalizado. En la calle, Y. me comenta que ha sufrido tres cólicos nefríticos. Pocos minutos antes, Z., con quien he bromeado sobre su recién estrenada situación laboral, más tranquila y menos comprometida que la que deja, me comenta que en los próximos días habrá de someterse a un reconocimiento del que quizá dependa incluso su continuidad como trabajadora en activo... Supongo que siempre ha sido así, y que el reencuentro con un grupo humano al que uno no frecuentaba desde hacía dos meses conlleva, necesariamente, la constatación del deterioro, las enfermedades, el envejecimiento de quienes lo integran. Es el único cambio verdaderamente perceptible, porque todo lo demás (los parabienes, los besos, los rituales de bienvenida) se mantiene idéntico a sí mismo con una terquedad que uno quisiera, mejor, para otras cosas que sí se han perdido: el entusiasmo, la sinceridad, la confianza. Somos más viejos y, seguramente, peores de lo que éramos. Y no sé qué es lo que celebramos con tantos aspavientos cada vez que volvemos a reencontrarnos.

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La música, la marcha segura de estos versos de Measure for measure: capaz de imponerse, incluso, al traqueteo del autobús.

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El maullido de saludo de K. (moooo - á), a nuestro regreso, tiene casi la misma modulación que nuestro modo de decirle "Hooola". Con lo que cabe preguntarse quién imita a quién.

martes, septiembre 01, 2009

LITERATURA Y VEJEZ

Termino de leer The Afterlife and Other Stories (1994), la última colección original de relatos publicada en vida por el recientemente fallecido John Updike. No todos sus veintidós relatos son igualmente buenos, y algunos ("The black room", "Cruise") se resienten de utilizar ese repertorio de arbitrariedades narrativas, cierres en falso y trucos de guardarropía al que una cierta tradición parece haber dado carta blanca entre los cultivadores del género. Por lo mismo, también en alguno de estos cuentos (("Falling Asleep Up North", por ejemplo, que es poco más que un apunte autobiográfico) parece haberse llevado demasiado lejos el principio de permeabilidad, por el que casi cualquier cosa que no admita mejor definición y no ocupe más de unos pocos folios puede considerarse un relato.

Pero, salvadas estas relativas caídas, el conjunto ofrece un nivel más que alto y, en algunos señalados ejemplos, de franca excelencia, como es el caso de "The man who became a soprano", un magnífico relato sobre un grupo de vecinos que dan en reunirse para tocar la flauta, y entre los que va cuajando todo ese complejo entramado de relaciones, desencuentros, rivalidades, amoríos, etc. del que está hecha la pura sociabilidad humana.

Aunque quizá lo que llama la atención de este libro, más que los logros alcanzados en cada relato individual, sea el tono predominante: esa especie de modulación final del estilo de Updike por el que éste, aparte de conservar su precisión descriptiva, su aire conversacional, su permanente recurso al sobreentendido y a la ironía y, sobre todo -marca de la casa- su frecuente alusión a la fisiología y a la mecánica sexual como ingredientes básicos de la humanidad esencial de todos y cada uno de sus personajes, da un paso más en su indagación en las costumbres de la clase media americana y aborda los grandes problemas de la existencia humana tal como éstos se plantean, con inusual inmediatez, en la vejez, que es el tema fundamental de estos relatos. En ese sentido, cabría compararlos con los de
Cathedral, la colección de relatos otoñales que publicó Carver diez años antes.

Ante estos consumados ejemplos de arte maduro, ejecutados en plena vejez de sus artífices y centrados sin ambages en el punto de vista que la edad avanzada proporciona sobre las grandes cuestiones de la vida, cabe preguntarse si el signo juvenil que, en determinadas épocas y lugares, se empeñan en revestir ciertas literaturas no es, en la mayoría de los casos, un fuego fatuo, que desorienta e induce a confusión. Cuando, hace algunos años, antologué la poesía de Fernando Quiñones (
Crónica personal, 2005) creí captar ese ingrediente de asumida madurez en su último libro de poemas, en su novela La visita y en algunos relatos tardíos. En la literatura española no hay demasiados ejemplos de esta vejez asumida, susceptible de transmutarse en buena literatura que interese a todos. Quizá también eso esté cambiando, en fin, como consecuencia del envejecimiento de la población. Aunque más bien parece lo contrario: si hay algo que celebren los viejos, es la juventud.