sábado, octubre 31, 2009

EL PIRATA

Hemos capturado a un pirata y no sabemos qué hacer con él. En esto, como en otras cosas, somos víctimas de un error de perspectiva: el creer que, por vivir en un mundo que se ha concedido a sí mismo demasiadas bulas de modernidad y progreso, el resto del planeta avanza en esa misma dirección; y que, si no ha llegado a las confortables metas que creemos haber alcanzado, es sólo porque les han faltado tiempo y medios: con unas ayuditas aquí, un empujón allá, e incluso alguna que otra salvadora intervención militar por nuestra parte, pronto todos esos lugares del mundo en los que suceden cosas que creíamos propias de las novelas de aventuras se convertirán en emporios de progreso.

Lamentablemente, no es así. Unos vivimos en el siglo veintiuno, otros en el dieciséis. También en tiempos del Imperio Romano coexistían sobre la tierra el civilizado ciudadano de la Urbe, acostumbrado a pasear por su imponente ciudad, y el bárbaro que desconocía la existencia de Homero y Virgilio o las implicaciones del derecho romano. En la práctica, claro está, las diferencias no eran tantas: enfrentados en campo abierto, tanto valía la lanza del romano como la azagaya del bárbaro. Pero, salvando esos encuentros, que solían tener lugar en lejanas fronteras, el ciudadano común rara vez experimentaba el vértigo de ver su modo de vida y sus creencias enfrentados a los de alguien radicalmente ajeno a ellas.

No es nuestro caso. Aquí estamos, intentando resolver con leyes y modales del siglo veintiuno un caso que nos retrotrae al diecisiete. Naturalmente, no podemos hacer con el pirata capturado lo que se hubiera hecho entonces: colgarlo de una entena. Sobre todo, porque eso dejaría muy malparadas las creencias en las que sustentamos nuestro modo de vida. Y aunque a veces leamos en la prensa que todavía hay quien reivindica el espíritu de Fuenteovejuna, y hay imbéciles que tratan de ajustar sus vidas y las de los suyos al sangriento código de honor calderoniano, no parece que esté en el ánimo general un regreso a los usos y costumbres de entonces. No es imposible: en algunos países geográficamente muy cercanos al nuestro han pasado en pocos lustros de preconizar sistemas políticos “avanzados” –eso decían– a defender la guerra santa contra los infieles…

Todavía no estamos en esa tesitura. Por eso no sabemos qué hacer con el pirata. Es una situación ridícula, a la que posiblemente han contribuido no poco el espíritu timorato de un gobierno y la incompetencia de un juez. Si tuviéramos un Guantánamo –es decir, un limbo legal– podríamos mandarlo allí. Si fuéramos chinos lo ejecutaríamos en un estadio. Pero, como no estamos en ninguna de esas circunstancias, nos limitamos a pasearlo de una dependencia judicial a otra, a la espera del probable desenlace, que será su vuelta a casa. No es para aplaudir. Pero…

Publicado el pasado martes en Diario de Cádiz

viernes, octubre 30, 2009

CARO DIARIO

Yo creo que el correo electrónico se ha inventado para satisfacer nuestra vanidad. Lo abre uno a media tarde, pongo por caso, y se encuentra con que se han acumulado una docena de mensajes que contestar. No es que sean urgentes ni importantes: naderías amistosas, inoportunidades profesionales. El correo ordinario nunca nos había dado motivos para sentirnos tan solicitados. Y se pone uno a contestar esos mensajes con el aplomo y soltura con el que se suponía que Rebecca, la primera señora De Winter, se sentaba ante su escritorio a despachar su correspondencia, según la malvada ama de llaves se encarga de hacerle saber a su nueva señora, que no consigue imaginar de qué demonios podían tratar las cartas de su predecesora... Mantener una correspondencia no era moco de pavo. Había que tener fincas que administrar, lejanos proveedores a los que hacer encargos, amantes solícitos, asociaciones cívicas que esperasen nuestro voto o nuestro consejo como agua de mayo, sesudos corresponsales con los que departir sobre asuntos artísticos o filosóficos... No es que uno haya logrado tener nada de eso. Pero el caso es que te llaman para cenar y no tienes el más mínimo reparo en decir: "Un momentito, que estoy contestando mi correo". Como el mismísimo vizconde de Chateaubriand.

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Quizá mi único corresponsal digno de ese nombre, ahora que me paro a pensarlo, sea este cuaderno.

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Y lo dejo, porque, si me descuido, voy a empezar a escribir: Caro diario... al comienzo de cada una de estas entradas.

jueves, octubre 29, 2009

MAR ABIERTO

Entre los del solar frontero al cementerio hay un gato que se parece extraordinariamente a K. Sólo que es más grande, más esquiva, más sucia. Su reverso en la escala social de los gatos, por así decirlo. Algo así como ese doble golfo que todos quisiéramos tener, y que a lo mejor llevamos dentro.

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Tiempo de vendaval otra vez. Noche mal dormida. Ánimo de vendaval.

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Y ahora me dispongo a escribir mi reseña mensual. Ya sé del prestigio que goza la espontaneidad, la falta de ataduras y obligaciones a la hora de escribir. Pero uno tiene un natural perezoso; por eso ha hecho de la rutina su mejor aliado. Por eso alimento, como a una planta anémica, ese débil deseo de escribir "lo mío", lo que nadie me ha encargado, que sólo surge mientras tiro de remo en esta singular galera a la que me ato con rigurosa regularidad. Qué ganas entonces de atender a ese endecasílabo que te nace entre renglón y renglón de esforzada prosa periodística, de acabar ese cuento nacido de una frase desviada, de meterte de lleno en esa novela a medias que, comparada con este recinto de aguas estancadas en el que das vueltas sin parar, es puro mar abierto.

miércoles, octubre 28, 2009

BOMBONES

El tiempo libre tiende a compactarse. No hay modo de abrir un hueco en él. El otro, en cambio, el de las obligaciones, suele estar lleno de respiraderos. Este cuaderno, y casi todo lo aparejado a él, pertenecen más a lo segundo que a lo primero. Dedicar una parte de una mañana de domingo, por ejemplo, a anotar algo en él me suena a escamoteo. Dedicarle, en cambio, unos minutos de estas tardes previamente asignadas a mil cosas me resulta de lo más natural. No hay nada tan urgente que no puede demorarse media hora, hasta que no haya puesto al día mis cuentas personales. Ni nada tan superfluo, en fin, que no parezca más insoslayable que cualquier cosa que pueda anotar aquí en una mañana festiva.

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En una mañana festiva me leí el libro de Olga Bernad, Caricias perplejas. La lectura de poesía, digan lo que digan los panegiristas del género (entre los que no me encuentro, pese a cultivarlo), es siempre superflua. Por eso es un lujo y un placer. Luego puede tener otras utilidades añadidas, no digo que no. Pero lo verdaderamente lujoso, e incluso lujurioso, de la poesía es su gratuidad. Un poco de sol, unas horas de ocio absoluto, un cierto trasiego en la casa, del que previamente te has desentendido, porque la vida en familia admite estos pactos tácitos... Leo estos poemas en los que tan claramente se manifiesta el gusto de escribir more metrico, con naturalidad y sin aparente esfuerzo. Hablar en endecasílabos, como se dice que los castellanohablantes tendemos a hablar en octosílabos -yo creo que eso sólo ocurría antes de Garcilaso-. Olga Bernad tiene ese don de la métrica interiorizada, hecha ritmo del hablar; y ello, sin que en su poesía haya demasiados elementos que apunten a eso que se ha llamado "tono conversacional", y que tantas veces ha degenerado en un amaneramiento más, o en objetos verbales tan acartonados como los "monólogos dramáticos" de Robert Browning, que tanto gustaban a Cernuda... No: la poesía de Olga Bernad no apunta a esa ficción, se conforma con ser palabra gozosamente entregada a su ritmo. Es retóricamente abundante, a la manera en que lo era la poesía del mejor Neruda o de Miguel Hernández, pero su retórica nunca parece superflua o innecesaria. Si acaso, concuerda con la sensualidad que aflora en algunos de sus poemas. No en vano en este libro se habla de "caricias" desde el título mismo. Uno lo ha leído con curiosidad, primero, luego con placer y creciente entusiasmo. Y lo cierra con la satisfacción de quien constata que, si bien todo se ha dicho ya, como dicen algunos, siempre es posible añadir una modulación personal a lo ya dicho.

A Olga Bernad la descubrimos en este mundillo de los blogs, que muchos juzgaban poco menos que la perdicion de quienes habíamos caído en semejante vicio, agravado además por la circunstancia de que quienes escribimos en este medio eludimos las dos grandes consideraciones de respetabilidad de las que suelen blasonar los escritores: la publicación de libros y/o la remuneración por la labor realizada. Escribir gratis y tener lectores que no compran libros. Vaya negocio. Y, sin embargo, de este semillero empiezan a salir buenos frutos. Uno es éste. Y no el único, por cierto.

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Bombones blandos. Hace todavía demasiado calor. Pero los rituales íntimos entienden poco de climatologías y calendarios.

martes, octubre 27, 2009

A POCO

Catorce horas fuera de casa, salvo el hueco del almuerzo. No he leído, no he escrito nada. A mi favor puedo anotar que, con lo acumulado -anécdotas, encuentros, impresiones de gente vista- podría nutrir este diario durante días. Pero esa clase de material caduca en cuanto algo más urgente se le pone por delante; o, simplemente, cuando el tiempo transcurrido lo enfría, lo vuelve contingente y olvidable. En esto de mantener un diario pasa lo mismo que con el vivir propiamente dicho: de nada sirve haber vivido mucho si lo de hoy, la vida sentida en su inmediatez, sabe a poco.

lunes, octubre 26, 2009

CAMBIO DE HORA

Hoy la entrada tiene carácter de hemeroteca: este recorrido por la sierra de Cádiz, que ha publicado el suplemento El Viajero, de El País; y el texto completo de la reseña que hice de las memorias de Medardo Fraile en El Cultural, y que salió con algunos cortes.

Qué mal me ha sentado el cambio de hora.

sábado, octubre 24, 2009

RIQUEZAS

Obedeciendo a una iniciativa legal del propio gobierno, se han hecho públicos los patrimonios de todos y cada uno de sus miembros. Y se ha dado publicidad al hecho, al parecer tranquilizador, de que, salvo un caso o dos, ninguno de ellos es llamativamente rico, aunque tampoco ninguno es más pobre de lo que cabría esperar. De quienes declaran tener más de lo que se considera “normal” (si es que, en estas cuestiones, cabe hablar de normalidad) se dice que lo deben a haber heredado esas riquezas. Y como en democracia no se debe juzgar a nadie por lo heredado, ya sean riquezas o apellidos, la posesión de esas fortunas se considera una eventualidad poco o nada significativa. Con lo que el nivel de riqueza y la posición social de los actuales gobernantes se identifican con los que imaginariamente se atribuyen a sí mismos la inmensa mayoría de los españoles, que no dudan en definirse como “de clase media”.

En estas cosas los españoles siempre hemos sido así de voluntaristas, y si, en los Siglos de Oro, un mendigo con ínfulas podía declararse tan noble como un Grande de España, ahora basta gozar de ciertos bienes de consumo y de un mínimo (más bien ínfimo, en muchos casos) nivel educativo para sentirse tan burgués como un notario de provincias o un banquero. Y si, encima, constatamos que quienes nos gobiernan son, o se sienten, tan burgueses como nosotros, miel sobre hojuelas. En esa manera de entender la cohesión social no hemos avanzado mucho desde los tiempos en que el alcalde plebeyo de Zalamea reclamaba para sí tanta honra como cualquier noble de nacimiento.

Sin embargo, las cosas no son tan sencillas. Ni las clases menesterosas de entonces entendían tanto de honra como proclamaba Calderón (y ahí está el cornudo y contento Lázaro de Tormes para demostrarlo), ni la totalidad de la población asalariada vive hoy en esa medianía satisfecha en la que acaban de ubicarse los ministros. Quizá en estos tiempos la riqueza haya que medirla por otros parámetros. Haberse criado cerca de los resortes del poder, como es el caso de muchos altos cargos, y tener la certeza de que, antes de caer en la miseria (para lo que, en el caso de la mayoría de los ciudadanos, basta perder el empleo), hay infinidad de colchones, contactos e influencias que lo mantendrán a uno en el medio en el que se ha criado, es, quizá, la marca patrimonial que más diferencia hoy día a las clases sociales. Un albañil bien situado puede ganar tanto como un ministro. Pero, si las cosas vienen mal dadas, quien pertenece a los círculos de poder e influencia aguantará mejor que quien depende sólo de sus recursos. De ese patrimonio inmaterial no sólo viven los altos cargos, sino, en muchos casos, sus allegados y descendientes. Ésa es la verdadera riqueza: la que no se puede medir en cifras. La que nunca se agota. La de siempre.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

viernes, octubre 23, 2009

CONVALECENCIA

Lo que creía gripe -malestar general, dolor de huesos, destemplanza- se ha quedado, al parecer, en un simple amago de faringitis, que ha remitido con una tarde de descanso y mimos. Y en la que, para distraerme, me he visto todos los "extras" que incluía el deuvedé de Hondo. Hay algo en todas estas películas del círculo Ford-Wayne-Bond-etc. que trasciende a juerga de hombres solos. Y entre los recuerdos y comentarios que recogen algunos de estos pequeños documentales los hay, en fin, que recuerdan a la clase de maledicencia misógina que a veces cunde en esas reuniones. Los que se refieren, por ejemplo, a la pobre Geraldine Page. El choque era previsible: una actriz de teatro de Nueva York frente a una caterva de golfantes y borrachos. Wayne llegó a decir que la actriz, de naturaleza bohemia, no se lavaba el pelo y los dientes con la frecuencia deseable, y que las escenas de amor con ella..., bueno, resultaban difíciles (léase esto a la luz de lo que decíamos anteayer de los olores). En su descargo, otro testigo del rodaje alega que lo que pretendía la Page era sentirse en la piel de su personaje, la mujer de un colono, y que por eso no se lavaba. Tampoco aguantaba ésta muy bien los dicterios reaccionarios de Wayne y, sobre todo, los de Ward Bond. Se lo debieron pasar en grande a su costa. Y lo curioso de todo es que nada de eso se refleja en la película; o, mejor dicho, que la evidente frialdad que existe entre John Wayne y la actriz es uno de los factores que más contribuyen al curioso cariz que adquiere la historia de amor entre ambos. Un amor interesado, la "única oportunidad" (my only chance, dice ella) de la actriz de escapar de un destino (soledad, miseria, incluso un forzado matrimonio con un indio) que no parece nada halagüeño, y la única (esto no se dice) que tiene el personaje de Wayne de encontrar algún asidero que lo reintegre al trato con el resto del género humano.

Fue una buena manera de convalecer.

jueves, octubre 22, 2009

BERKELEY

El malestar metafísico de ayer se concreta en síntomas físicos tangibles. Debe de ser la gripe. O algo peor: la confirmación de las teorías de Berkeley, por las que la realidad física no es más que una proyección de una monstruosa y única mente pensante. Y acatarrada.

miércoles, octubre 21, 2009

OLORES DE MUJER

Las transiciones suelen durar poco. Y más las meteorológicas. Sueña uno con un entretiempo infinito, sin frío ni calor, en el que vestir ropas ligeras y cómodas, a la vez que elegantes. Pero no existe la primavera perpetua: el año pasado, sin ir más lejos, pasamos en apenas un mes de los fríos extremos a las temperaturas veraniegas. Tampoco hay otoños que, meteorológicamente hablando, tengan carácter propio, y no sean la suma antinatural de días veraniegos que se repiten hasta bien entrado octubre y esa especie de invierno anterior al invierno que suele darse en noviembre. El otoño es más bien una cuestión de luz, no de temperaturas. Tengo la vista puesta en el temporal que entra. El viento sur golpea las ventanas y en la piel se siente la humedad. Ayer todavía era verano. Mañana, en cuanto nos echemos encima el jersey, nos abriguemos la garganta (mi punto débil) y nos cubramos con alguna prenda impermeable, nos sentiremos en pleno invierno. El inminente cambio horario, que acortará las tardes, rematará la transición. No ha habido otoño, como no hay "centro" en política ni estadios intermedios entre la vida y la muerte. La realidad gusta de los extremos. Yo no.

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Hondo, otra vez. Siento una especie de fascinación por este western de John Farrow. ¿Quién sigue diciendo que John Wayne es un mal actor? Hay un momento en que su personaje, que se dice "mitad indio", se acerca a la desamparada Geraldine Page y le dice que, al igual que sus medio hermanos de raza, puede distinguir a una mujer blanca por el olor; y que ella, la que tiene delante, ha amasado pan esa mañana, ha frito tocino, se dio un baño la noche anterior; y, sobre todos esos olores, huele a lo que huelen las mujeres... No sabemos cómo va a reaccionar ella: lo mismo podría darle una bofetada que caer en sus brazos. Pero lo que advertimos, en el tempo detenido de la escena, es la casi insufrible tensión que se ha creado, el enardecimiento del macho por obra de su propia retórica, la activación, todavía no sabemos hacia qué fin, de ciertos resortes sensoriales de la hembra. Se dice que John Ford estaba detrás de esta película. Y esta escena tiene la temperatura erótica que Ford supo infundir a Mogambo, El hombre tranquilo o La ruta del tabaco.

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Cometo errores. Comprensibles todos ellos, en fin, porque nadie mejor que uno mismo para entender las debilidades propias. Los demás no sé qué pensarán.

martes, octubre 20, 2009

SEÑALES DE VIDA

A veces da cierta pereza defender lo obvio; que frecuentemente es también, por serlo, lo más necesitado de defensa. Por ejemplo, que lo que llamamos poesía tradicional, o popular, o de arte menor (sé que son cosas distintas, pero el área de superposición entre las tres es muy amplia) sigue siendo un modo de expresión vivo, flexible y vigente; como lo demostró no hace muchos años la publicación de uno de los libros de poesía más hermosos de las últimas décadas: Canciones, de José Mateos; y como viene a reafirmarlo ahora la aparición de Señales de vida, el librito de Juan Antonio González Romano que me mueve a escribir estas líneas. Lo leí en una tarde de domingo: quiero decir, en uno de los momentos de la rutina semanal en que el ánimo se muestra más tornadizo, más reconcentrado en sus reconcomios narcisistas, menos generoso, en suma. No sé por qué anoto estas manías: a nadie pueden importarle. Pero quizá respecto a este libro tengan alguna relevancia: la falta de engolamiento de la voz que en él habla, el discreto disfraz popular y sentencioso con que se revisten experiencias y pensamientos que en cualquier otro se presentarían bajo la máscara de un yoísmo insufrible, y el humor o, al menos, el distanciamiento irónico que domina todo el conjunto contribuyeron no poco a facilitar su asimilación por un ánimo en principio tan mal predispuesto. El mío salió de la lectura más limpio y ligero. Y eso tengo que agradecerle a su autor.

lunes, octubre 19, 2009

AVISOS A LOS NAVEGANTES

Despacho varios encargos a lo largo del fin de semana. Soy básicamente un jornalero de la literatura. Con muy anchas espaldas, además. Y lo peor de todo: disfruto con ello.

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Entra uno en este recinto en el que al cuarto de los trastos lo llaman "pañol" y se le dispara la imaginación. Me acuerdo de mis bregas con el Diccionario de términos marítimos del almirante Barbudo, mis idas y venidas a diversas bibliotecas -entonces no había Internet, o yo no lo tenía- para enterarme de qué era una regala, por ejemplo, cuando traducía a Conrad; o mis consultas a mi amigo y pariente J.R., marinero en tierra, para que me explicase qué demonios es "fondear a muerto", entre otros detalles que daban vida a los poemas marinos de Melville que traduje hace un par de veranos... La literatura del mar, por así decirlo.

Pero me bastan unos minutos en este lugar para convencerme de que aquí hace tiempo que se inmunizaron contra el lado poético del asunto. Con todo, cultivan una muy buena prosa: hacen mapas. Los chicos a los que acompaño en la visita hacen lo posible por seguir las explicaciones que les dan, pero mucho me temo que no saben qué es un pecio, por ejemplo, o una derrota, términos que nuestros anfitriones no se dignan explicar. Uno de ellos sí ilustra su exposición con un caso práctico, usando una carta electrónica: en el ordenador -ese lenguaje sí lo entienden mis alumnos- aparece la derrota pedida por un hipotético barco que desea salir de puerto: vemos dibujarse una autopista en medio del mar. "¿Y qué pasa si uno se sale?", pregunta uno. "¿Te ponen una multa?". Otro sí lo ha pillado, a la primera: "No, tío, lo que pasa es que te la pegas".

Pero lo que más gracia me hace es el departamento donde imprimen el boletín de Avisos a los navegantes. He oído tantas veces esta expresión en sentido figurado, y casi siempre en un tono entre sarcástico y amenazante, que me cuesta entenderla en su sentido literal: son los avisos por los que la autoridad marítima periódicamente informa de las incidencias que se han producido en determinados puntos de las zonas que controla. Hoy día los navegantes actualizan estos datos mediante un cedé, o vía satélite. Pero es mucho más hermoso el método tradicional: el navegante ha de tener la paciencia de recortar los mapitas que incluye el boletín y pegarlos en sus cartas marinas. Una carta marina bien trabajada termina siendo, con los años, una especie de collage.

Todo esto sucedió el jueves pasado. Lo anoto antes de que se me olvide. La memoria de uno tiene mucho, también, de mapa lleno de parches.

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Y dos expresiones, por lo mismo. Ésta que me proporcionan los viejos de Guadalcacín, a los que ese mismo jueves di una lectura literaria -quiero decir que les conté un cuento de Chéjov, les leí varios apuntes de este cuaderno y un par de poemas y, sobre todo, les insté a que hablaran ellos, lo que no me costó mucho trabajo-: a un trozo de pan en el que se ha practicado un agujero en la miga, para llenarlo luego con aceite, sal y vinagre, lo llaman aquí "gazpacho en pie".

Y ésta otra, oída el sábado a una mujer, mientras intentábamos sortear una calle en obras: "Esta mujer (por la alcaldesa, responsable última de esas obras) tiene la ciudad hecha un equinoccio" (¿un estropicio, quizá?).

viernes, octubre 16, 2009

NOBELES

Como casi todas las noticias, las relacionadas con los premios Nobel hay que juzgarlas en caliente, aun a riesgo de equivocarse. Y a lo mejor me equivoco con lo que voy a decir, pero lo cierto es que los premios Nobel sobre los que puedo permitirme una opinión me parecen, digámoslo ya, aburridos, previsibles (incluso cuando recaen, como ocurre este año con el de Literatura, en una desconocida), y rodeados de esas justificaciones que más parecen destinadas a ensalzar las elevadas miras de la institución que los concede, que a reconocer los méritos de los premiados.

No dudo, en fin, de que la escritora rumana a quien le han dado el de Literatura (del de la Paz, concedido a Obama, hablaremos otro día) lo merezca. Incluso cuando a alguien le toca la lotería, basta escarbar un poco en su vida e ilusiones para llegar a la conclusión de que merecía ese premio azaroso, porque pocas personas hay a quienes pueda negárseles el derecho a levantar un poco el vuelo por encima de sus ataduras materiales… Lo mismo pasa con esa otra lotería que constituyen los premios otorgados a escritores en función de su nacionalidad, sus relaciones con el poder o su papel frente a los conflictos de su tiempo. Antonio Machado se hubiera merecido uno, pero nadie se acordó de él en los tiempos revueltos que precedieron a la Segunda Guerra Mundial. Borges se quedó sin premio, pese a sus sobrados merecimientos, por haber expresado en algún momento opiniones políticas muy inoportunas. Neruda y García Márquez, sin embargo, pese a la declarada simpatía de ambos hacia determinados regímenes políticos totalitarios, o quizá por eso mismo, fueron premiados… Sólo en una ocasión, que yo sepa, el premio recayó en un escritor absolutamente ajeno a esos juegos de intereses: cuando se lo dieron a Juan Ramón Jiménez. Y no se puede decir que lo disfrutara: recién muerta Zenobia, su mujer, el gran poeta español ya sólo esperaba unirse a ella en esa otra mejor vida donde las vanidades mundanas nada cuentan.

Así que, si ahora me dicen que le han dado el premio a esta Herta Müller, a quien felicito de todo corazón, y alegan que ha sido por su “defensa de los desposeídos”, y por haber tenido dificultades con la horrenda dictadura de Ceausescu, y por ser representante de la minoría alemana de Rumanía, etc., todas estas razones, más que moverme a la lectura inmediata de su obra, me llevan… a bostezar, y a constatar, una vez más, que los motivos por los que la santa Academia sueca premia a los escritores poco tienen que ver con los que mueven a leerlos. A lo mejor mañana, en fin, cuando haya leído alguna página de esta mujer, cambio de idea. Pero son ya muchos los nobeles que uno lleva a sus espaldas. Y muchos los bostezos. Yo, qué quieren que les diga, todavía ando haciendo campaña para que se lo den a Galdós, a título póstumo.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

jueves, octubre 15, 2009

QUIENES SÍ

Los discursos puramente mentales del insomnio suenan siempre mejor que cualquier posible equivalente escrito. Lástima de no contar con un mecanógrafo a quien dictárselos. O con una impresora enchufada al cerebro.

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Recibo, vía correo-basura, una oferta laboral que pide un "Técnico Especialista en Acción Social y Solidaria", cuya función sería "gestionar programas de Cooperación al Desarrollo, Género, Discapacidad, Interculturalidad, Participación, Voluntariado...". Todo mezclado. Una especie de entendido en las desigualdades humanas, las evitables y las otras. No creo que les sea difícil encontrarlo. De boquilla, al menos, conozco a varias docenas de personas que se creen capaces, no ya de solucionar los graves problemas asociados a estos enunciados, sino de cambiar incluso la naturaleza humana. Aunque mucho me temo que el propósito no es tanto encontrar a la persona adecuada, como anunciar a bombo y platillo que a la institución convocante le preocupan estas cosas.

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Tras una noche de insomnio, uno se siente siempre más misántropo que el día anterior. Tal vez por mera envidia de quienes sí han dormido.

miércoles, octubre 14, 2009

DANS MON LIT

Mar rizada. Pero, sobre todo, despeinada.

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Me piden mi parecer sobre los abucheos al presidente del gobierno durante el desfile de la Fiesta Nacional. Y creo que decepciono a mi interlocutor cuando le digo lo que pienso: que no me parece bien que se abuchee a nadie en una ocasión institucional, que se supone que comparten y respetan todos los asistentes. En caso contrario, basta con quedarse en casa (lo que decía Brassens: Le jour du 14 Juillet / Je reste dans mon lit douillet...), que es lo que hago yo. Puede que el de abuchear sea un derecho democrático. Pero, sobre todo, es una muestra de mala educación.

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Me hacen un encargo periodístico. Y me dan la medida que ha de tener: 5.600 caracteres, con espacios. Como no tengo dónde apuntarlo, pongo un billete de autobús en la página 560 del tocho de Morla, a modo de recordatorio. Y me siento tontamente ufano de esa invención, que me parece digna del más avezado de los periodistas. Inútil, por otra parte: desde el momento mismo en que hago ese gesto para recordar la cifra, sé que no se me va a olvidar.

martes, octubre 13, 2009

TRAMA

El silencio en campo abierto es menos un vacío que... una trama.

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C., que ha pasado la mañana pintando en el estudio de J.A.M., me cuenta que un gato ha dejado sus huellas en un lienzo que el pintor había puesto a secar al aire libre, después de darle una imprimación. Estoy por llamarlo para aconsejarle que no lo toque, ni limpie la mancha... Una tela blanca con unas pisadas de gato: con poco más que esto, algunos se han ganado un hueco para siempre en el Reina Sofía.

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A mediados de 1938 (sigo con los diarios de guerra de Morla Lynch) todas las posibilidades estaban abiertas, incluida la de una salida pactada al conflicto. ¡Franco como jefe supremo del ejército en un gobierno de Negrín! Creo que fue la diplomacia inglesa la que llegó a sugerir esta componenda. Y no hay que hacerles demasiado caso a los desmentidos contundentes de la Historia: lo mismo hubiera funcionado.

sábado, octubre 10, 2009

219 MINUTOS

No me cuento entre quienes se escandalizan por el modo que cada cual tiene de pasar su tiempo libre. Y no lo hago, en fin, porque no comparto la moralina que subyace a esta clase de juicios de valor, y que lleva a dar por sentado que quienes leen libros, por ejemplo, son mejores personas que quienes se pasan el día viendo la televisión, o viceversa. No es verdad. Y si alguna vez se me nota alguna parcialidad a favor de los libros, será exclusivamente porque considero que encierran posibilidades de diversión a las que resulta un poco incomprensible negarse, y menos en una sociedad donde casi todo el mundo aprende a leer a edades muy tempranas y existen toda clase de facilidades para acceder a los libros.

Pero a lo que iba: cada cual es muy dueño de dedicar su tiempo a lo que le venga en gana, y no voy a ser yo quien se dé golpes de pecho porque un organismo del ramo haya registrado el dato de que el pasado mes de septiembre los españoles pasamos doscientos diecinueve minutos diarios ante el televisor (catorce más los andaluces). Si se considera que estas cifras son un promedio, y que hay que excluir de ellas a la gente que pasea, lee, conversa o (caso también raro, según otras encuestas) hace el amor por largo todos los días, resulta que los demás prácticamente no hacen otra cosa que estar pendientes de lo que emite el fatídico aparato. Insisto: no creo que eso los haga peores. Ni siquiera más incultos: entre leer ciertos best-sellers y exponerse a la telebasura, no hay mucha diferencia. Pero sí me resulta más bien deprimente que el estudio en cuestión relacione este índice de exposición, el más alto registrado en los últimos años, con la crisis económica. No tendría por qué darse esa relación: pasear, decíamos, leer, hablar con nuestros semejantes o (según) practicar el sexo son aficiones que, por lo general, no cuestan dinero, por lo que cabría esperar que su práctica hubiera aumentado en este periodo de vacas flacas; mientras que ver la televisión, amén de conllevar un cierto gasto de energía eléctrica, supone exponerse a toda clase de incitaciones al consumo, nefastas en estos tiempos apurados.

Más bien parece –y esto es lo que deprime del dato– que la gente ve la televisión por falta de ánimo para hacer otras cosas. No es que la televisión aturda más que las charlas de café o los malos libros (o el sexo sin alicientes, ya puestos); pero la clase de aturdimiento que procura resulta más asequible. No hay que salir de casa, no hay que procurarse compañía, no hay que hacer esfuerzos. Ante nosotros se extiende la perspectiva de un largo invierno en el que, a falta de ilusión por otra cosa, veremos más televisión que nunca. Uno anticipa ya el golpeteo de la lluvia contra los cristales, el ulular del viento en las rendijas… Mejor subir el volumen de la tele, para no escucharlos.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

viernes, octubre 09, 2009

ACUSE DE LECTURA

Desde el primer día, ya lejano, en que alguien (a quien, por cierto, hoy cuento entre mis mejores amigos) se me presentó y me dio conversación por el mero hecho de que sabía que yo escribía, siempre me han causado una cierta extrañeza las relaciones personales que uno establece a través de la literatura. En la mayoría de los casos son relaciones que conocen un breve periodo de intensidad, lo que pueda durar el deslumbramiento mutuo, y luego decaen, para entrar, con el tiempo, en un limbo difícil de definir, en el que uno tiene la sensación de andar en tratos inciertos con un desconocido al que, en cierto modo, conoce demasiado bien... Suelen ser relaciones inestables, un tanto demasiado expuestas a la decepción. Por lo mismo, cuando una de estas relaciones no sólo no degenera hasta ese estado de incomodidad, sino que se asienta en un trato mutuamente gratificante, basado en el respeto mutuo y la confianza, uno debe darse por afortunado.

Ése es mi caso respecto a este JLP, cuyo último libro acabo de recibir. Hace unos veinte años que me trato con él, y esta relación fue durante los tres primeros lustros casi exclusivamente epistolar, hasta la generalización de los recursos informáticos (correo y blogs). Hablamos por teléfono en una ocasión, con motivo de una entrevista que me hizo para un periódico de su tierra, Asturias, y en la que tuvo la humorada de traducir mis declaraciones al idioma o dialecto autóctono de esa tierra... No creo que nos hayamos vistos en persona más de una o dos veces: la ocasión que recuerdo, en concreto, la sitúo en Jerez, en los jardines de la hermosa bodega de González Byass, en la Alameda Vieja, donde se presentaba una efímera colección de cuadernos literarios. Era verano, y él vestía una especie de camisola blanca y suelta, entre caribeña y oriental, que me pareció muy apropiada a la imagen de sí mismo que proyectaba en sus versos. Lo acompañaba su mujer, Eva Vaz. Esa ocasión se me confunde, en el recuerdo, con otros actos que se han celebrado en el mismo local y a los que yo he asistido; pero creo no equivocarme si anoto que en ese día en concreto estaban también José Mateos y Felipe Benítez Reyes, y que a este último lo vi conducir el trenecillo eléctrico con el que la empresa anfitriona transportaba a los invitados desde las puertas de la bodega hasta el patio en el que se celebraba el acto.

Anoto todo esto, primero, para hacer memoria; y, segundo, para dejar constancia ante mí mismo de que, muy posiblemente, el sentimiento de amistad que me une a este escritor tiene muy poco fundamento en el trato real, y se basa casi exclusivamente en los cauces formales de la sociabilidad literaria. En éstos, sin embargo, también es posible a veces percibir la vibración de la afinidad, artística y personal. Desde sus primeras cartas, tengo la sensación de que entre este JLP y yo existe una honda complicidad; como la tengo, y firme, de que, en algunas fases de nuestras respectivas trayectorias, nos han interesado cosas muy parecidas; y que, incluso en el momento inevitable en el que comenzamos a diverger, el poso de esas afinidades previas ha creado un firme fundamento para la confianza.

Éstas son algunas de las ideas que me acuden a la mente mientras leo este nuevo libro suyo, El fin de semana perdido*, que acabo de recibir. Hay mucho en él del viejo JLP de hace veinte años: provocador, fingidamente malvado, cándidamente escandaloso (véase, por ejemplo, el "Mensaje a los adolescentes" que abre el libro); pero mucho más, como no podía dejar de suceder, del que ha madurado lo suficiente como para comprender y comprenderse, tal como testimonia la hermosa novela sentimental que se intuye detrás de los poemas que componen el apartado titulado "Wakefield", o la galería de vivísimos retratos (que son también poemas "de amor y desamor") que compone la sección "Alumnas de una escuela de peluquería". Podría escribirse un documentado ensayo de sociología de nuestra generación a partir de estos poemas. Pero el mérito de ellos no estriba en la verosimilitud con que se da cuenta de todo un estilo de vida generacional, sino en cómo estas particularidades se elevan a verdades universales, y no sólo a las más obvias y socorridas (el amor, el paso del tiempo, la muerte), sino también a otras de más sutil formulación, tales como la imposibilidad de estar a la altura de las propias expectativas, los grandes y pequeños desengaños de toda una generación, la inevitabilidad del daño a terceros en el complicado tejerse y destejerse de las relaciones humanas, la culpa, etc.

JLP es un poeta ameno, y a veces tiene uno la impresión de que esa amenidad es una trampa mortal, por la que el lector es conducido a constataciones a las que no siempre se rinde uno de buena gana. Poemas como "Abrigo azul" o "Madre joven" dejan un malestar tan perdurable como la clase de conocimiento que iluminan. Verdades de esta clase sólo se le perdonan a un amigo. De ahí todo lo que antecede, en fin, para justificar este acuse de lectura.

* José Luis Piquero: El fin de semana perdido. DVD Ediciones, Barcelona, 2009

jueves, octubre 08, 2009

FOXÁ

La concejalía de cultura del ayuntamiento de Sevilla denegó anteayer, a última hora, el permiso concedido varias semanas atrás para celebrar en un local municipal un homenaje al escritor Agustín de Foxá, con motivo del cincuenta aniversario de su muerte. Cuando quienes iban a participar en dicho acto llegaron al local, se encontraron con que apenas dos horas antes se había recibido allí una carta de la concejala del ramo revocando el permiso ya concedido. Los motivos, según se ha contado en la prensa, fueron "sanitarios": temor a que el acto se convirtiera en una apología del franquismo... Bueno, si así fuera, se me ocurre una buena cantidad de celebraciones que habría que prohibir, por existir la fundada posibilidad de que en ellas se congreguen personas de ideología reaccionaria; y entre esos actos habría que incluir muchos partidos de fútbol, por ejemplo. Pero no es cuestión de dar ideas. En el otro extremo, por cierto, también se celebran numerosos actos en los que acaban saliendo a relucir banderas no constitucionales y se suele dar voz a personas que simpatizan abierta o veladamente con sistemas totalitarios (la extinta URSS, la actual Cuba), o con grupos o bandas que preconizan y utilizan la violencia para lograr sus fines.

Pero, más allá de que sea posible en una sociedad abierta aplicar una política de censura preventiva, asombra que una concejala de cultura sea tan ajena a lo sucedido en su ramo en los últimos treinta años. Que no sepa, por ejemplo, que autores como Foxá, Panero o Sánchez Mazas han sido oportunamente reeditados y reivindicados, no ya por quienes puedan compartir sus actitudes políticas, sino simplemente por personas con buen criterio. Que estos autores siguen ganando lectores. Que la literatura perdurable suele sobrevivir a las miserias del tiempo que conocieron sus autores. Y que lo verdaderamente higiénico, a estas alturas, sería poder enfrentarnos al pasado con ecuanimidad y distanciamiento, sin sentirnos llamados a enrolarnos a prisa y corriendo bajo la bandera de ayer que creamos más afín a nuestras preferencias de hoy.

Decía Andrés Trapiello, en el prólogo a Las armas y las letras, que llegaría el día en que contemplaríamos la guerra civil de 1936-39 con la misma indiferencia con que nuestros padres y abuelos consideraban las guerras carlistas. Cuando leí esa frase, pensé que, en lo que a mí respecta, ése era (y es) mi estado de ánimo respecto a la cuestión. Cuanto he leído sobre ello desde entonces (ahora estoy, como los lectores de este cuaderno saben, con los diarios de Carlos Morla Lynch sobre la guerra civil) me reafirma en mi postura. Pero, por lo que veo, no es ése el caso de la concejala de cultura de Sevilla. Quizá debería leer más.

miércoles, octubre 07, 2009

PELOS

De los diarios de Carlos Morla Lynch: "En la habitación [en el hotel Regina, en Barcelona, 25 de enero de 1938], Bebé consulta las camas, las toca, las huele y encuentra hasta un pelo rizado. (...) el camarero (...) nos cambia las sábanas". Me resulta conmovedor ese escrúpulo por parte de la mujer de Morla, en medio del caos de una guerra civil. Y me acuerdo de que yo también me encontré un pelo de esa clase en un compartimento de un coche-cama de Renfe, la primera vez que usé ese servicio, hará unos veinte o veinticinco años. Claro que a mí, entonces, me faltaba aplomo para llamar al camarero y hacer que retirara las sábanas. Tampoco me importó demasiado, la verdad. No soy escrupuloso, sólo fantasioso. Y esa noche no pude dormir.

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Voy a esta armería, que es también tienda de artículos deportivos en general, a comprar unas antiparras para nadar. Y me veo en medio de un corro de hombres que sopesan escopetas (Remington, Winchester) y compran cajas de cartuchos. Con la tropa allí reunida y el arsenal disponible, podría organizarse la defensa del pueblo, en caso de que a los piratas somalíes, como a sus antecesores berberiscos, les diera por acercarse a estas costas. Pero a los aquí reunidos sólo les interesa la media veda, que ya se ha levantado, creo, o está a punto de levantarse. Lástima de conejos, de perdices, de tórtolas. Cuando me llega el turno y pido mis gafas de nadador, me miran como a un intruso o un espía. Y menos mal que ya no se estila fusilar a los tales, porque, desde luego, medios para hacerlo no faltan aquí.

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Mi segunda sesión de piscina, mejor que la primera. En los vestuarios, un hombre que dice tener mi edad le dice a un chico mucho más joven: "Ya ves, con treinta años más que tú, hago lo mismo. Pero me canso más".

martes, octubre 06, 2009

YOU ARE THE ONE

Vimos por segunda vez, en un intervalo de muy pocas semanas, De-Lovely, la muy simpática biografía fílmica de Cole Porter. Fue en la noche del domingo, y la verdad es que pocas películas resultan tan adecuadas como ésta para conjurar el peculiar estado de ánimo que se tiene en esas horas finales del fin de semana. La escenografía -París, Hollywood, Venecia, años veinte, joyas de Cartier, trajes de Chanel, etc.- ayudaba no poco, como también contribuía lo suyo el planteamiento de la película, que es también un homenaje a los viejos musicales de Hollywood. Pero el ingrediente principal, como no podía ser menos, eran las canciones de Porter: inteligentes, divertidas, ambiguas, escritas en ese prosiverso cargado de referencias cotidianas que a la poesía culta le ha costado tanto asimilar... Oía uno Let's Misbehave, por ejemplo, o el descacharrante Let's do it, let's fall in love, y experimentaba el, para mí, más enigmático de todos los sentimientos que produce el arte: la nostalgia de lo no vivido. Miraba a M.A. y los dos éramos, indistintamente, Porter y su esposa, Porter y sus secretos a voces, Porter y su distendida relación con su abundoso arte... Con ese sentimiento de felicidad -con su correspondiente carga de melancolía, como no podía ser menos- conciliamos el sueño. Por la mañana, todavía resonaba en nuestros oídos alguna frase pegadiza de las canciones oídas la noche anterior: "Night and day, you are the one..."; o: "You're the top, you're the Colisseum, you're the top, you're the Louvre Museum...". Están hechas, diría uno, con el lenguaje de los periódicos, como la poesía de Eliot. Pero acompañan mucho más.

lunes, octubre 05, 2009

COSA MENTALE

No soy del todo ajeno a los sábados marcados por la penosa recuperación de algún exceso cometido el viernes. Pero lo que es nuevo para mí, y he experimentado por vez primera este fin de semana, es que ese exceso fuera de naturaleza... deportiva. Primera sesión de piscina, con resultados desastrosos: dolor de espalda, estómago revuelto, insomnio como consecuencia del malestar... Uno de mis compañeros de martirio me dice que él lleva siete años en esto y que el primer día también se siente fatal. Es un consuelo. La monitora -una muchacha animosa, dotada de una bella y proporcionada musculatura- me dice que en cuestión de semanas me sentiré mejor. Ya veremos. Lo mejor de todo es que este mundo me resulta absolutamente nuevo, y que su novedad armoniza extrañamente con otras que ando experimentando estas semanas (nuevo destino laboral, nueva novela en taller, nuevas rutinas). Parece que me estoy aplicando las lecciones de algún enojoso libro de autoayuda, de ésos que invitan a renovarse. Y yo, que pensaba que, a mis años, me había vuelto refractario a toda novedad...

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Con cierta falta de disimulo, le hago a este amigo pintor, ajustándome a tarifas claramente inaplicables al caso, una módica oferta para quedarme con uno de los deliciosos cuadritos que ha pintado en las últimas semanas. Se echa a reír, pero acaba cediendo. Me admira este curioso desprendimiento que los pintores necesariamente han de sentir hacia lo que hacen, y que es condición indispensable para la difusión de su obra. Intuyo que la premisa de este desprendimiento es la certeza de que en cualquier momento pueden repetir lo ya pintado; es decir, que llevan lo pintado en la cabeza, como cosa mentale, tal como postulaban los pintores de los siglos XVI y XVII que querían ser considerados algo más que meros artesanos. Pero lo curioso es que, si en algo se basa esta certeza, es en la posesión de sólidas habilidades artesanales; y, sobre todo, la principal de ellas: la capacidad de reproducir infinitas veces un mismo objeto. Envidio esta certeza. Aunque la escritura también tiene mucho de artesanía, y uno, modestamente, se sabe en posesión de no pocos trucos del oficio, al escritor le es absolutamente imposible conjurar del todo el temor a la esterilidad y la impotencia, la dichosa parálisis ante el folio o la pantalla en blanco. No sé si los pintores experimentan alguna vez esta sensación ante la tela sin pintar. Pero intuyo que, en el caso de que la sintieran, no echarían cuenta de ella, porque el miedo de que cada logro sea el último les impediría separarse de sus cuadros. Digo yo.

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De nuevo, por cierto, me habla este amigo de su intención de embarcarse en cierto proyecto de pintura de Historia, al modo del siglo XIX, y de nuevo se lo desaconsejo... Sus logros, pienso, son tanto más valiosos en cuanto que vienen a contrapelo de sus inclinaciones. Cosa mentale, sí, pero no del todo sujeta a la voluntad. Nos pasa a todos.

viernes, octubre 02, 2009

FAMILIA

No, no es que uno, a la vejez, vaya a salir en defensa del gobierno. Uno no ha estado nunca a favor de ninguno de los gobiernos que ha tenido este país desde que uno tiene uso de razón, pero eso es harina de otro costal. A lo que iba: es que hay ataques al gobierno de turno que exceden claramente los límites del sentido común y de la experiencia. Se ha hablado mucho, por ejemplo, de cierta sospechosa moción de censura municipal que, en contra del criterio del partido gobernante, ha sido apoyada nada menos que… por la madre de la secretaria de organización de dicho partido, que es –la madre, no la hija– concejala del municipio afectado… El sentir general parece ser: si la influyente hija no controla a su madre, qué autoridad tiene para llevar las riendas del primer partido político del país. Pero resulta que, si en algún sitio no vale nada la autoridad del prócer más encumbrado, es en su propia casa. Y si hay algo que nadie puede evitar es que su madre o su padre, mientras sean dueños de sus facultades mentales, hagan lo que les venga en gana.

Por lo mismo, se ha hablado mucho de ciertas fotos en las que el presidente del gobierno y su familia, incluidas sus dos hijas, posan junto a Obama, en un momento de la visita de éstos a los Estados Unidos. Se ha criticado, en primer término, la incoherencia que supone exigir que se respete la intimidad de esas adolescentes y, al mismo tiempo, exhibirlas en una visita oficial. Pero, como la maledicencia no tiene límites, se ha aprovechado también para criticar el aspecto de las dos chiquillas, que posaron para la ocasión con las vestimentas de la tribu urbana con la que, por la tontería habitual que suele tenerse a esas edades, dicen identificarse. No es que uno sea partidario del determinismo social: todo lo contrario. Pero sí creo que, en esto de las identidades sobrevenidas, la única que sale a relucir, por mucho que uno no quiera, es la que se hereda del medio en el que uno se ha criado. Y estas niñas, por muy góticas que quieran ser, lo único que revelan con su aspecto y actitudes es su condición de vástagos de la clase dirigente madrileña. Eso no es ni bueno ni malo: sólo inevitable. Pero, por lo mismo, entra en la lógica del pudor político disimularlo. Para eso, en fin, están los asesores de imagen. Y aunque hay motivos fundados para pensar que los de este presidente son el hazmerreír de la profesión, es muy posible que, en este caso concreto, de nada valieran sus consejos. Porque, igual que la número tres del partido gobernante no puede con su madre, es muy posible que el propio presidente, como cualquier otro padre de adolescentes, apenas pueda influir en el vestuario de sus hijas.

Lo que, después de todo, es muy humano. Quién controla a sus padres, a sus hijos, a sus parientes en general. Bastante tiene uno con sobrellevarlos.

Publicado el martes en Diario de Cádiz

jueves, octubre 01, 2009

UN REINO AFORTUNADO

El lugar no puede ser más desolado: una plazuela sucia y mal pavimentada, delimitada por la tapia del antiguo cementerio, todavía no del todo desmantelado, algunas casas viejas de una planta, la mayoría en ruinas, con los techos hundidos y el zaguán y los patios invadidos por los hierbajos, y la parte trasera de los tampoco demasiado airosos edificios modernos de la avenida que hace de eje de esta zona de la ciudad. La presencia de este único espacio abierto en muchas manzanas a la redonda, no obstante, me permite utilizar su diagonal para acortar camino, a una hora en que unos minutos de retraso podrían suponer la pérdida del autobús. Y así lo hago, sorteando los coches aparcados y, entre ellos, los únicos seres que podrían ser felices en un sitio como éste: los gatos. Los hay a decenas, y éste es uno de los puntos de la ciudad en los que puede decirse que existe una república felina bien asentada, segura de sí misma y relativamente libre de molestias y amenazas. De hecho, yo debo de ser una de las pocas interferencias que sufre el eterno dormitar de sus habitantes entre los coches, aprovechando las franjas de sol o sombra y el refugio ocasional que los bajos de los vehículos les ofrecen. No puedo evitarlo: sorteo un coche y me veo abocado a un estrecho pasillo en el que dormitan dos o tres gatos, todos increíblemente sucios y despeluchados; o debo alargar la zancada para sortear a una madre que lame a su cría. Algunos se apartan, indignados, y se pierden debajo de los coches. Otros permanecen impasibles, en una actitud a medias sumisa y retadora, como ofreciéndose a ser acariciados y, al mismo tiempo, dando a entender que ese atrevimiento podría costarle a uno un buen mordisco o un arañazo. Viendo al resto del torrente humano que, a esta hora, avanza por las aceras, me divierte la idea de ser el único que ha penetrado este reino insalubre y afortunado. Como credencial, me digo, podría aducir mis relaciones con K.

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En realidad, lo que demuestra el grotesco episodio de las fotos de familia de Zapatero es que la clase dirigente española no olvida la broma pesada que les gastó Goya cuando pintó La familia de Carlos IV.

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(Leyendo a Morla Lynch) El gran malentendido en que consistió la guerra civil española: la derecha asimilaba democracia a izquierdismo y revolución social; y entre izquierdistas y revolucionarios apenas podía encontrarse un solo demócrata.

(Foto: detalle de un cuadro de José Luis Mancilla)